De Agujas de Oro salió la compañía,
al mando Sariel, la sacerdotisa buena,
Roderic el de rubia melena la seguía,
junto a Gabriel, el arco tenso y la flecha certera.
Vencieron los gusanos que la costa asolaban,
gigantes y voraces, surgidos de la espuma,
las mantarrayas el aire cortaban con sus alas
hasta esconderse en las grutas sin luz de luna.
Descendieron a las sombras donde el sol jamás alcanza,
paso a paso, lentos, pesados, sin aliento y sin premura,
cargando el hierro y el miedo como losa dura y oscura,
sintiendo que cada escalón robaba toda su esperanza.
El aire se hacía espeso, denso, opresivo y turbio,
la piedra sudaba sombras, el silencio pesaba y pesaba,
cada paso más hondo, más lento, más grave se tornaba,
y el tiempo, allí abajo, no era tiempo, era un lodo sucio.
Gabriel afiló su flecha con esmero:
"para vos, mi dama, cazaré el lucero."
Roderic, celoso, alzó más la voz:
"mi espada y mi vida son solo por vos."
Evelyn, divertida, no escogió a ninguno:
"guardad los suspiros, sois ambos importunos."
Y Sariel, entre risas, los miraba burlona,
dejando a los dos galanes sin dama y sin corona.
Por sendas de setas gigantes avanzaron,
pisando esporas que el aire enturbiaban,
trasgos y farfulleros al paso se cruzaron
y con hierro y magia el camino despejaban.
Surgió el hombre escorpión,
con todo su furor,
sediento de sabor
de sangre y de dolor.
Roderic sin temor
lanzó todo su ardor,
Gabriel con vigor,
flechas sin error,
Evelyn con valor
remató con rigor,
y cayó el agresor,
vencido sin honor.
Con el pecho henchido y la espada en alto,
Roderic a Evelyn narró su hazaña:
"¿visteis, mi dama, cómo herí sin fallo?"
Ella sonrió, sin decir palabra extraña.
Vencido el hombre escorpión, tomaron
otra senda para la vuelta emprender,
por grutas nuevas que jamás pisaron
buscando a la luz del sol volver.
Mas el camino distinto que escogieron
por ríos de fuego y magma discurría,
y sobre el abismo ardiente se vieron
obligados a cruzar cuanto podían.
Sobre el magma, a saltar,
tendidas cuerdas cruzar,
el fuego sin descansar
ponía a prueba su andar.
El hierro, pesado a más no dar,
hizo a Roderic tambalear,
resbaló sin poder evitar
y al fuego ardiente fue a parar.
Vio su carne arder y quemar,
sintió su piel desgarrar,
el grito no pudo evitar
mientras el fuego, sin cesar,
también a otros fue a tragar,
sin fuerzas ya su cuerpo aguantar.
Evelyn, sin dudarlo ni temblar,
se lanzó tras él, sin descansar,
y también a otro fue a salvar.
Sariel, con fuerza sin par,
dos cuerpos más fue a rescatar
del fuego que no iba a cesar.
¡Ay... ay, mil quemazones!
¡Ay, mis pobres pulmones!
No h-hallo ya razones
ni fuerzas ni ora-ciones...
¡Arden mis panta-lones!
¡Arden mis eslabones!
Sariel, entre visiones,
quemados tengo los...
Heridos, quemados y doloridos,
decidieron su marcha retrasar,
los cuerpos rescatados, malheridos,
optaron por la infra abandonar.
De vuelta, una sacerdotisa azer,
de piel de fuego y voz serena,
un slaad negro les hizo saber
que en las sombras de la infra campa y reina.
"Buscadlo y con la muerte castigad
su presencia que el equilibrio quiebra."
Mas el grupo, falto ya de vitalidad,
decidió posponer tan grave gesta.
Descansarían primero sus heridas,
curando el cuerpo y también el alma,
y cuando estuvieran de nuevo erguidas
sus fuerzas, cumplirían con calma.