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Tengo algo para ti... [Ecos del Plano Material]

Mullet King

Sexta identidad de ladrón cofrade
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I. Ecos de la Mesoscuridad (I)

La primera vez que Nyx regresó al Feywild, no llevaba una reliquia legendaria ni el cráneo de una bestia temible. Solo traía barro seco en las botas, varios cortes aún recientes y una historia que olía a roca húmeda, sangre y orgullo. Ah, y una piedra. Un pequeño guijarro de forma irregular, con aparente nulo valor.

La Coleccionista aguardaba donde siempre, sentada en su trono de raíces vivas. Sostuvo entre sus dedos aquel pequeño fragmento de roca gris. Era áspero, irregular y completamente corriente. Lo giró despacio, observándolo con el mismo interés con el que otros contemplarían una joya legendaria.

—Cuéntame por qué esta piedra merece un lugar en mi colección...

Nyx sonrió mientras se dejaba caer sobre una de las raíces que serpenteaban junto al trono, exhausta.

—Porque fue lo único que traje de mi primera aventura.

Aquello bastó para que la archifata inclinara ligeramente la cabeza, invitándola a continuar.

Todo comenzó en los Llanos, junto a Athkatla. Mientras descansaba en La Luz del Álandor, un noble del Distrito de la Gema llamado Evran Harbinger le ofreció un trabajo. Buscaba un grupo dispuesto a descender a la Mesoscuridad para recolectar unas plantas que solo crecían junto a antiguos yacimientos de adamantita. Parecía un encargo sencillo... al menos sobre el papel.

Durante la conversación reparó en un muchacho albino que llamaba bastante la atención. Tenía aspecto de combatiente y esa clase de expresión que hacía pensar que había visto demasiadas cosas para alguien de su edad.

Se llamaba Liam Draevar.

Nyx lo invitó a unirse casi sin conocerlo.

—¿Por qué?

La pregunta de La Coleccionista llegó antes de que pudiera continuar. Nyx se encogió de hombros.

—Parecía interesante...

La archifata sonrió.

—Excelente criterio.

Gracias a uno fueron llegando los demás. Vathek, un joven paladín; Elriden, un semielfo; y una pareja, Karley y Traastern, cuya manera de mirarse dejaba claro que habrían descendido incluso al mismísimo Abismo si eso significaba hacerlo juntos.

Descendieron por una gruta cercana a Agujas de Oro. A cada paso la luz desaparecía un poco más y la roca parecía tragarse cualquier sonido. La Mesoscuridad no tardó en recordarles que no era lugar para ellos. Ciempiés gigantes, desgarradores grises, mantos que caían desde el techo como si la propia oscuridad hubiese cobrado vida, esporas venenosas... y, cuando Nyx creyó que aquel lugar ya no podía volverse más desagradable...

Las drañas.

—Las de medio cuerpo de araña.

—Sé lo que es una draña
—replicó la archifata.

—Bueno... pues siguen siendo igual de feas.

La Coleccionista soltó una pequeña risita. Nyx continuó.

Cada combate robaba un poco más de fuerzas al grupo. Las conversaciones se hicieron más escasas, e incluso las bromas empezaron a desaparecer. Cuando ya empezaban a acusar el cansancio, alcanzaron un laberinto de galerías donde todo parecía repetirse.

La misma roca. Los mismos túneles. Las mismas sombras...

Era el tipo de lugar donde uno podía caminar durante horas convencido de haber avanzado... cuando en realidad solo estaba dando vueltas. Y allí cometieron un grave error...

Creer que estaban solos.

Un batidor duérgar los seguía desde las sombras durante largo rato, sin que nadie reparase en su presencia. No atacó. No hizo ruido. Simplemente esperó el momento adecuado para avisar a los suyos.

Y, de pronto, los primeros duérgars aparecieron delante. Después otros detrás. Luego a ambos lados.

La emboscada llegó desde todas partes a la vez, cuando los túneles comenzaron a escupir guerreros grises armados hasta los dientes. El combate fue feroz: acero contra acero, magia contra roca, gritos que se perdían entre los pasadizos...

Cuando todo terminó, los duérgars yacían muertos, pero apenas quedaban fuerzas para celebrarlo. Algunos apenas podían mantenerse en pie. Otros sangraban demasiado.

Así que emprendieron el camino de regreso. Sin recompensa. Sin gloria. Sin una sola de aquellas malditas plantas.

Solo con heridas. Y con la silenciosa promesa de que algún día regresarían para saldar aquella cuenta pendiente.

La historia terminó.

Durante unos segundos solo se escuchó el rumor del viento entre las ramas del Feywild.
—Fue un fracaso.

La Coleccionista acarició la piedra con el pulgar.

—¿Lo fue?

—No encontramos lo que buscábamos.

—Pero encontraste una historia...


Nyx sonrió.

—Supongo que sí.

La archifata depositó el fragmento de roca sobre una pequeña peana de madera viva, entre otros objetos cuyo valor solo ella parecía comprender.

—Las aventuras que salen exactamente como uno espera suelen ser terriblemente aburridas. Esta piedra, en cambio... recuerda el día en que una coleccionista descubrió que volver con vida también puede ser un tesoro.

— Pieza entregada a la Colección —


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Objeto: Fragmento de roca de la Mesoscuridad.

Historia: Recogido durante la retirada de la primera expedición de Nyx a las profundidades. No posee propiedades mágicas ni valor material alguno, pero fue testigo del día en que comprendió que una aventura no necesita terminar en victoria para convertirse en una buena historia.
«Las piedras conservan el eco de quienes caminaron sobre ellas. Esta todavía recuerda el sonido de unos aventureros que eligieron vivir para poder regresar otro día.»



Offtopic :
Aventurilla surgida ingame gracias a las acciones de los jugadores.
No me sé las cuentas de muchos de vosotros, pero espero que os guste si lo leéis <3
Menciones: @PackLeader
 
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II. Ecos de la Mesoscuridad (II)

La Coleccionista tomó entre sus manos un pequeño cristal translúcido. A simple vista parecía poco más que una gema imperfecta, pero en su interior un tenue resplandor rojizo palpitaba con una cadencia irregular, casi como el latido de un corazón dormido.

La archifata sonrió.

—Esto ya estaba vivo cuando lo cogiste.

Nyx arqueó una ceja.

—¿...Qué...?

—No importa. Cuéntame cómo llegó hasta ti.


Había jurado no volver a la Mesoscuridad. Al menos durante un par de días.

Resultó que el orgullo tardaba menos en sanar que las heridas.

Liam fue quien habló primero de regresar. Decía que aún le debía una derrota a aquellos duérgars y que no pensaba permitir que unas cuantas galerías oscuras fueran la última palabra de aquella historia. Nyx no necesitó demasiada persuasión. En realidad, llevaba días pensando exactamente lo mismo. No tanto por venganza como por la incómoda sensación de haber dejado una historia a medias... y porque, muy en el fondo, la Mesoscuridad le había despertado una curiosidad que prefería no admitir en voz alta.

Para aquella expedición reunieron un grupo muy distinto. Zyon Ashby, un arquero cuya puntería solo competía con su descaro; Saravel, su pareja, que blandía la espada con una elegancia casi inquietante; Barabas, un viejo explorador cuya experiencia valía más que cualquier mapa; y Douma Douglas, un hombre que, durante el viaje, reveló ser un cambiapieles. A Nyx aquello le pareció una historia mucho más interesante que sorprendente.

—¿Y Liam?

—Seguía siendo igual de orgulloso.


La archifata asintió, satisfecha con aquella respuesta.

El descenso volvió a ser tan hostil como la primera vez. La roca seguía oliendo a humedad, los túneles parecían empeñados en confundir a cualquiera que los recorriera y las criaturas de las profundidades continuaban defendiendo su hogar con la misma ferocidad. Sin embargo, aquella vez fueron ellos quienes encontraron primero a los duérgars.

No hubo emboscada.

No hubo retirada.

Solo una cuenta pendiente que, por fin, quedó saldada.

Después continuaron descendiendo. Mucho más de lo que cualquiera habría considerado prudente.

Y quizá fuera la fortuna, o quizá la propia Mesoscuridad decidió recompensar su obstinación, porque terminaron encontrando las vetas de adamantita y, creciendo entre ellas, las flores que habían ido a buscar desde el principio.

La parte difícil ya había terminado. O eso creyeron.

Encontrar el camino de vuelta resultó bastante peor que encontrar las flores. Durante horas caminaron por galerías idénticas, regresando una y otra vez al mismo lugar sin llegar a reconocerlo. Acabaron atravesando cavernas donde ríos de lava iluminaban la piedra con un resplandor anaranjado y, cuando comprendieron que continuar avanzando solo conseguiría agotarlos más, aceptaron una decisión que ninguno deseaba tomar.

