---La batalla del Enclave de la Infraoscuridad ----
En las profundidades donde la roca sangra sombras y la luz es un recuerdo ajeno,
Velessa (V) avanzaba al frente de un grupo tan letal como inestable.
A su lado marchaba
Malvrax, orgulloso ogro hechicero y señor de la guerra, cuya enorme silueta parecía arrancada de una pesadilla antigua; sobre su hombro descansaba un espadón capaz de partir armaduras y voluntades por igual.
Brogg, el semiogro, caminaba unos pasos detrás, temblando de un frenesí que lo volvía impredecible incluso para los suyos.
Urzuk, orco veterano de mil escaramuzas, aferraba su hacha con la calma de quien sabe que pronto la sangre correrá.
Slizzo, un kobold blanco de mirada astuta, murmuraba fórmulas arcanas entre dientes, mientras
La Tejedora, envuelta en un zumbido constante de moscas, cerraba la marcha con una sonrisa que nunca alcanzaba sus ojos.
Junto a ellos dos expertos mercarios,
Leviatán y
Severus.
Todos servían al Imperio de Murannheim, y bajo el mando de Malvrax se dirigían a un enclave comercial de la Infraoscuridad. Allí les aguardaba un trato peligroso con la casa drow Orzthylasth y su matriarca, Zherrvynna, una alianza sellada con desconfianza… y sangre futura.
El precio del acuerdo era claro: eliminar al líder de un baluarte ilicido cercano.
Syrakhs, la Voz de las Profundidades, un azotamentes cuya influencia se extendía como un veneno silencioso por la región.
El acceso al baluarte ilicido se abrió con un susurro orgánico, como si la propia estructura dudara de permitirles el paso. Las paredes pulsaban con una vida ajena, recorridas por filamentos bioluminiscentes que reaccionaban a la presencia mental de los visitantes.
Syrakhs los aguardaba.
No físicamente —aún no—, sino como una presión constante, una mirada sin ojos que se deslizaba por detrás de cada pensamiento. El grupo avanzaba con cautela, manteniendo la farsa: posturas sumisas, palabras medidas, mentiras ensayadas.
Funcionó… durante unos instantes.
Syrakhs permitió que entraran. Permitió que hablaran. Permitió que creyeran que el engaño era creíble.
Entonces,
leyó más hondo.
La psiónica se filtró entre las capas superficiales de sus mentes, apartando recuerdos inútiles, emociones falsas, discursos preparados. No buscaba palabras, sino
intención. Y la encontró.
Sangre futura. Ambición. Muerte.
La Voz de las Profundidades comprendió al instante que aquellos no eran aliados, sino herramientas que pretendían usarlo… o destruirlo.
El cambio fue sutil, pero absoluto.
Las luces del baluarte se atenuaron. El pulso de las paredes se aceleró. Algunos esclavos ilicidos se detuvieron en seco, rígidos, esperando órdenes que aún no se habían pronunciado.
Uno de los acompañantes intentó continuar con la negociación.
No llegó a terminar la frase.
El pensamiento de Syrakhs descendió como un peso insoportable. Las palabras murieron en gargantas cerradas. El aire se volvió denso, opresivo. El engaño había terminado.
—Mentís.—
La voz no resonó en el aire, sino dentro de sus cráneos, atravesando idiomas y voluntades por igual. No era una acusación: era un veredicto.
Imágenes se proyectaron en sus mentes sin permiso: el baluarte en ruinas, la sangre derramada, la figura petrificada de Syrakhs… visiones de un futuro que aún no existía, pero que él ya había contemplado como posibilidad.
Algunos cayeron de rodillas. Otros se llevaron las manos a la cabeza. Incluso los más curtidos sintieron cómo su voluntad se resquebrajaba.
—Traedlos abajo —ordenó Syrakhs, no con palabras, sino con
dominio.
Las compuertas se cerraron con estruendo. Campos de contención se activaron. Los esclavos controlados mentalmente se volvieron contra ellos con movimientos mecánicos, precisos, carentes de miedo.
Mientras eran reducidos, Syrakhs tomó forma al fondo de la sala, emergiendo de las sombras como una aberración hecha carne y pensamiento. Sus tentáculos se agitaron lentamente, saboreando la traición.
No estaba enfadado.
Estaba complacido.
Había descubierto el engaño… y decidió convertirlo en una lección.
Fue entonces cuando Syrakhs reveló su juego, y el enclave entero estalló en caos. En el exterior, la colonia ilicida entró en guerra abierta contra la casa Orzthylast; drows e ilicidos chocaron en una marea de acero, veneno, fuerzas psiónicas y gritos ahogados.
