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Relatos cortos de un entrenamiento

Dilacerante

Orco del Desolado
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Regla número uno: Concéntrate.

El bosque estaba en silencio, salvo por el golpeteo constante del acero cortando el aire.
Una estocada. Un paso atrás. Un giro.
Otra estocada.

Entrenamiento.png

El chico llevaba tanto tiempo repitiendo la misma secuencia que los brazos ya se movían solos. Su maestra insistía en que una espada larga no debía sentirse pesada ni ligera; simplemente debía desaparecer de la conciencia. "No pienses en la espada. Piensa en lo que atraviesa." Él seguía sin entender qué significaba.

Volvió a intentarlo. Respiró despacio, relajó los hombros y dejó que el movimiento naciera desde los pies, y ocurrió. En mitad del golpe, una ardilla cayó del árbol que tenía encima... aterrizando justo sobre la hoja de la espada. Durante un instante imposible, ambos quedaron inmóviles. La ardilla, agarrada al acero con las cuatro patas. El muchacho, con el brazo extendido. Los dos se miraron. La ardilla ladeó la cabeza, como si estuviera evaluando su técnica. Después descendió tranquilamente por la hoja, pasó sobre la guarda, utilizó su hombro como puente y se marchó saltando hacia otro árbol, sin la menor prisa.

El bosque recuperó el silencio.

El chico permaneció inmóvil unos segundos más. Había pasado semanas intentando no distraerse, y ahora la única criatura que parecía mostrar interés por su entrenamiento acababa de usarlo como sendero. Suspiró.

Volvió a adoptar la guardia.
—Bien... otra vez.

Al dar el siguiente paso, descubrió que la ardilla había robado la única nuez que llevaba en el bolsillo para picotear después de entrenar.

Regla número dos: Con-cén-tra-te.
El eco del agua golpeando las rocas era el único sonido que competía con el zumbido de los insectos veraniegos. No muy lejos del claro donde solía entrenar a solas, el terreno descendía hacia un riachuelo de montaña. Allí, sobre una gran roca plana desgastada por la corriente, esperaba ella.

Thomas, que así se llamaba el joven de cabellos dorados, mantenía los ojos cerrados, tratando de seguir la primera regla. Pero esta vez su mente no lograba la quietud del día anterior.
—Te estás esforzando demasiado, muchacho —la voz de su maestra, Evelyn, rompió el silencio. No era una voz de reproche, sino firme y serena como el fluir del agua.

Evelyn no vestía armadura, sino una túnica sencilla de viaje, gastada por los caminos pero impecable y de buena confección. Su postura era de una relajación absoluta, pero Thomas sabía que, en menos de un parpadeo, esa aparente calma podía transformarse en una velocidad letal.
—Estoy concentrado, maestra —respondió el chico sin abrir los ojos, aunque el ceño fruncido delataba la tensión en su frente. Sostenía la espada larga frente a él, sintiendo el peso del acero.
—No, no lo estás. Estás pensando en la concentración, que no es lo mismo —la maestra se acercó con pasos inaudibles sobre la roca húmeda—. Ayer te pedí que te concentraras en el arma, en tu cuerpo, en el entorno. Hoy... hoy tienes que fragmentarlo.

Ella colocó dos dedos con firmeza en la espalda de Thomas, justo entre los omóplatos. El contacto físico hizo que el joven diera un sutil respingo.
—El ki no es una fuerza que golpee como un martillo, querido. No nace de la fuerza de tus bíceps ni de la rigidez de tus piernas. El ki es energía fluida. Es la misma energía que hace crecer la hierba bajo tus pies descalzos y la que mueve el agua de este río. Para canalizarla a través del acero de tu espada, primero debes dejar de oponerte a ella.

Thomas respiró hondo. Alrededor del punto donde los dedos de Evelyn tocaban su espalda, empezó a sentir una calidez extraña, como si un hilo de agua tibia comenzara a recorrer su columna vertebral, extendiéndose lentamente hacia sus hombros y, finalmente, descendiendo por sus brazos hacia las manos que aferraban la empuñadura.
—Siente el calor —susurró ella a su oído—. No lo empujes. Solo... con-cén-tra-te. Deja que fluya.

Por primera vez, el acero de la espada larga no lo sintió como un trozo de metal frío y ajeno. Por un instante fugaz, la empuñadura dejó de sentirse áspera bajo sus dedos. El peso desapareció. Ya no sostenía una espada; simplemente levantó el brazo, y el acero obedeció con la naturalidad con la que habría cerrado un puño. Ella sonrió.

Regla número tres: Protege

El sol apenas había terminado de asomar cuando Evelyn llegó al claro. Thomas ya la esperaba con la espada en la mano, convencido de que aquel día tocarían estocadas, guardias o alguna postura imposible de mantener más de un minuto. En lugar de eso, la maestra se quedó observando el suelo. Adelantó un pie y, con la punta de la bota, trazó lentamente un semicírculo sobre la tierra. Después levantó la vista.
—Haz uno—. Thomas la imitó. El suyo salió algo más grande... y bastante torcido. Evelyn lo examinó unos segundos—Servirá.

