La pequeña Flor de las Cenizas seguía viva cuando Nyx regresó al claro. La Coleccionista la había colocado en un pequeño recipiente de porcelana y, cada cierto tiempo, uno de sus pétalos desprendía una diminuta brasa que se apagaba antes de tocar la base de madera viva.
Nyx observó la flor durante unos instantes.
—Te traigo otra historia.
La archifata alzó la mirada.
—¿Y esta vez?
Nyx sacó del zurrón un objeto de pequeñas dimensiones, envuelto en una tela. Lo sostenía con las dos manos.
—Un obsequio.
La archifata extendió la mano, pero Nyx no se lo entregó todavía.
—Y antes de que preguntes: no, no es una piedra. O un cristal.
La criatura feérica pareció ligeramente decepcionada.
—Qué lástima.
—Ya tienes demasiadas.
—Nunca se tienen demasiadas.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que tiene un árbol lleno de recuerdos.
La archifata sonrió.
—Cuéntame.
Todo comenzó una cálida tarde de verano, cuando las sacerdotisas de Selûne, Sariel y Gwenaëlle Shade, se encontraban en los Llanos reuniendo una comitiva para descender a la Infraoscuridad. Hasta entonces, mis incursiones bajo tierra se habían limitado a la Mesoscuridad. Y, siendo sincera, tampoco sentía una especial predilección por ella.
Demasiada oscuridad. Demasiadas criaturas intentando matarte. Y demasiados túneles que parecían exactamente iguales.
Pero la
Infraoscuridad era distinta. Más profunda. Más desconocida.
Y eso bastaba para despertar mi curiosidad.
Así que acudí al llamado.
Liam vino conmigo, como ya empezaba a ser habitual durante aquellas últimas dekhanas. Pasábamos cada vez más tiempo juntos, hasta el punto de que había terminado cancelando mi estancia en la Luz del Álandor para mudarme con él a la Gema del Deseo. Tampoco era para tanto...
La archifata arqueó una ceja. Nyx la señaló.
—No empieces.
La sonrisa de la criatura feérica se hizo más amplia.
—No he dicho nada.
—Pues sigue así.
Nos encontramos con muchas caras conocidas:
Zyon, Gabriel, Evelyn, Kennan, Kharmin, Freolaff... También había algunos rostros que conocía menos, como el bardo
Sével Puestaluna o los hermanos
Thomas y Elisabeth Langley.
Éramos muchos. Y bastante buenos.
El descenso fue arduo, como siempre, pero las criaturas de la zona no supusieron un problema demasiado grande. Al menos no comparado con otras expediciones.
El problema fue el entorno. Más concretamente...
La lava.
Llegamos a una zona completamente bañada por magma. El calor era insoportable y no había ningún camino claro para atravesarla. Solo una serie de riscos de piedra que obligaban a saltar de uno a otro.
Para mí no fue demasiado complicado. Desde mi último regalo, había descubierto que podía aparecerme y desaparecerme a corta distancia. Todavía estaba aprendiendo a dominar aquella habilidad, pero para cruzar unos cuantos metros sobre lava era sencillamente perfecta.
Desaparecía. Aparecía. Volvía a desaparecer. Maravilloso.
Los demás no tuvieron tanta suerte.
Kharmin. Roderic. Thomas.
Los tres terminaron cayendo al magma.
—No sé si alguna vez has visto a alguien caer en lava. Espero que no, la imagen es difícil de olvidar.
El olor a carne quemada. Los gritos. La piel desfigurándose bajo el calor. Los cuerpos carbonizados....
Por un instante pensé que los habíamos perdido.
Entonces
Evelyn y Sariel hicieron algo completamente insensato. Saltaron.
A la lava.
—¿Saltaron? —espetó la archifata, sorprendida y totalmente encandilada por el giro inesperado de la historia.
—Saltaron.
—¿Voluntariamente?
—Ahá.
La archifata soltó una risita y negó varias veces con la testa, complacida.
—Mortales....
—¡Locas! ¡Absolutamente locas! —replicó la tiefling.
No sé cómo lo hicieron. Sigo pensando que la Dama Fortuna tuvo algo que ver. Pero consiguieron alcanzar los cuerpos y sacarlos de allí. Después, en un lugar seguro, la magia divina hizo el resto. Cerraron sus heridas, reconstruyeron la carne dañada y, contra todo pronóstico, consiguieron devolverlos a la normalidad.
—Fue entonces cuando aparecieron nuestros anfitriones.
La archifata esbozó una mueca interrogativa.
—¿Más duérgars...?
