Dilacerante
Orco del Desolado
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Regla número uno: Concéntrate.
El bosque estaba en silencio, salvo por el golpeteo constante del acero cortando el aire.
Una estocada. Un paso atrás. Un giro.
Otra estocada.

El chico llevaba tanto tiempo repitiendo la misma secuencia que los brazos ya se movían solos. Su maestra insistía en que una espada larga no debía sentirse pesada ni ligera; simplemente debía desaparecer de la conciencia. "No pienses en la espada. Piensa en lo que atraviesa." Él seguía sin entender qué significaba.
Volvió a intentarlo. Respiró despacio, relajó los hombros y dejó que el movimiento naciera desde los pies, y ocurrió. En mitad del golpe, una ardilla cayó del árbol que tenía encima... aterrizando justo sobre la hoja de la espada. Durante un instante imposible, ambos quedaron inmóviles. La ardilla, agarrada al acero con las cuatro patas. El muchacho, con el brazo extendido. Los dos se miraron. La ardilla ladeó la cabeza, como si estuviera evaluando su técnica. Después descendió tranquilamente por la hoja, pasó sobre la guarda, utilizó su hombro como puente y se marchó saltando hacia otro árbol, sin la menor prisa.
El bosque recuperó el silencio.
El chico permaneció inmóvil unos segundos más. Había pasado semanas intentando no distraerse, y ahora la única criatura que parecía mostrar interés por su entrenamiento acababa de usarlo como sendero. Suspiró.
Volvió a adoptar la guardia.
—Bien... otra vez.
Al dar el siguiente paso, descubrió que la ardilla había robado la única nuez que llevaba en el bolsillo para picotear después de entrenar.
Regla número dos: Con-cén-tra-te.
El eco del agua golpeando las rocas era el único sonido que competía con el zumbido de los insectos veraniegos. No muy lejos del claro donde solía entrenar a solas, el terreno descendía hacia un riachuelo de montaña. Allí, sobre una gran roca plana desgastada por la corriente, esperaba ella.
Thomas, que así se llamaba el joven de cabellos dorados, mantenía los ojos cerrados, tratando de seguir la primera regla. Pero esta vez su mente no lograba la quietud del día anterior.
—Te estás esforzando demasiado, muchacho —la voz de su maestra, Evelyn, rompió el silencio. No era una voz de reproche, sino firme y serena como el fluir del agua.
Evelyn no vestía armadura, sino una túnica sencilla de viaje, gastada por los caminos pero impecable y de buena confección. Su postura era de una relajación absoluta, pero Thomas sabía que, en menos de un parpadeo, esa aparente calma podía transformarse en una velocidad letal.
—Estoy concentrado, maestra —respondió el chico sin abrir los ojos, aunque el ceño fruncido delataba la tensión en su frente. Sostenía la espada larga frente a él, sintiendo el peso del acero.
—No, no lo estás. Estás pensando en la concentración, que no es lo mismo —la maestra se acercó con pasos inaudibles sobre la roca húmeda—. Ayer te pedí que te concentraras en el arma, en tu cuerpo, en el entorno. Hoy... hoy tienes que fragmentarlo.
Ella colocó dos dedos con firmeza en la espalda de Thomas, justo entre los omóplatos. El contacto físico hizo que el joven diera un sutil respingo.
—El ki no es una fuerza que golpee como un martillo, querido. No nace de la fuerza de tus bíceps ni de la rigidez de tus piernas. El ki es energía fluida. Es la misma energía que hace crecer la hierba bajo tus pies descalzos y la que mueve el agua de este río. Para canalizarla a través del acero de tu espada, primero debes dejar de oponerte a ella.
Thomas respiró hondo. Alrededor del punto donde los dedos de Evelyn tocaban su espalda, empezó a sentir una calidez extraña, como si un hilo de agua tibia comenzara a recorrer su columna vertebral, extendiéndose lentamente hacia sus hombros y, finalmente, descendiendo por sus brazos hacia las manos que aferraban la empuñadura.
—Siente el calor —susurró ella a su oído—. No lo empujes. Solo... con-cén-tra-te. Deja que fluya.
Por primera vez, el acero de la espada larga no lo sintió como un trozo de metal frío y ajeno. Por un instante fugaz, la empuñadura dejó de sentirse áspera bajo sus dedos. El peso desapareció. Ya no sostenía una espada; simplemente levantó el brazo, y el acero obedeció con la naturalidad con la que habría cerrado un puño. Ella sonrió.
—Haz uno—. Thomas la imitó. El suyo salió algo más grande... y bastante torcido. Evelyn lo examinó unos segundos—Servirá.
El muchacho miró ambos surcos.