Dormirían allí abajo.

Encontraron un antiguo campamento drow abandonado y organizaron guardias durante toda la noche. Cada uno ocupó una de las viejas tiendas que aún permanecían en pie.

Nyx compartió la suya con Liam.

Guardó silencio unos instantes antes de continuar.

—¡¿Qué?! No pasó absolutamente nada...

La Coleccionista la observó con una sonrisa divertida.

No había preguntado.

—Ya, pero ibas a hacerlo, con esa cara...


La archifata rió con suavidad. Nyx desvió la mirada hacia el cristal.

—Solo... fue extraño. Supongo que, después de todo lo que habíamos pasado, dormir sabiendo que él estaba allí hizo que la Mesoscuridad pareciera un lugar un poco menos horrible.

La Coleccionista no respondió. Dejó que aquel pequeño silencio ocupase el espacio de cualquier comentario.

Tras varias horas de descanso emprendieron de nuevo la marcha y, esta vez sí, encontraron el camino hacia la superficie.

Una luna después, Nyx volvió a reunirse con Evran Harbinger para entregarle las flores que tanto esfuerzo habían costado. El noble cumplió su palabra y le ofreció elegir entre dos recompensas: un cuadro de gran valor, destinado a una futura subasta... o un extraño cristal que llevaba tiempo guardando sin atreverse a estudiarlo demasiado.

Decía que en su interior parecía haber algo.

Algo vivo.

O quizá algo que una vez lo estuvo.

Nyx ni siquiera necesitó pensárselo. Escogió el cristal.

—Naturalmente...

—¿Cómo iba a elegir un cuadro?

—Eso mismo pensaba yo.


La archifata contempló de nuevo el objeto. El tenue destello rojizo volvió a palpitar desde su núcleo.

Muy despacio.

Como si hubiese esperado aquel momento.

—Este sí me gusta.

—¿Por la criatura?


La sonrisa de La Coleccionista se ensanchó.

—No.

Nyx frunció el ceño.

—Porque alguien decidió no preguntar qué era antes de llevárselo.

La tiefling no pudo evitar sonreír.

La archifata depositó cuidadosamente el cristal sobre uno de los pedestales de su colección, muy cerca de la roca gris de la Mesoscuridad.

—Las respuestas son maravillosas, Nyx... pero pocas cosas resultan tan valiosas como un buen misterio.

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— Pieza entregada a la Colección —


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• Objeto: Cristal escarlata de origen desconocido.

Historia: Entregado a Nyx por Evran Harbinger como recompensa por recuperar las flores de adamantita tras una segunda expedición a la Mesoscuridad. En su interior palpita una tenue luz rojiza que parece encerrar una criatura o una presencia imposible de identificar.​

«Hay objetos que cuentan una historia.
Este, en cambio, la encierra...»


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Offtopic :
¡Segunda parte de las andanzas por el subsuelo! Muchas gracias a todos los implicados <3
Menciones: @PackLeader @Cyrilet @Meivel @Barabas @Mr.Blue y Evran (no me sé tu cuenta, sorry!)
 
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III. Voces de los Nueve


Tras varias dekhanas recorriendo el Plano Material, Nyx volvió a cruzar la travesía feérica que conducía a los dominios de La Coleccionista. El bosque parecía haber cambiado desde su última visita, aunque sospechaba que era el bosque quien decidía cuándo cambiar y cuándo recordar. La archifata ya la esperaba sentada sobre su trono de raíces, con porte regio y expresión calmada, como si hubiera sabido exactamente cuándo iba a regresar.

Nyx rebuscó en su zurrón antes de extraer un pequeño fragmento de pergamino ennegrecido por el fuego. Apenas conservaba unas líneas escritas en una elegante caligrafía infernal.

La Coleccionista no lo tomó inmediatamente. Leyó las palabras. Después levantó una ceja.

—Qué cosa tan espantosa...

—¿Lo entiendes?
—replicó la tiefling.

—Claro.

Nyx sonrió.

—Yo también.

La archifata la observó durante un largo instante.

—Eso es precisamente lo interesante...

Nyx salía del Gremio Aventurero cuando se cruzó con Liam. No tenían ningún plan concreto; simplemente comenzaron a caminar por los Llanos mientras se lanzaban pullas con la naturalidad de quienes ya habían compartido demasiadas heridas como para necesitar fingir formalidades. Durante las últimas dekhanas habían coincidido en varias expediciones, y la costumbre de vacilarse mutuamente había terminado convirtiéndose, sin que ninguno de los dos lo admitiera, en una amistad.

La conversación terminó antes de lo esperado. Un grupo de aventureros buscaba voluntarios para acudir a una antigua torre perteneciente a los Magos Rojos de Zhay. Según explicaron, varios portales a los Planos Inferiores se habían abierto en su interior y diablos de toda clase campaban libremente por ella. Si no conseguían sellarlos, aquellas criaturas acabarían extendiéndose por tierras amnianas.

Nyx apenas necesitó escuchar la palabra diablos para decidir que iba.

—Claro que fuiste.

—Nunca había visto ninguno.

—Eso no es cierto.


Nyx frunció el ceño.

—¿No...?

—Te has visto cada mañana desde que naciste.


La tiefling rodó los ojos mientras La Coleccionista reía para sí.

Pronto se reunieron decenas de aventureros. Zyon estaba allí, igual que Douglas, Karley, Traastern, el druida Kharmin Musgoverde, la alquimista Evelyn Blackwood, Gwenaëlle Shade y la Alta Sacerdotisa Sariel Shade, además de muchos otros cuyos nombres el tiempo terminaría difuminando, aunque no así el recuerdo de luchar codo con codo.

La torre era un caos.

Los portales habían deformado su interior hasta convertirlo en un rompecabezas imposible. Cada umbral conducía a una estancia distinta; una biblioteca consumida por las llamas, calabozos olvidados, pasillos donde el aire olía a azufre y sangre... y, en todos ellos, diablos.

Por primera vez en su vida, Nyx escuchó hablar infernal... sin salir de labios mortales.

Comprendía cada amenaza. Cada burla. Cada blasfemia.

Era como escuchar un idioma que siempre había conocido y, al mismo tiempo, desear no entenderlo jamás.

No supo decir qué le inquietó más. Si los propios diablos... O la naturalidad con la que sus palabras encontraban sentido en su cabeza.

Finalmente alcanzaron un portal mucho mayor que los anteriores. Algunos propusieron estudiarlo antes de cruzar. Sariel, sin embargo, dio un paso al frente y lo atravesó sin vacilar.

Durante un instante nadie dijo nada. Después, resignados, todos la siguieron.

Al otro lado no encontraron otra sala de la torre, sino un inmenso patio de piedra bajo un cielo de fuego. Allí aguardaban enormes hombres lagarto cuya fuerza superaba con creces cualquier cosa que Nyx hubiera imaginado.

El combate fue brutal.

Su líder consiguió abatir a Liam.

Nyx apenas tuvo tiempo para pensar.

Un destello violáceo envolvió su cuerpo y se apareció junto a él, interponiéndose entre los enemigos y el guerrero caído. No podía curarlo. Apenas podía mantenerlos alejados el tiempo suficiente para que Gwenaëlle llegara hasta ellos.

Pero lo consiguió.

Aquel instante apenas duró unos segundos. Pero cuando Liam volvió a abrir los ojos...

Algo había cambiado. No hicieron falta palabras.

La Coleccionista no dijo nada. Simplemente dejó que Nyx continuara.

Tras la batalla descubrieron enormes fragmentos de roca flotando sobre el patio. No parecían naturales. Latían con una magia antigua que alimentaba los portales dispersos por toda la torre. Apenas tuvieron tiempo de estudiarlos antes de continuar ascendiendo.

Fue entonces cuando apareció él.

Un diablo.

No uno de los soldados que habían encontrado hasta entonces.

Uno que hablaba con la seguridad de quien lleva siglos convencido de que terminará imponiéndose.

Nyx apenas apartaba la vista de él. No por miedo. Por curiosidad.

Escucharlo hablar infernal era como oír una canción cuya letra siempre había conocido.

Intentó memorizar cada palabra. Cada matiz. Cada acento.

El diálogo terminó exactamente igual que suelen terminar los diálogos cuando no se alcanza un pacto. Con acero.

La criatura cayó.

Y la torre empezó a morir con ella.

Los muros temblaron. Los portales comenzaron a colapsar. La piedra se resquebrajó bajo sus pies.

La única opción era correr.

Nyx casi alcanzaba la salida cuando una trampa oculta estalló bajo sus botas. La explosión la lanzó varios metros contra un muro y el mundo desapareció.

