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La locura de Keera

Keera

Niño sin padres ni hospicio
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27/6/22
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SOLEDAD:

-Eres rara-. Decían algunos. -A mi no te me acerques-. Exclamaban otros. -Ni me mires-. Murmuraba el más arrogante. -Me das asco, eres una aberración-.

Giraban la mirada al pasar Keera. Y es que desde pequeña ya sabía lo que era la crueldad humana y sus desprecios. Crecer en una familia no biológica humana no era fácil, pero si además eras semielfa albina, las cosas se ponían peor. Orejas ligeramente puntiagudas, piel blanca como la leche, pelo anacarado y los ojos grises, no ayudaban a pasar desapercibida.

Aunque su comportamiento siempre era ejemplar, sus hermanastros no cesaban su acoso. Primero los insultos, algo que ella había aprendido a sobrellevar, pero cada palabra se plantaba en su cerebro como pequeñas semillas de odio en el subconsciente de Keera.

Luego llegaron las bromas pesadas y los golpes, que dejaban auténticos moratones y heridas en su delicada piel.

Pero no eran ni las palabras ni los insultos lo que hacían mella en su corazón, sino la soledad que siempre la acompañaba.

-Debes aprender a defenderte-. Alentaba su atareada madrastra. -Darles un buen escarmiento-.

-No quiero hacer daño a nadie-. Lamentaba la pequeña y frágil niña.
Mientras el resto de los chicos de su edad jugaban, Keera se sentía diminuta entre la multitud y aunque se esforzaba por encajar, la negativa siempre estaba presente.

Cuanto tuvo edad suficiente decidió abandonar aquel lugar, lejos de aquella familia y aquella pequeña aldea que siempre la despreció.
Se adentró un poco en el bosque y construyó una cabaña muy simple con tablones, ramas y musgo. Solo se acercaba a la vieja aldea para vender las pieles de los animales que cazaba y comprar suministros básicos.
Su única compañía era la de su preciosa gata negra Brie. La encontró siendo cachorro mientras escapaba de los escobazos de una señora de la aldea que la perseguía. -Das mal augurio, gato apestoso-. Vociferaba la mujer.

Keera la rescató y juntas fueron al bosque. La gata mantenía la choza libre de arañas y otros bichos, a la par que cazaba pajarillos y ratones y se los traía a Keera como ofrenda. También solían ir de pesca. Brie era una cazadora nata. Ambas disfrutaban la compañía, una de la otra, de forma libre y voluntaria, pues Brie a menudo vagaba por el bosque, pero por la noche siempre volvía al lado de su querida semielfa y juntas se acurrucaban en el suelo, sobre un montoncito de heno seco.

Tras un fructífero día de recolección de frutos secos, Keera regresaba a la cabaña.

Al acercarse se encontró a Brie colgada de un árbol con sus ojos arrancados junto a un cartel colgado:

ABERRACIONES.

Rezaba en él.

A Keera le envolvió la ira y la rabia.
Tras enterrar los restos de su pequeña compañera decidió que ya era suficiente.

Se adentró en el bosque y no tardó mucho en encontrar montones de bayas negras de Belladonna.

Las machacó todas hasta obtener un aceite blanquecino y viscoso.
Luego se hizo con grasa animal y la dejó fermentar un par de días, mientras preparaba aceite de castaña. Juntó ambos elementos y creó un combustible perfecto que guardó celosamente en un pequeño barril.

Durante la noche se acercó a la aldea y echó el aceite de Belladona en el único pozo de la aldea, contaminándolo.

Luego aguardó oculta entre la maleza, observando como, una a una, las pocas familias que conformaban la aldea se iban aprovisionando del agua del pozo para cocinar y beber.

Sentía satisfacción al ver como iban metiendo los cubos, imaginándose a las familias enfermas retorciéndose en sus camas por la intoxicación.

Por la tarde apenas hubo movimiento, señal que, efectivamente, la mayoría de familias, por no decir todas, ya estaban bajo los efectos del veneno.

Esperó impaciente horas hasta que llegó de nuevo la noche.

Con sigilo, fe untando generosamente las ventanas y puertas de la aldea con el combustible y luego les prendió fuego con una antorcha.

Las casas eran de madera, paja y tablones, así que prendieron con facilidad.

