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Anith Sella

Krystäl

Cojín de la silla mullida de Dukaan
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Por favor, no me hagas esto​
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Fue como si el tiempo se hubiese ralentizado para que pudiese ver nítidamente cada herida sangrante, cada gemido de dolor, cada trozo de carne seccionada por ese dragón.

Belegor estaba malherido aunque ella sabía perfectamente que el paladín no iba a quedar en segunda fila, sino que iba a luchar hasta su último aliento, y es por ello que, tras ver la segunda vez que cayó por ir a ayudar a Erika, determinó que de todos los presentes su vida era la que más peligro corría y que debía permanecer junto a él.

Anith veía como cada vez el descontrol en el grupo crecía, como había gente que en cuanto veían un enemigo corrían alejándose veinte metros del resto, como el grupo se separaba y algunos se veían rodeados.
- ¡Dejad de separaros! - había gritado varias veces para que dejasen de hacer eso, pues muchas veces se creaban varios pequeños grupos que la bloqueaban en los túneles impidiendo que pudiese llegar al otro, pero de nada sirvió. La primera vez Belegor y ella quedaron solos combatiendo, el paladín tratando que no atacasen la retaguardia del grueso del grupo que parecía no se había percatado que tenían problemas, pues dos miembros se habían lanzado a atacar repentinamente en cuanto vieron al enemigo, sin percatarse que habían otros enemigos en la sección de su izquierda, y el resto al verlos les siguió, dejando tanto al paladín como a la sacerdotisa solos. La segunda vez fue porque Erika se lanzó sola contra los aguijoneadores y Belegor al verla superada fue a ayudarla. La sacerdotisa al verlos intentó llegar, pero el camino era estrecho y el grupo y enemigos le impedían avanzar. Tuvo que rodear todo el pelotón y corrió tan rápido como pudo solo para ver cómo una de esas bestias cercenaba la vida del paladín dos segundo antes de que ella ayudase.

No podía evitar sentir que en parte era su culpa, su culpa por permitir que la gente no entendiese que eso no era ir a cazar dragones como hacian en los llanos, que no supiesen que habia más gente en ese grupo y que no todos iban a estar tan preparados ni portar el equipo que ellos... su culpa porque llegó dos segundos tarde esa vez.

Así que cuando llegaron a la cueva del dragon tomó la decisión de no alejarse mucho de Belegor, pues su cuerpo no soportaría otra caida, y lo cumplió. Apoyó tanto como pudo a la gente, con todo y los más poderosos conjuros que su Seldarine le otorgó hasta que el dragon quedó herido de muerte. Entonces vio como el enorme lagarto rojo se centró en derribar a Belegor, una vez... dos.... Anith corrió, y esta vez llegó justo a tiempo tras ser derribada por ese dragón que impedía ayudarla, pero Belegor regresaría a casa, debía hacerlo.

Anith sanó las heridas del paladín y le miró y el paladín se devolvió la mirada. Esa simple mirada estaba llena de conversaciones.

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El ruego de ella de que no continuase arriesgándose, la decisión de él de que mientras tuviese un aliento de vida, seguiría luchando. La promesa que se mantendría junto a él durante esa lucha y el agradecimiento del paladín mientras tomaba su hacha y se lanzaba nuevamente contra el dragón rojo.

Todo en esa simple mirada
Fue entonces cuando todo fue mal... El dragón, sabiendo ahora que ni la elfa ni el Robusto eran capaces de resistir sus embestidas los derribó a ambos ignorando al resto de combatientes para centrarse solamente en el Robusto. Les tiró al suelo y atacó con sus garras a Belegor mientras estaba indefenso en el suelo y, cuando ambos trataron de levantarse volvieron a ser derribados nuevamente y otra vez golpeó a Belegor con sus garras, y así una y otra y otra vez... Anith solo podía mirar como el dragón abría profundas heridas en la armadura del Robusto, tratando de levantarse para llegar a él pero incapaz de hacerlo porque en cuanto intentaba de apoyar las manos para hacerlo, el dragón volvía a embestirles sin darle la oportunidad de defenderse, hasta que finalmente el Enano quedó inconsciente tras una nueva embestida y golpe y entonces se lanzó contra él con su mandíbula abierta y lo devoró con sus fauces, antes de escupir un cuerpo medio comido e irreconocible.

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Anith gritó y se levantó al final, pues el dragón ya había terminado lo que tanto ansiaba hacer, matar a ese paladín, y la sacerdotisa, con la rabia de su interior provocó que una barrera de cuchillas naciese bajo el dragón mientras dos guerreros seguían combatiendo con él... 10 segundos... eso fue lo que necesitaron para matarle después de que Belegor cayese, 10 segundos...

