Gainaxx
Enano con acento ruso
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En el distrito portuario de Athkatla, las personas aprendían pronto que toda cosa tenía un precio.
El pescado, la seda, el hierro, los mapas, las promesas. Incluso las historias. Algunas se contaban por una jarra de cerveza, otras por una bolsa de monedas, y otras se susurraban tan bajo que uno entendía enseguida que no estaban hechas para sobrevivir a la noche.
Maelis había nacido entre ese ruido.
Entre muelles húmedos, almacenes cerrados con demasiados candados, barcos que traían mercancías de tierras lejanas y caravanas que partían antes del amanecer cargadas de cajas, rumores y despedidas. De niña, había escuchado más acentos que sermones, más mentiras que canciones limpias, y más verdades dichas por borrachos que por hombres vestidos de autoridad.
Quizá por eso aprendió a mirar antes de hablar.
Ahora caminaba por aquellas calles con una calma distinta, más afilada. Ya no era una muchacha del puerto siguiendo el paso de los mercaderes ni escuchando cuentos detrás de una puerta entreabierta. Era una mujer alta, de porte firme, con el cabello gris cayéndole en ondas largas sobre los hombros y una espada al costado que no parecía llevada por adorno.
La hoja tenía marcas viejas. Inscripciones gastadas. Palabras incompletas que se resistían al olvido.
Maelis solía pensar que algunas cosas rotas decían más que las intactas.
La luz de los faroles tocaba su rostro de forma irregular mientras avanzaba entre el olor a sal, brea y lluvia vieja. Sus ojos amatista parecían guardar un brillo propio, sutil pero imposible de ignorar cuando alguien se atrevía a sostenerle la mirada. En sus manos, las uñas largas de tono violeta oscuro ya no parecían simple elección estética; tenían algo de garra, algo elegante y peligroso a la vez. Y cuando sonreía de cierta manera, apenas podía notarse que sus dientes eran un poco más afilados de lo normal.
No lo ocultaba del todo.
Tampoco lo explicaba.
El puerto le había enseñado que no todo secreto merecía ser regalado al primer curioso.
Se detuvo frente a un muro cubierto de papeles: avisos de trabajo, encargos de escolta, deudas, búsquedas, promesas de oro y amenazas escritas con buena tinta. Maelis los leyó despacio, como si incluso el papel más barato pudiera esconder algo digno de atención. Una de sus garras rozó el borde de un anuncio suelto.
-La ciudad sigue teniendo la mala costumbre de vender problemas como oportunidades murmuró, con una voz baja y cálida, apenas divertida.
No había vuelto al puerto buscando gloria. Nunca le había interesado demasiado esa palabra. La gloria era cómoda para los bardos que no habían tenido que limpiar sangre de sus botas. Maelis prefería otras cosas: los nombres olvidados, las rutas perdidas, las historias enterradas bajo versiones más convenientes.
Oghma no la había encontrado en una biblioteca silenciosa, sino entre canciones de marineros, mapas manchados, cartas sin dueño y relatos partidos por la mitad. Para Maelis, el conocimiento no siempre olía a pergamino. A veces olía a sal. A hierro. A cerveza derramada. A tierra removida en una cripta que nadie debía haber abierto.
Alzó la vista hacia los barcos oscuros del puerto, donde las velas recogidas parecían sombras dormidas contra el cielo.
Había algo en su sangre que también estaba despertando. Algo antiguo. Amatista. Paciente.
Maelis cerró la mano despacio, sintiendo el filo delicado de sus propias garras contra la palma, y dejó escapar una sonrisa pequeña.
Athkatla seguía siendo la misma: ruidosa, peligrosa, hermosa a su manera y llena de mentiras bien vestidas.
Pero ella ya no era exactamente la misma mujer que había nacido entre sus muelles.
Y quizá, pensó mientras retomaba el camino, esa era una historia que valía la pena escuchar hasta el final.

El pescado, la seda, el hierro, los mapas, las promesas. Incluso las historias. Algunas se contaban por una jarra de cerveza, otras por una bolsa de monedas, y otras se susurraban tan bajo que uno entendía enseguida que no estaban hechas para sobrevivir a la noche.
Maelis había nacido entre ese ruido.
Entre muelles húmedos, almacenes cerrados con demasiados candados, barcos que traían mercancías de tierras lejanas y caravanas que partían antes del amanecer cargadas de cajas, rumores y despedidas. De niña, había escuchado más acentos que sermones, más mentiras que canciones limpias, y más verdades dichas por borrachos que por hombres vestidos de autoridad.
Quizá por eso aprendió a mirar antes de hablar.
Ahora caminaba por aquellas calles con una calma distinta, más afilada. Ya no era una muchacha del puerto siguiendo el paso de los mercaderes ni escuchando cuentos detrás de una puerta entreabierta. Era una mujer alta, de porte firme, con el cabello gris cayéndole en ondas largas sobre los hombros y una espada al costado que no parecía llevada por adorno.
La hoja tenía marcas viejas. Inscripciones gastadas. Palabras incompletas que se resistían al olvido.
Maelis solía pensar que algunas cosas rotas decían más que las intactas.
La luz de los faroles tocaba su rostro de forma irregular mientras avanzaba entre el olor a sal, brea y lluvia vieja. Sus ojos amatista parecían guardar un brillo propio, sutil pero imposible de ignorar cuando alguien se atrevía a sostenerle la mirada. En sus manos, las uñas largas de tono violeta oscuro ya no parecían simple elección estética; tenían algo de garra, algo elegante y peligroso a la vez. Y cuando sonreía de cierta manera, apenas podía notarse que sus dientes eran un poco más afilados de lo normal.
No lo ocultaba del todo.
Tampoco lo explicaba.
El puerto le había enseñado que no todo secreto merecía ser regalado al primer curioso.
Se detuvo frente a un muro cubierto de papeles: avisos de trabajo, encargos de escolta, deudas, búsquedas, promesas de oro y amenazas escritas con buena tinta. Maelis los leyó despacio, como si incluso el papel más barato pudiera esconder algo digno de atención. Una de sus garras rozó el borde de un anuncio suelto.
-La ciudad sigue teniendo la mala costumbre de vender problemas como oportunidades murmuró, con una voz baja y cálida, apenas divertida.
No había vuelto al puerto buscando gloria. Nunca le había interesado demasiado esa palabra. La gloria era cómoda para los bardos que no habían tenido que limpiar sangre de sus botas. Maelis prefería otras cosas: los nombres olvidados, las rutas perdidas, las historias enterradas bajo versiones más convenientes.
Oghma no la había encontrado en una biblioteca silenciosa, sino entre canciones de marineros, mapas manchados, cartas sin dueño y relatos partidos por la mitad. Para Maelis, el conocimiento no siempre olía a pergamino. A veces olía a sal. A hierro. A cerveza derramada. A tierra removida en una cripta que nadie debía haber abierto.
Alzó la vista hacia los barcos oscuros del puerto, donde las velas recogidas parecían sombras dormidas contra el cielo.
Había algo en su sangre que también estaba despertando. Algo antiguo. Amatista. Paciente.
Maelis cerró la mano despacio, sintiendo el filo delicado de sus propias garras contra la palma, y dejó escapar una sonrisa pequeña.
Athkatla seguía siendo la misma: ruidosa, peligrosa, hermosa a su manera y llena de mentiras bien vestidas.
Pero ella ya no era exactamente la misma mujer que había nacido entre sus muelles.
Y quizá, pensó mientras retomaba el camino, esa era una historia que valía la pena escuchar hasta el final.