—¿Y ahora?
—Todo lo que queda dentro de esta línea es aquello que has decidido proteger.
—¿Mi casa?—. Thomas frunció el ceño.
—También.
—¿Mi familia?
—También.
—¿Mis amigos?
Ella dejó caer los hombros y suspiró.
—Todo aquello cuya pérdida te dolería —.Thomas bajó la mirada hacia el dibujo en la tierra dándole una nueva importancia a aquel montón de barro removido. Evelyn señaló el semicírculo con la punta de la bota—La línea no tiene poder. El poder lo tiene la decisión de no dejar pasar a quien quiera arrebatártelo —. Después avanzó hacia él. Thomas reaccionó por instinto y le cerró el paso levantando el escudo pavés.—Otra vez —. Retrocedió. Volvió a intentarlo. Thomas se movió antes, sin necesidad de levantar la espada— Otra.
Una y otra vez.
A veces Evelyn se acercaba por la derecha, otras por la izquierda. En ocasiones caminaba despacio, como si estuviera paseando. Otras aceleraba de repente, y finalmente terminó deteniéndose.
—¿Qué estás defendiendo?
—El círculo.
Ella negó con la cabeza.
—No. El círculo solo sirve para que no olvides qué hay detrás de ti. Si alguien borra esa línea de una patada, ¿dejas de proteger a tu familia?—. El muchacho negó lentamente, y la maestra sonrió de nuevo —Entonces no proteges un dibujo.
Thomas respiró hondo. Por primera vez desde que empezó a entrenar, aquella lección tenía sentido.
De pronto una liebre salió disparada de unos arbustos, atravesó el semicírculo de un salto, luego el otro y desapareció entre los árboles. Thomas abrió mucho los ojos.
—¡Ha entrado!
Evelyn ni siquiera se giró para mirar al animal.
—Sí.
—¿No deberías haberla detenido?
—¿Por qué?
—Porque ha cruzado tu círculo.
La maestra lo observó unos segundos con expresión completamente seria, y entonces él abrió una sonrisa que mostraba todos los dientes. Ambos rieron levemente.
— Bien, vamos a continuar con la espada. Separa los pies.
El bosque estaba en silencio, salvo por el golpeteo constante del acero cortando el aire.
Una estocada. Un paso atrás. Un giro.
Otra estocada.

El chico llevaba tanto tiempo repitiendo la misma secuencia que los brazos ya se movían solos. Su maestra insistía en que una espada larga no debía sentirse pesada ni ligera; simplemente debía desaparecer de la conciencia. "No pienses en la espada. Piensa en lo que atraviesa." Él seguía sin entender qué significaba.
Volvió a intentarlo. Respiró despacio, relajó los hombros y dejó que el movimiento naciera desde los pies, y ocurrió. En mitad del golpe, una ardilla cayó del árbol que tenía encima... aterrizando justo sobre la hoja de la espada. Durante un instante imposible, ambos quedaron inmóviles. La ardilla, agarrada al acero con las cuatro patas. El muchacho, con el brazo extendido. Los dos se miraron. La ardilla ladeó la cabeza, como si estuviera evaluando su técnica. Después descendió tranquilamente por la hoja, pasó sobre la guarda, utilizó su hombro como puente y se marchó saltando hacia otro árbol, sin la menor prisa.
El bosque recuperó el silencio.
El chico permaneció inmóvil unos segundos más. Había pasado semanas intentando no distraerse, y ahora la única criatura que parecía mostrar interés por su entrenamiento acababa de usarlo como sendero. Suspiró.
Volvió a adoptar la guardia.
—Bien... otra vez.
Al dar el siguiente paso, descubrió que la ardilla había robado la única nuez que llevaba en el bolsillo para picotear después de entrenar.
Regla número dos: Con-cén-tra-te.
El eco del agua golpeando las rocas era el único sonido que competía con el zumbido de los insectos veraniegos. No muy lejos del claro donde solía entrenar a solas, el terreno descendía hacia un riachuelo de montaña. Allí, sobre una gran roca plana desgastada por la corriente, esperaba ella.
Thomas, que así se llamaba el joven de cabellos dorados, mantenía los ojos cerrados, tratando de seguir la primera regla. Pero esta vez su mente no lograba la quietud del día anterior.
—Te estás esforzando demasiado, muchacho —la voz de su maestra, Evelyn, rompió el silencio. No era una voz de reproche, sino firme y serena como el fluir del agua.
Evelyn no vestía armadura, sino una túnica sencilla de viaje, gastada por los caminos pero impecable y de buena confección. Su postura era de una relajación absoluta, pero Thomas sabía que, en menos de un parpadeo, esa aparente calma podía transformarse en una velocidad letal.