Una vez cayó corrió hacía los heridos. Primero atendió a Erika, pues ella también había caído y, aunque estaba maltrecha, sabía que podría salir adelante, pero Belegor...
- Dejad a Anith, quizás pueda hacer algo – escuchó decir.

Hacer algo, sí... sí podía... aunque ello implicase perder su poder nuevamente y para siempre. ¿Pero de qué sirve poseer un gran poder si no puedes usarlo para ayudar y proteger a tus amigos? Había usado su poder para proteger y sanar a personas que le faltaban continuamente al respeto, a personas que parecía no importarles la vida y otros que simplemente la despreciaban y sentían la necesidad de pisarla para quedar por encima de ella. Debía tener suficiente poder para poder hacer algo por alguien que podía considerar un amigo digno de confianza.

La sacerdotisa colocó su diestra sobre el amuleto del paladín y rogó a sehanine su poder para poder traer su alma de vuelta, se lo rogó... se lo suplicó... oró en élfico para que le permitiese traerlo y pudiese regresar a su hogar sin importarle importaba el coste que tuviese que pagar, solo deseaba traerlo y poder borrar de su mente aquella última mirada que le dirigió el paladín antes de ir a luchar una última vez contra el dragón.

Él había ido a defenderla y protegerla los meses en que estuvo en el bosque de tezhyr contra los muranitas, permaneció con ella... le protegió cuando Sagrat le hizo caer y siempre tuvo una palabra de ánimo para ella. Debía hacer algo, pues esa clase de gente son muy raros en esas tierras... Y haría todo lo que estuviese en su mano sin importar el coste.

Os lo ruego Nube Luminosa...
Pero a pesar del ruego, a pesar del poder para realizar el conjuto y el sacrificio que estaba dispuesta a correr, el alma del paladín no accedió a la petición de la elfa, pues para él, el poder de la sacerdotisa y su noble corazón sería más valioso para proteger al pueblo Robusto que su propia vida, así que marchó a los salones de Moradín junto a todos los Robustos que como él, había dado la vida para recuperar un hogar perdido.

Por favor, no me hagas esto

Nada podía hacer Anith, pues al fin y al cabo no era su decisión... Pero eso no impidió que se abriese una nueva herida en su corazón, pues cuando necesito realmente de su poder para ayudar a un amigo, había fallado.

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Diez segundos... ese era el tiempo que había necesitado para evitar que un corazón dejase de latir por siempre.
 

Krystäl

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Habían pasado varios días desde que todo había finalizado y la aldea enana había sido recuperada de las manos de aguijoneadores y aquel dragón rojo. Pero no había gritos de alegría, no había celebraciones ni cánticos de victoria.

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Todo permanecía en un crepúsculo silencio mientras se recogían los cuerpos de los fallecidos y se apilaban en los carromatos para poder se llevados a sus familiar y darles la despedida propias de su raza.

Anith había estado silenciosa esos días, sin que palabra alguna saliese de sus labios salvo para tratar las heridas de los centenares de heridos. No sabía aún quienes habían sobrevivido y quienes no del resto de Robustos, pero había tenido un mal presentimiento desde ante de la batalla y sus sospechas se estaban cumpliendo. Grandes Robustos, fieles a su pueblo, fieles a sus tradiciones y cultura, que habían demostrado un saber estar, una paciencia infinita incluso entre los suyos, siempre buscando y velando por sus gente... habían perecido, y no había estado a la altura para impedirlo.

Anith sabía que los Robustos estarían ahora en los grandes salones de Moradin con una gran jarra de cerveza en su diestra, y eso le hizo recordar que aunque ella no era una Robusta propiamente dicho, sí era una sacerdotisa cuyo clero se dedicaba a los rituales de transición y despedida, y deseaba despedirse de aquellos caídos con la canción que le enseñaron tiempo atrás, así que marchó al exterior, donde había un cielo tan hermoso y tan plagado de estrellas que dolía solo verlo. Alzó su mirada al cielo mientras el aire nocturno jugaba con su cabello y tomó aire y alzó en un cantar élfico su propia oración a los caídos de la batalla de Xhotarin, con la vista fija en el cielo estrellado.



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Un gentil nunca olvida a sus compañeros, y sus nombres y grandes gestas quedarán escritas y recordadas por siempre
 

Krystäl

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Solo desearía que este dolor cesase algún día, que durante un momento volviese a sentir algo de paz en mi alma, dejar de sentir esas miradas juzgando todo, la hipocresía de esa gente que necesita sentirse superior sin ni siquiera preocuparse por la persona pero se vanagloria cuando estás en el suelo.... Desearía que aunque fuese por un solo día, volviera la esperanza que tuve en la gente, en mi pueblo..., que por un solo y maldito momento sintiese que algo podía salir bien y que realmente salga bien... Y no sentir que solo estoy aquí para sufrir, ser juzgada, despreciada y hundirme cada vez más... Sólo para ver morir a amigos e inocentes a mi alrededor
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...Seldarine...Estoy tan agotada...
 