En las mazmorras, el grupo murannita encontró la libertad gracias a
De’zzerion, el Batidor Sombrío, jefe de la inteligencia imperial. Junto a él, Velessa demostró un don inquietante: comprendía la tecnología ilicida casi por instinto. Donde otros veían símbolos alienígenas, ella veía palancas, circuitos, control. Uno a uno, los sistemas de seguridad cayeron. Guardias y esclavos dominados mentalmente fueron abatidos sin piedad mientras avanzaban hacia la superficie.
Velessa llegó a los controles principales y abrió las grandes puertas del baluarte. El grupo emergió al exterior y se lanzó a la batalla junto a los drow, inclinando la balanza del combate.
El interior del baluarte respiraba como una criatura moribunda. Conductos orgánicos palpitaban en las paredes, y una vibración grave recorría el suelo bajo los pies de Velessa. Las luces psiónicas parpadeaban con un ritmo irregular, señal inequívoca de que los sistemas ilicidos estaban entrando en fallo.
De’zzerion avanzaba con paso firme, confiado. Demasiado.
Velessa lo observaba de reojo mientras desactivaba un último nodo de control. Sus dedos se movían con una precisión casi reverente sobre la tecnología alienígena, como si aquella maquinaria antinatural le susurrara secretos solo a ella. Cada puerta que se abría, cada barrera que caía, reforzaba una certeza incómoda en su mente: Murannheim no la necesitaba viva… solo útil.
—Nunca pensé que alguien como tú entendería esto —murmuró De’zzerion, mirando los controles con una mezcla de recelo y admiración—
. El Imperio sabrá recompensarlo.
Velessa no respondió. Sonrió apenas.
Cuando cruzaron la sala de contención secundaria, ella se adelantó un paso. Un gesto rápido. Una secuencia exacta. Las compuertas descendieron con un estruendo seco, separándolos. De’zzerion reaccionó tarde: el campo de retención se cerró tras él con un zumbido agudo.
—¿Qué estás haciendo? —rugió, golpeando los barrotes energéticos.
Velessa activó el núcleo de autodestrucción. El baluarte respondió con un gemido profundo, como si comprendiera su final.
Se giró despacio. Caminó hasta quedar frente a él, a escasos centímetros de la barrera que ahora lo mantenía prisionero. Sus ojos rojos brillaban con una calma cruel.
—La vida es muy perra… —dijo, ladeando la cabeza—
pero yo lo soy más.
De’zzerion gritó órdenes, amenazas, promesas vacías. Velessa no escuchaba. Con una estocada limpia, atravesó el panel de control exterior. Chispas violáceas estallaron en el aire. El sistema murió.
Sin mirar atrás, se lanzó hacia la salida. Las puertas principales comenzaron a cerrarse cuando ella se deslizó entre ellas con una pirueta imposible, rodando sobre el suelo justo cuando el baluarte empezó a temblar de verdad.
Dentro, De’zzerion quedó atrapado… y condenado.
La aparición de
Syrakhs, la Voz de las Profundidades, quebró el ritmo mismo de la batalla. Su sola presencia alteró la Infraoscuridad como si esta reconociera a un depredador mayor. No avanzó con prisa; no la necesitaba. Cada paso imponía silencio, cada latido de su psiónica arrancaba gemidos invisibles de las mentes que lo rodeaban.
Los primeros en caer lo hicieron sin heridas. Sus ojos se apagaron mientras sus cuerpos seguían en pie unos segundos más, marionetas sin hilo, antes de desplomarse.
Malvrax rugió, negándose a ceder terreno. Canalizó su magia a través del espadón y lo descargó contra el ilicido con una fuerza que habría partido murallas. El impacto arrancó tentáculos y desgarró carne, pero la herida se cerró con un estremecimiento nauseabundo. Syrakhs respondió sin tocarlo: una presión psíquica invisible lanzó al ogro contra una estructura drow, quebrando piedra y hueso por igual. Malvrax se levantó entre escombros, sangrando, riendo.
Brogg entró en frenesí absoluto. No gritaba palabras, solo ruido. Embistió una y otra vez, golpeando con puños y armas improvisadas, obligando a Syrakhs a dividir su atención. Cada golpe era efectivo, pero el precio era su mente: los recuerdos se le escapaban, la rabia lo devoraba desde dentro. Aun así, no retrocedió.
