XerxesFMA
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La hueste seguía el camino del desfiladero guiada por Borghol, el enorme y respetado guerrero de Murann. Junto a él caminaba Xerxes, pero había muchos más: humanos, drows, muertos vivientes, criaturas del Abismo y monstruos; todos unidos en una falange mortal.
Mientras avanzaban escoltando a los esclavos, algunos muertos y otros gravemente heridos, Xerxes soñaba despierto. Escuchaba los tambores de la guerra mientras la luna llena se alzaba majestuosa sobre ellos. Su tenue luz azulada teñía la piel verdegris del chamán, mientras la sangre aún goteaba de su maza, con restos adheridos de su última víctima: un enorme licántropo al que había conseguido abatir en un duelo singular en mitad de las escaramuzas del camino.
La Canción de Gruumsh resonaba majestuosa en su mente, y un calor inundaba su pecho, una energía que sólo había sentido el día en que se arrancó el ojo para recibir el Don de la Visión y el favor del Que Todo lo Ve.
Se vio a sí mismo liderando una horda infinita a través de las montañas. Todos los Dientecillos se habían convertido en un enjambre de guerreros que inundaba las tierras circundantes con el vibrante estruendo del metal, el fuego y los gritos de muerte de los caídos.
Era una visión ominosa.
Pero también gloriosa.
La visión comenzó a entretejerse con la realidad y eso era claramente una señal, Gruumsh intentaba hablarle.
"La Última Horda."
Primero fue un susurro, después un murmullo y, finalmente, un clamor. Entonces comprendió. Supo lo que debía hacer. Ahora sabía cómo devolver la Horda a Murann, a aquella Murann que había evolucionado olvidando a las hordas de los Dientecillos. Pero Xerxes devolvería la grandeza de la Horda al lugar que siempre le había correspondido: al corazón mismo del Imperio de las Bestias.
Desde la Plaza de las Almas en el Jotumheim, donde el Gran Ojo contemplaba el enorme coliseo en el que tanta sangre había corrido como un río, Xerxes proclamó que Él había escuchado la orden de Gruumsh.
Una orden que no podía sino obedecer. Una compañía de guerreros se alzaría en Murann.
Una horda.
Un conglomerado de guerreros unidos por un único propósito: marchar libres hacia la destrucción de los enemigos, sumidos para siempre en la vorágine de la guerra eterna, aplastando... y siendo aplastados por ella.
Xerxes había comenzado a forjar su destino.
Y pronto, la Canción de la Última Horda resonaría en todos los rincones del Imperio... y sobretodo entre sus enemigos.
Offtopic :
Inspirado por las aventuras de ayer en los Dientecillos, se me ocurrió si alguien le gusta el rol más chamánico y salvaje poder unirnos para ir de aventuras con este enfoque algo ''orco'' pero quizá divertido, Xerxes se mantiene a la escucha de cualquiera que le parezca entretenido.