Novedades

El fortalecimiento de los guardianes del Equilibrio

Loreliel

Pirata sin barco
Registrado
25/9/11
Mensajes
2,497
Edad
37

rpg-5e-factions-emeraldenclave.jpg


bosque-de-tambores-m%C3%ADstico-con-s%C3%ADmbolos-sobre-piedras-ai-generado-314291770.jpg


En el amanecer de aquel día en medio de las batallas del norte contra las fuerzas enemigas de Soth, las mariposas y otros menudos espíritus del aire danzaban entre los pétalos abiertos, y la luz del sol descendía sobre el Bosque de Álandor. Era cálida y serena, mas no traía fatiga ni ardor, sino la promesa de días venturosos. Y se alzó entonces un susurro entre los árboles antiguos, como si las hojas mismas hablaran en lengua olvidada, llevando de rama en rama la nueva que habría de perdurar:

Radix, llamado entre los hombres el Jinete Furioso, sería elevado a la dignidad de Acechador de Invierno, guardián de los senderos helados y vigía de las tierras del norte. Largo tiempo había aguardado este momento, pues desde las crueles Guerras de los Dragones, cuando el fuego devoró los cielos y la tierra gimió en su agonía, su valor había sido probado y su destino sellado.

Mas no sólo los hijos de los pueblos razonables se alegraron, pues la savia misma del bosque pareció cobrar júbilo. Las hierbas se inclinaron con suavidad, y las flores abrieron sus corolas en honor al retorno del sabio Zentakord, gran druida de epocas pasadas, que volvía a ocupar su lugar entre los miembros del Honorable Enclave Esmeralda, custodios del equilibrio y del misterio verde.

Entonces cesaron las antiguas querellas del bosque: las fieras suspendieron su caza, y las presas olvidaron el temor. Todos, bestias y espíritus, acudieron al Claro de Eldath, donde el poder de la vida fluye puro y sin mancha desde los días primeros del páramo.

Allí en el claro Eldath se congregan las energías del bosque, y el aire mismo pareció contener el aliento. Pues aquel día, Álandor recordará los nombres de sus guardianes —Radix el Jinete Furioso, Zentakord el Sabio— sumados a la memoria imperecedera, como raíces que se entrelazan bajo la tierra del tiempo, perdurando mientras el mundo sea joven y los árboles canten bajo el sol.

Offtopic :
Hoy a las 21:00
 
Última edición:

Lux

Sexta identidad de ladrón cofrade
Registrado
19/10/19
Mensajes
222
Todos los días son grandes para la Vida y para la Madre Tierra... pero hay días que nos parecen más bellos e importantes... Hoy es un día bello e importante... Radix y Zenta han tenido su reconocimiento... Es Bello... Es Alegre... porque ellos hubieran seguido igual haciendo su trabajo tal y como hago y hacemos todos... pero es Alegre y Bello :piensa Lux mientras pasea acariciando a su querido Inti* ... Hummm, lo se Inti lo se. Yo también me emocioné osito adorable querido... *Inti mira fijamente a Lux como pidiéndole algo*... Lo se... Lo se Inti. Pronto me será mi turno. Pero no hay prisa... Ya sabes Inti que la Madre Tierra es inescrutable... Ella dirá el cuando y el como. Gordooo comilón al galope que debemo encontrar a los Ripacurtias que viene una batalla por el bosque y necesitamos varitas y pergaminos *dice Lux mientras palpa las bolsas llenas de hierbas druidicas de curar * .
 

Loreliel

Pirata sin barco
Registrado
25/9/11
Mensajes
2,497
Edad
37
Y en efecto, bajo los rayos cálidos que se filtraban entre las copas de árboles del Bosque Álandor, el Claro Eldath despertó a su antigua gloria engalanándose con adornos coloridos. El aire olía a flores y canto, y sobre el viejo anfiteatro natural se alzaba Loreliel, vestida de hojas y elementos del Verdor del bosque. A su llamado acudieron los guardianes del Enclave Esmeralda y varios amigos y aliados conocidos, pues este era el día del ascenso y del retorno. El bosque entero aguardaba en silencio.