Lo siguiente que recordó fue el aire fresco de los Llanos... Y a Liam llevándola a hombros fuera de la torre.

—Así que ahora estáis en paz...

Nyx sonrió.

—Creo que ninguno de los dos llevaba la cuenta.

La Coleccionista dejó el fragmento de pergamino sobre un pedestal, donde quedó suspendido en el aire.

—Eso es lo mejor de las deudas entre amigos.

—¿El qué?

—Que nunca terminan de saldarse.


Y, por algún motivo, aquello a Nyx le pareció una idea preciosa.​




— Pieza entregada a la Colección —

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• Objeto: Fragmento de pergamino chamuscado.

• Historia: Recuperado de la biblioteca en llamas de la torre de los Magos Rojos. El fuego devoró casi todo el documento y solo sobrevivieron unas pocas líneas escritas en infernal, copiadas por algún erudito que creyó comprender aquello que estudiaba. Nyx pudo leerlas sin esfuerzo, igual que había entendido los gritos y amenazas de los diablos durante toda la expedición...​

«[...] Vhar'kel nar thur'ash vek
Kor'thaz ul [...] ven neth'kar
Ash vel kor ath dra'zul [...] »


Offtopic :
Mazmorra y escenita de DM Artyom. Muchas gracias por la iniciativa y al resto por el rol tan divertido que quedó <3
 
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IV. Lo que el agua decidió no llevarse


Más de un mes pasó antes de que Nyx se encontrara de nuevo camino a las dependencias de La Coleccionista en el Feywild. Cuando cruzó el último arco de ramas, le llegó un olor a lluvia reciente. La archifata no la esperaba sobre su trono aquella vez, sino balanceándose en un columpio tejido con lianas floridas, impertérrita. Como si llevara siglos aguardando su regreso y el tiempo no significara absolutamente nada para ella.

Nyx dejó el zurrón en el suelo y comenzó a rebuscar en él.

—Esta vez... creo que no he traído nada especialmente interesante... —musitó, avergonzada.

La archifata negó lentamente con la cabeza.

—Ingenua...

La tiefling levantó la vista.

—¿Eh?

El columpio dejó de moverse.

—Traes dos recuerdos.

Nyx parpadeó.

—¿Dos?

La Coleccionista asintió.

—El primero... la primera vez que alguien consiguió enfadarte porque te importaba.

Nyx se cruzó de brazos con gesto resignado.

—Eso es hacer trampa.

Una sonrisa divertida apareció en el rostro de la archifata.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—Perfecto. Pues empezaremos por ahí...


Nyx resopló, contrariada.

Todo empezó con un aviso de la guardia en Caravassar. Al parecer necesitaban ayuda urgente para solucionar un problema en los baños públicos. Acepté sin pensarlo demasiado; después de la discusión que había tenido con Liam durante la luna anterior —una pelea absurda nacida de un juego que terminó con un tirón de cola mal medido y yo muy dolorida durante días—, cualquier excusa me parecía buena para mantener la cabeza ocupada.

Lo que realmente me enfurecía no era el golpe. Era el silencio.

Después de aquello apenas volvió a dirigirme la palabra. Me ignoraba como si no hubiera pasado nada, como si no me conociera, y por alguna razón eso conseguía sacarme de quicio mucho más que cualquier herida. La ira me corroía por dentro. Quería matarlo, hacerle sufrir, verle llorar, gritar, retorcerse de dolor... ¡¿Por qué se comportaba así conmigo?! ¡¡¡Aaarrgh!!!

Pensé que un encarguito sencillo me ayudaría a dejar de darle vueltas... No he vuelto a pensar algo parecido desde entonces.

Cuando llegué encontré varias caras conocidas: Gabriel Vientoscuro, Evelyn Blackwood, Freolaff, Gwenaëlle Shade, Sariel Shade, Jadzia Odger... suficientes aventureros como para resolver una fuga de agua sin demasiadas complicaciones.

Entonces vimos la gema.

Descansaba en el centro de los baños como un simple adorno.

Y se abrió.

No era una gema.

Era un portal.

Del otro lado comenzó a brotar agua con una violencia horrible. Tras ella aparecieron enormes elementales que avanzaban como si el propio océano hubiera decidido ponerse en pie. La guardia trató de contenerlos, pero las primeras bajas no tardaron en llegar. Comprendieron enseguida que aquello los superaba y se retiraron en busca de refuerzos, dejándonos solos frente al desastre.

La archifata dejó escapar una risilla.

—Los encargos sencillos suelen ser mis favoritos...

Nyx negó con la cabeza.

—Tienes una idea muy peculiar de lo que significa "sencillo".

La archifata no respondió.

Aquella sonrisa bastó para que Nyx sospechara que quizá la respuesta fuera peor de lo que imaginaba.

No teníamos demasiadas alternativas, así que atravesamos el portal.

El Plano Elemental del Agua era precioso.

Y aterrador.

Todo parecía moverse con una calma engañosa, como si el mundo entero respirara bajo una marea infinita. Combatimos contra oleadas de elementales durante lo que me parecieron horas, descendiendo cada vez más hasta encontrar a aquello que parecía gobernarlos.

No era un elemental. Era... un tsunami.

Una montaña de agua con voluntad propia, que con cada movimiento levantaba corrientes capaces de arrastrar a cualquiera.

Recuerdo intentar mantenerme firme.

Recuerdo intentar conjurar.

Y recuerdo una ola.

Solo una.

Me golpeó de lleno antes siquiera de verla venir.

Después... todo fue agua.

Intenté nadar.

No supe hacia dónde.

Intenté gritar.

Gravísimo error.

Sentía los pulmones arder mientras tragaba más agua de la que creía posible. Todo empezó a sonar muy lejos. Las voces desaparecieron. El dolor también...

Y entonces...

Nada.

El bosque permaneció completamente en silencio. La archifata seguía observándola.

—Ese es el segundo recuerdo.

Nyx tragó saliva.

—¿Mi muerte...?

—Tu muerte
—asintió.

La tiefling bajó la mirada durante unos instantes.

—No dolió tanto como imaginaba.

Su propia voz sonó más baja.

—Lo peor fue darme cuenta de que ya no estaba intentando sobrevivir... solo estaba esperando a que terminara.

Guardó silencio.

—Después el pecho dejó de doler.

—¿Y entonces...?


Nyx sonrió con cierta timidez.

—Nada. Oscuridad. No vi ninguna luz. Ni dioses, ni demonios... Ni tampoco a ti....

La archifata arqueó una ceja.

—Qué decepción... —replicó, con fingida teatralidad.

Nyx soltó una carcajada.

—Lo siguiente que recuerdo es a Olaff golpeándome el pecho y a Gwenaëlle gritándome que respirara. Al parecer habían conseguido derrotar al elemental mientras yo estaba... ocupada, ahogándome. Volví a los Llanos completamente empapada, con una tos que me acompañó durante más de una dekhana y que hacía que el pecho me doliera cada vez que respiraba hondo. Aquel día aprendí dos cosas: que el Plano del Agua es mucho más peligroso de lo que su nombre sugiere... y que la muerte llega sorprendentemente rápido...

Cuando terminó de hablar, la archifata descendió despacio del columpio y caminó hasta situarse frente a ella.

Simplemente apoyó un dedo sobre la frente de la tiefling.

—Ya está.

Nyx frunció el ceño.

—¿Qué has hecho...?

—Guardar tus recuerdos.

—¿Ya no los tengo...?


La archifata negó con suavidad.

—Los recuerdos nunca abandonan a quien los vivió.

Después señaló uno de los árboles del claro. Entre sus ramas colgaban cientos de pequeñas luces suspendidas en el aire. Algunas brillaban con tonos dorados. Otras eran azuladas. Una, muy reciente, tenía el color del océano. Muy cerca de ella, otra centelleaba con un rojo cálido, inquieto, casi impaciente.

Nyx permaneció observándolas largo rato.

—¿Qué son...?

—Los recuerdos que me regalas.


Aquello consternó a la tiefling, que se apresuró a preguntar, preocupada:

—¿Y si algún día los olvido?

La archifata también levantó la mirada hacia las ramas.

—Entonces volverás.

Alargó una mano hacia la pequeña luz azul.

—Y te los contaré de nuevo.
***

La archifata permaneció largo rato contemplando las dos pequeñas luces que acababan de unirse a las ramas del árbol.

Una brillaba con un rojo inquieto, casi impaciente.

La otra oscilaba lentamente con el azul profundo de un océano en calma.

No dijo nada. Simplemente sonrió.

—Has cambiado...

Nyx arqueó una ceja.