El muchacho miró ambos surcos.
—¿Y ahora?
—Todo lo que queda dentro de esta línea es aquello que has decidido proteger.
—¿Mi casa?—. Thomas frunció el ceño.
—También.
—¿Mi familia?
—También.
—¿Mis amigos?

Ella dejó caer los hombros y suspiró.
—Todo aquello cuya pérdida te dolería —.Thomas bajó la mirada hacia el dibujo en la tierra dándole una nueva importancia a aquel montón de barro removido. Evelyn señaló el semicírculo con la punta de la bota—La línea no tiene poder. El poder lo tiene la decisión de no dejar pasar a quien quiera arrebatártelo —. Después avanzó hacia él. Thomas reaccionó por instinto y le cerró el paso levantando el escudo pavés.—Otra vez —. Retrocedió. Volvió a intentarlo. Thomas se movió antes, sin necesidad de levantar la espada— Otra.

Una y otra vez.
A veces Evelyn se acercaba por la derecha, otras por la izquierda. En ocasiones caminaba despacio, como si estuviera paseando. Otras aceleraba de repente, y finalmente terminó deteniéndose.
—¿Qué estás defendiendo?
—El círculo.

Ella negó con la cabeza.
—No. El círculo solo sirve para que no olvides qué hay detrás de ti. Si alguien borra esa línea de una patada, ¿dejas de proteger a tu familia?—. El muchacho negó lentamente, y la maestra sonrió de nuevo —Entonces no proteges un dibujo.

Thomas respiró hondo. Por primera vez desde que empezó a entrenar, aquella lección tenía sentido.
De pronto una liebre salió disparada de unos arbustos, atravesó el semicírculo de un salto, luego el otro y desapareció entre los árboles. Thomas abrió mucho los ojos.
—¡Ha entrado!

Evelyn ni siquiera se giró para mirar al animal.
—Sí.
—¿No deberías haberla detenido?
—¿Por qué?
—Porque ha cruzado tu círculo.

La maestra lo observó unos segundos con expresión completamente seria, y entonces él abrió una sonrisa que mostraba todos los dientes. Ambos rieron levemente.
— Bien, vamos a continuar con la espada. Separa los pies.
 
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Regla número cuatro: Mide


El claro del bosque estaba dividido por una franja de luz que caía entre las copas. El arroyo corría al fondo, entre piedras cubiertas de musgo, y su sonido constante parecía marcar el ritmo de la lección. A un lado, Thomas sostenía la espada larga con ambas manos. La hoja apuntaba hacia delante, pesada, firme, cargada de intención. Frente a él, Evelyn mantenía el estoque extendido. No tenía la postura de alguien que esperara un ataque, sino la de alguien que ya lo había leído. Su cuerpo estaba de lado, el brazo recto, la punta fina del arma alineada con el pecho de Thomas. Apenas parecía ocupar espacio, pero todo el claro giraba alrededor de esa punta de acero.

—Otra vez —dijo ella.

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Thomas respiró hondo. El cuero de sus guantes crujió al apretar la empuñadura. Había repetido el mismo ejercicio durante casi una hora: avanzar, medir distancia, atacar sin perder el equilibrio. En teoría era sencillo, en la práctica Evelyn lo había detenido cada vez con una facilidad humillante. Él adelantó el pie derecho y levantó la espada para lanzar un corte diagonal. Antes de que la hoja bajara, el estoque de Evelyn tocó su muñeca.No fue un golpe fuerte, ni siquiera dolió demasiado, pero fue suficiente.
—Muerto —dijo ella.

Él bajó la mirada hacia su mano.
—Ni siquiera había empezado el corte.
—Exacto.

Evelyn retiró el estoque y dio un paso lateral, ligera sobre la hierba. Su cabello se movió con la brisa, recogiendo destellos dorados entre las sombras del bosque. No sonreía por crueldad. Esa era, quizá, la parte más irritante. No había burla en ella, solo una paciencia afilada.
—Tu error no está en el movimiento, eso se te da bien —continuó—. Está antes. En el hombro. En los ojos. En el modo en que anuncias lo que vas a hacer.

Thomas frunció el ceño.
—¿Y cómo se supone que ataco sin moverme?
—No he dicho que no te muevas. He dicho que no me lo cuentes.

Él apretó los dientes, pero volvió a colocarse en guardia. La espada larga le resultaba familiar, su peso le daba seguridad. Con ella podía no solo cortar, también podía empujar, atravesar y amenazar a un enemigo con solo alzarla, pero contra Evelyn ese peso se volvía lento. Cada movimiento suyo parecía llegar medio segundo tarde. Ella, en cambio, usaba el estoque como si fuera una extensión de su pensamiento. No necesitaba fuerza. No bloqueaba los golpes como lo haría un soldado con escudo. Desviaba, tocaba y abría líneas invisibles. Cuando Thomas creía tener ventaja, ella ya había cambiado el ángulo. Cuando él intentaba cerrar distancia, la punta del estoque aparecía donde menos quería verla.
—Ataca —ordenó.

