DE AGUJA Y SEDA
Tiempo atrás aquel escritorio había estado atestado de libros, edictos y figuras representativas de la Mano Negra pero ahora la madera había envejecido mal y reinaba el desorden más absoluto; también en otros tiempos había olido a mirra e incienso. Sin embargo el amargo olor al vómito que flotaba en la estancia en el presente provenía del vertido que albergaba un viejo cubo no muy lejos de ese escritorio. Lysander Negraespina, el noveno hijo de diez totales y tercero de entre los cuatro que quedaban vivos, yacía retorcido por el sueño y la ebriedad en el viejo sillón que tantas veces había acogido el imponente cuerpo de su padre.
Bastó el leve chirrido de los goznes de la puerta para sobresaltarse y darse cuenta de la mirada penetrante que estaba analizando la escena desde el umbral.
—El cadáver de padre aún está caliente y, sin embargo, te ha dado tiempo a despilfarrar su oro en fulanas y vino. ¿Dónde están los otros?
“Aguja. Aguja. Aguja.” Lysander se repitió el nombre, obligando a sus sentidos embotados a reconocer a la propietaria de aquellos ojos negros: era su hermana. La llamaban Aguja porque, desde niña, su padre había marcado una distinción cruel entre ellos: si los demás eran brutos, toscos y zotes como mazas y martillos, ella era acero afilado, decía. A él le habría gustado ser al menos un martillo o una maza, pero era seda.
Se incorporó mientras la estancia le daba vueltas. Observó cómo su hermana abría los postigos para airear aquel desastre, ocultando la mueca de asco que, sin duda, sentía. Él trató de articular una respuesta, pero la lengua le pesaba. Habían pasado años desde su último encuentro, en una de las escasas visitas que ella hizo a la casa familiar tras ser enviada al Alcázar. Aquello, camuflado como un castigo, fue en realidad un intento desesperado de su padre por corregir los errores que no había logrado solventar con sus otros hijos: el único arbolito que aún podía enderezarse atando una guía a su tronco en crecimiento.
—Eres suave, Lysander —le había espetado una tarde su propio padre, rozando la manga de seda de su túnica con un desprecio que le marcó el alma—. Suave como la seda y carente de sustancia. Ella —había dicho Malakar, señalando con un dedo a su pequeña hermana—, ella está siempre detrás, aprendiendo de vuestros errores. Es una aguja y va a atravesar la seda como un cuchillo caliente corta la mantequilla.
Aquel recuerdo, que debería haber sido una lección más, se convirtió en su condena.
En su fuero interno, Lysander sabía que su padre tenía sus razones. Quizá si le hubiera prestado más atención, si le hubiera dado más oportunidades... Pero esas dudas habían marcado la diferencia entre la educación de Aguja y el castigo sistemático que él recibió. Se sentía débil, una brizna bajo la bota de quienes pisaban más fuerte. La náusea y la rabia volvieron a ascender por su garganta, evaporándose solo cuando un nuevo borbotón de vino agrio y gachas fue a parar al fondo del cubo, con el sonido sordo y repulsivo de los tropezones golpeando la madera.
—Me haces preguntas que no puedo responder —dijo, intentando estabilizarse en el asiento. La figura de su hermana, erguida frente a él—. Corin estará buscando pelea en el puerto, como siempre. Varian se pudre vendiendo las telas de madre o llevando la contabilidad de algún cretino.
—¿Y madre?
—Se ha refugiado en Calimport. Con los abuelos.
—La seda ha decidido dejar de arroparte —murmuró ella con una sonrisa leve, tal vez irónica—. Curioso. Entonces, solo quedamos tú y yo en este desastre.
—Sí, hermana —logró articular él, inclinándose sobre la mesa, incapaz de sostener la cabeza—. ¿Cómo vamos a evitar que el barco se hunda?
Aguja, cuyo nombre en realidad era Nyxara, se acercó. A pesar de la decisión con la que se movía, no pareció intimidante; ofreció una leve caricia en el cabello negro y crespo de su hermano, enredándolo entre los dedos.
—Soltando lastre, Lysander. Los poderosos no encargan a sus constructores colocar los cimientos de sus palacios sobre las ruinas, ni contratan a capataces borrachos.
Entonces le sujetó las mejillas con firmeza, acortando la distancia hasta que sus rostros quedaron a escasos centímetros, con la confianza del que se acerca a examinar a un pequeño gorrión herido.
—Solo necesito un lugar donde dormir, limpio y ordenado. —Prosiguió.— El desorden es el síntoma de una mente caótica, así que mantén tus vicios lejos de mí y no entorpezcas. Créeme, estoy convencida de que padre hubiera preferido que quemase esta casa con vosotros dentro antes de ver cómo vuestra mediocridad le prende fuego a su apellido.
Con lentitud calculada, Nyxara retiró las manos del rostro de su hermano y se alejó hacia la ventana, apoyando una mano sobre el marco para permitir que la luz pálida de la noche de Athkatla bañara su perfil. Lysander no pudo articular palabra; mientras la observaba, comprendió con claridad que engrandecer el apellido Negraespina y diseminar las enseñanzas de su padre ya no estaba en manos de los hombres de la familia, sino en la única mente que, en aquella habitación, aún no se había rendido ante la decadencia.