El sonido de los golpes contra el estafermo resonaba en el bosque junto a la entrada al Claro del Eldath. Tark se apartó para dejarnos sitio a Evelyn y a mí. El primer día habíamos descubierto el origen de nuestro ki, pero hoy nos preguntaba si nos costaba llegar a él.
–
Depende del momento –contesté–,
si estoy en pleno combate me cuesta concentrarme.
–
No necesariamente –respondió Evelyn–.
Aunque dependiendo de la situación es más difícil de hacerlo fluctuar.
Tark, con su voz callada y profunda, nos explicó que era normal confundir los sentimientos habituales del combate con la energía que queríamos usar a nuestro favor. Nervios, miedo, expectación, coraje, ira... esos eran sentimientos de los guerreros sencillos. Pero nosotros, nos dijo, éramos mucho más. Esos sentimientos tenían que estar controlados y lejos de nuestra cabeza.
Nos ordenó enfilar el estafermo. Me puse frente al muñeco, concentrada, respirando profundamente, tratando de ignorar la lluvia o la temperatura que pudiera haber en aquel momento. Evelyn se acercó, tomando el estoque con una naturalidad pasmosa. Alzó el escudo y se puso en posición.
–
Enseñadme como dais luz al Ki.
Evelyn se movió con rapidez, dando estocadas al aire y susurrando unas palabras. Luego golpeó el estafermo, no fue un golpe contundente, pero logró rasgar la tela del mismo. Yo cerré los ojos por un momento, concentrándome. Inspiré por la nariz y busqué en mi interior esa sombra que me observa en silencio. Al sentirme preparada moví la cimitarra en un gesto elegante, suave, golpeando el estafermo en un golpe lateral ascendente.
–
Vael... – susurré antes de golpear, una tenue palabra que ya tengo interiorizada desde hace tiempo. La cimitarra vibró y se sacudió con una leve luz blanquecina justo cuando tocaba el estafermo.
Había logrado conectar, pero la sensación fue efímera, como una chispa que se apaga enseguida. Tark nos recordó la importancia de calentar antes del ejercicio. Cuando estuviéramos listas, debíamos hacer lo que nos pedía. Se giró para apoyarse en la piedra, observándonos.
Evelyn, con una orgullosa sonrisa, volvió a atacar al maniquí con un ataque ascendente, dejando fluir el ki por su cuerpo. Yo volví a hacer el mismo ritual, inspiré, me concentré y cuando me sentí lista moví la cimitarra. Esta vez el golpe vino acompañado de un giro de muñeca que hizo girar el arma de forma natural, suave y precisa. Sin embargo, el arma no vibró ni emitió destello alguno.
Sentí la mirada intensa de Vael en mi cabeza, aquella bruma que me observaba y me juzgaba en silencio, decepcionado. Mi mente me traicionaba, seguía luchando contra mí misma, contra mis propias mentiras, mis malas decisiones, mis miedos, mis penas... Había perdido mi fe, la guía que toda una vida me había conducido por la misma senda. Había perdido al amor de mi vida, alejado por mis propias manos en un acto de cobardía. Me había perdido a mí misma, mis deseos, mis ilusiones, mis perspectivas... Me había convertido en una sombra que daba tumbos desorientada sin rumbo.
Podía fingir, podía sonreír, podía decir que todo estaba bien... pero Vael sabía la verdad. Siempre. Y por eso me castigaba sin su poder, no se entregaría a una farsa.
Evelyn cerró los ojos, tomándose unos instantes para enfocarse en el ki de su cuerpo. Alzó el estoque delante de su rostro en una guardia para concentrarse.
Yo me quedé mirando la cimitarra, pensativa. Apreté la empuñadura y volví a cerrar los ojos. Busqué a Vael en mi interior, me guió la primera vez a las respuestas que necesitaba y le pedí que volviera a hacerlo.
Golpeé el estafermo una vez más, musitando su nombre. No invertí tiempo en prepararme, tan sólo me moví y lancé el ataque contra aquel muñeco.
–
Vael... - pero él siguió en silencio, observándome desde lo más profundo de mi mente.
–
Ven aquí – dijo Tark entonces, consciente seguramente de mi lucha interna -.
Quizá si lo haces contra mí sea más fácil que brote algún sentimiento que contra un saco. La energía fluye a través de sentimientos dominantes. Tienes que transformar la ira, la rabia, la furia del combate en el conductor que libere tu energía. Pareces triste, insegura, ¿desconfiada? Todo eso encierra lo que buscamos. Voy a intentar enfurecerte. Y cuando te hierva la sangre, intentas sacar a "Vael". ¿Bien?