Thomas esta vez no lanzó el corte de inmediato. Avanzó más despacio, intentando ocultar la intención. Bajó la punta de la espada, fingió cargar el peso hacia la izquierda y luego giró para atacar por el otro lado. Evelyn retrocedió solo medio paso. Su estoque chocó contra la espada larga con un sonido claro. No intentó detener toda la fuerza del golpe. La acompañó, la desvió hacia fuera, y cuando Thomas quiso corregir, la punta ya estaba apoyada bajo su barbilla.

El bosque quedó en silencio para él.

El arroyo seguía sonando. Un pájaro cruzó entre los árboles. Una hoja cayó cerca de su bota.
—Muerto otra vez —dijo Evelyn.

Thomas soltó el aire por la nariz.
—Eso ha sido trampa.
—Eso ha sido distancia.
—Me dejaste entrar.
—No. Te dejé creer que entrabas.

La frase le molestó más que el toque del estoque. Bajó la espada y dio un paso atrás. Tenía los brazos cansados, los hombros cargados y una fina capa de sudor bajo la túnica verde. La mañana había empezado fresca, pero el entrenamiento le había encendido la sangre.

Evelyn, en cambio, parecía intacta.
—Con una espada larga tienes alcance, peso y amenaza —explicó—. Pero también tienes compromiso. Cuando decides un golpe, tu cuerpo entero lo acompaña. Si fallas, tardas en volver. Con el estoque no necesito vencer tu espada, solo necesito encontrar el hueco que dejas al usarla. Tenlo en cuenta.

Thomas miró su propia hoja.
—¿Dices entonces que mi arma es peor?.
—No. Tu lectura es peor.

Él alzó la vista. Evelyn bajó un poco el estoque y se acercó hasta quedar a una distancia segura, pero cercana. Señaló con la punta el suelo entre ambos.
—Mira esta línea. No está dibujada, pero existe. Si cruzas sin obligarme a retroceder, pierdes. Si atacas desde demasiado lejos, pierdes. Si esperas demasiado, también pierdes. La esgrima no es acero contra acero. Es decisión contra decisión. Thomas escuchó sin responder. Esa parte le costaba más que cualquier golpe. Había aprendido a confiar en la fuerza, en la resistencia, en aguantar hasta que el otro cediera. Evelyn le estaba enseñando algo distinto.

Ella volvió a su posición inicial.
—De nuevo. Esta vez no quiero que me golpees. Quiero que me hagas moverme.

El joven levantó la espada larga. El cambio parecía pequeño, pero para él era enorme. Ya no buscó ganar el intercambio, observó los pies de Evelyn, la línea de sus hombros, la distancia entre la punta del estoque y su propio pecho. Avanzó un paso. Ella no se movió. Avanzó otro, más corto. La punta del estoque subió apenas.

Ahí.

Thomas no atacó. Solo levantó la espada lo suficiente para cerrar esa línea. Por primera vez, Evelyn dio un paso atrás. No mucho, apenas un desplazamiento suave sobre la hierba. Pero fue un paso. Thomas lo notó, y ella también.
—Bien —dijo la maestra..

La palabra fue breve, pero tuvo más peso que cualquier elogio largo. Thomas no sonrió, aunque quiso hacerlo, mantuvo la guardia. No quería romper el momento. Evelyn inclinó el estoque y volvió a medirlo.
—Ahora ya sabes que puedes obligarme a responder. El siguiente error será creer que eso significa que vas ganando.

Thomas soltó una risa corta.
—¿Alguna vez dices algo alentador sin arruinarlo después?
—Cuando sobrevivas a tres intercambios seguidos, lo consideraré.

Ella atacó antes de terminar la frase. El estoque avanzó como una línea de luz. Thomas reaccionó tarde, pero no tanto como antes. Giró la espada larga, apartó la punta con el tercio fuerte de la hoja y retrocedió para no quedar expuesto. Evelyn encadenó un segundo toque hacia el costado. Él bajó la guardia, tosco, pero suficiente. El acero sonó otra vez. Por un instante, Thomas sintió que el bosque entero se reducía a tres cosas: sus pies, su respiración y la punta del estoque.

Evelyn cambió el ángulo. Él no persiguió el arma. Se movió con el cuerpo. La punta pasó junto a su manga sin tocarlo. Evelyn se detuvo. Thomas también. Ambos quedaron inmóviles, separados por la distancia justa. El arroyo brillaba detrás de ellos. La luz entre los árboles caía sobre las hojas, sobre el acero, sobre la tierra marcada por sus pasos.

Ella bajó el estoque.
—Eso —dijo—. Eso ha sido defensa, muy bien.

Thomas tragó saliva. Tenía los brazos ardiendo, pero esta vez el cansancio no le pesaba igual.
—¿Y ahora?

Evelyn levantó de nuevo el arma. Su expresión volvió a cerrarse en esa calma peligrosa de maestra que aún guarda la lección más difícil.
—Ahora intentaremos que no parezca un accidente.
 

Dilacerante

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Regla número cinco: Gana.

La playa no perdonaba la vanidad.

