DM Belfegor
Dungeon Master
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Desde hace tres noches corren rumores inquietantes por Purskul
Dicen que, al caer el sol, varios hombres encapuchados entraron en la plaza de la ciudad. No llevaban armas visibles, ni estandartes, ni símbolos de ningún dios conocido. Sus túnicas eran oscuras, pero en los bordes parecían bordadas con hilos rojizos, como brasas bajo ceniza.
Se reunieron junto a la vieja fuente de piedra y comenzaron a hablar.
No gritaban. No predicaban como fanáticos comunes. Hablaban con voz serena, casi dulce, anunciando que la carne era una deuda, que las ciudades eran heridas abiertas sobre la tierra, y que solo el fuego podía devolver al mundo su forma primera.
Algunos testigos aseguran que mencionaron una “purificación venidera”.
Cuando los guardias intentaron acercarse, los encapuchados se tomaron de las manos.
Entonces ardieron.
No como hombres arden al ser consumidos por aceite o brea. Sus cuerpos se encendieron desde dentro, con llamas amarillentas y rojas que no daban el calor habitual, era hechicería o eso se dice. Nadie oyó gritos. Nadie vio dolor. Solo sonrisas bajo las capuchas, hasta que no quedó de ellos más que polvo negro sobre los adoquines.
Esa misma noche, al sur de Purskul, en medio del caos de la plaza, varias granjas fueron atacadas.
Jinetes desconocidos, montados en caballos cubiertos con telas oscuras, cabalgaron entre los campos lanzando flechas incendiarias. Quemaron graneros, establos y cosechas, pero apenas mataron campesinos. Parecía menos una matanza que una advertencia. La guardia apenas tuvo tiempo a reaccionar imposibilitada a dar persecución a los efímeros atacantes, pues rápidamente les perdieron el rastro.
En una de las granjas calcinadas, sobre una puerta ennegrecida, alguien dejó marcado un símbolo con ceniza y sangre seca:
Un ojo cerrado dentro de una llama.
Y en las tabernas ya se murmura una frase de manera recurrente:
“No hay loco más peligroso que aquel que entrega una mente lúcida y un corazón valeroso a ambiciones enfermas.”