Las familias, debilitadas y enfermas, no pudieron salir de las casas. Sin embargo Keera podía escuchar sus gritos, sus llantos y alaridos. Eso le produjo satisfacción y por un momento, sus ojos se tornaron de color morado.

LA LOCURA DE KEERA:

Se quedó mirando la escena unos segundos ladeando la cabeza, con actitud beligerante, sonriente y orgullosa de su obra.

Regresó de nuevo a su choza, recogió sus pocas posesiones y se alejó del lugar paseando tranquilamente, mientras una brisa arrastraba partículas de cenizas hasta ella. Tendió la mano y observó una mota atentamente y murmuró: -Nieve-. Mientras sonreía macábramente.

Pasó un tiempo vagando por el bosque, con la única compañía de los gritos, gemidos y llantos de los muertos en la aldea que se repetían una y otra vez en su cabeza.

Solía cubrir sus orejas para intentar dejar de escucharlos pero todo era en vano.

Día y noche resonaban en su mente vorazmente, una y otra vez.
Poco a poco esos gritos tomaron forma trastornando sus emociones, pues seguía escuchando los insultos, desprecios y obligándola a estar sola. Ordenándole que asesine al primero que intente darle efecto, pues tal atrocidad cometida debía tener un castigo.

Keera intenta acallarlas continuamente, convenciéndose que la gente de su alrededor no son como ellos.

Su locura aumenta por momentos y empieza a mantener conversaciones y discusiones con las voces de su cabeza, pues su locura ha generado en ella múltiples personalidades. Unas quieren que esté a salvo, otras, que asesine como venganza por lo que hizo...

Ella siempre sonríe mientras que en su cabeza nunca se sabe qué personalidad la esta dominando.
 
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LA PARANOIA DE KEERA

Por la foresta se escucha el graznar de los cuervos. Hay algo diferente que perturba su paz. Hay algo nuevo en el ambiente. Hoy en el claro del bosque, Keera garabatea su cuaderno de piel raída. Su mano es guiada instintivamente, con los ojos levemente tornados en un color morado intenso. Se oculta en el manto de la noche, al cobijo de una pequeña hoguera. Está sucia y famélica. Cualquier sonido en la espesura tensa sus músculos, desviando su mirada hacía la oscuridad, desconfiando de ella y de lo que oculta. Vuelve a centrar sus ojos en el cuaderno y sigue dibujando.

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-Te buscan…-. En su cabeza suenan las voces que la persiguen.

Keera pone las manos en sus oídos tratando de mitigar ese susurro mientras sacude la cabeza.

-Te van a dar caza…-. Se escucha casi como un murmuro, un rumor que resuena en su mente.

- ¡No! No he hecho nada, no he hecho nada, no he hecho nada…-. Se repite una y otra vez alzando un poco más la voz y presionando cada vez más las manos contra su cabeza, clavando la punta de las uñas en la piel.

Un ruido la pone en alerta, sacándola abruptamente de su agonía mental. Agudiza el oído y sus puntiagudas orejas captan un sonido en el bosque, un crepitar de hojas. Sus ojos se mueven rápidamente tratando de divisar algo en la oscuridad. Instintivamente coge su ballesta y apunta en la frondosidad.

-Sogor? -. Su voz es suave, aniñada y tímida mientras espera escuchar una voz amiga que la reconforte por un instante.

- ¿Eres tú, has venido a ayudarme? -. No hay respuesta. El silencio se apodera del lugar implacablemente.

Desconfiada y sin dejar de mirar a su alrededor hace ademán de soltar su arma, pero otro ligero ruido la pone en alerta, haciendo que la coja con más fuerza esta vez. Toma una bocanada de aire y grita desesperadamente mientras dispara virotes de forma aleatoria.

Tras disparar al aire, Keera suelta la ballesta asustada de sí misma y de todo lo que la envuelve. Abraza sus rodillas y se mece.

La dulce semielfa esta desequilibrada porque lo está perdiendo todo, su personalidad, lo que es, lo que la convertía en la tierna Keera, ahora es inestable, demente, y como tal, acepta al fin una vida solitaria.

Mientras, una carcajada retumba en su mente... -Jamás hallarás paz-.
 
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