akharwaen
Enano con acento ruso
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- 13/8/26
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Un hombre de rasgos calishitas, capa oscura y manos manchadas de tinta vieja, se registra en una posada de postas al norte de Calimshan. Viaja solo, con un morral cargado de libros y el paso rápido de quien no piensa mirar atrás. Paga puntual, habla poco, y cuando habla lo hace con la cortesía justa de quien no quiere ser recordado ni por descortés ni por simpático. El posadero, acostumbrado a mercaderes y buscavidas, apenas le presta atención más allá de anotar el nombre en el libro de huéspedes: Khaib, erudito, de camino al norte.
Los que cruzan camino con él en las rutas de caravana hablan de un viajero silencioso, que prefiere la compañía de sus propios libros a la de otros pasajeros, y que solo se anima cuando la conversación roza temas de historia antigua, ruinas, o reinos caídos. Un mercader de especias que comparte fogata con él una noche, en algún punto entre el Calimshan interior y las fronteras de Tethyr, comenta después en una taberna que aquel hombre le preguntó, con curiosidad más aguda de lo normal, por viejas ruinas y templos olvidados de la región, sin llegar a decir nunca qué buscaba en ellos exactamente.
"Le pregunté qué esperaba encontrar", cuenta el mercader, encogiéndose de hombros. Me dijo que uno nunca sabe hasta que lo encuentra. Un hombre raro. Pero pagó bien su parte del vino, eso sí.
En Purskul, algunos posaderos y guardias portuarios lo recuerdan mejor de lo que a Khaib le habría gustado. Se presenta como un estudioso interesado en la historia de la región, en ruinas y templos anteriores a la fundación de la actual Amn. Pregunta con cortesía, escucha más de lo que habla, y desaparece durante días enteros explorando los alrededores de la ciudad sin que nadie sepa a ciencia cierta qué encuentra allí, si es que encuentra algo. Un guardia recuerda haberle preguntado, medio en broma, si buscaba un tesoro enterrado. Khaib, dicen, sonrió sin humor y respondió que el único tesoro que le interesaba no se podía gastar en el mercado.
No hace amigos en Purskul. Tampoco enemigos. Se marcha tan discretamente como llegó, dejando tras de sí la vaga sensación, entre quienes lo trataron, de haber conocido a alguien que llevaba un peso que nunca mostró del todo.
La ruta hacia Athkatla lo lleva a través de caminos cada vez más transitados, y con el tráfico crecen también los testigos: comerciantes que lo ven consultar mapas en las postas, un sacerdote itinerante de Oghma con quien comparte mesa una noche y con quien, dicen, mantiene una de las conversaciones más largas que se le conocen en todo el viaje. De qué hablaron, ninguno de los presentes sabría repetirlo con exactitud, salvo que el sacerdote se despide de él con una sonrisa curiosa y le desea, textualmente, "que encuentre en Athkatla lo que no ha encontrado en ningún otro sitio".
Cuando por fin cruza las puertas de Athkatla, nada en su aspecto delata la distancia recorrida más allá del polvo del camino y el desgaste ordinario de un viaje largo. Es un hombre más entre tantos que entran a diario por los portones de la Perla de Amn: capa oscura, alforjas cargadas de libros, la mirada de quien ha llegado a algún sitio pero aún no ha llegado del todo a donde quiere.
Pregunta a un guardia, con la misma cortesía neutra que ha usado en cada posada del camino, por la dirección del Distrito de los Muelles.
"¿Buscando un barco, forastero?", le pregunta el guardia, más por rutina que por curiosidad real.
"Busco un templo", responde Khaib. "El de Oghma".
El guardia señala hacia el sur sin más preguntas. En Athkatla, un erudito más buscando el templo del saber no es motivo de sorpresa para nadie.
Los que cruzan camino con él en las rutas de caravana hablan de un viajero silencioso, que prefiere la compañía de sus propios libros a la de otros pasajeros, y que solo se anima cuando la conversación roza temas de historia antigua, ruinas, o reinos caídos. Un mercader de especias que comparte fogata con él una noche, en algún punto entre el Calimshan interior y las fronteras de Tethyr, comenta después en una taberna que aquel hombre le preguntó, con curiosidad más aguda de lo normal, por viejas ruinas y templos olvidados de la región, sin llegar a decir nunca qué buscaba en ellos exactamente.
"Le pregunté qué esperaba encontrar", cuenta el mercader, encogiéndose de hombros. Me dijo que uno nunca sabe hasta que lo encuentra. Un hombre raro. Pero pagó bien su parte del vino, eso sí.
En Purskul, algunos posaderos y guardias portuarios lo recuerdan mejor de lo que a Khaib le habría gustado. Se presenta como un estudioso interesado en la historia de la región, en ruinas y templos anteriores a la fundación de la actual Amn. Pregunta con cortesía, escucha más de lo que habla, y desaparece durante días enteros explorando los alrededores de la ciudad sin que nadie sepa a ciencia cierta qué encuentra allí, si es que encuentra algo. Un guardia recuerda haberle preguntado, medio en broma, si buscaba un tesoro enterrado. Khaib, dicen, sonrió sin humor y respondió que el único tesoro que le interesaba no se podía gastar en el mercado.
No hace amigos en Purskul. Tampoco enemigos. Se marcha tan discretamente como llegó, dejando tras de sí la vaga sensación, entre quienes lo trataron, de haber conocido a alguien que llevaba un peso que nunca mostró del todo.
La ruta hacia Athkatla lo lleva a través de caminos cada vez más transitados, y con el tráfico crecen también los testigos: comerciantes que lo ven consultar mapas en las postas, un sacerdote itinerante de Oghma con quien comparte mesa una noche y con quien, dicen, mantiene una de las conversaciones más largas que se le conocen en todo el viaje. De qué hablaron, ninguno de los presentes sabría repetirlo con exactitud, salvo que el sacerdote se despide de él con una sonrisa curiosa y le desea, textualmente, "que encuentre en Athkatla lo que no ha encontrado en ningún otro sitio".
Cuando por fin cruza las puertas de Athkatla, nada en su aspecto delata la distancia recorrida más allá del polvo del camino y el desgaste ordinario de un viaje largo. Es un hombre más entre tantos que entran a diario por los portones de la Perla de Amn: capa oscura, alforjas cargadas de libros, la mirada de quien ha llegado a algún sitio pero aún no ha llegado del todo a donde quiere.
Pregunta a un guardia, con la misma cortesía neutra que ha usado en cada posada del camino, por la dirección del Distrito de los Muelles.
"¿Buscando un barco, forastero?", le pregunta el guardia, más por rutina que por curiosidad real.
"Busco un templo", responde Khaib. "El de Oghma".
El guardia señala hacia el sur sin más preguntas. En Athkatla, un erudito más buscando el templo del saber no es motivo de sorpresa para nadie.