Thomas lo descubrió en cuanto puso el primer pie sobre la arena húmeda y esta cedió bajo su peso como si quisiera reírse de él. El mar golpeaba la orilla con una insistencia grave, el viento empujaba desde el costado y el aire salado se le pegaba a la piel. No había raíces, ni hierba firme, ni el suelo obediente del claro del bosque. Allí todo cambiaba: la distancia, el equilibrio, la respiración.

Aun así, aquella mañana Thomas sonreía. No era una sonrisa amplia, ni insolente del todo, pero estaba ahí. Se le veía en la forma de alzar la espada, en el modo en que giraba la muñeca antes de colocarse en guardia, en la ligereza con la que se movía de un lado a otro mientras la marea le rozaba las botas. Había algo distinto en él desde el entrenamiento del bosque. Seguía siendo el alumno, seguía sabiendo que Evelyn podía desmontarlo en tres movimientos si se lo proponía, pero por primera vez no se acercaba al combate esperando perder.
Evelyn lo observó desde unos pasos más allá, con el estoque bajo, la punta dibujando una línea breve hacia la arena.
—Te noto satisfecho —dijo.
—Te noto suspicaz.

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Ella dibujó media sonrisa. Thomas soltó una risa. Llevaba una ropa más ligera que la armadura con la que a veces entrenaba: camisa, protecciones ajustadas y el acero suficiente para no ir desnudo ante una estocada. Evelyn también iba ligera, como siempre, aunque su postura tenía esa firmeza seca que la hacía parecer armada incluso cuando apenas movía la punta del estoque.

Solo que Thomas la conocía ya un poco mejor.
Vio el modo en que descargaba un poco menos de peso sobre la pierna izquierda. Vio el brevísimo retraso con que bajó el brazo al colocarse en guardia. Vio también que respiraba más hondo de lo habitual, como si el aire le costara un poco más. Seguía recuperándose. No estaba rota, ni mucho menos vencida, pero no estaba al cien por cien, y Thomas lo aprovecharía.

Evelyn inclinó apenas el arma.
—Muévete.

Thomas obedeció de inmediato. Avanzó sobre la arena con pasos rápidos, probando la resistencia del terreno, y en lugar de atacar enseguida empezó a girar a su alrededor con una soltura casi juguetona. Amagó una entrada, retiró el pie, cambió de lado, dio una media vuelta demasiado vistosa y acabó con la espada al hombro como si hubiese estado ensayando ante un público imaginario. Evelyn no apartó la vista de él.
—Eso ha sido innecesario.
—¿Cuál de las tres cosas?
—Las tres.
—Solo estoy calentando.
—Pareces un acróbata borracho.

Thomas sonrió más, y entonces se lanzó.
El primer intercambio duró poco. Thomas entró con energía, aprovechando un momento en que la espuma se retiraba y dejaba la arena más firme bajo sus botas. Atacó con un corte rápido al flanco y enlazó enseguida una finta alta. Ya no anunciaba tan claramente el movimiento como antes. Sus hombros iban más callados. Sus ojos mentían mejor. Evelyn desvió la primera amenaza con un toque seco y la segunda con un paso mínimo. El estoque apareció contra su muñeca antes de que él completara la secuencia.
—Muerto —dijo.
—Eso ha sido muy rápido.
—Sí.
—No había terminado.

Thomas retrocedió resoplando, pero sin frustración. Sacudió la punta de la espada, dio dos pasos atrás y luego, para desesperación evidente de su maestra, se impulsó sobre una pierna y giró en una pirueta corta que levantó un pequeño arco de arena a su alrededor. Evelyn lo miró con una mezcla de juicio y resignación.
—¿Intentas pelear o impresionar a las gaviotas?
—Puedo hacer las dos cosas —Thomas soltó una carcajada. Y eso, más que la pirueta, fue lo que suavizó algo en la expresión de Evelyn. No lo suficiente para llamarlo sonrisa, pero sí lo suficiente para que el momento dejara de ser severo—.

Se recolocaron. El viento había cambiado un poco. El sol caía oblicuo sobre el agua y encendía destellos en las hojas de sus armas. Thomas sintió el latido de la confianza en el pecho, no como soberbia, sino como una energía nueva. El bosque le había enseñado a medir, la playa le estaba pidiendo otra cosa. Entró otra vez, esta vez más bajo. Buscó las piernas. Cambió a mitad del movimiento para forzar a Evelyn a girar. Ella lo hizo, elegante como siempre, pero Thomas notó el retraso. Apenas un hilo. Apenas un suspiro de lentitud. Suficiente para existir.

Cruzaron acero tres veces seguidas. Primera: Thomas atacó, Evelyn desvió. Segunda: Evelyn respondió, Thomas retrocedió a tiempo. Tercera: Thomas volvió a entrar sin regalar la intención y logró tocar con el fuerte de su espada la hoja del estoque, apartándola de la línea central. No fue una victoria. Ni de cerca.Pero duró.

Evelyn dio un paso atrás y bajó un poco el arma.
—Mejor —dijo.

Thomas intentó que aquello no se le notara demasiado en la cara.
—Voy camino de volverme insoportable.
—No. A eso ya has llegado —dijo ella con cierto ánimo divertido ahora—.

