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La Forja de Negraespina

Inmacu

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Introducción
🔗A través de las espinas

🔗 De aguja y seda

Parte I - Forja en el distrito del Puente
(En construcción)

Parte II - Forja en el Mar de la Luna
(En construcción)


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Inmacu

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A TRAVÉS DE LAS ESPINAS

El anuncio que cambiaría su suerte llegó con la fría eficiencia de un mensajero. De toda la vida y para una noticia de semejante calado habría esperado el tañido estridente de campanas fúnebres, más por un asunto de puras costumbres que de sentimientos. Nyxara, que acababa de cumplir la veintena y ultimaba sus estudios bajo la estricta mirada de su tía, se encontraba en el scriptorium cuando esta entró en la sala. No hubo preámbulos ni muestras de pésame; la muerte se vivía en los Negraspina como un simple cambio en el censo, un manotazo inesperado sobre el tablero de una familia acostumbrada a perder a su sangre en el nombre de asuntos superiores.

Los dedos nudosos y de tensos tendones de tía Vesperia dejaron caer la carta sellada sobre la mesa de madera donde la joven estudiaba por enésima vez unos antiguos edictos de la fe.

Tu padre ha caído en Amn —dijo Vesperia, con una voz tan gélida como el viento del Mar de la Luna—. Una emboscada en los caminos cerca de los Dientecillos. Los perros de Cyric reclaman la autoría, aunque sospecho que las monedas de la competencia pagaron las espadas de esos traidores, y, al parecer, tus hermanos varones están demostrando ser un hatajo de incompetentes.

Nyxara miró la carta con poco entusiasmo y sus dedos permanecieron quietos sobre el pergamino. No sintió ningún nudo en la garganta ni el impulso infantil de derramar lágrimas, tampoco ese dolor desgarrador que los sentimentales poetas a los que había leído asociaban con la pérdida de un padre. En su lugar, una oleada de recuerdos del Distrito del Puente inundó su mente, para transportarla a una tarde calurosa de su infancia en Athkatla, cuando apenas tenía seis años. Allí, el aire del sótano de la villa familiar apestaba a incienso rancio y a la humedad del río Alandor, un tufo desagradable que se unía al calor sofocante para crear una atmósfera digna de ser recordada por una mente en pleno crecimiento como la suya. Su padre, Malakar Negraespina, la mantenía arrodillada como penitencia por haber derramado lágrimas desconsoladas ante su marcha a algún recado durante varias lunas. Un cosquilleo en sus rodillas en esos instantes de introspección le recordó el dolor que había experimentado aquel día después de horas esperando a que le fuera levantado el castigo.

Mírame, Nyxara —había ordenado Malakar, levantando su barbilla con la dureza de un bloque de mármol—. El dolor que sientes ahora es temporal, pero la lección que voy a darte es eterna. Los débiles mueren cuando su cuerpo y sus sentidos fallan; los fuertes sobreviven porque su voluntad está ligada a algo superior. Si yo me marcho y muero, no quiero que llores sobre mi tumba como una plañidera, estarás derramando lágrimas por alguien que demostró no ser suficiente. Quiero que recuerdes lo que yo te enseñé y te asegures de que nadie te haga dudar. Eres una Negraespina; el linaje se defiende con el puño cerrado.

Así sea, padre —recordó haber respondido con toda la seguridad que le permitió su tierna edad.

Repite esto conmigo. —Malakar apretó la barbilla de la niña, evitando que desviase los ojos negros de los suyos—. A través de las espinas alcanzaré el poder de un Imperio.

El recuerdo se disipó, devolviendo a Nyxara a la realidad del scriptorium de la residencia de su tía en el Alcázar. Murmuró lo que su padre le había hecho repetir aquel día en un susurro, y miró las letras firmes de la carta, redactada por uno de sus hermanos supervivientes, donde suplicaba su regreso ante el caos que se había desatado en su hogar tras la desaparición del patriarca. Sus ojos, fijos en el sello de cera roto, brillaron con resolución a la vez que sus labios se curvaban en una sonrisa, mostrando a la luz de las velas el destello plateado de las joyas que portaba en el lugar en el que debían estar sus dientes inferiores.

No volveré a Amn para llorar, tía —dijo Nyxara, levantando la vista hacia Vesperia con una calma absoluta, atravesando a la mujer con el fuego de sus ojos negros—. Volveré para continuar lo que mi padre dejó a medias. A través de las espinas.

Vesperia asintió despacio, reconociendo en la joven el resultado de la doctrina que ella le dio en el frío entorno del Alcázar.

Prepara tus baúles, acólita —dictaminó la tía—. El Mar de la Luna ya no tiene nada que enseñarte. Ve y demuestra de qué está hecho el hierro del Alcázar.

Nyxara se colocó su guantelete negro de obsidiana, ajustando las correas con paciencia. Su decisión estaba tomada. No regresaba a casa por afecto de una hija a su padre, sino por respeto al orden superior que su padre le había grabado a fuego en la piel. Quería demostrar a todo Amn y a sus hermanos que incluso con sus buenos modales y sus mieles era en realidad la espina más afilada de la Mano Negra.