—Supongo que morir una vez ayuda a relativizar algunas cosas.

La archifata negó con suavidad.

—No. Tú.

Sus ojos recorrieron a la tiefling de arriba abajo con la misma atención con la que un joyero examina una gema recién pulida.

—Cuando nos conocimos eras una curiosidad. Una sonrisa. Ahora empiezas a ser... una historia...

Nyx no supo muy bien qué responder.

La archifata dio un paso al frente y volvió a apoyar dos dedos sobre su frente, pero esta vez fue distinto.

No hubo un susurro de hojas, sino que todo el bosque respondió.

Las flores comenzaron a abrirse al unísono, aunque no fuera su estación. Las raíces se estremecieron bajo la tierra y el viento empezó a recorrer el claro, hablando en un silvano tan antiguo que incluso Nyx apenas alcanzaba a comprender.

Sintió la magia del pacto despertar, una vez más.

Algo inmenso comenzó a extenderse por su interior, ocupando rincones de sí misma cuya existencia desconocía. Los colores parecían más vivos. El murmullo de las hojas adquiría significado. Incluso el aire parecía esconder secretos que hasta entonces habían permanecido fuera de su alcance.

No era una fuerza ajena.

Siempre había estado allí.

Solo necesitaba despertar, y crecer.

La archifata retiró lentamente la mano.

—Las historias también alimentan la magia.

Nyx observó sus propias manos. Entre sus dedos danzaban pequeñas motas de luz violáceas que aparecían y desaparecían como luciérnagas caprichosas.

Podía sentirlo. Algo había cambiado. Su vínculo con el Feywild era más profundo que nunca.

La archifata sonrió con evidente satisfacción.

—Cada vez te pareces menos a la tiefling que encontré en aquel bosque...

Nyx levantó la vista.

—¿Y eso es bueno...?

La archifata rió con aquella alegría sobrenatural que hacía florecer el mundo a su alrededor.

—No.

Esperó un instante.

—Es muchísimo más interesante.

— Recuerdos entregados a la Colección —


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Primer recuerdo:
La primera vez que alguien consiguió enfadarla porque realmente le importaba. No por el dolor de una cola herida, sino por el silencio que vino después.
«Los primeros enfados del corazón son mucho más sinceros que las primeras declaraciones.»

• Segundo recuerdo: La sensación de morir ahogada en el Plano Elemental del Agua. El instante en que el miedo desapareció y solo quedó el silencio... antes de volver a abrir los ojos entre toses y manos que se negaban a dejarla marchar.
«Los mortales recordáis vuestro nacimiento porque alguien os lo cuenta. Pero el instante en que creísteis morir... ese siempre os pertenece.»

Offtopic :
¡Nuevo formatillo narrativo! Estoy tonteando con la primera y la tercera persona hasta que encuentre lo que más me gusta. Lo mismo con la ausencia de conectores y espaciar las frases, versus párrafos más densos y extensos. ¡Acepto sugerencias por MD!

Dungeon y ambientación por DM Artyom. Menciones especiales a: @PackLeader (por estar presente hasta sin estar) y a @Sariel @Skotos @Kellky @Barron @Arrakis y @Sacredlilium, que fue con quienes más interactué antes de palmarla vilmente.
 
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V. Donde arde el corazón


Varias dekhanas después, Nyx regresó al sendero que conducía al Feywild. Esta vez no llevaba heridas recientes ni el cansancio de una expedición interminable. Solo un pequeño objeto envuelto en un trozo de tela, que sostuvo entre los dedos mientras atravesaba el umbral.

La archifata estaba sentada sobre una rama inclinada, observándola llegar. Sus pies desnudos rozaban las flores que crecían bajo ella y, al verla, una sonrisa curiosa apareció en su rostro.

—Traes algo.

Nyx levantó el pequeño envoltorio y asintió.

—¿Y la historia?

—También.


La archifata extendió una mano, pero Nyx apartó el objeto antes de que pudiera tomarlo.

—Primero tendrás que ganártelo.

La criatura feérica soltó una carcajada.

—Vas aprendiendo...

Todo empezó una mañana completamente normal en los Llanos. Liam, Zyon, el Padre Dick Cars, Gabriel y yo descansábamos entre una aventura y otra, charlando sin demasiadas preocupaciones. No recuerdo exactamente de qué hablábamos, probablemente de alguna tontería. Con nosotros nunca hacía falta demasiado para llenar una mañana.
Entonces empezó el calor.

Al principio fue apenas perceptible, una sensación incómoda que hizo que alguno se aflojara la ropa y que otro buscara un poco de sombra. Yo apenas le presté atención. Mi sangre infernal siempre me había hecho bastante resistente a las altas temperaturas y, desde mi última visita, nuestro pacto había despertado en mí ciertas afinidades feéricas que me hacían más resistente a los elementos.

El brasero, en cambio, parecía tener otros planes.

Las llamas comenzaron a crecer.

Primero un poco.

Después otro poco más.

Hasta que dejaron de parecer llamas normales y se convirtieron en una enorme columna de fuego que se elevó en mitad de los Llanos.

El Padre Cars intentó apagarla conjurando agua.

No funcionó. De hecho, pareció enfadarlas aún más.

El brasero rugió.

Y escupió un elemental de fuego directamente sobre nosotros.

—Eso sí que no estaba en mis planes para aquella mañana.

La archifata sonrió.

—¿Y lo lamentaste?

—No.

—Entonces fue una buena mañana.


Nyx negó varias veces con la cabeza, aunque no pudo evitar sonreír. Estaba totalmente de acuerdo.

Entre todos conseguimos abatir al elemental, pero apenas habíamos terminado cuando sonaron las campanas.

Una señal de auxilio.

Una patrulla del ejército atravesó los Llanos a toda velocidad en dirección al Camino del Río. Las granjas estaban ardiendo.

No hizo falta preguntar demasiado.

Cuando hay fuego, siempre hay alguien dispuesto a correr hacia él.

Y, por alguna razón, nosotros éramos bastante buenos encontrando motivos para hacerlo.

Nos unimos a una nutrida comitiva de aventureros y avanzamos hacia las granjas.

Lo que encontramos allí no parecía una batalla. Parecía el fin del mundo.

Las llamas consumían los campos, las casas y la floresta. Los animales corrían despavoridos entre columnas de humo tan densas que casi ocultaban el cielo. El fuego avanzaba con una velocidad aterradora, extendiéndose de una granja a otra como si algo lo estuviera guiando.

Y entonces vimos a los culpables.

Elementales de fuego.

Había de todos los tamaños. Algunos pequeños y rápidos. Otros enormes. Incluso había criaturas que parecían tan antiguas como los árboles que estaban destruyendo.

La comitiva cargó contra ellos.

El aire se llenó de calor, gritos y ceniza. Los aventureros avanzaban entre las llamas mientras los elementales caían uno tras otro, hasta que finalmente alcanzamos al que parecía dirigirlos.

Era enorme.

Mucho más que los anteriores.

Un elemental anciano.

Emergió del interior de un árbol completamente calcinado. La madera crujió bajo su peso, se partió en dos y terminó desplomándose mientras aquella criatura surgía entre las llamas.

El combate fue brutal.

Y aunque intentaba concentrarme en lo que tenía delante, había algo que no podía evitar.

Cada pocos segundos buscaba a Liam con la mirada.

Entre el humo.

Entre las llamas.

Entre los cuerpos de los elementales.

Solo necesitaba verlo.

Una vez.

Para saber que seguía allí.

La archifata ladeó la cabeza.

—¿Y lo encontraste?

Nyx sonrió.

—Sí.

—¿Y?

—Seguía siendo insoportablemente guapo.


La archifata soltó una risita.

—Ah.

—No pongas esa cara
—replicó la tiefling.

—¿Qué cara?

—Esa.

—No sé de qué hablas...


Nyx suspiró.

—Continúo.

Hacía poco que las cosas entre Liam y yo habían cambiado. Después de nuestra discusión habíamos tenido una conversación bastante más intensa de lo que ninguno de los dos esperaba, en mitad del bosque. Habíamos hablado de lo que sentíamos, de lo que nos había dolido y, por primera vez, dejamos de fingir que aquello era simplemente una amistad acompañada de demasiadas bromas. Ahora éramos algo más.

Todavía no sabía muy bien qué nombre ponerle.

Pero cuando lo vi entre las llamas, comprendí que ya no me bastaba con saber que podía luchar.

Necesitaba saber que estaba bien.

Y cuando finalmente nuestros ojos se encontraron al otro lado del incendio, sentí que podía volver a respirar.

El combate terminó poco después. El elemental anciano cayó entre una lluvia de brasas y el fuego comenzó lentamente a perder fuerza.