—¡No, calla! —aseveró Nyx antes de continuar.
Eran enanos. Pero no eran... enanos normales.
Eran enanos que ardían. Literalmente.
No tenían barba ni vello corporal, pero lo que realmente impresionaba no era eso, sino que sus melenas estaban hechas de llamas que se agitaban constantemente sobre sus cabezas. El fuego no parecía hacerles daño. Al contrario, parecía formar parte de ellos.
La pequeña comitiva estaba liderada por una mujer llamada Grisha Manodehierro.
Eran cordiales. Lo cual, en aquel lugar, resultaba casi desconcertante. Después de encontrarte durante horas con criaturas que querían comerte, matarte o esclavizarte, cruzarte con alguien que simplemente te saluda resulta casi sospechoso.
Nos explicaron que habíamos llegado mucho más lejos de lo que esperaban y que estábamos, efectivamente, ante una de las rutas que conducían a la Infraoscuridad. Pero también nos dejaron algo claro: con tantos heridos, no era prudente continuar. Nos recomendaron regresar a la superficie, descansar y volver cuando estuviéramos en mejores condiciones.
Yo no estaba especialmente contenta con la idea, y entonces Grisha nos habló de un pequeño problema.
Un slaad.
No sabía lo que era un slaad, pero ahora quería saberlo. Perfecto. Un misterio y una aventura. No necesitaba más.
Así que regresamos a la superficie, e hicimos acopio de fuerzas y suministros.
Una luna después volvimos.
Esta vez nos reunimos en el Campamento Verdelinde y éramos muchísimos más. Entre todas las caras conocidas apareció una que me llamó especialmente la atención:
Madeleine Sweeny.
Había oído hablar de ella en los salones del Gremio. No era una miembro cualquiera. Ostentaba el rango más alto: Elminster.
La archifata inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Elminster? ¿Como el mago...?
—¿Mago? Ah, eh... no sé —confesó Nyx, extrañada.
La archifata negó, ignorando su desconocimiento. No era eso lo que le importaba.
—¿Y qué significa eso?
—Que es importante.
—¿Y eso te importa?
—No.
Nyx hizo una pausa.
—Pero me dio curiosidad.
Liam me la presentó. Para él,
Madeleine era algo parecido a una segunda madre. Y no tardaría demasiado en comprender por qué.
Esta vez sí descendimos hasta la Infraoscuridad, y lo hicimos acompañados por nuestros nuevos amigos.
—
Azerbloods —corrigió suavemente la archifata.
Nyx frunció el ceño.
—¿Qué?
—Los enanos de fuego.
—Es lo que acabo de decir... —replicó Nyx.
—Se llaman azerbloods —repitió
la archifata, con una sonrisilla.
Nyx resopló.
—Como quieras. Azerbloods. —replicó con desdén, incordiada.
Fueron ellos quienes nos guiaron hasta una fortaleza. Y cuando digo fortaleza, no me refiero a una fortaleza normal.
Era enorme. No. Enorme no.
Titánica.
Todo estaba construido en roca perfectamente tallada, pulida y esculpida, aprovechando las grutas naturales del lugar. Sus enormes corredores daban la impresión de haber sido construidos para gigantes, con lo pequeñitos que eran ellos...
Grisha nos recibió en un salón de dimensiones absurdas. Y fue allí donde nos explicó el verdadero problema.
El slaad del que nos había hablado ya no era uno. Ahora eran muchos.
Habían encontrado su nido. Y estaban enfadados. Mucho.
Necesitaban ayuda para defender la fortaleza. Aceptamos, naturalmente.
No tardamos en apostarnos en el exterior.
La primera línea estaba formada por los combatientes,
Liam entre ellos.
Yo me quedé en la retaguardia junto a
Gabriel, Zyon, Madeleine y otros tiradores y conjuradores.
Intenté concentrarme. De verdad. Pero no podía dejar de mirar hacia la primera línea.
Buscando a
Liam.
Entonces sonó el cuerno. Una vez. Grave. Profundo. Toda la fortaleza pareció estremecerse.
Fue entonces cuando llegó la primera oleada.
Y eran muchos. Demasiados.
Slaads de diferentes tamaños y colores irrumpieron en el patio como una marea de carne, garras y dientes. Los primeros chocaron contra nuestra vanguardia y fueron recibidos con acero, magia y gritos de guerra.
Cada vez que
Liam desaparecía detrás de un grupo de enemigos, mi atención se desviaba hacia él, buscándolo.
Y cada vez que lo volvía a encontrar en pie, respiraba un poco más tranquila. Aliviada.