Krystäl

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Todo mi mundo comenzó a ir en cámara lenta en el preciso instante la pequeña Carla explotó delante de mi mientras trataba de curarle de una pedrada, rodeada por el resto de niños del hospicio.

Mary decía que quería ser paladina y luchar contra los malos, pero sus actos sin duda estaban muy distantes de buscar el bien, menos cuando sin motivo real le lanzó una pedrada a Carla. Yo al verlo traté de poner a Carla tras de mi, pero la niña se zafó y se puso delante para protegerme a mi, recibiendo una fea pedrada en la barriga que le provocó una herida.

Mientras Calendil trató de coger a Mary -sin éxito- yo me alejé para curar a Carla mientras el resto de niños se acercaban, pero entonces Mary llegó corriendo y le metió un dedo en la herida antes de que yo siquiera pudiera detenerla, preguntándole si le dolía en una clara burla.
En respuesta, Carla dio un grito de dolor y le empujó.

.... Su cuerpo explotó frente a mis ojos, entre mis manos....​

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Su sangre me cubrió por completo manchando mi vestido blanco y mi cabello, sus miembros destrozados salieron a volando a varios metros y los niños alrededor quedaron heridos, algunos gravemente, otros no tanto... y mi mundo se detuvo en ese momento, cubierta de sangre, con el corazón mandando adrenalina por cada célula de mi cuerpo.

Mi mente se sobrepuso lo más rápido que pudo y grité a Calendil y Caladhron, que éramos los únicos presentes:

- ¡Nada de magia sanadora! ¡Coged a los niños y llevadlos dentro! - ordené.

No deseaba que se convirtiese eso en un espectáculo y había niños muy mal heridos que debíamos tratar lo antes posible para asegurar que no muriesen y averiguar quién estaba contaminado para quitarle la maldición y sanarle de forma segura, pero no hubo forma humana ni divina de conseguir que los niños entrasen. Poco a poco ese terrible evento se convirtió en lo que no quería, un espectáculo para los que se fueron acercando...

La imagen de varios elfos y humanos comentando cómo se debía proceder pero sin mover un dedo para ayudar se me impregnó en la retina y en lo más profundo de mi ser, mientras sacerdotisas permanecieron ahí mirando... como si esperasen una invitación, mientras los niños lloraban, mientras otros pedían que se les cogiese, y nosotros no conseguíamos llevarlos adentro.

Éramos un espectáculo... manchada de sangre de una inocente y ellos estaban esperando una invitación...
Sentí repulsión ante esa imagen, auténtica repulsión al ver que solamente Lux de siete personas presentes dio un paso al frente para realmente hacer algo, mientras al tiempo se dio aviso de otro peligro en el cementerio, pero ni fueron a ayudar en el cementerio ni nos ayudaban a nosotros. Solo comentaban como si les pareciese divertido todo aquello, como si fuese el momento de ir dando lecciones... o simplemente porque deseaban ver cómo otros morían por nuestra mano para sentirse superiores después.

.... Sentí vergüenza de tener la misma sangre que esa gente...​

Entonces me fijé que Mary, quien no dejaba de llorar quejándose por el dolor tenía un círculo rojo en su iris. Ella era la que estaba maldita y advertí que nadie la tocase por el momento, a pesar que sus lloros me desgarraban el alma y, comencé a conjurar para pedir a mi Diosa de su poder y retirarle la maldición antes de que nadie la pudiera coger, pero antes de que yo terminase el conjuro, apareció otra niña acusándole de asesina dispuesta a darle un empujón. Caladhron cogió a la niña antes de que tocase a Mary pero entonces la niña que Caladhrón detuvo explotó en los brazos de Caladhron y sus restos quedaron esparcidos.


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¿Cuándo podía soportar un mortal? ¿Cuándo iba a poder soportar yo eso? Fue entonces cuando vi como una elfa se acercó para lanzar con una varita "romper la maldición" y mi mente se bloqueó en ese instante, mientras el resto comentaba que "ya nos lo habían dicho"

Unos aprovechando la muerte de una inocente para vanagloriarse y otros necesitando que muriese otra inocente para mover un dedo...

Si ellos representaban lo que era ser un tel'quessir en Amn y Tezhyr... no quería seguir siendo un tel'quessir...​

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Krystäl

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Trataba de ordenar mis pensamientos mientras las olas del mar rugían con fuerza en el acantilado bajo mis pies, al tiempo que podía sentir la presencia de N’Landroshien cerca de mi, incluso podía divisar el bajo de su oscuro vestido por el rabillo del ojo.