Entonces vimos a Evelyn lanzarse hacia uno de los campos. Había varias personas atrapadas entre las llamas. No dudó.

Otros aventureros corrieron tras ella y se lanzaron al rescate, mientras el resto tratábamos de contener los últimos focos de fuego.

Aquello fue suficiente.

Cuando finalmente regresamos a los Llanos, no nos quedaban demasiadas ganas de hablar.

Solo quería quitarme el olor a humo.

Y dormir.

Mucho.

Preferiblemente junto a Liam.

Nyx terminó de hablar y dejó el pequeño envoltorio sobre la palma de la archifata.

La criatura lo abrió con delicadeza.

Dentro había una pequeña flor.

Era diminuta, apenas un tallo delgado coronado por unos pocos pétalos de un rojo intenso, casi incandescente. Todavía conservaba restos de ceniza adheridos al tallo y una fina hebra de humo parecía escapar de su centro.

La archifata la observó con fascinación.

—¿Qué es?

—No lo sé.


Nyx se encogió de hombros.

—La encontré cuando el fuego ya empezaba a apagarse. Crecía entre las cenizas.

La archifata acercó el rostro a la flor.

—No.

Rozó uno de los pétalos con la yema del dedo.

—No crecía entre el fuego.

Levantó la mirada hacia Nyx.

—Crecía gracias a él.

La tiefling frunció ligeramente el ceño.

—¿Cómo lo sabes?

La archifata sonrió.

—Porque algunas cosas necesitan que el mundo arda para encontrar espacio donde florecer.

Durante unos segundos, ambas permanecieron en silencio.Entonces la pequeña flor comenzó a abrirse un poco más, como si las saludara.

La Coleccionista soltó una risita.

—Merece un lugar en mi colección.

Nyx sonrió satisfecha.

—Sabía que te gustaría.


— Pieza entregada a la Colección —


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• Objeto: Flor de las Cenizas

• Historia: Una pequeña flor de pétalos carmesíes y centro anaranjado y humeante. Su tallo está completamente carbonizado, pero a diferencia de las plantas comunes, sus raíces parecen necesitar tierra recién quemada para germinar. Encontrada entre las tierras calcinadas del Camino del Río, poco después de que los elementales de fuego fueran derrotados. Nyx la descubrió recién germinada en un campo todavía humeante.​



«¿No es maravilloso? Todo aquel fuego necesitó destruir un bosque entero para conseguir que una sola flor decidiera nacer...»

Offtopic :
Escena y ambientación de DM Zodak.
Menciones: @PackLeader @Barron @Cyrilet @Sacredlilium @farraces
Había mucha más gente, pero no me acuerdo bien, lo siento ^^U. Mil gracias a todos, como siempre <3
 
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VI. Una escama de hielo


La Coleccionista seguía junto a las ramas donde Nyx había dejado la pequeña Flor de las Cenizas. Todavía jugueteaba con uno de sus pétalos cuando la tiefling sacó el siguiente recuerdo de su zurrón.

Una escama blanca.

Grande como la palma de una mano, ligeramente translúcida y fría como el hielo de una montaña.

La archifata la tomó entre dos dedos.

—Dragón.

Nyx sonrió.

—Dragón.

—Blanco.

Muy blanco.


La Coleccionista giró la escama hacia la luz.

—Y enfadado, supongo...

—Enfadada, creo. Muchísimo.


La archifata sonrió.

—Cuéntame.

La historia comenzó con un elfo llamado Mith'tyl, que organizaba un grupo para cumplir un encargo de Doyle. Era tímido. Mucho. Hablaba en susurros, hasta el punto de que a veces tenía que pedirle que repitiera lo que había dicho. Aquello, lejos de desanimarme, hizo que me pareciera todavía más curioso.

Había descubierto que su magia también parecía proceder de algún tipo de pacto.

Como la mía.

Y, naturalmente, quería saber más.

Cuando llegué a su llamado descubrí que era la única persona que había acudido. Me pareció una situación bastante injusta para alguien que ni siquiera parecía capaz de anunciar su propio encargo a más de tres metros de distancia, así que decidí ayudarlo con el reclutamiento.
Para entonces acababa de ascender dentro del Gremio Aventurero. Me habían concedido el rango de Drizzt, aventurera de pleno derecho.

No voy a fingir que aquello me importase demasiado. Las jerarquías nunca han sido lo mío.

Pero el broche nuevo era precioso. Y quedaba estupendamente en mi ropa.

La archifata sonrió.

—Así que estabas orgullosa...

—Del broche
—puntualizó la tiefling.

—Naturalmente...

Prácticamente tuve que arrastrar a Mith'tyl hasta los Llanos. Allí encontramos a un pequeño grupo de aventureros y decidí hacer lo que mejor se me da cuando las circunstancias lo requieren: hablar por los dos.

Con un poco de encanto, otro poco de descaro y bastante menos vergüenza de la recomendable, conseguí convencer a Liam, al monje selûnita Kennan Hawker, a la tormita Ronny Niam y su nueva escudera Ruth, a una alquimista de nombre Nelin Flomein y al mercenario Dakkon Strake para que se unieran.

Mith'tyl seguía hablando en susurros.

Yo seguía hablando por él.

Funcionó.

El encargo parecía sencillo. Había que ascender a los Picos de las Nubes y encontrar una criatura que estaba causando problemas en sus faldas: un enorme oso albino que, según nos habían informado, estaba alterando el equilibrio natural de la zona.

El camino, sin embargo, tenía muy poco de sencillo.

Trasgos, kóbolds alados, ogros y ettins trataron de detener nuestro ascenso hasta que finalmente encontramos al animal.

Era enorme. Mucho más de lo que esperaba.

Rugió al vernos.
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Nosotros atacamos.

Y...

Bueno.

Fue decepcionante.

La criatura apenas tuvo oportunidad. Cayó con una rapidez casi insultante después de todo el camino que habíamos recorrido para encontrarla.

Así que, como nadie tenía demasiadas ganas de desandar todo aquello, seguimos ascendiendo.

Fue entonces cuando empezó el verdadero problema.

El frío se volvió insoportable. El viento cortaba la piel y la nieve se acumulaba cada vez más a nuestro alrededor. Las criaturas que encontramos tampoco parecían tener intención de facilitarnos el viaje: yetis, lobos invernales y gigantes de escarcha nos obligaron a emplearnos a fondo.

Algunos empezaron a acusar el frío.

Especialmente Ruth.

Me cayó especialmente bien aquel día.

Era firme, resistente y no parecía dispuesta a quejarse, incluso cuando las condiciones empezaban a pasarle factura. Su maestra, Ronny, no parecía tener demasiada paciencia con ella.

La verdad es que sentí cierta predilección por la muchacha.

Aunque... Quién sabe. Quizá al día siguiente pensaría exactamente lo contrario.

La archifata soltó una risita.

Pero entonces ocurrió algo que sí me pareció interesante.
Algunos sabían que en algún lugar de aquella cordillera se encontraba la guarida de una venerable dragona blanca: Icehauptannarthanyx.

No me pidas que vuelva a pronunciar eso.

Era conocida en la región por su fiereza. Y, según los rumores, por ser bastante aficionada a acumular tesoros.

Así que hicimos lo que cualquier grupo razonable de aventureros habría hecho: fuimos a hacerle una visita.

La archifata levantó una ceja.

—¿Una... visita?

—Con muy buenas intenciones
—la tiefling sonrió con fingida inocencia.

—¿Y regalos?

—Sí, bueno...

—Nyx...


La archifata rió.

El encuentro fue todo lo amistoso que cabía esperar.

La dragona apareció entre el hielo y el viento como una tormenta blanca. El combate fue feroz. Sus garras, sus colmillos y su aliento helado estuvieron a punto de acabar con más de uno de nosotros.

Pero resistimos.

Y entonces descubrí algo.

Mi magia había cambiado.

Uno de mis ataques atravesó parte de sus defensas mágicas y alcanzó su cuerpo. La herí.

Yo.

A un dragón.

No pude evitar sonreír.

Había algo increíblemente satisfactorio en descubrir que el poder que me habías dado estaba creciendo conmigo.

La dragona, sin embargo, no pareció compartir mi entusiasmo. Cuando se vio suficientemente debilitada, abrió sus enormes alas y huyó hacia las alturas.

Nosotros corrimos hacia el tesoro. Naturalmente.

Pero entonces vi algo caer.

Una sola escama se desprendió de su cuerpo mientras remontaba el vuelo.

Giró lentamente en el aire.

Descendió entre los copos de nieve.

Y terminó posándose sobre el hielo, justo delante de mí.

Me quedé mirándola, hipnotizada.