La arena añadía malicia a cada decisión. Si Thomas avanzaba con demasiada fuerza, se hundía. Si Evelyn reculaba demasiado, el mar le robaba apoyo. Hubo un momento en que una ola les alcanzó los tobillos y ambos tuvieron que romper el ritmo al mismo tiempo. Thomas aprovechó para hacer un giro corto, una cabriola casi infantil que lo dejó dos pasos a la derecha y con una sonrisa demasiado satisfecha. Evelyn alzó una ceja.
—Sigues haciendo tonterías.
—Y sigues mirándolas.
—Porque espero el instante en que una te mate.
—Eso es muy poco afectuoso.
—No te entreno para que te sientas querido.

Thomas abrió la boca para responder, pero Evelyn ya se le había echado encima. El estoque entró como una orden. Thomas bloqueó tarde, corrigió peor, trastabilló en la arena y estuvo a punto de caer. Evelyn pudo haber tocado su garganta. No lo hizo. En vez de eso, retiró el arma y se alejó dos pasos. Thomas recuperó el equilibrio, respirando con fuerza.
—Me has perdonado.
—No.
—Sí.
—Te he dejado aprender cuál era tu error antes de castigarlo.
—Eso es una forma muy complicada de perdonar ¿no crees?

Evelyn no contestó. Esta vez, sin embargo, al bajar un instante la punta, llevó la otra mano hacia su costado con un gesto pequeño, casi involuntario, uno que Thomas vio venir. La herida seguía ahí. Cerrándose, sí. Doliendo menos, seguramente. Pero ahí. El pensamiento le atravesó con rapidez: podía insistir. Podía cargar ese lado. Podía llevarla a girar más de lo que le convenía. Podía obligarla a trabajar donde estaba más débil.

Y junto a ese pensamiento vino otro, más incómodo: ¿sería eso injusto? Como si hubiese oído la pregunta, Evelyn lo miró con calma y dijo:
—Si ves una apertura y no la usas, no estás siendo noble. Estás siendo estúpido.

Thomas parpadeó.
—No he dicho nada.
—No hace falta. Tienes la frente muy habladora.

Él soltó aire por la nariz.
—Esa herida no vale.
—Claro que vale. La tengo yo, no tú. Adáptate.

Ahí estaba la lección. No peleaba contra una forma perfecta de su maestra, peleaba contra la mujer real que tenía delante: más cansada, más lenta de lo habitual, aunque igual de peligrosa. Thomas asintió una vez, y esta vez, cuando se movió, dejó de querer parecer hábil. Se volvió eficaz.
Empezó a forzarla hacia la arena más blanda, donde cada retroceso costaba un poco más. Entró y salió sin regalar el hombro. No buscó una gran victoria de espada contra estoque, sino pequeños robos: un paso ganado, una línea cerrada, un ángulo incómodo. Evelyn siguió contestando con precisión, pero Thomas ya no peleaba como si tuviera que demostrar algo en cada toque. Peleaba para construir.

El cambio fue tan claro que Evelyn lo notó enseguida.
—Ahora sí —dijo entre un cruce y otro.
—¿Ahora sí qué?
—Ahora estás luchando.

Thomas no respondió. Una ola rompió cerca. El agua corrió alrededor de sus pies, y ambos tuvieron que reajustarse. Evelyn atacó alto. Thomas paró. Ella cambió abajo. Él se giró con el cuerpo, no con la vista. La punta del estoque le rozó la manga, pero no encontró carne.

Un intercambio.
Dos.
En el tercero, Thomas amagó hacia el costado sano y, en el último instante, cargó el avance hacia el otro lado. No fue un golpe limpio; fue una presión. Evelyn tuvo que girar más de lo deseable para no perder la línea, y Thomas vio, por fin, el pequeño hueco en la forma en que plantó el pie. Podía entrar. Entró.

La arena saltó bajo sus botas. El choque de acero sonó breve. Evelyn alcanzó a desviar parte del ataque, pero Thomas no insistió arriba. Bajó el cuerpo, giró sobre la cadera y, en una maniobra más atrevida que elegante, barrió el apoyo con la pierna mientras empujaba con el hombro. No fue una técnica bonita, fue arena, impulso y oportunidad, pero funcionó. Evelyn perdió pie, cayó hacia atrás con una exclamación ahogada, más sorprendida que vencida, y aterrizó en la arena húmeda con un golpe seco que levantó una nube dorada a su alrededor. Durante un segundo, el mundo pareció quedarse quieto: el mar, el viento, Thomas, todo.

Lo había hecho.

Thomas se quedó mirándola con la espada aún en alto, los ojos abiertos de par en par, como si no terminara de creer lo que acababa de pasar. Evelyn, desde el suelo, pestañeó una vez.
—¿Evelyn?

Ella no respondió enseguida. Él dejó caer la punta de la espada, alarmado de pronto.
—¿Te he hecho daño?

Y entonces la vio. La comisura de la boca de Evelyn tembló, solo un poco. Después resopló, y luego, contra toda expectativa, soltó una risa corta, baja, incrédula. Thomas se quedó inmóvil.
—¿Te estás riendo? —preguntó.
—Un poco.
—Te he tirado.
—No exageres. La arena y la herida hicieron buena parte del trabajo.
—No sabía que tuvieras mal perder, eso es una sorpresa —abrió aún más su sonrisa hasta mostrar todos los dientes.