La mujer permanecía a pocos metros de mi, a una distancia de cortesía. Su presencia en aquella ocasión, lejos de disgustarme como en otras ocasiones, simplemente me parecía tranquilizadora. Respiré profundamente el aire gélido de la noche, con la mirada perdida en el cielo estrellado.

- ¿Aún duele? - preguntó con una suavidad aterciopelada desde mi espalda.

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Siempre...
 

Krystäl

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Mentisteis Carla... y un gentil no olvida las ofensas...​

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Había buscado a Carla en cuando escuché la acusación de la magistrada, cuando entendí tras escuchar por primera vez las acusaciones que había mentido... pero no estaba ahí. Todo lo que me había mostrado el día del arresto había sido pura apariencia, aunque ya me habían dado aviso que Torm le había retirado su favor y tras escuchar la acusación supe que Torm había sido el primero de ver la corrupción en la mujer.

Pero cuando volví a ser llevada a la guardia tras todo el día en el cepo, viendo como décadas de ayuda, décadas sanando, décadas tratando y salvando vidas, eran barridas y olvidadas como si nunca hubiera existido. ¿Para qué había estado estos últimos años en el hospicio o las últimas dekhanas evitando que una maldición se extendiese para ver cómo ni un amniano, ni uno... ni uno solo en más de una década, parecía recordar mi labor y me juzgaban sin ni un atisbo de duda?

Me giré hacia la guardia, con gesto serio y un dolor a traición que esperaba no volver a recordar.

- Dama Carla... Estoy deseando saber.... qué pusiste en el informe para que me acusen de que les llamé asesinos y esclavistas.... - dije hacia la mujer.
- Dama estáis enfadada con vuestra pena, sacaos la ciudadanía como se os comento y tendréis derecho a una defensa – respondió cuando ni siquiera había tenido la decencia de ver lo que sus palabras habían provocado -. Mis informes son para mis superiores.
- No dama Carla, estoy molesta con vos.... . repetí con seriedad -. mentiste... habéis mentido y un gentil no olvida las afrentas.
- ¿Vais a faltarme delante de guardias? - me preguntó haciéndose la indignada.
- Anith, recomendación. - tomó la palabra Dazai sabiendo que el momento de amenazas iba a comenzar. Pero yo no aparté la mirada de aquella mujer .- Acusar a un guardia sin pruebas es un delito mas grave. Te recomiendo hablarlo primero y mas bien sugerir
- Os aconsejo que guardéis silencio, dama, es lo mejor para todos... - dijo una guardia que no conocía y nunca había visto hasta entonces -. Para vos, para la guardia, y para los civiles
- No sé, creo que acaba de sugerir en el cuartel de la guardia delante de testigos que he mentido en mi trabajo, cuando solo he ejercido mi labor - dijo Carla. ¿Cómo se atrevía a mentirme a la cara? Podría mentir a superiores, podía esconderse entre sus guardias, podría corromper la guardia tanto como quisiera ¿Pero mentirme a mi cuando ambas sabíamos la verdad?

Marché al poco cuando ni siquiera me iban a dejar ver a aquellos que habían hecho prisioneros para ver un tumulto de personas frente a la guardia. Muchos, aventureros, ordenados o gente que me conocía de haberles ayudado aguardando. Pero lo que más me impacto, fue ver una multitud de amnianos que prácticamente pedían mi cabeza. ¿Eso era el valor de todo mi trabajo? ¿El valor de haber arriesgado la vida tantas veces y de haber sanado miles de amnianos? Ser olvidada por ellos... como lo fui en mi propio hogar.

Lucyus subía por las escaleras. Escuché gente hablar y tome un broche, mostrándolo en alto... mostrándoselo a Lucyus y aquellos que estaban cerca.

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- Entiendo lo que es... - dijo nada más reconocerlo -. Pero, no es el mejor momento para dar charlas... ni os lo recomiendo. El problema es que os van a tirar más cosas... la gente ahora mismo no va a entenderos – me advirtió.
Vi la multitud arremolinada y una parte de mi deseaba verlo... deseaba ver ese desprecio, ese odio visceral hacia una sacerdotisa que había arriesgado su vida y su tiempo en protegerles y curarles... Era como si una parte de mi necesitase ver que esa gente me odiaba para convencerme a mi misma ver que no había servido de nada todo lo que había hecho y que Ella tenía razón, que guardar esperanza de algo mejor era inútil, pues mi propio dolor no era importante y que ciertamente jamás sería suficiente ¿Para qué tanto esfuerzo si cuando necesitas ver que no estas sola te dan la espalda? Una sacerdotisa velando por esa tierra por esa gente y ni una señal de duda o apoyo entre esa gente.