Todos los demás estaban pendientes del tesoro. Yo tenía otras prioridades.

La recogí. Seguía helada.

Era muchísimo más interesante que cualquier moneda que pudiera haber en aquella guarida.
2YzCMDd.jpeg

La Coleccionista giró la escama lentamente entre sus dedos.

—No se la arrancaste...

—No.

—No se la robaste...

—Tampoco.

—Simplemente cayó.

—Exacto.


La archifata sonrió.

—Entonces es perfecta.

La acercó a su rostro.

La luz atravesó la escama, proyectando un pequeño reflejo azulado sobre sus ojos.

—Una parte de una criatura que no pudiste conservar... pero que eligió quedarse contigo.

Nyx sonrió.

—Pensé que te gustaría.

—Me encanta.


La archifata dejó la escama en un lugar aparentemente aleatorio de sus dominios. Su colección.

Por un instante, una fina capa de escarcha cubrió el pedestal. Después desapareció.

—Y dime, pequeña coleccionista...

La archifata volvió a mirarla.

—¿Cómo se siente una al herir a un dragón?

Nyx se encogió de hombros, intentando ocultar una sonrisa de orgullo y realización.

—Bastante bien.

—Eso imaginaba.



— Pieza entregada a la Colección —


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• Objeto:
Escama de Icehauptannarthanyx.

• Historia: Desprendida de la dragona blanca durante su huida, tras el enfrentamiento en los Picos de las Nubes. Es una escama grande, blanca y ligeramente translúcida, cuya superficie conserva un frío sobrenatural incluso lejos de las montañas. Bajo determinadas luces adquiere un tenue brillo azulado. Nyx pudo haber elegido entre las riquezas del botín, pero su atención quedó atrapada por aquella única escama que cayó suavemente sobre el hielo mientras la dragona se alejaba volando.

«El tesoro que una criatura deja atrás sin saberlo siempre es más interesante que el que está dispuesta a entregar.»

Offtopic :
Aventurilla improvisada, surgida in-game a raíz de esta iniciativa de @Txapelman
Menciones: @Txapelman @PackLeader @ArgonEro @Dhraax @MotiSJL Ruth y Nelin (no me sé vuestras cuentas, sorry!)
 
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VII. Slaad attack!


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La pequeña Flor de las Cenizas seguía viva cuando Nyx regresó al claro. La Coleccionista la había colocado en un pequeño recipiente de porcelana y, cada cierto tiempo, uno de sus pétalos desprendía una diminuta brasa que se apagaba antes de tocar la base de madera viva.

Nyx observó la flor durante unos instantes.

—Te traigo otra historia.

La archifata alzó la mirada.

—¿Y esta vez?

Nyx sacó del zurrón un objeto de pequeñas dimensiones, envuelto en una tela. Lo sostenía con las dos manos.

—Un obsequio.

La archifata extendió la mano, pero Nyx no se lo entregó todavía.

—Y antes de que preguntes: no, no es una piedra. O un cristal.

La criatura feérica pareció ligeramente decepcionada.

—Qué lástima.

—Ya tienes demasiadas.

—Nunca se tienen demasiadas.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que tiene un árbol lleno de recuerdos.


La archifata sonrió.

—Cuéntame.

Todo comenzó una cálida tarde de verano, cuando las sacerdotisas de Selûne, Sariel y Gwenaëlle Shade, se encontraban en los Llanos reuniendo una comitiva para descender a la Infraoscuridad. Hasta entonces, mis incursiones bajo tierra se habían limitado a la Mesoscuridad. Y, siendo sincera, tampoco sentía una especial predilección por ella.

Demasiada oscuridad. Demasiadas criaturas intentando matarte. Y demasiados túneles que parecían exactamente iguales.

Pero la Infraoscuridad era distinta. Más profunda. Más desconocida.

Y eso bastaba para despertar mi curiosidad.

Así que acudí al llamado.

Liam vino conmigo, como ya empezaba a ser habitual durante aquellas últimas dekhanas. Pasábamos cada vez más tiempo juntos, hasta el punto de que había terminado cancelando mi estancia en la Luz del Álandor para mudarme con él a la Gema del Deseo. Tampoco era para tanto...

La archifata arqueó una ceja. Nyx la señaló.

—No empieces.

La sonrisa de la criatura feérica se hizo más amplia.

—No he dicho nada.

—Pues sigue así.


Nos encontramos con muchas caras conocidas: Zyon, Gabriel, Evelyn, Kennan, Kharmin, Freolaff... También había algunos rostros que conocía menos, como el bardo Sével Puestaluna o los hermanos Thomas y Elisabeth Langley.

Éramos muchos. Y bastante buenos.

El descenso fue arduo, como siempre, pero las criaturas de la zona no supusieron un problema demasiado grande. Al menos no comparado con otras expediciones.

El problema fue el entorno. Más concretamente...

La lava.

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Llegamos a una zona completamente bañada por magma. El calor era insoportable y no había ningún camino claro para atravesarla. Solo una serie de riscos de piedra que obligaban a saltar de uno a otro.

Para mí no fue demasiado complicado. Desde mi último regalo, había descubierto que podía aparecerme y desaparecerme a corta distancia. Todavía estaba aprendiendo a dominar aquella habilidad, pero para cruzar unos cuantos metros sobre lava era sencillamente perfecta.

Desaparecía. Aparecía. Volvía a desaparecer. Maravilloso.

Los demás no tuvieron tanta suerte.

Kharmin. Roderic. Thomas.

Los tres terminaron cayendo al magma.

—No sé si alguna vez has visto a alguien caer en lava. Espero que no, la imagen es difícil de olvidar.

El olor a carne quemada. Los gritos. La piel desfigurándose bajo el calor. Los cuerpos carbonizados....

Por un instante pensé que los habíamos perdido.

Entonces Evelyn y Sariel hicieron algo completamente insensato. Saltaron.

A la lava.

—¿Saltaron? —espetó la archifata, sorprendida y totalmente encandilada por el giro inesperado de la historia.

—Saltaron.

—¿Voluntariamente?

—Ahá.


La archifata soltó una risita y negó varias veces con la testa, complacida.

—Mortales....

—¡Locas! ¡Absolutamente locas!
—replicó la tiefling.

No sé cómo lo hicieron. Sigo pensando que la Dama Fortuna tuvo algo que ver. Pero consiguieron alcanzar los cuerpos y sacarlos de allí. Después, en un lugar seguro, la magia divina hizo el resto. Cerraron sus heridas, reconstruyeron la carne dañada y, contra todo pronóstico, consiguieron devolverlos a la normalidad.

—Fue entonces cuando aparecieron nuestros anfitriones.

La archifata esbozó una mueca interrogativa.

—¿Más duérgars...?

—¡No, calla!
—aseveró Nyx antes de continuar.

Eran enanos. Pero no eran... enanos normales.

Eran enanos que ardían. Literalmente.

No tenían barba ni vello corporal, pero lo que realmente impresionaba no era eso, sino que sus melenas estaban hechas de llamas que se agitaban constantemente sobre sus cabezas. El fuego no parecía hacerles daño. Al contrario, parecía formar parte de ellos.

La pequeña comitiva estaba liderada por una mujer llamada Grisha Manodehierro.

Eran cordiales. Lo cual, en aquel lugar, resultaba casi desconcertante. Después de encontrarte durante horas con criaturas que querían comerte, matarte o esclavizarte, cruzarte con alguien que simplemente te saluda resulta casi sospechoso.

Nos explicaron que habíamos llegado mucho más lejos de lo que esperaban y que estábamos, efectivamente, ante una de las rutas que conducían a la Infraoscuridad. Pero también nos dejaron algo claro: con tantos heridos, no era prudente continuar. Nos recomendaron regresar a la superficie, descansar y volver cuando estuviéramos en mejores condiciones.

Yo no estaba especialmente contenta con la idea, y entonces Grisha nos habló de un pequeño problema.

Un slaad.

No sabía lo que era un slaad, pero ahora quería saberlo. Perfecto. Un misterio y una aventura. No necesitaba más.

Así que regresamos a la superficie, e hicimos acopio de fuerzas y suministros.

Una luna después volvimos.

Esta vez nos reunimos en el Campamento Verdelinde y éramos muchísimos más. Entre todas las caras conocidas apareció una que me llamó especialmente la atención: Madeleine Sweeny.

Había oído hablar de ella en los salones del Gremio. No era una miembro cualquiera. Ostentaba el rango más alto: Elminster.

La archifata inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Elminster? ¿Como el mago...?

—¿Mago? Ah, eh... no sé
—confesó Nyx, extrañada.

La archifata negó, ignorando su desconocimiento. No era eso lo que le importaba.