Asentí no sin cierta vergüenza. ¿Tan transparente era? Evelyn nos observaba con una sonrisa. Entonces Tark comenzó a hacerme preguntas sobre KAelyra y mi relación con ella. Me hizo gracia que pensase que había algo entre nosotras. Apreciaba mucho a Kaely, se había convertido en poco tiempo en alguien a quien tenía cariño real. Pero de ahi a tener una aventura... eso era imaginar demasiado.
Evelyn lo sabía, ella me conocía algo mejor.
–
¿Me permites provocarla a mi, querido?

Entorné los ojos, aquella sencilla pregunta me hizo ver en su mirada el torrente de agua que se me venía encima. Evelyn no era de las que tenía pelos en la lengua, no se andaría con rodeos, iría de lleno a la peor herida.
Y vaya si lo hizo. Me echó en cara mi indiferencia hacia Zyon, el haberle dejado solo en un mometo terrible, el haberme ido sin darle explicaciones. Me ataca una y otra vez con palabras envenenadas que esconden, posiblemente, un resquemor real. Al fin y al cabo, son sus padres y yo he roto el corazón de su hijo.
Pero ellos no lo entienden. Ellos no lo saben. Nadie sufre más que yo el haberle traicionado de aquella forma. El haber sido egoísta y cruel... A pesar de todo trato de mantener la compostura, de defenderme, de no venirme abajo. Tark lo nota, y quizá por eso lanza su última carta.
Me señala mi tatuaje, el símbolo de la eternidad de mi muñeca.
–
El tatuaje es una promesa – respondí sin dejar de mirar a Evelyn -,
de mi fracaso y mi penitencia eterna.
–
¿Por tu amiga muerta...? – me espeta Evelyn, sabiendo exactamente qué tecla pulsar.
No hay tiempo, no hay control. Me lanzo a por ella sin miramientos. Suelto el arma, el escudo y trato de atraparla por la pechera. Evelyn esquiva mi movimiento, rasgándome la cara con su estoque. No me importa el dolor. El arranque de ira que me consume me hace olvidar todo lo demás. Mis ojos se han endurecido y busco golpearla.
Tark interviene, sujetándome lo suficiente para impedir que golpee libremente, pero no me detiene por completo, dejando que aquel sentimiento que tan fuertemente florece vivo. Evelyn, al ver mi estado, me provoca aún más:
–
¡Toma tus armas! ¿Qué piensas hacerme a puño descubierto, doncella de seda...?!
Empujo a Tark, cabreada. Me agacho a recoger mi arma y me lanzo de nuevo a por ella. Golpeo, apunto, esquivo, rabiosa. La rabia en mi interior toma forma, siento algo que no he sentido antes. No hay concentración ni tiempo, tan solo grito:
–
¡Vael!
Un poderoso estallido de energía fluye a través de mí, canalizándose en mi cimitarra. La luz blanquecina ilumina la escena, vibrando con intensidad. Ella también golpea aprovechando mi descuidos, no busca hacerme daño pero sí mantenerme rabiosa. Nos peleamos durante algunos minutos, quizá horas, quizá una vida entera... sólo Tark sabe el tiempo que nos permitió combatir hasta detenernos.
Solo cuando el aire cargado a mi alrededor se redujo y mi corazón dejó de latir con fuerza, fui consciente de lo que había sucedido. Mis ojos se clavaron en Evelyn durante unos segundos y, entonces, se llenaron de lágrimas. No había llanto, solo rabia y culpabilidad. La miré dolida por sus palabras, por sus reproches, por su veneno afilado... aunque también agradecida, consciente de que, aunque sus preguntas habían sido crueles y buscaban herirme, de alguna forma su mirada me hacía saber que no las pensaba.
–
Esta es la fase del conocimiento – sentenció Tark -.
Ahora ya sabéis cómo exteriorizar vuestra energía. Practicad, entrenad y meditad. Nos veremos en la fase de guía.
Horas más tarde, tirada en la cama de la posada, sentí que mi corazón se apagaba. Vael seguía ahí, observándome en silencio, resignado. Sentía mi dolor, sentía mi angustia, pero también sentía mi deseo de volver a brillar, de recuperar lo que había sido. Aquella chica sencilla, loca y sonriente que pateaba altares en las profundidades de las montañas.
¿Qué me había ensombrecido? ¿Qué me ataba a aquella tristeza constante? ¿Qué me hacía incapaz de avanzar?
Dhalia...
Siempre era ella...
Alcé el brazo y miré mi muñeca. El tatuaje seguía perfecto, como si los años no hubiesen pasado. Una marca que me recordaba día tras día mi fracaso, mi penitencia, mi dolor...
Vael se removió en mi interior y entonces lo vi. Lo supe.
Mi carga era ella. El peso que me oprimía, que no me dejaba avanzar, que no me permitía ser feliz.
Debía pasar página. Debía liberarme de aquella marca y dejar que Dhalia se fuese. Para bien o para mal.