Los recuerdos de traición, eso fue la mayor tortura a la que pudieron someterme, volver a hacerme sentir eso.

Los aventureros y ordenados permanecían ahí, apoyándola... Al menos ellos si que reconocían mi labor y todo lo que había hecho y sufrido, y aún así no podía evitar sentirme traicionada por los amnianos y sus gobernantes.


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- Mintió Lucyus, Carla mintió... - le dije con el amuleto en alto como si mostrase que toda condecoración en esas tierras era papel mojado -. Y eso dice mucho más de ella que de lo que deseaba averiguar. Más de una década.... años curando a gente en estas tierras, y vuestra guardia mintió. Esta gente no tiene culpa de nada, son arengados por otros, por lo que sienten. Pero un gentil no olvida los agravios, y os aseguro que el agravio de Carla no lo olvidaré.
 

Krystäl

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¿Cuánta paciencia creeis que puede tener una persona de ser humillada?
Mi madre siempre me lo había dicho, que podía poseer su apariencia pero había nacido con la sangre caliente de los Sy'tel'quessir, como mi padre. Siempre había podido controlarla pues nunca había dejado que me llevasen a ningún extremo, pero cuando alguien trataba de doblegarme, no podía impedir que el orgullo de mi gente saliese a flote y junto las enseñanzas de mi padre: Ser humilde cuando cometes un error pero orgullosa cuando tratan de derribarte, y en menos de una dekhana, esa ciudad, sus leyes, su guardia, la corrupción desu sistema no cesaba una y otra vez de tratar de doblegarme.

Poco debían saber de la naturaleza caótica de mi pueblo si pensaban que la silenciosa y siempre distante Anith Sella, no poseía ese orgullo corriéndole por sus venas.


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Sigborn y Anja estaban insconcientes en las celdas de la guardia tras la pelea con Lucyus, una batalla en la cuál le dije claramente no había habido honor... pues uso la misma forma de pelear que Adanthiel uso conmigo en el cementerio años atrás. Esconderse, usar varitas para golpear, volver a esconderse en las sombras... No conocía mucho de los norteños, ni de sus dioses y tampoco de su cultura, pero era obvio que para ellos la lucha debía realizarse cuerpo a cuerpo para honrar a su pueblo y a sus Dioses, y él le impedía poder luchar con honor.

Pero cayeron al final, Anja sin poder haberse movido del lugar por la magia de la varita, Sigborn tras minutos de escondidas y apariciones, le atacó causándole graves heridas que le dejó desangrándose. Le dije de atenderles en el hospicio pero se negó, pero que podría hacerlo en las celdas.

- Dadmelo por escrito porque no quiero que después alguien venga y sencillamente no sirvan vuestras palabras – le dije varias veces. Aún así, debido a la gravedad de sus heridas tuve que atenderles ahi y marché junto a ellos a las celdas. Aún con el castigo de ayudar a la guardia, pensé en aprovecharlo para asegurarme que estaban bien y eran atendidos, aunque era una idea inicial que tenía... Pero una vez más, la corrupción de la guardia y las leyes de Amn se me mostraron, y sin haberme podido recuperar de lo último, nada bien podía salir de ahí.

- ¿Qué hace aquí la elfa sin limpiar? - preguntó el sargento Nikem cuando me vio cerca de las celdas de los reos.
- Mi sargento – saludó Lucyus -. No la he visto ni un día desde que se la castigó, pero en este caso, la elfa quiere tratar a los heridos.
- Me importa dos huevos de carnaconte realmente. Que la elfa se deje de jugar a la curandera y haga su trabajo que es limpiar las malditas letrinas, y la sala de interrogatorios, y las celdas

¿Jugar a ser curandera? ¿Tras tantos años y siendo encargada de hospitales de campaña con miles de heridos, ese hombre pensaba que estaba jugando a ser curandera?

- Bien, Anith, a limpiar letrinas.
- Mi trabajo es tratar a los pacientes... primero ellos, luego limpiaré – respondí al sargento volviéndome hacia él.
- No elfa, tu trabajo es lo que yo quiera que sea – replicó mientras Lucyus se mantenía al margen.
- Primero los pacientes.... - repetí -. Reos, enfermos, ese es mi trabajo.... siempre ha sido mi trabajo aclaré ese punto, pues ya bastante me estaban quitando esas tierras para simplemente seguir haciéndome desaparecer como si mi propia existencia, sangre, sudor, y vidas salvadas jamás hubieran existido -. Después lo que deseeis.