Primero avanzó Radix, el Jinete Furioso, con mirada de invierno y fuego en el corazón. Loreliel alzó un cuenco rustico donde reposaba un líquido azul como el hielo de los cielos, y le dijo:

Bebe y vincula tu alma al compromiso eterno el sagrado roble en nuestro jardín y lleva de ahora en adelante el peso de la responsabilidad que llevarás con honor hasta que tu ciclo finalice.

Radix en cuyos ojos moraba la determinación de los que no conocen rendición, bebió, y el viento del norte pronunció su nuevo nombre: Acechador de Invierno.

Luego se adelantó Zentakord, el Sabio de las Raíces, y Loreliel le ofreció un cuenco donde centelleaba un líquido verde como el corazón de la selva.

Bebe, hijo del renacer —dijo ella—, y vuelve al canto del bosque junto a nosotros, que tu conexión con el poder de la naturaleza, nos traiga bendición y prosperidad.

Zentakord bebió, y la tierra respondió con un leve temblor, brotando hierba nueva a su alrededor. Y los guardianes lo saludaron como al Druida empoderado de otros tiempos de verdor.

Entonces Loreliel extendió sus brazos, y el bosque entero suspiró con ella, las energías se mecían entre brisas que llevaban las hojas, algunos relámpagos bajaron a saludar a los que entregaron su corazón para la causa de defender el equilibrio natural. Y así fueron consagrados Radix y Zentakord, raíces y viento, invierno y vida, bajo la mirada inmortal del bosque viviente y los buenos dioses de lo natural.

1000449157.jpg
1000449158.jpg
1000449159.jpg
 

Loreliel

Pirata sin barco
Registrado
25/9/11
Mensajes
2,497
Edad
37
Ceremonia de Ascenso Fanrin

1qKNpkK.png

GLD5UXi.png


Y llegó el día señalado en que el Claro Sagrado de Eldath fue preparado para un acontecimiento de gran significado entre los Guardianes del Enclave Esmeralda. Aquel lugar antiguo, donde la luz del cielo desciende entre las ramas como bendición silenciosa, se vistió de verde renovado. Hojas frescas de ciprés fueron esparcidas sobre la hierba y los senderos del claro, tomadas de un árbol que el viento de los días recientes había despojado parcialmente de sus copas. Así, lo que la tormenta había arrebatado fue ofrecido ahora como ornamento en honor al rito que habría de celebrarse.

Allí se reunieron los guardianes, vestidos con los colores del bosque y del musgo, para presenciar el nacimiento de un nuevo protector del equilibrio de la naturaleza.

Y el nombre que habría de ser pronunciado desde entonces entre ellos fue Fanrin.

Pues Fanrin era de sangre mezclada, un semielfo, y en su corazón habitaba una noble devoción por los caminos del bosque. Su espíritu se hallaba guiado por la fe en Mielikki, señora de los bosques profundos y protectora de las criaturas libres de la naturaleza. Desde joven había aprendido los saberes de los exploradores: las sendas ocultas, la voz del viento entre las hojas, el lenguaje de las huellas sobre la tierra húmeda. Y por designio del destino, tales caminos lo condujeron finalmente hasta las tierras de Amn, donde cruzó su senda con la de los guardianes del Enclave Esmeralda.

En ellos encontró espíritus afines a su propósito, y una causa que resonaba con la voz de su propio corazón.

Mas no fue admitido de inmediato entre los guardianes, pues tal honor no se concede sin prueba. Durante largo tiempo fue sometido a arduos entrenamientos y desafíos: caminó por sendas solitarias, vigiló los límites del bosque y aprendió las antiguas disciplinas de quienes protegen el equilibrio del mundo natural.