Pensamos que aquello sería lo peor. Nos equivocamos.
Llegó una segunda oleada.
Después una tercera.
Y entonces descubrimos el verdadero problema.
Se multiplicaban.
Donde caía uno, aparecían otros.
Los cadáveres se amontonaban mientras nuevas criaturas salían de las profundidades, saltando sobre los cuerpos de sus propios congéneres para alcanzar nuestras filas.
El patio se convirtió en una carnicería. Había sangre verde sobre la piedra. Sobre cada uno de nosotros.
Garras arrancando carne.
Espadas atravesando cuerpos.
Conjuros explotando entre las filas.
El aire plagado de alaridos.
Y aun así...
Me estaba divirtiendo. Muchísimo.
Por primera vez en una batalla no sentía que estuviera simplemente intentando sobrevivir.
Sentía que estaba haciendo algo. Algo útil.
Mi magia había cambiado. Ahora podía derribar a aquellos monstruos con una facilidad que antes no tenía. Los lanzaba contra el suelo, los apartaba de nuestros combatientes y abría huecos en sus filas.
Vi a
Liam rodeado por varios.
Derribé a uno. Después a otro.
Él terminó con ellos antes siquiera de que pudieran volver a levantarse.
Me miró. Sonrió. Y siguió luchando. No pude evitar sonreír también.
Poco después fue
Sével quien quedó rodeado. Demasiados slaads. No tenía espacio para moverse.
Conseguí alcanzar a uno con mi magia y lo lancé contra el resto, abriendo un hueco suficiente para que pudiera escapar. Más tarde me agradeció la ayuda.
Creo que fue entonces cuando comprendí que realmente estaba empezando a dominar aquel poder.
No solo podía hacer daño. Podía cambiar el curso de una batalla.
Las oleadas no terminaban. Seguían llegando, una tras otra.
Hasta que finalmente sonó el cuerno una última vez. Una nota más larga, que anunciaba que lo peor estaba por llegar.
Esta vez nadie habló. Todos sabíamos lo que significaba.
La última oleada.
El líder de los slaads apareció entre sus filas, liderando una multitud todavía mayor. Era enorme, grotesco y brutal, y tras él avanzaba una masa de criaturas que parecía no tener fin.
La batalla se reanudó.
Y esta vez ya estábamos cansados. Habíamos perdido compañeros. Algunos estaban heridos. Otros apenas podían mantenerse en pie.
Pero nadie retrocedió.
Seguí lanzando magia. Derribando. Ayudando. Buscando a
Liam entre todo aquel caos.
Hasta que uno consiguió atravesar nuestras filas.
No lo vi venir. Solo sentí el golpe. Una fuerza brutal.
Salí despedida varios metros. El suelo desapareció bajo mi cuerpo.
Después vino el dolor. Y luego...
—Nada.
La archifata permaneció en silencio. Nyx respiró profundamente.
—¿Y después?
La tiefling sonrió.
—Madeleine.
La Coleccionista ladeó la cabeza.
—¿La Elminster?
—La bardo, sí.
—¿Te salvó?
Nyx asintió, pero miró durante unos segundos hacia el suelo.
—Llegó hasta mí antes de que pudieran rematarme.
La archifata sonrió.
—Parece que merece su título...
Nyx ensanchó la sonrisa tímidamente, recordando aquel momento.
—Supongo que sí...
Entonces desenvolvió el objeto que había estado sosteniendo desde el principio y se lo entregó.
Era un pequeño cuerno de alarma, tallado en un material oscuro y pulido, con varias runas grabadas alrededor de la boquilla. A pesar de su tamaño, parecía conservar una resonancia extraña, como si en su interior todavía vibrara el eco de aquel primer toque que había anunciado la llegada de los slaads.
La archifata lo tomó entre sus manos y lo examinó con curiosidad.
—¿El que anunciaba las oleadas?
Nyx asintió.
—Uno de ellos, sí.
—¿Y por qué te lo entregaron...?
Nyx sonrió ligeramente.
—Lo pedí yo. Después de haberlo escuchado tantas veces, me apetecía quedármelo.
La archifata giró lentamente el cuerno entre sus dedos, antes de acercárselo al oído.
Durante un instante no ocurrió nada. El bosque permaneció en absoluto silencio.
Después, desde algún lugar lejano entre los árboles, sonó un eco largo y profundo.
Una sola nota. La misma que escuchó aquel día. Nyx quedó inmóvil.
—¿Has sido tú...?
La archifata sonrió.
—Quizá....