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Inmacu

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DE AGUJA Y SEDA
Tiempo atrás aquel escritorio había estado atestado de libros, edictos y figuras representativas de la Mano Negra pero ahora la madera había envejecido mal y reinaba el desorden más absoluto; también en otros tiempos había olido a mirra e incienso. Sin embargo el amargo olor al vómito que flotaba en la estancia en el presente provenía del vertido que albergaba un viejo cubo no muy lejos de ese escritorio. Lysander Negraespina, el noveno hijo de diez totales y tercero de entre los cuatro que quedaban vivos, yacía retorcido por el sueño y la ebriedad en el viejo sillón que tantas veces había acogido el imponente cuerpo de su padre.

Bastó el leve chirrido de los goznes de la puerta para sobresaltarse y darse cuenta de la mirada penetrante que estaba analizando la escena desde el umbral.

El cadáver de padre aún está caliente y, sin embargo, te ha dado tiempo a despilfarrar su oro en fulanas y vino. ¿Dónde están los otros?

“Aguja. Aguja. Aguja.” Lysander se repitió el nombre, obligando a sus sentidos embotados a reconocer a la propietaria de aquellos ojos negros: era su hermana. La llamaban Aguja porque, desde niña, su padre había marcado una distinción cruel entre ellos: si los demás eran brutos, toscos y zotes como mazas y martillos, ella era acero afilado, decía. A él le habría gustado ser al menos un martillo o una maza, pero era seda.

Se incorporó mientras la estancia le daba vueltas. Observó cómo su hermana abría los postigos para airear aquel desastre, ocultando la mueca de asco que, sin duda, sentía. Él trató de articular una respuesta, pero la lengua le pesaba. Habían pasado años desde su último encuentro, en una de las escasas visitas que ella hizo a la casa familiar tras ser enviada al Alcázar. Aquello, camuflado como un castigo, fue en realidad un intento desesperado de su padre por corregir los errores que no había logrado solventar con sus otros hijos: el único arbolito que aún podía enderezarse atando una guía a su tronco en crecimiento.

Eres suave, Lysander —le había espetado una tarde su propio padre, rozando la manga de seda de su túnica con un desprecio que le marcó el alma—. Suave como la seda y carente de sustancia. Ella —había dicho Malakar, señalando con un dedo a su pequeña hermana—, ella está siempre detrás, aprendiendo de vuestros errores. Es una aguja y va a atravesar la seda como un cuchillo caliente corta la mantequilla.

Aquel recuerdo, que debería haber sido una lección más, se convirtió en su condena.
En su fuero interno, Lysander sabía que su padre tenía sus razones. Quizá si le hubiera prestado más atención, si le hubiera dado más oportunidades... Pero esas dudas habían marcado la diferencia entre la educación de Aguja y el castigo sistemático que él recibió. Se sentía débil, una brizna bajo la bota de quienes pisaban más fuerte. La náusea y la rabia volvieron a ascender por su garganta, evaporándose solo cuando un nuevo borbotón de vino agrio y gachas fue a parar al fondo del cubo, con el sonido sordo y repulsivo de los tropezones golpeando la madera.

Me haces preguntas que no puedo responder —dijo, intentando estabilizarse en el asiento. La figura de su hermana, erguida frente a él—. Corin estará buscando pelea en el puerto, como siempre. Varian se pudre vendiendo las telas de madre o llevando la contabilidad de algún cretino.
¿Y madre?
Se ha refugiado en Calimport. Con los abuelos.
La seda ha decidido dejar de arroparte —murmuró ella con una sonrisa leve, tal vez irónica—. Curioso. Entonces, solo quedamos tú y yo en este desastre.
Sí, hermana —logró articular él, inclinándose sobre la mesa, incapaz de sostener la cabeza—. ¿Cómo vamos a evitar que el barco se hunda?

Aguja, cuyo nombre en realidad era Nyxara, se acercó. A pesar de la decisión con la que se movía, no pareció intimidante; ofreció una leve caricia en el cabello negro y crespo de su hermano, enredándolo entre los dedos.

Soltando lastre, Lysander. Los poderosos no encargan a sus constructores colocar los cimientos de sus palacios sobre las ruinas, ni contratan a capataces borrachos.

Entonces le sujetó las mejillas con firmeza, acortando la distancia hasta que sus rostros quedaron a escasos centímetros, con la confianza del que se acerca a examinar a un pequeño gorrión herido.

Solo necesito un lugar donde dormir, limpio y ordenado. —Prosiguió.— El desorden es el síntoma de una mente caótica, así que mantén tus vicios lejos de mí y no entorpezcas. Créeme, estoy convencida de que padre hubiera preferido que quemase esta casa con vosotros dentro antes de ver cómo vuestra mediocridad le prende fuego a su apellido.

Con lentitud calculada, Nyxara retiró las manos del rostro de su hermano y se alejó hacia la ventana, apoyando una mano sobre el marco para permitir que la luz pálida de la noche de Athkatla bañara su perfil. Lysander no pudo articular palabra; mientras la observaba, comprendió con claridad que engrandecer el apellido Negraespina y diseminar las enseñanzas de su padre ya no estaba en manos de los hombres de la familia, sino en la única mente que, en aquella habitación, aún no se había rendido ante la decadencia.
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