Evelyn se incorporó sobre un codo y lo miró desde abajo, con arena pegada a la manga, al pelo y a la dignidad.
—De acuerdo —admitió al fin—. Me has derribado una vez.

La frase le encendió la cara a Thomas de una manera ridícula. No de orgullo puro, sino de esa alegría torpe que no sabe dónde meterse. Sonrió con toda la juventud que aún tenía y, sin poder evitarlo, levantó ambos brazos un instante en un gesto victorioso del todo impropio de un duelista serio.
—¡Te he derribado!
—Thomas.
—¡Te he derribado!
—Thomas.
—Perdón.

Él bajó los brazos, pero seguía sonriendo como un niño al que por fin le sale el truco que llevaba semanas intentando. Entonces, llevado por un impulso aún peor que las piruetas, metió la bota en la arena seca y la lanzó con un golpe rápido hacia un lado de Evelyn, como si rematara la humillación con una nube de polvo playero. La arena le salpicó la falda del jubón y parte de la manga. Evelyn cerró los ojos un segundo.
—Y parece que tú tienes mal ganar.

Ella volvió a abrir los ojos y, para sorpresa de Thomas, empezó a reírse otra vez. Esta vez un poco más. Nada escandaloso. Apenas ese raro momento en que la severidad se le resquebrajaba y dejaba salir a la mujer que aún podía divertirse. Thomas, ya sin remedio, se echó a reír también. La escena tenía algo absurdo: la maestra caída, el alumno victorioso por primera vez, ambos llenos de sal y arena, el mar rugiendo detrás como si aprobara el espectáculo.

Thomas le tendió la mano.
—Ven. Antes de que cambies de opinión y digas que no cuenta.

Evelyn miró la mano unos instantes.
—Cuenta —dijo al fin—. Y no por la arena.
—Un poco por la arena, lo admito.
—No. Cuenta porque has dejado de pelear como si quisieras parecer bueno, has peleado para ganar.

La sonrisa de Thomas se fue calmando, aunque no desapareció. Evelyn aceptó la mano y él tiró de ella con cuidado. Se puso en pie más despacio de lo habitual, controlando la molestia en el costado. Una vez erguida, se sacudió la arena de la ropa con esa dignidad inútil de quien sabe que ya es demasiado tarde para recuperar la elegancia. Thomas seguía mirándola, aún incrédulo.
—Pensaba que ibas a enfadarte.
—Lo haría si hubieses ganado por accidente.
—¿Y no ha sido un poco accidente?
—No. Has visto el cansancio. Has visto la herida. Has visto el terreno. Y en vez de intentar lucirte, has adaptado el combate. Como te digo, eso es pelear.

Thomas tragó saliva. Aquello le importó más de lo que esperaba.
—Entonces… ¿lo he hecho bien?

Evelyn ladeó la cabeza.
—Lo has hecho suficientemente bien como para tirarme una vez y ponerte insoportable durante el resto del día.

Thomas soltó una risa más tranquila. Ya no era la euforia del primer segundo. Era algo mejor. Más hondo. El viento movió el pelo de Evelyn y llevó de vuelta el olor del mar. Durante un momento se quedaron mirando la línea de las olas, recuperando el aire. Luego Thomas habló con más suavidad.
—Mi padre no lo aprobaría...

Evelyn giró la cabeza hacia él.
—Si esto fuera una lección de bondad, te habría traído un libro. Es una lección de combate. A veces el otro está herido. A veces tú lo estás. A veces el suelo ayuda. A veces te traiciona. Si solo sabes pelear en condiciones perfectas, no sabes pelear.

Thomas asintió despacio, y ella le dio un pequeño golpe con los dedos en el antebrazo.
—Pero no te confundas.
—¿Con qué?
—No significa que ya puedas vencerme.

Evelyn caminó a su lado unos pasos por la orilla mientras el sol seguía cayendo sobre el agua y el entrenamiento, por una vez, no parecía solo una prueba, sino también una tregua, y Thomas comprendió algo más, quizá lo más importante de toda la mañana; no había derribado solo a su maestra, había derribado la versión de sí mismo que necesitaba parecer capaz antes de serlo. A su lado, Evelyn se limpió el dorso de la mano, aún con algo de arena en la manga, y dijo, como quien no quiere darle demasiada importancia al momento:
—No pongas esa cara de leyenda viviente. Por hoy creo que hemos terminado el entrenamiento ¿te parece?

Siguieron andando por la playa, con las armas bajas y las huellas mezclándose en la arena húmeda mientras el mar iba borrándolas poco a poco detrás de ellos. Y aunque Evelyn no volvió a felicitarlo, Thomas ya no lo necesitaba. Una vez bastaba.

Porque una vez era el principio.
 

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Regla número seis: Juzga

El patio de armas estaba vacío.