Así fue que Fanrin, que al principio había llegado como un brote joven entre los árboles antiguos —una promesa aún por florecer—, demostró con perseverancia y valor que su espíritu era digno de crecer entre los guardianes.

Y cuando al fin llegó el día señalado, Loreliel la Plateada lo condujo al centro del claro. Allí fue celebrado el antiguo ritual de los guardianes, un rito místico y sagrado que había sido transmitido a través de muchas generaciones del Enclave.

Ante los espíritus invisibles del bosque, ante las criaturas que habitan en lo profundo de las raíces y las ramas, y ante los propios guardianes reunidos, Fanrin pronunció su juramento. Y juró entonces hacer de la causa del Enclave Esmeralda su causa;
de su propósito, su propio camino;
y de su convicción, la guía que gobernaría todos sus días.

Así fue recibido entre los guardianes.

Y desde aquel momento su nombre fue contado entre quienes velan por el equilibrio de los bosques y las tierras salvajes.
 
Última edición:

Loreliel

Pirata sin barco
Registrado
25/9/11
Mensajes
2,497
Edad
37
Ceremonia de Ascenso Zentakord

Y sucedió que, tras las grandes tribulaciones de aquellos años, cuando la Bruma fue rechazada de muchos senderos y los clamores de la guerra se apagaron poco a poco entre las montañas del norte y las espesuras de Álandor, llegó para el Bosque un tiempo de relativa calma.

No era una paz completa, pues mientras el mundo exista jamás cesarán del todo las amenazas contra el Equilibrio. Sin embargo, los árboles volvieron a cantar con los vientos de las estaciones, los animales retornaron a sus antiguos caminos, y los guardianes pudieron dedicar sus esfuerzos no sólo a la guerra, sino también a la preservación de aquello que habían jurado proteger.

En aquellos días destacó una vez más Zentakord, llamado por muchos el Sabio de las Raíces.

Pues no buscó descanso ni gloria para sí. Mientras otros celebraban las victorias alcanzadas, él recorrió bosques, montañas y riberas; habló con los espíritus de la tierra y escuchó el lenguaje secreto de las raíces que duermen bajo los suelos antiguos. Allí donde la Bruma había dejado cicatrices, llevó sanación. Allí donde las corrientes del equilibrio permanecían heridas, llevó remedio.

Durante largos ciclos de luna trabajó sin descanso. Plantó nuevos bosques donde el fuego había consumido la vida; purificó manantiales corrompidos; enseñó a jóvenes druidas los senderos de la naturaleza; y acudió allí donde los pueblos libres solicitaban consejo. Y cuantos observaron sus obras comprendieron que el vínculo entre Zentakord y el mundo viviente se había fortalecido más allá de lo que muchos creían posible.

Entonces los ancianos del Honorable Enclave Esmeralda se reunieron bajo las ramas del gran roble sagrado. Y hablaron largamente sobre las cargas del deber y sobre aquellos que habían demostrado ser dignos de portar responsabilidades mayores.

Y al final de sus deliberaciones pronunciaron un mismo juicio:

—Que Zentakord sea contado entre los Acechadores de Invierno.

Grande fue la alegría que recorrió los senderos de Álandor cuando la noticia se hizo conocida. Pues aquel honor era uno de los más elevados que podía alcanzar un guardián del Equilibrio, y significaba asumir una vigilancia constante sobre los territorios salvajes, convirtiéndose en protector no sólo de una región, sino de una parte esencial del orden natural con toda una responsabilidad mayor.

Fue así que Elondril enviada de Arkhaneus Melena Plateada llevó las nuevas al druida Zentakord y lo llevó ante el archidruida quien muy directo y serio, le dijo que apartir de este momento sería uno más entre los acechadores de invierno. Más no todo acabó allí, pues varios hermanos guardianes llegaron al lugar y entre ellos Loreliel selló el ritual de ascensión con el sagrado elixir de las raíces del roble sagrado, ofreciéndole un cuenco con liquido azulado para que cumpliera las antiguas tradiciones de los guardianes Esmeraldas y se vinculara con un deber más allá de lo conocido.