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- Creo que a ésta hay que enseñarle lecciones – dijo -.¿Quieres tratar reos y enfermos? Bien, podrás hacerlo. una vez cumplas tu condena.
- Traté a la gente de los barrios, traté a los soldados en la guerra, estoy tratando a gente del hospicio... asi que sino deseais tratarlos vos, dejadmelos a mi. ¿qué os afecta que me asegure que estén bien ahora los reos? Menos trabajo para vuestra guardia...
- No me importa tu pasado, estás acá para pagar tu crimen. Ahora ve a hacer lo que se te ordena. A éstos los atenderá el sacerdote encargado
- He cedido bastante... - me mantuve en mi sitio -. Creo que más de lo que incluso debería. Disculpadme sino deseo ceder en este asunto.... Primero los reos, luego las tareas.
- No me importa tu opinión. Obedece ahora, o empeora tu castigo. Son tus únicas y recalcó posteriormente-. dos opciones. De éstos se encargará el sacerdote de la guardia
- Primero los reos – repetí nuevamente sin moverme de las celdas de los dos barbaros.

El sargento miró entonces a Lucyus.
- Bien, Svart, enseñadle modales.

Lucyus asintió y se acercó a mi para que le acompañase, pero apenas me moví simplemente para esa castigo.
- Estoy agotada.... de ser pisoteada.... - le susurré cuando se acercó. Los uthgardt permanecian prisioneros, aún inconscientes, sin saber lo que estaba ocurriendo en ese momento. Lucyus se quitó el guantelete de hierro y entonces me dio un puñetazo en el estómago. Apreté los dientes inclinándome hacia delante cuando sentí el golpe.
- Moveos a las letrinas- ordenó Lucyus.
- Que la sanen luego, y no queden marcas – le susurró el sargento.
Lucyus asintió a la orden.
- Tranquilo, no quedarán marcas- aseguró.
Pero no cedí, no me moví del lugar. Volví a incorporarme.
- Primero... los reos.
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Lucyus me dio otro golpe nuevamente en el estómago y me llevé la diestra al estómago con un gesto de dolor.
- No me hagáis seguir teniendo que hacer ésto – su voz sonó intimidamente, o al menos el tono usado trataba de serlo. Pero yo estaba furiosa al ver una vez más que no había ni un ápice de bondad en aquel lugar, ni un buen sargento que tatase de buscar otra vía que no fuese mediante la fuerza, ni un buen guardia que no se indignase o se opusiese ante mandatos abusivos. Así que ante aquel tono que quiso imponerse, mi sangre solo se calentó más.
- ¡PRIMERO LOS REOS! - alcé la voz está vez.
Sargentos e quedó mirando sin saber qué hacer ¿pero qué esperaban? ¿Acaso esa gente no era capaz de saber dónde iban a llevar sus acciones o simplemente no les interesaba? Era como encender una cerilla, acercarla a la paja sin querer ver que lo que vas a provocar es un incendio. Lucyus sacudió la mano y me soltó un tercer golpe que me hizo inclinarme nuevamente dolorida.

- Estás empeorando la situación y si hicieras caso, ya los hubiera tratado un sacerdote – dijo. Pero no podía creer ya palabra alguna que viniese de la guardia. Dijo que les podría tratar y no fue cierto, dijeron de un sacerdote pero nadie ahí llegaba... pero cuando le dije sobre Carla, el abuso y el retorcimiento de la propia ley por una compañera, ya no parecía interesarle tanto ni movilizarse en ver la veracidad de ello para que no volviese a pasar y pagase por su crimen. -. Escuchad mi consejo y haced caso.

Los barbaros comenzaron a moverse, dando signos de estar despertándose. Doloridos y con la cabeza dándoles vueltas.
- Soy sacerdotisa.... me habeis destruido más de lo que creeis... vuestra gente.... Primero los reos, primero quiero tratar a los reos, quiero saber que estan bien. Qué... os importa si nada soy para vosotros.

Lucyus trató de cogerme del brazo para sacarme de la visión de los barbaros.
- El sargento ya os ha dado una orden y estás perjudicándoles más que ayudándoles.
- Su orden fue que me deis una leccion... Porque todo se sigue por la ley... hasta que debeis golpear sin dejar marcas porque al parecer no es legal... - musité esto último para que me escuchase claramente Lucyus cuando me cogió del brazo al tiempo que me levantaba.
- No te he golpeado, dama ¿Dónde os he golpeado? – mintió el guardia. No sé cómo se atrevían a mentir, sin duda era para que los barbaros no lo escuchasen, pero solo implicó que sí sabía mentir y bien que lo hacía cuando le interesaba -. Vamos -. me ordenó empujándome.
- Soy de piel blanca señor Lucyus.... ¿creeis que no se verán los golpes?