A aquella hora, incluso el cuartel de la Guardia de Athkatla parecía contener la respiración. Las ventanas de los barracones permanecían oscuras, las puertas cerradas y las antorchas de los corredores se habían consumido hasta quedar reducidas a pequeñas llamas azules. Faltaba todavía un buen rato para el cambio de guardia y mucho más para que los reclutas llenaran el lugar de órdenes mal ejecutadas, escudos golpeando el suelo y protestas disimuladas. Thomas prefería entrenar entonces, no porque le avergonzara que lo vieran, sino porque el silencio le permitía concentrarse mejor.

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La espada larga descendió contra el poste de entrenamiento. Un corte diagonal. Paso atrás. Cambio de guardia.
Estocada.
La punta se detuvo a pocos dedos de la madera. Thomas permaneció inmóvil, con el brazo extendido, observando el pequeño espacio que separaba el acero del objetivo. Después relajó la muñeca y regresó a la posición inicial.
—Demasiado lejos —murmuró, y volvió a intentarlo. Esta vez la hoja tocó el poste con un golpe seco. —Demasiado cerca.

La voz de Evelyn no estaba allí para corregirlo, pero Thomas podía escucharla de todos modos. "Estás levantando el hombro". Lo bajó. "Tu pie derecho anuncia el ataque". Corrigió la postura. "No persigas la espada, mirada al frente". Thomas respiró hondo y volvió a empezar.

Hacía tiempo que no entrenaba con ella, más del que le habría gustado. Al principio había temido perder lo aprendido, que las lecciones se fueran borrando poco a poco hasta quedar reducidas a frases ingeniosas y algún moratón mal recordado. Sin embargo, estaba ocurriendo lo contrario, cuanto más tiempo pasaba sin Evelyn, más presente estaba en cada movimiento. No necesitaba que le dijera dónde estaba el error, la mayoría de las veces podía sentirlo antes incluso de cometerlo: una tensión innecesaria en los hombros, demasiado peso sobre una pierna, la mirada clavada en el lugar donde pretendía golpear. Todo ello se lo decía su energía interior, la misma que su maestra le había enseñado a sentir. Había empezado a corregirse solo, y aquello debía de significar que estaba progresando... O que se estaba volviendo tan insoportable como ella había pronosticado.

La espada volvió a avanzar.

Esta vez Thomas no miró el poste. Observó el espacio que había delante, la posición de sus pies y la línea imaginaria que un enemigo tendría que cruzar para alcanzarlo. Dio un paso corto, cerró el ángulo y lanzó una estocada directa. El acero se detuvo a menos de un dedo de la madera.
Mejor. No perfecto, pero mejor.

Thomas sostuvo la posición unos segundos. Los músculos del brazo empezaron a protestar, aunque no permitió que la punta temblara. Aquel ejercicio parecía sencillo hasta que se intentaba hacer de verdad. Golpear con todas sus fuerzas era fácil. Bastaba con decidirlo y dejar que el cuerpo obedeciera, pero detenerse exigía algo más. Retiró la espada.

El patio olía a piedra húmeda, madera vieja y aceite para armas. Cerca del muro se alineaban varios escudos de entrenamiento, algunos partidos por los bordes. En el centro había círculos y líneas marcados sobre la tierra por años de botas, caídas y ejercicios repetidos. Thomas había recorrido aquel suelo cientos de veces, primero como recluta y después como soldado, pero aquella mañana parecía diferente. Tal vez porque no estaba practicando para derrotar a nadie.

Volvió a colocarse frente al poste, imaginó a un asaltante armado y atacó. La hoja golpeó la madera con fuerza. Imaginó al mismo hombre soltando el arma antes del impacto. Repitió el movimiento y detuvo la espada... Demasiado tarde, la punta tocó el poste. Acababa de matarlo.

Thomas frunció el ceño.

Otra vez.

Atacante armado.

Golpe.

Atacante rendido.

Alto.

Golpe.

Alto.

Golpe.

Alto.

La secuencia se repitió hasta que el sonido de su respiración se mezcló con el roce de las botas sobre la tierra. Cada ataque empezaba igual. La misma distancia, la misma intención, la misma fuerza contenida en el cuerpo. La diferencia estaba en el final.
Thomas comenzó a comprender por qué Evelyn nunca le había permitido conformarse con aprender a golpear. Una espada no distinguía a un culpable de un inocente. No sabía si quien tenía delante merecía morir, ser detenido o simplemente ser escuchado. El acero solo obedecía y era su mano la que debía juzgar.

Se apartó del poste y bajó el arma.
En las calles, las decisiones rara vez eran tan limpias como en el patio de armas. No había una línea que separase a los buenos de los malos ni una voz que anunciara quién decía la verdad. Había miedo, confusión, acusaciones y personas convencidas de tener razón. A veces bastaba una orden. Otras, había que interponerse. Y algunas veces el tiempo para decidir duraba menos que una respiración.