Captura-de-pantalla-20260612-000209.png
 

Loreliel

Pirata sin barco
Registrado
25/9/11
Mensajes
2,497
Edad
37
ZZrrykG.png

Mas no todo cuanto fue escrito en aquellos días pertenecía al lamento. Porque mientras el Mal Elemental continuaba extendiendo su corrupción por los senderos del Bosque Álandor, marchitando la hierba, enfermando las raíces de los robles antiguos y cubriendo de podredumbre flores que durante siglos habían florecido en paz, existía aún un lugar donde aquella oscuridad no lograba imponer su voluntad.

Era el sagrado Claro de Eldath.

Desde edades remotas, cuando los primeros guardianes alzaron allí sus votos ante los dioses del Verdor, aquel santuario había sido consagrado mediante antiguos ritos cuyo poder seguía vivo bajo la tierra. Y así, aunque la corrupción rodeaba sus fronteras como un mar oscuro, ninguna de sus sombras conseguía atravesarlas.

La Bruma se detenía en sus límites.
Las hojas permanecían verdes.
Las aguas seguían siendo cristalinas.
Y el viento que recorría el claro conservaba el perfume de la vida.

Muchos afirmaban que el propio bosque respiraba allí con mayor fuerza que en ningún otro lugar de Álandor.

Fue entonces cuando Loreliel la Plateada reunió a los ancianos del Enclave Esmeralda.

Largo tiempo habían observado el crecimiento de aquellos exploradores, druidas y guardianes que, durante los meses más difíciles, habían demostrado valor, prudencia y fidelidad al sendero del Equilibrio. Ningún nombramiento era concedido por simple deseo, pues el Bosque jamás aceptaba juramentos vacíos; era la propia naturaleza quien debía reconocer el espíritu de quienes aspiraban a custodiarla.

Así fue señalado el tiempo de los preparativos. Y durante varios días el Claro de Eldath comenzó a transformarse.

No por manos de albañiles ni por artes de reyes, sino por la voluntad conjunta de quienes servían al Verdor desde generaciones incontables.

Los druidas limpiaron los antiguos círculos de piedra cubiertos por el musgo de las estaciones. Lavaron los altares con agua recogida de los manantiales sagrados y renovaron las runas grabadas por los primeros pastores del bosque. Los bardos elevaron antiguos cánticos silvanos cuyos versos no eran pronunciados desde ceremonias de siglos atrás, mientras los exploradores recorrían Álandor convocando a cuantos hermanos del Enclave se hallaban dispersos en sus vigilias.

Los Ents más ancianos acudieron lentamente desde los rincones más profundos del bosque. Sus enormes ramas transportaban troncos floridos, enredaderas y viejas cortezas cubiertas de líquenes resplandecientes, con las cuales adornaron el anfiteatro natural como si preparasen la llegada de un antiguo rey.

Las dríadas despertaron entre los árboles y tejieron guirnaldas de hojas plateadas y flores blancas que jamás se marchitaban dentro del santuario. Mariposas de innumerables colores comenzaron a reunirse sobre el claro, mientras diminutos espíritus feéricos danzaban cada atardecer entre los rayos dorados del sol.

Y cuanto más se acercaba el día señalado, más evidente resultaba que la propia naturaleza conocía lo que estaba por acontecer.

Los ciervos regresaron a los senderos.
Los lobos dejaron de aullar con tono de advertencia y descansaron bajo las sombras de los grandes robles.
Las aves volvieron a poblar las ramas del santuario, y sus cantos, ausentes durante tantas lunas de incertidumbre, resonaron nuevamente desde el alba hasta el ocaso.

Era como si el bosque entero hubiese decidido recordar que aún existía esperanza.

Más allá de las fronteras sagradas, la corrupción seguía extendiéndose. La Bruma continuaba envolviendo árboles moribundos. Los arroyos lejanos seguían ennegrecidos. Y las criaturas del Mal Elemental no cesaban en su empeño por quebrantar el equilibrio de Álandor.

