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El monje inquieto

MotiSJL

Orco del Desolado
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8/4/26
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Llegué a Athkatla sin mapa. Sin plan. Sin conocer a nadie.
Solo unas sandalias prestadas y la certeza de que quería ayudar a la gente.
No sabía lo que eso costaba todavía.
Los primeros días fueron exactamente lo que cabría esperar de alguien que no sabe dónde está ni qué hace ahí.
Di discursos sobre la guardia que nadie escuchó.
Asusté a sacerdotisas besándoles la mano cuando alguien me dijo que era lo correcto.
Maté zombies en un cementerio y esqueletos en una cueva de playa y pensé que sabía lo que me estaba haciendo.
No lo sabía.
Fui aprendiendo.
Que Athkatla no es Tresthaven.
Que la gente aquí tiene capas que no se ven desde fuera.
Que ayudar no es tan simple como llegar corriendo con las manos abiertas.
A veces es entrar despacio.
Escuchar.
Esperar.
Lo más difícil que me han pedido nunca.
Detuve un ritual en honor a Olhydra en una cueva costera.
Luché contra hombres tiburón y jinetes de pez y serpientes con cabeza de mujer.
Toqué un laúd prestado en el Festival de la Alegría de Nashkel delante de medio pueblo sin haberlo planeado.
Caminé por Athkatla con alguien que me importaba y dije cosas que no había planeado decir porque no sé guardarme lo que pienso.
Caí en combate más veces de las que debería admitir.
Me levanté todas.
Hice el juramento a Selûne.
No fue un momento grande ni solemne en el sentido en que uno imagina esas cosas.
Fue simplemente el momento en que entendí que este era mi camino.
Que la luna que guía a los perdidos en la oscuridad era lo que yo quería ser.
Que Selûne no ilumina la noche porque tema la oscuridad.
La ilumina porque la conoce mejor que nadie.
Me nombraron escudero del Clero de Selûne.
Con ceremonia. Con testigos. Con título.
Alaric estaba ahí.
No dijo nada. No hacía falta.
Pero estaba ahí.
Y eso importó más de lo que sabría explicar.
Aprendí que la misericordia tiene límites que no decides tú.
Que algunas personas no quieren ser salvadas.
Que querer ayudar a alguien no significa que puedas.
Que el casi de casi todo el mundo merece una oportunidad es la palabra más pesada que existe.
Lo aprendí de la manera que se aprenden las cosas importantes.
A las malas.
Y en silencio.
Luego vino un monje del clero que me enseñó que las sombras no son ausencia de luz.
Son su reflejo más sutil.
Que Selûne no lucha contra la noche.
La habita.
La conoce.
Y que desde dentro de la oscuridad es desde donde mejor se puede guiar a los perdidos.
El ki entre mis manos es negro ahora.
No como corrupción.
Como elección.
Puedo invocar sombras.
No con magia arcana ni con plegarias formales.
Con ki.
Con las manos y la oscuridad respondiendo a algo que llevo dentro y que todavía no entiendo del todo.
Participé en la caída del avatar de Vaprak.
No lo maté yo solo.
Nadie lo mató solo.
Fueron muchos y fue brutal y hubo un momento en el combate donde pensé que no iba a salir.
Salí.
Con una herida que todavía quema.
Que probablemente seguirá quemando mucho tiempo.
Las marcas de los avatares divinos no desaparecen fácilmente.
Ahora voy a Tresthaven unos días.
A ver a mi madre.
A visitar una tumba que todavía no he podido visitar.
A ponerme de pie ante el mar donde me quedé quieto treinta segundos por primera vez en mi vida y entendí algo que ningún texto me habría enseñado.
No sé exactamente en qué me estoy convirtiendo.
Sé que no soy el mismo chico que llegó sin mapa.
Sé que las sandalias del Padre Ossian siguen en mis pies.
Sé que la herida quema pero sigo en pie.
Sé que las sombras me obedecen y que eso tiene un peso que todavía estoy aprendiendo a cargar.
Sé que Selûne me eligió o yo la elegí a ella y que en este punto ya no importa cuál fue primero.
Llegué a Athkatla queriendo ayudar a la gente.
Eso no cambió.
Todo lo demás sí.
Kennan Hawker
De Tresthaven
Escudero del Clero de Selûne

 

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