Thomas miró la hoja de su espada... Podía aprender a ser más rápido que Evelyn.
Podía fortalecer los brazos, mejorar los pasos y ocultar la intención hasta que ni siquiera ella pudiera leerla. Cada día sentía que la distancia entre ambos era un poco menor, ya no le parecía imposible alcanzarla. Seguía estando lejos, pero no tanto como antes. Sin embargo derrotarla nunca había sido la verdadera medida. Evelyn le había enseñado a concentrarse, a dejar fluir el cuerpo, a proteger, a medir y a ganar, pero ninguna de aquellas reglas le decía por qué debía levantar una espada.
Entonces cerró los ojos. Bajo la túnica llevaba el símbolo de Tyr. No necesitaba tocarlo para sentir su peso. Era pequeño, mucho más ligero que el arma que sostenía, pero algunas mañanas parecía pesar más que toda su armadura. La justicia no era enfado, y bajo sus ojos tampoco era castigo, desde luego no era la satisfacción de demostrar que uno tenía razón. Había visto demasiadas veces lo fácil que resultaba confundir justicia con venganza cuando el miedo, el orgullo o el dolor entraban en juego. La venganza no medía, no escuchaba, solo buscaba un rostro sobre el que descargar el golpe.

La justicia debía hacer algo más difícil, debía medir el golpe antes de permitirlo.

Thomas abrió los ojos y volvió a adoptar la guardia, y esta vez no imaginó a un enemigo.
Imaginó una puerta cerrada. Alguien gritando detrás. Dos personas acusándose mutuamente. Un hombre con un cuchillo. Una mujer cubriendo a un niño. Un sospechoso huyendo. Un compañero herido. Una multitud exigiendo una respuesta inmediata.
En todas aquellas imágenes sostenía la misma espada, pero no en todas debía usarla de la misma manera.

Avanzó, y la punta se detuvo frente al poste.
—¿Por qué? —preguntó en voz baja. El silencio del patio no respondió, y Thomas regresó a la guardia. Atacó de nuevo. —¿Por qué? —detuvo la hoja. Otra vez. —¿Por qué?

Cada movimiento exigía una respuesta. No una frase pronunciada en voz alta, sino una razón que pudiera sostener incluso cuando el miedo y la rabia intentaran arrancarle el control.

Proteger. Detener. Impedir un daño.
El castigo no pertenecía al instante del golpe. Llegaría después, cuando los hechos pudieran ser examinados, las palabras escuchadas y la ley aplicada. En el patio, en una calle o en mitad de una pelea, su deber no era dictar sentencia, era evitar que alguien más lo hiciera con una espada. Thomas atacó.
El filo avanzó con toda la velocidad que podía darle. Por un momento pareció inevitable que chocara contra la madera, y entonces se detuvo.
La punta quedó tan cerca del poste que una fina astilla se desprendió sin que el acero llegara apenas a tocarlo, y Thomas contuvo la respiración. Su brazo permaneció firme. El peso del cuerpo estaba adelantado, la fuerza preparada, pero bajo control. Un movimiento más habría completado la estocada, pero no lo hizo.

Poco a poco retiró la espada.

Una extraña calma se instaló en él. No era orgullo, al menos no del todo. Tampoco era la satisfacción que había sentido al derribar a Evelyn en la playa. Aquello había sido una victoria visible: arena levantándose, una maestra en el suelo y una sonrisa que no había logrado esconder. Esta era distinta, nadie la había visto, no había un enemigo vencido ni una voz felicitándolo. Solo una marca que no había aparecido en la madera.

Thomas bajó la espada y observó el poste de entrenamiento. Estaba cubierto de cortes antiguos, golpes de hacha, abolladuras y arañazos. Su último ataque no había dejado ninguno, y, sin embargo, era el mejor que había realizado aquella mañana.

Una brisa débil cruzó el patio. En algún lugar del cuartel se oyó el chirrido de una cama y después un golpe sordo, probablemente algún recluta levantándose antes de tiempo o cayéndose al intentarlo. Thomas esbozó una sonrisa, pero no apartó la mirada del poste. Quizá estaba más cerca de Evelyn de lo que pensaba, no porque ya pudiera vencerla, ella se encargaría de recordarle que una caída en la arena no convertía a nadie en maestro, pero sabía que estaba más cerca porque empezaba a entender aquello que se escondía detrás de sus lecciones. La técnica no servía para tener poder. Servía para no ser esclavo de él.

Thomas limpió la hoja con un paño y la sostuvo frente a sí. El acero empezaba a reflejar la claridad gris del amanecer. Pronto el patio se llenaría de soldados. Llegarían las órdenes, los ejercicios y el estrépito habitual del cuartel. Nadie sabría cuánto tiempo llevaba allí ni qué había estado intentando aprender. No importaba. Envainó la espada.

Sobre uno de los muros, un gorrión descendió de un salto y se quedó mirándolo con la cabeza ladeada. Thomas llevó instintivamente la mano hacia el bolsillo donde guardaba algo de comida. El pájaro dio otro salto, completamente indiferente a la advertencia. Thomas negó con la cabeza y comenzó a caminar hacia los barracones. Antes de abandonar el patio, se volvió una última vez hacia el poste.

Evelyn le había enseñado a luchar contra quien tuviera delante. Tyr le exigía decidir si debía hacerlo. Y aquella mañana, por primera vez, Thomas comprendió que acercarse a su maestra no consistía solo en aprender a alcanzar el objetivo.
 
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