—Estoy concentrado, maestra —respondió el chico sin abrir los ojos, aunque el ceño fruncido delataba la tensión en su frente. Sostenía la espada larga frente a él, sintiendo el peso del acero.
—No, no lo estás. Estás pensando en la concentración, que no es lo mismo —la maestra se acercó con pasos inaudibles sobre la roca húmeda—. Ayer te pedí que te concentraras en el arma, en tu cuerpo, en el entorno. Hoy... hoy tienes que fragmentarlo.
Ella colocó dos dedos con firmeza en la espalda de Thomas, justo entre los omóplatos. El contacto físico hizo que el joven diera un sutil respingo.
—El ki no es una fuerza que golpee como un martillo, querido. No nace de la fuerza de tus bíceps ni de la rigidez de tus piernas. El ki es energía fluida. Es la misma energía que hace crecer la hierba bajo tus pies descalzos y la que mueve el agua de este río. Para canalizarla a través del acero de tu espada, primero debes dejar de oponerte a ella.
Thomas respiró hondo. Alrededor del punto donde los dedos de Evelyn tocaban su espalda, empezó a sentir una calidez extraña, como si un hilo de agua tibia comenzara a recorrer su columna vertebral, extendiéndose lentamente hacia sus hombros y, finalmente, descendiendo por sus brazos hacia las manos que aferraban la empuñadura.
—Siente el calor —susurró ella a su oído—. No lo empujes. Solo... con-cén-tra-te. Deja que fluya.
Por primera vez, el acero de la espada larga no lo sintió como un trozo de metal frío y ajeno. Por un instante fugaz, la empuñadura dejó de sentirse áspera bajo sus dedos. El peso desapareció. Ya no sostenía una espada; simplemente levantó el brazo, y el acero obedeció con la naturalidad con la que habría cerrado un puño. Ella sonrió.
Regla número tres: Protege
El sol apenas había terminado de asomar cuando Evelyn llegó al claro. Thomas ya la esperaba con la espada en la mano, convencido de que aquel día tocarían estocadas, guardias o alguna postura imposible de mantener más de un minuto. En lugar de eso, la maestra se quedó observando el suelo. Adelantó un pie y, con la punta de la bota, trazó lentamente un semicírculo sobre la tierra. Después levantó la vista.—Haz uno—. Thomas la imitó. El suyo salió algo más grande... y bastante torcido. Evelyn lo examinó unos segundos—Servirá.
El muchacho miró ambos surcos.
—¿Y ahora?
—Todo lo que queda dentro de esta línea es aquello que has decidido proteger.
—¿Mi casa?—. Thomas frunció el ceño.
—También.
—¿Mi familia?
—También.
—¿Mis amigos?
Ella dejó caer los hombros y suspiró.
—Todo aquello cuya pérdida te dolería —.Thomas bajó la mirada hacia el dibujo en la tierra dándole una nueva importancia a aquel montón de barro removido. Evelyn señaló el semicírculo con la punta de la bota—La línea no tiene poder. El poder lo tiene la decisión de no dejar pasar a quien quiera arrebatártelo —. Después avanzó hacia él. Thomas reaccionó por instinto y le cerró el paso levantando el escudo pavés.—Otra vez —. Retrocedió. Volvió a intentarlo. Thomas se movió antes, sin necesidad de levantar la espada— Otra.
Una y otra vez.
A veces Evelyn se acercaba por la derecha, otras por la izquierda. En ocasiones caminaba despacio, como si estuviera paseando. Otras aceleraba de repente, y finalmente terminó deteniéndose.
—¿Qué estás defendiendo?
—El círculo.
Ella negó con la cabeza.
—No. El círculo solo sirve para que no olvides qué hay detrás de ti. Si alguien borra esa línea de una patada, ¿dejas de proteger a tu familia?—. El muchacho negó lentamente, y la maestra sonrió de nuevo —Entonces no proteges un dibujo.
Thomas respiró hondo. Por primera vez desde que empezó a entrenar, aquella lección tenía sentido.
De pronto una liebre salió disparada de unos arbustos, atravesó el semicírculo de un salto, luego el otro y desapareció entre los árboles. Thomas abrió mucho los ojos.
—¡Ha entrado!
Evelyn ni siquiera se giró para mirar al animal.
—Sí.
—¿No deberías haberla detenido?
—¿Por qué?
—Porque ha cruzado tu círculo.
La maestra lo observó unos segundos con expresión completamente seria, y entonces él abrió una sonrisa que mostraba todos los dientes. Ambos rieron levemente.
— Bien, vamos a continuar con la espada. Separa los pies.
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