Lucyus me arrastró justo a tiempo para cruzarme con un sacerdote de Torm que se acercaba. ¿tan dificil hubiera sido dejarme estar con ellos hasta que llegase el sacerdote? ¿O simplemente atenderles como me dijo que podría hacer? No... necesitaban doblegar la voluntad, sentirse superiores. Lucyus me llevó a la sala de tortura donde sin duda un loviatarita disfrutaba sacando testimonios a los pobres que no tenian ciudadanía para que confesasen lo que les conveniese. Me obligó sentarme bajo la orden del sargento de que me hiciese obedecer o obligarme a ello, asegurándose después de usar pociones o curaciones para que no quedase marca alguna de ese abuso, donde la conversación sería una discusion eterna donde sin golpes, pero donde se rompió una confianza que había permanecido intacta hasta el momento.
 

Krystäl

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Cada vez que cierro los ojos veo esa imagen, esas miradas buscando el sufrimiento, esos gritos de odio... Y no consigo olvidarlo.

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N’Landroshien se sentó junto a la sacerdotisa mientras ésta permanecía sentada en la hierba mojada con la mirada perdida. Hacía días que había abandonado los caminos transitados y los lugares donde solía moverse tratando de encontrar un equilibrio que no conseguía hallar, pues el dolor al verse nuevamente traicionada trajo consigo heridas más profundas.

Pero estaba sola, había tenido que aprender a cargar con eso sola y no permitía que nadie se acercase tanto para siquiera ver una pequeña muestra de lo atormentada de realmente estaba su alma y todas las heridas que aún permanecían sangrando sin poder sanar, nadie salvo Sehanine, y salvo N’Landroshien.

- Deseabas que os golpeasen ¿es así? - N’Landroshien poseía esa forma directa de hablar que tenía la lunar. En sus tiempos había aprendido a ser diplomática, a medir sus palabras. Ahora no veía necesidad de ello, sobre todo cuando sentía que su interlocutor le mentía o sencillamente trataba de pisarla para sentirse moralmente superior. Estaba cansada de las mascaradas de esas tierras y las dobles intencionalidades de la gente, por ello ella era directa en sus opiniones, para marcar la diferencia en esas tierras.

Anith cogió aire, con la mirada perdida, recordando esos gritos, el odio que desprendían las miradas de los amnianos, como un simple escrito de un guardia novato había sido capaz de borrar por completo décadas de proteger y salvar la vida de esa gente. En su mente vino aquel momento en la guerra de los aguijoneadores, cuando los gentiles debían marchar a Siempreunidos por un problema. Ella deseaba unirse, deseaba ayudarlos... pero tenía un mandato de la reina y no podía ir con ellos. Por ello quedó salvando miles de vida de humanos en los hospitales de campaña para después ver como su propia gente llegaba malherida, dolorida... y ella se sintió inútil para su gente porque no pudo estar ahí con ellos, aunque fuese por haber seguido un mandado de la Reina, todo para salvar a unas gentes que ahora solo deseaban su sufrimiento.
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- El dolor que pudieran provocarme con sus golpes iba a ser menos que el que sus miradas me hacían – respondió a N’Landroshien -. Si habían olvidado todo lo que hice por ellos, y deseaban golpearme, humillarme aún más por la mentira de una guardia, despreciarme... herirme. ¿Qué importaba? Mi propio dolor nunca fue importante y no creo ya en la justicia de estas tierras. Pero no puedo olvidarlo... No puedo olvidar esas miradas, esos gritos... No había compasión en ningún de ellos, ni siquiera había honradez alguna en la guardia para que mandarse golpear a un sacerdote impunemente sin que nada se pueda hacer. .. ¿Por qué he sangrado y perdido a tantos amigos por salvar a esta gente?

- Pareces olvidar pequeña, que vuestra gente no puede olvidar. Nunca podréis deshaceros de esa imagen como no pudisteis deshaceros del dolor que sentisteis en el lugar que fue vuestro hogar. Olvidar, no es una opción para ti... Aunque para los humanos sea extremadamente sencillo.

Anith cerró los ojos y sintió la mano de N’Landroshien por su cabello.​
- Pero a pesar de todo lo que te han hecho, dejasteis claro al Fey'ri de que no sentíais deseos de venganza y que no permitiríais que dañase a ningún humano. No deseáis esparcir sufrimiento alguno entre esta gente a pesar de veros traicionada por ellos.

- Supongo que Shamaelthalar tenía razón en algo, soy una niña tonta - respondió, y tras varios segundos de silencio añadió con un tono más triste -. Ya no soy capaz de escuchar la canción... - susurró suavemente. Cuando volvió a abrir los ojos, estos estaban humedecidos por las lágrimas -. No soy capaz de escucharla... y es como si todo se hubiera vuelto gris.

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N’Landroshien permaneció junto a ella, pasando su mano por el cabello de la elfa en silencio, mientras éstas volvía a mirar a un punto lejano, pues cada vez que cerraba los ojos, solo podía ver aquella imagen de odio que se había grabado en su corazón.
 