—¿Y qué significa eso?

—Que es importante.

—¿Y eso te importa?

—No.


Nyx hizo una pausa.

—Pero me dio curiosidad.

Liam
me la presentó. Para él, Madeleine era algo parecido a una segunda madre. Y no tardaría demasiado en comprender por qué.

Esta vez sí descendimos hasta la Infraoscuridad, y lo hicimos acompañados por nuestros nuevos amigos.

Azerbloods —corrigió suavemente la archifata.

Nyx frunció el ceño.

—¿Qué?

—Los enanos de fuego.

—Es lo que acabo de decir...
—replicó Nyx.

—Se llaman azerbloods —repitió la archifata, con una sonrisilla.

Nyx resopló.

—Como quieras. Azerbloods. —replicó con desdén, incordiada.

Fueron ellos quienes nos guiaron hasta una fortaleza. Y cuando digo fortaleza, no me refiero a una fortaleza normal.

Era enorme. No. Enorme no.

Titánica.

Todo estaba construido en roca perfectamente tallada, pulida y esculpida, aprovechando las grutas naturales del lugar. Sus enormes corredores daban la impresión de haber sido construidos para gigantes, con lo pequeñitos que eran ellos...

Grisha nos recibió en un salón de dimensiones absurdas. Y fue allí donde nos explicó el verdadero problema.

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El slaad del que nos había hablado ya no era uno. Ahora eran muchos.

Habían encontrado su nido. Y estaban enfadados. Mucho.

Necesitaban ayuda para defender la fortaleza. Aceptamos, naturalmente.

No tardamos en apostarnos en el exterior.

La primera línea estaba formada por los combatientes, Liam entre ellos.

Yo me quedé en la retaguardia junto a Gabriel, Zyon, Madeleine y otros tiradores y conjuradores.

Intenté concentrarme. De verdad. Pero no podía dejar de mirar hacia la primera línea.

Buscando a Liam.

Entonces sonó el cuerno. Una vez. Grave. Profundo. Toda la fortaleza pareció estremecerse.

Fue entonces cuando llegó la primera oleada.

Y eran muchos. Demasiados.

Slaads de diferentes tamaños y colores irrumpieron en el patio como una marea de carne, garras y dientes. Los primeros chocaron contra nuestra vanguardia y fueron recibidos con acero, magia y gritos de guerra.

Cada vez que Liam desaparecía detrás de un grupo de enemigos, mi atención se desviaba hacia él, buscándolo.

Y cada vez que lo volvía a encontrar en pie, respiraba un poco más tranquila. Aliviada.

Pensamos que aquello sería lo peor. Nos equivocamos.

Llegó una segunda oleada.

Después una tercera.

Y entonces descubrimos el verdadero problema.

Se multiplicaban.

Donde caía uno, aparecían otros.

Los cadáveres se amontonaban mientras nuevas criaturas salían de las profundidades, saltando sobre los cuerpos de sus propios congéneres para alcanzar nuestras filas.

El patio se convirtió en una carnicería. Había sangre verde sobre la piedra. Sobre cada uno de nosotros.

Garras arrancando carne.

Espadas atravesando cuerpos.

Conjuros explotando entre las filas.

El aire plagado de alaridos.

Y aun así...

Me estaba divirtiendo. Muchísimo.

Por primera vez en una batalla no sentía que estuviera simplemente intentando sobrevivir.

Sentía que estaba haciendo algo. Algo útil.

Mi magia había cambiado. Ahora podía derribar a aquellos monstruos con una facilidad que antes no tenía. Los lanzaba contra el suelo, los apartaba de nuestros combatientes y abría huecos en sus filas.

Vi a Liam rodeado por varios.

Derribé a uno. Después a otro.

Él terminó con ellos antes siquiera de que pudieran volver a levantarse.

Me miró. Sonrió. Y siguió luchando. No pude evitar sonreír también.

Poco después fue Sével quien quedó rodeado. Demasiados slaads. No tenía espacio para moverse.

Conseguí alcanzar a uno con mi magia y lo lancé contra el resto, abriendo un hueco suficiente para que pudiera escapar. Más tarde me agradeció la ayuda.

Creo que fue entonces cuando comprendí que realmente estaba empezando a dominar aquel poder.

No solo podía hacer daño. Podía cambiar el curso de una batalla.

Las oleadas no terminaban. Seguían llegando, una tras otra.

Hasta que finalmente sonó el cuerno una última vez. Una nota más larga, que anunciaba que lo peor estaba por llegar.

Esta vez nadie habló. Todos sabíamos lo que significaba.

La última oleada.

El líder de los slaads apareció entre sus filas, liderando una multitud todavía mayor. Era enorme, grotesco y brutal, y tras él avanzaba una masa de criaturas que parecía no tener fin.

La batalla se reanudó.

Y esta vez ya estábamos cansados. Habíamos perdido compañeros. Algunos estaban heridos. Otros apenas podían mantenerse en pie.

Pero nadie retrocedió.

Seguí lanzando magia. Derribando. Ayudando. Buscando a Liam entre todo aquel caos.

Hasta que uno consiguió atravesar nuestras filas.

No lo vi venir. Solo sentí el golpe. Una fuerza brutal.

Salí despedida varios metros. El suelo desapareció bajo mi cuerpo.

Después vino el dolor. Y luego...

—Nada.

La archifata permaneció en silencio. Nyx respiró profundamente.

—¿Y después?

La tiefling sonrió.

—Madeleine.

La Coleccionista ladeó la cabeza.

—¿La Elminster?

—La bardo, sí.

—¿Te salvó?


Nyx asintió, pero miró durante unos segundos hacia el suelo.

—Llegó hasta mí antes de que pudieran rematarme.

La archifata sonrió.

—Parece que merece su título...

Nyx ensanchó la sonrisa tímidamente, recordando aquel momento.

—Supongo que sí...

Entonces desenvolvió el objeto que había estado sosteniendo desde el principio y se lo entregó.

Era un pequeño cuerno de alarma, tallado en un material oscuro y pulido, con varias runas grabadas alrededor de la boquilla. A pesar de su tamaño, parecía conservar una resonancia extraña, como si en su interior todavía vibrara el eco de aquel primer toque que había anunciado la llegada de los slaads.

La archifata lo tomó entre sus manos y lo examinó con curiosidad.

—¿El que anunciaba las oleadas?

Nyx asintió.

—Uno de ellos, sí.

—¿Y por qué te lo entregaron...?


Nyx sonrió ligeramente.

—Lo pedí yo. Después de haberlo escuchado tantas veces, me apetecía quedármelo.

La archifata giró lentamente el cuerno entre sus dedos, antes de acercárselo al oído.

Durante un instante no ocurrió nada. El bosque permaneció en absoluto silencio.

Después, desde algún lugar lejano entre los árboles, sonó un eco largo y profundo.

Una sola nota. La misma que escuchó aquel día. Nyx quedó inmóvil.

—¿Has sido tú...?

La archifata sonrió.

—Quizá....


— Pieza entregada a la Colección —


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• Objeto:
Cuerno de alarma azerblood.

• Historia: Un pequeño cuerno de alarma, tallado en hueso oscuro y pulido hasta adquirir un acabado suave. Su superficie está recorrida por sencillas runas que amplifican su función, otorgándole una resonancia profunda y sorprendentemente potente a pesar de su tamaño.

Fue utilizado para anunciar la llegada de cada oleada de slaads durante el asedio de la fortaleza azerblood en la Infraoscuridad. Nyx llegó a escuchar su llamada una y otra vez mientras las criaturas irrumpían en el patio, hasta que finalmente sonó para anunciar la última y más numerosa de las oleadas.​

«Después de todo lo que ocurrió, todavía parece estar esperando la próxima oleada...»

Offtopic :
DM Artyom back at it again con una escena guapísima. Disfruté como un enano de la batalla campal <3
Menciones: @PackLeader @Cyrilet @Barron @Quetzalcoatl @Sacredlilium @Sariel @Kellky @Ardeil @Dilacerante @Holger @MotiSJL y Kharmin.

Nota: Evidentemente, todos estos objetos que Nyx entrega a su patrona son meramente interpretativos y no tienen ningún valor más allá del rol. Son invenciones mías para darle flavor al asunto, pero nada más.
 
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VIII. El Otro Lado

La tarde en que regresé a los dominios de La Coleccionista llevaba conmigo una historia que todavía no sabía muy bien cómo contar. No era como las otras. No había regresado con una victoria, ni con un obsequio peculiar, ni siquiera con algo que quisiera convertir en anécdota. Esta vez había traído conmigo algo mucho más incómodo: una imagen que no conseguía quitarme de la cabeza.