Sin embargo, dentro del Claro de Eldath permanecía intacta una pequeña porción del mundo tal como había sido concebido en los días antiguos: hermosa, pura e incorruptible.

Porque allí no se preparaba solamente una ceremonia.

Allí habría de renovarse un antiguo pacto.


Nuevos Guardianes del Enclave Esmeralda estaban próximos a entregar sus vidas al servicio del Bosque Viviente, y hasta las raíces más profundas parecían estremecerse, aguardando el instante en que sus nombres serían pronunciados bajo la bendición de Eldath y de los dioses del sendero natural.

Offtopic :
Lunes 20 Jul a las 22:00 :D
 

Loreliel

Pirata sin barco
Registrado
25/9/11
Mensajes
2,497
Edad
37

Ceremonia de Ascenso Adrie, Silas y Douglas

ECEBGzu.jpeg

cJcjAJX.jpeg

Y así llegó al fin el día señalado.

Cuando el primer resplandor del alba descendió sobre las copas doradas de Álandor, una tenue neblina plateada reposaba aún sobre el sagrado Claro de Eldath. Mas no era aquella la Bruma corruptora que afligía al bosque desde hacía tantas lunas, sino el aliento puro de la tierra viviente, que ascendía desde los antiguos manantiales como si el propio santuario alabara el nuevo amanecer.

La luz del sol cruzó lentamente el dosel de los robles sagrados, despertando millares de gotas de rocío que relucieron como incontables estrellas suspendidas entre las hojas. Las flores abiertas durante los días de preparación mostraban ahora todo su esplendor, y el aire estaba colmado por el perfume de los lirios silvestres, del musgo antiguo y de la corteza húmeda de los grandes árboles.

Entonces acudieron los Guardianes del Honorable Enclave Esmeralda y Aliados y Amigos.

Llegaron desde todos los senderos del Bosque Álandor, abandonando por una jornada sus vigilias para reunirse allí donde generaciones incontables habían pronunciado los mismos juramentos. Acudieron exploradores curtidos por innumerables campañas, druidas cuya voz era conocida por los espíritus del bosque, bardos custodios de la memoria y caminantes silenciosos cuya labor rara vez era cantada, aunque no por ello menos necesaria.

También llegaron los antiguos aliados del Verdor. Los Ents ocuparon los límites del anfiteatro natural como inmensas columnas vivientes, mientras las dríadas descendían de sus árboles para contemplar el rito. Los ciervos permanecieron inmóviles entre los helechos; los lobos descansaban sobre la hierba sin mostrar señal alguna de inquietud; las aves llenaban el cielo con sus vuelos, y diminutos espíritus feéricos danzaban entre haces de luz dorada que atravesaban las ramas.

Parecía que ninguna criatura deseaba perderse aquel momento.

Y cuando el sol alcanzó la altura dispuesta por los antiguos calendarios del bosque, Loreliel la Plateada avanzó hasta el centro del viejo círculo de piedra y madera ahora tan embellecido.

Vestía los ornamentos ceremoniales del Enclave, tejidos con hojas perennes, cortezas nobles y fibras nacidas del propio Bosque Viviente. Sobre sus hombros descansaban ramas de sauce plateado entrelazadas con flores blancas, y en su frente brillaban discretamente antiguas runas druídicas pintadas con pigmentos extraídos de la savia sagrada.

A su lado caminaba Zentakord, el Sabio de las Raíces, quien en sus manos sostenía un cuenco labrado en madera de roble ancestral, donde reposaba un líquido de intenso color esmeralda que despedía un tenue resplandor, como si la propia esencia del bosque hubiese sido destilada en él.

Entonces el murmullo del viento cesó. Y Loreliel alzó la voz.