Urzuk actuó con disciplina brutal. Aprovechó cada apertura creada por Malvrax y Brogg para flanquear, buscando puntos de anclaje, zonas donde el cuerpo del ilicido parecía anclarse a la realidad. Su hacha mordió profundo más de una vez, arrancando fragmentos que cayeron al suelo como carne muerta… pero cada éxito era respondido con oleadas mentales que lo lanzaban por los aires, dejándolo aturdido y sangrante.
Desde una posición elevada,
Slizzo sostuvo el frente invisible. Alzó barreras arcanas cuando la psiónica amenazaba con aplastar a los suyos, lanzó descargas precisas para interferir en la concentración del ilicido, y gritó advertencias entre espasmos de dolor. La sangre le corría por la nariz, por los oídos, por los ojos. Cada hechizo lo acercaba un poco más al colapso, pero no cedió.
Syrakhs se elevó ligeramente del suelo.
La realidad se deformó a su alrededor. El suelo onduló como carne viva. Algunos combatientes cayeron de rodillas, otros se arrancaron la piel intentando silenciar voces que solo ellos oían. El ilicido estaba ganando.
Fue entonces cuando
La Tejedora avanzó.
No lo hizo con prisa ni con dramatismo. Dio un paso, luego otro. Las moscas que la rodeaban se agruparon en un torbellino denso, oscuro, antinatural. Su voz emergió grave, arrastrada, pronunciando palabras que no buscaban imponer fuerza, sino
cerrar un destino.
Syrakhs percibió el cambio. Intentó aplastar su mente, romper el conjuro antes de que se completara, pero Malvrax se interpuso, descargando un golpe que lo obligó a reaccionar. Brogg embistió por puro instinto. Urzuk atacó desde un flanco sangrante. Slizzo volcó el resto de su energía en un último hechizo de contención.
El conjuro se cerró.
El aire se volvió denso, casi sólido. El grito psíquico de Syrakhs se quebró a mitad de pensamiento. La carne comenzó a endurecerse, los tentáculos quedaron suspendidos en pleno movimiento, y en un instante eterno,
la Voz de las Profundidades quedó petrificada.
El silencio cayó como una losa.
Los ilicidos restantes, privados de su guía mental, se desorientaron. Algunos huyeron.
El silencio tras la petrificación de Syrakhs fue antinatural. El campo de batalla quedó suspendido en un instante inmóvil, como si la Infraoscuridad misma dudara de si debía seguir respirando. La estatua del ilicido, agrietada y retorcida, permanecía en pie como un monumento al terror vencido.
Fue entonces cuando alguien reparó en ella.
Velessa emergió de entre el polvo y las sombras del baluarte, caminando con una calma que no encajaba en aquel escenario de ruina. No corría. No se cubría. Avanzaba como si todo hubiese terminado exactamente cuando ella lo había decidido.
Malvrax fue el primero en girarse. Luego Urzuk. Después Slizzo, aún tembloroso. Incluso La Tejedora inclinó levemente la cabeza, percibiendo una alteración que no provenía de la magia.
Velessa se detuvo a pocos pasos de la estatua de Syrakhs. Apoyó un brazo en la cadera, ladeó el cuerpo con naturalidad y contempló al antiguo señor del baluarte con una sonrisa lenta, ladina…
perversa. No era la sonrisa de la victoria compartida, sino la de una jugada cerrada a la perfección.
En ese instante, detrás de ella, el baluarte rugió.
Un segundo después, la autodestrucción alcanzó su núcleo. La explosión estalló
a su espalda, devorando roca, metal y carne alienígena en una marea de fuego y escombros. La onda expansiva barrió el enclave, arrancando columnas y lanzando cuerpos por los aires.
Velessa no se inmutó.
El fuego iluminó su silueta, el viento agitó su capa violeta, y los fragmentos pasaron a su alrededor como si no le pertenecieran. Su sonrisa no desapareció, porque no era solo satisfacción: era certeza.
La traición se había completado.
De’zzerion había muerto sin dejar rastro. No habría testigos. No habría informes. Nadie sabría jamás qué ocurrió en el corazón del baluarte. Para Murannheim, ella habría sido una pieza clave, una superviviente brillante, una agente decisiva en la caída de Syrakhs.
Un peldaño más.
Un ascenso sellado con silencio y fuego.
Cuando el estruendo se disipó y el polvo comenzó a asentarse, Velessa bajó el brazo, dio media vuelta y se reunió con el grupo como si nada hubiera ocurrido. En sus ojos rojos no había culpa, ni prisa, ni duda.
Solo ambición.
Y la seguridad absoluta de que, en el Imperio de Murannheim,
el poder pertenece a quien lo toma.