La archifata me esperaba junto al lago, sentada sobre una de las raíces retorcidas que sobresalían del agua. No dijo nada cuando me acerqué. Solo levantó la mirada, curiosa.

—Tienes mala cara.

—Gracias....

—No era un cumplido.

—Lo sé.


Me senté frente a ella y respiré hondo.

—Creo que esta historia va a gustarte.

La archifata sonrió.

—Adelante...

Todo comenzó con otra expedición organizada por Sariel y Gwenaëlle, las selûnitas. Esta vez querían explorar las ruinas de un templo abandonado. Naturalmente acepté, movida por la curiosidad y las ganas de aventura. Después de haber bajado hasta la Infraoscuridad, la idea de explorar unas ruinas me parecía casi relajante. Fui con Douglas, Miria y Groob, Evelyn y un paladín llamado Godric Corvayne, al que apenas conocía entonces. Después de aquel día, eso cambiaría.

Lo primero que encontramos fueron slaads.

Sí. Slaads.

La archifata inclinó la cabeza.

—¿Otra vez? ¿Tan lejos de la Infraoscuridad...?

—Eso mismo pensé yo.


Los abatimos tras una lucha bastante encarnizada y, después... silencio. Un silencio horrible. De esos que hacen que todos empiecen a mirar las paredes esperando que algo intente matarlos.

El templo estaba dividido en varias estancias. En la primera había una estatua en cada esquina y, en el centro, una serie de baldosas que se iluminaban al pisarlas. Nadie entendía demasiado bien qué demonios hacían, así que decidimos dejar aquel problema para después.

La siguiente estancia fue mucho más interesante. Había varias estatuas que parecían... hablar.

O eso pensé.

Cada una planteaba dos adivinanzas y, si respondías mal, tenías que empezar de nuevo. Decidimos repartirnos las estatuas y resolverlas entre todos. Yo me ocupé de la primera.

Dos adivinanzas.

Dos respuestas correctas.

A la primera.

La archifata sonrió con orgullo.

—Naturalmente. ¿Y los demás?

—Prefiero no hablar del tema.


Después encontramos un cofre lleno de objetos extraños y, en la siguiente sala, más estatuas. Esta vez tenían inscripciones que indicaban dónde colocar aquellos objetos. Aquello tampoco resultó demasiado complicado.

Hasta que volvimos a las baldosas.

Pasamos casi dos horas intentando resolver aquel maldito rompecabezas. Miria fue quien descubrió finalmente que las luces seguían un patrón. A partir de ahí comenzaron a probar las distintas combinaciones.

Yo también lo intenté.

Fallé.

Lo intenté otra vez.

Volví a fallar.

Y entonces decidí que aquel templo podía quedarse con sus estúpidas baldosas.

—¿Te enfadaste?

—Me harté.

—No es lo mismo.


La archifata esbozó una sonrisilla.

Fueron Miria, Evelyn y Gwenaëlle quienes terminaron resolviéndolo. Las puertas al fondo de la estancia se abrieron.

Y, por supuesto, había más slaads.

Esta vez eran muchos más. Los dirigía uno especialmente poderoso y la batalla volvió a teñir el templo de sangre y vísceras. Cuando finalmente cayó el último, solo quedó una nueva sala y, en su centro, un enorme portal.

Era... difícil de describir.
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Un disco oscuro, suspendido sobre una estructura de piedra tallada. No reflejaba la luz. No parecía contener oscuridad.

Parecía contener... ausencia. Vacío.

Las sacerdotisas lo reconocieron enseguida y comenzaron a advertirnos de lo que era, pero yo apenas las escuchaba.

Me acerqué. No sé por qué. Simplemente sentí que tenía que hacerlo.

Subí los escalones y alargué una mano hacia aquel vacío.

Y entonces me vi.

La archifata dejó de sonreír.

—¿A ti misma?

Asentí.

—A mí.

Era yo. O algo que se parecía a mí. Estaba rodeada de sombras que se retorcían alrededor de mi cuerpo como humo. Y me estaba sonriendo.

No parecía querer atacarme.

Parecía... invitarme.

Un tirón brusco de mi capa me arrancó de allí. Douglas me había agarrado y me estaba arrastrando hacia atrás, impidiendo que me acercara. Aquello fue probablemente lo mejor que pudo hacer.

Las sacerdotisas dudaron durante unos instantes por la peligrosidad e incertidumbre de lo que encontraríamos al otro lado, pero finalmente decidimos atravesarlo. Juntos.

No sé si fue una buena idea.

El otro lado era un templo, o algo parecido a uno. Todo estaba envuelto en una oscuridad que parecía absorber hasta nuestros pensamientos. El aire era pesado. El silencio era distinto. No era simplemente ausencia de sonido.

Era... vacío.

Desesperanza.

La sensación de que nada importaba.

Al fondo había una enorme estatua. Entonces habló.

Una voz distorsionada llenó la sala y los ojos de la estatua se iluminaron con un fulgor violáceo.

Estaba enfadado. O enfadada. Todavía no sé muy bien lo que era.

Pero sí sé que no le gustó encontrarnos allí.

Y le gustó todavía menos que Sariel y Gwenaëlle hubieran entrado con nosotros.

Las sombras comenzaron a atacarnos desde todas partes.

Evelyn. Godric. Douglas. Groob.

Yacían en el suelo, inconscientes. Todo ocurrió demasiado rápido.

Y entonces aquella cosa nos ofreció un trato.

Un recuerdo de Sariel y Gwenaëlle. A su elección.

Sería arrancado de sus mentes para siempre. A cambio, nos dejaría marchar.

Si no... Moriríamos allí.

La archifata permaneció inmóvil, encandilada ante la historia.

—¿Y qué hiciste?

—Tuve miedo. Mucho miedo.


Aquella respuesta pareció sorprenderla.

—¿Tú...?

Nyx bajó la mirada durante unos segundos.

—Estuve a punto de aceptar.

Pero no lo hicimos.

Las sacerdotisas consiguieron aturdir a aquella cosa durante el tiempo suficiente para que pudiéramos levantar a los caídos y salir corriendo.

Y corrimos.

Nunca había querido salir de un lugar con tanta fuerza.

Cuando atravesamos de nuevo el portal, sentí que podía volver a respirar.

Pero algo se había quedado conmigo.

La sensación de aquel vacío. La voz. Los compañeros cayendo uno tras otro.

Y, sobre todo...

Aquella otra yo. La que había visto al otro lado.

Cuando regresé a los Llanos encontré a Liam. No le conté demasiado. No sabía cómo hacerlo.

Simplemente me fui con él. Dormí a su lado.

O lo intenté.

Durante la siguiente dekhana apenas conseguí descansar. Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver aquel rostro.

Mi rostro. Sonriéndome desde la oscuridad.

La archifata guardó silencio durante unos instantes. Después extendió una mano.

—Dame el recuerdo.

Nyx frunció el ceño.

—¿Cuál?

—Ese.


La tiefling comprendió enseguida.

—¿El de verme a mí misma?

La archifata asintió.

Nyx permaneció en silencio. No parecía especialmente cómoda con la idea.

—¿Para qué lo quieres?

La archifata sonrió.

—Si tuviera que explicártelo, perdería la gracia...

Nyx suspiró. Después cerró los ojos.

Durante unos segundos no ocurrió nada. Luego una pequeña hebra de oscuridad comenzó a desprenderse de su pecho. Era apenas un hilo, fino como una telaraña, pero en su interior podía distinguirse una imagen diminuta: una Nyx rodeada de sombras, sonriendo desde el otro lado del portal.

La archifata tomó el recuerdo entre sus dedos, observándolo con fascinación.

—Qué extraño...

—¿El qué?

—Que fueras tú quien más miedo te daba.


Nyx no respondió.

La archifata enrolló lentamente el recuerdo y lo guardó en una pequeña esfera de cristal.


— Recuerdo añadido a la Colección —


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• Reflejo del Vacío:
Una pequeña hebra de sombra, fina como una telaraña, suspendida en el interior de una delicada esfera de vidrio oscuro. Al observarla con atención, puede distinguirse en su interior la diminuta silueta de Nyx, rodeada de volutas de oscuridad y con una sonrisa inquietantemente serena. La imagen no permanece completamente inmóvil: de vez en cuando, la sombra parece inclinar ligeramente la cabeza, como si estuviera observando a quien contempla el recuerdo desde el otro lado.​

«Un instante en el que Nyx no supo quién estaba mirando a quién.»

Offtopic :
Ambientación de DM Faker.
Menciones: Sariel, Gwenaëlle, Miria, Groob, Douglas, Evelyn y Godric.
Fue muy divertido, mil gracias a todos ♥
 
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