Que las hojas escuchen vuestros nombres. Que las raíces recuerden vuestros pasos. Que los ríos sean testigos de cuanto hoy será jurado. Pues no comparecéis ante los guardianes únicamente, sino ante el Bosque Viviente, cuyos dones jamás pertenecen a quien no esté dispuesto a entregar su vida por ellos.

Después fueron llamados uno a uno los Brotes del Enclave.

Primero acudió Silas.
Luego Douglas.
Y finalmente Adrie.

Los tres avanzaron con paso firme hasta el centro del círculo antiguo, donde permanecieron en silencio mientras los guardianes veteranos los observaban con solemnidad. Ninguno de los presentes ignoraba las pruebas que aquellos jóvenes habían superado durante los últimos ciclos; habían combatido donde el bosque los necesitó, habían protegido a los indefensos y habían permanecido fieles al sendero del Equilibrio aun en los días en que la Bruma parecía devorarlo todo.

Entonces Zentakord elevó el cuenco sagrado.

Durante unos instantes cerró los ojos y comenzó a entonar antiguos cánticos druídicos cuyo origen se perdía entre las primeras generaciones del Enclave Esmeralda. Su voz era profunda como las raíces que duermen bajo las montañas, y cada palabra parecía despertar una respuesta invisible en la tierra. El líquido esmeralda comenzó entonces a centellear con mayor intensidad, como si la savia del bosque respondiera al llamado de su antiguo pastor.

Uno tras otro, Silas, Douglas y Adrie recibieron el cuenco entre sus manos y bebieron.

No era aquella una bebida destinada a otorgar poder ni fuerza sobre las criaturas del mundo.

Era un vínculo.
Un antiguo pacto entre el alma del guardián y el corazón del Bosque Viviente.

Desde aquel instante, mientras perdurara su aliento, sus vidas quedarían ligadas al destino de Álandor. Sus alegrías serían las alegrías del bosque; sus heridas, las heridas de la tierra; y mientras uno solo de ellos permaneciera en pie, el Equilibrio jamás carecería de defensores.

Entonces Loreliel alzó las manos hacia el cielo, sosteniendo horizontalmente el báculo druídico frente a los nuevos guardianes, como símbolo del deber que desde aquel día recaía sobre sus espíritus.

Desde este instante —declaró con voz serena, aunque poderosa como el viento entre los robles— dejáis de ser Brotes del Enclave. Que Eldath bendiga vuestro sendero; que Silvanus fortalezca vuestro espíritu; que Solonor guíe vuestra mirada; y que jamás olvidéis que la fuerza de un guardián no reside en el acero que empuña, sino en aquello que está dispuesto a proteger.


Guardad el Equilibrio.
Proteged la vida.

Y sed, hasta el fin de vuestro ciclo, dignos hijos del Bosque Viviente.

Y cuando aquellas palabras fueron pronunciadas, el Claro de Eldath pareció responder.

Una brisa suave recorrió el santuario, haciendo ondear las copas de los árboles como si innumerables voces invisibles susurraran una misma bendición. Las flores abrieron aún más sus pétalos, las aguas del manantial resplandecieron bajo la luz del mediodía y cientos de mariposas emprendieron vuelo al unísono, cubriendo el claro con un torbellino de colores.

Los Ents golpearon lentamente la tierra con sus enormes raíces en señal de aprobación.
Las dríadas elevaron antiguos cantos olvidados.
Y hasta los lobos del bosque alzaron sus hocicos hacia el cielo, dejando escapar un prolongado aullido que atravesó los bosques y montañas como anuncio de que el antiguo pacto había sido renovado una vez más.

Así fueron consagrados Silas, Douglas y Adrie como Guardianes del Honorable Enclave Esmeralda.

Y aunque más allá del santuario la Corrupción del Mal elemental se extendía sobre las tierras de Álandor, aquel día la esperanza echó raíces más profundas.

Porque mientras existieran hombres y mujeres dispuestos a entregar su vida por el Equilibrio, el Bosque jamás caminaría solo.


 
Última edición:
Arriba