Loreliel
Pirata sin barco
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En el amanecer de aquel día en medio de las batallas del norte contra las fuerzas enemigas de Soth, las mariposas y otros menudos espíritus del aire danzaban entre los pétalos abiertos, y la luz del sol descendía sobre el Bosque de Álandor. Era cálida y serena, mas no traía fatiga ni ardor, sino la promesa de días venturosos. Y se alzó entonces un susurro entre los árboles antiguos, como si las hojas mismas hablaran en lengua olvidada, llevando de rama en rama la nueva que habría de perdurar:
Radix, llamado entre los hombres el Jinete Furioso, sería elevado a la dignidad de Acechador de Invierno, guardián de los senderos helados y vigía de las tierras del norte. Largo tiempo había aguardado este momento, pues desde las crueles Guerras de los Dragones, cuando el fuego devoró los cielos y la tierra gimió en su agonía, su valor había sido probado y su destino sellado.
Mas no sólo los hijos de los pueblos razonables se alegraron, pues la savia misma del bosque pareció cobrar júbilo. Las hierbas se inclinaron con suavidad, y las flores abrieron sus corolas en honor al retorno del sabio Zentakord, gran druida de epocas pasadas, que volvía a ocupar su lugar entre los miembros del Honorable Enclave Esmeralda, custodios del equilibrio y del misterio verde.
Entonces cesaron las antiguas querellas del bosque: las fieras suspendieron su caza, y las presas olvidaron el temor. Todos, bestias y espíritus, acudieron al Claro de Eldath, donde el poder de la vida fluye puro y sin mancha desde los días primeros del páramo.
Allí en el claro Eldath se congregan las energías del bosque, y el aire mismo pareció contener el aliento. Pues aquel día, Álandor recordará los nombres de sus guardianes —Radix el Jinete Furioso, Zentakord el Sabio— sumados a la memoria imperecedera, como raíces que se entrelazan bajo la tierra del tiempo, perdurando mientras el mundo sea joven y los árboles canten bajo el sol.
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