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Krystäl

Cojín de la silla mullida de Dukaan
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Esto podía ser el final de todo vuestro sufrimiento y el principio de algo nuevo... permitidme mostraroslo...

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Los pájaros marcharon volando del lugar ante aquel grito desgarrador que resonó entre los árboles, ahogado por la tormenta otoñal que se había desatado dias atrás.

Me acerqué a la sacerdotisa, quien se encontraba arrodillada sobre la tierra mojada y el cabello agolpándose sobre su rostro. Su respiración era entre cortada y sus brazos temblaban por la lucha de no derrumbarse ahí mismo. Por suerte había conseguido resistir para salir del Castillo de Minsor antes de que no pudiera manejarlo. Podía recordar como repentinamente sintió las cicatrices de su brazo arder y se apretó el antebrazo como si eso pudiese detener lo que estaba por llegar, o al menos retrasarlo lo suficiente para ocultarlo. Y lo consiguió. Ocultó la debilidad que comenzaba a extenderse por su cuerpo lo suficiente para salir corriendo de Minsor bajo la lluvia y refugiarse en los primeros árboles que la pudieron ocultar.
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Había que reconocer que había luchado todo lo que había podido, incluso después de haberse visto sentenciada a caminar durante el resto de su vida por aquellos senderos oscuros conmigo de compañía, jamás había dudado ni rechazado a su Diosa. Otros por mucho menos les dan la espalda a los Dioses, pero incluso a pesar de todo ese dolor que portaba, todas esas heridas y cicatrices en su alma, nunca hubo duda en ella hacia Sehanine. Ni siquiera en ese momento la culpaba y nunca lo haría, cualquiera que la conociera tanto como yo sabía que tratar que rechazase a su deidad perdía el tiempo. Pero yo nunca requerí que odiase o culpase a Sehanine por sus desgracias, solo necesitaba tiempo para que ella misma viera lo fútil de su lucha y que ni ella pudiera encontrar argumentos para mantener esa esperanza. Sí, había necesitado más de una década para ello, pero al fin había ocurrido. Corruptos y necios humanos.... Es tan predicible el comportamiento de esta raza que me extrañó que no la tracionasen antes, pero ellos no me importaban, solo la quería a ella.

Ahora solamente era un cervatillo herido, y si conseguía usar las palabras adecuadamente... esta lucha silenciosa habría finalizado con mi victoria para iniciar algo más grande.

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- Dejadme ayudaros a que cese ese dolor antes de que os mate... - me arrodillé junto a ella, pasando mi diestra por su rostro para recolocar algunos mechones tras su oido. La lluvia ocultaba las lágrimas que brotaban de unos ojos enrojecitos y resbalaban por sus mejillas. Tenía la diestra cerrada fuertemente sobre su corazón en un intento vanal de controlar el sufrimiento -. Yo puedo hacer que todo cese... Yo puedo llevaros a ese lugar que sabéis ya no tendréis que cargar con más dolor. ¿Por qué no marchamos juntas y me dejáis mostraroslo? Habéis hecho todo lo que estaba en vuestra mano y os advertí que eso nunca sería suficiente, habéis sangrado y perdido amigos por la gente de estas tierras y habéis comprobado que es lo mismo que vivisteis en vuestro antiguo hogar, solo sois alguien que usar y después despreciar a conveniencia y nada de lo que hagais tendrá jamás valor para ellos. No tenéis motivos para seguir luchando ni les debéis nada -. Apoyé mi frente en la suya, con la diestra sobre su mejilla -. Estáis cansada y tenéis derecho a estarlo, tenéis derecho a estar cansada, a no volver a confiar en ellos, a no desear luchar... Esto podía ser el final de todo vuestro sufrimiento y el principio de algo nuevo... permitidme enseñaroslo...

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Anith tomó aire y cerró los ojos. Era cierto que estaba cansada, como también era cierto que no encontraba motivo alguno para volver a sangrar o ayudar a esta gente cuando su despreció había quedado más que evidente. Antes siempre había podido aferrarse a cualquier resquicio de esperanza, a que sus actos, la perseverancia, su esfuerzo.... servirían para que algún día las cosas cambiasen o al menos sentir que podían hacerlo. Pero ese juicio, las miradas de odio y desprecio de los amnianos, la impunidad con la que los mandos de la guardia mandaban golpear solo por el puro placer de sentirse superiores y el silencio de aquellos que se supone deben imponer la justicia...

Durante unos segundos el dolor se tenuó cortándole la respiración y se desplomó sobre el suelo, agotada. N’Landroshien se sentó junto a ella acariciándole el cabello y de lo único que fue consciente Anith antes de perder la conscienta, es que esa vez no podría superarlo sola.​
 
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