Novedades

Barabas no siempre fue viejo

Barabas

Enano con acento ruso
Registrado
22/5/26
Mensajes
12
La lluvia golpeaba con fuerza el tejado de la posada cuando Barabas entró empapado y cubierto de barro. Tendría poco más de veinte años y acababa de regresar de una campaña en la que había servido como batidor para una compañía mercenaria. Aún conservaba esa mezcla de orgullo y estupidez que suele acompañar a los jóvenes que han sobrevivido a sus primeras contiendas.

Había pasado semanas haciendo de avanzadilla, rastreando caminos, buscando vados seguros y anticipando emboscadas. Le gustaba aquel trabajo.

El salón de la posada estaba casi lleno. Mercaderes, campesinos y soldados bebían, cenaban y charlaban. Barabas pidió cerveza, dejó unas monedas sobre la barra y buscó una mesa.

Fue entonces cuando reparó en el anciano.

Estaba solo, junto a la chimenea. Tenía la espalda encorvada, la tirante piel de la calva llena de manchas y unas manos deformadas por la edad. Vestía ropa humilde y sostenía un plato de sopa entre los dedos temblorosos.

Barabas lo observó durante unos segundos y se acercó a él.

—¿También fuiste soldado? —preguntó al ver las viejas cicatrices que asomaban por el cuello del hombre.

El anciano asintió.

—Hace mucho tiempo.

—¿Y qué tal te fue?

El viejo tardó unos instantes en responder. Parecía muy cansado.

—Aquí sigo —contestó sin desviar la mirada del fuego.

Barabas sonrió sin comprender del todo la respuesta y se sentó en una mesa. Cenó, terminó su cerveza y se preparó para un nuevo día.

Nunca volvió a pensar en aquel encuentro hasta muchos años después.

Décadas más tarde, sentado frente a una fogata con Zula durmiendo a sus pies, recordó de repente aquella conversación olvidada. Recordó las manos temblorosas del anciano, la espalda vencida por los años y aquella respuesta tan sencilla.

"Aquí sigo."

Observó sus propias manos. Las cicatrices, las arrugas, el cabello canoso que caía sobre sus hombros.

Se levantó con esfuerzo y apagó los rescoldos con una meada. Recogió su petate, se colocó el arco a la espalda y continuó su camino silbando una vieja melodía, seguido de cerca por el sabueso.

barabas_ultraligero.jpg
 

Barabas

Enano con acento ruso
Registrado
22/5/26
Mensajes
12
(II) LAS BOTAS

Barabas rondaba los cuarenta años.
Las primeras canas empezaban a abrirse paso entre su melena, llevaba ya media vida recorriendo caminos como batidor para distintas compañías.

Aquella noche, el pequeño ejército para el que trabajaba descansaba junto al río. Mientras la mayoría bebía, jugaba a los dados o presumía de cicatrices, Barabas permanecía sentado junto al fuego, remendando su vieja capa con aguja e hilo.

Un joven bárbaro se acercó hasta él. Era alto, musculoso y bronceado. Apenas tendría veinte años y caminaba con la confianza de quien aún cree que la fuerza basta para superar cualquier obstáculo.

Se detuvo frente al explorador y sonrió.

—Eh, veterano. Tú que has visto mundo... ¿Cuál ha sido el enemigo más peligroso al que te has enfrentado?

—Unas botas en mal estado —respondió Barabas con una sonrisa afable.

El bárbaro soltó una carcajada.

—¡Habla en serio!

—Lo hago.

El muchacho regresó junto a sus compañeros tomando por loco al explorador.

A la mañana siguiente, Barabas partió con la avanzadilla. Durante tres semanas recorrió montañas, cruzó bosques y buscó caminos seguros para el ejército.

Cuando regresó para reunirse con el grueso de la columna, encontró al joven bárbaro sentado a un lado del camino.

Las botas del muchacho estaban destrozadas. Sus pies eran un amasijo de ampollas reventadas y carne infectada. La fiebre le hacía temblar y una tos profunda le desgarraba el pecho.

Al reconocer a Barabas, el bárbaro esbozó una sonrisa amarga.

—Veterano...

Barabas se arrodilló a su lado.

El muchacho guardó silencio unos instantes antes de hablar.

—Tenías razón —dijo con los ojos vidriosos.

Barabas observó aquellas botas empapadas de sangre y barro.

—Ojalá no la hubiera tenido.

Aquella misma tarde, el ejército reanudó la marcha.

El bárbaro ya no caminaba con ellos.

Barabas_hoguera_comprimida.jpg
 

Barabas

Enano con acento ruso
Registrado
22/5/26
Mensajes
12
(III) EL RASTRO.

Barabas llevaba siguiendo el rastro desde poco después del amanecer. Tendría algo más de cincuenta años, y su melena ya empezaba a verse más blanca que negra.

No era un rastro difícil. La loba era grande, más de lo habitual, y había dejado buenas huellas en el barro blando junto al arroyo. De vez en cuando encontraba algún mechón de pelo enganchado en una zarza o una rama partida a poca altura. Dos noches antes la bestia había matado tres ovejas. La semana anterior, un ternero. Los habitantes de la pequeña aldea estaban preocupados y alguien tenía que acabar con aquello.

El rastro se internaba cada vez más en el bosque. Barabas avanzaba sin prisa, deteniéndose de vez en cuando para examinar una huella. Llevaba horas tras el animal cuando escuchó algo y se detuvo. Unos gemidos.

Eran débiles, apenas audibles entre el rumor de las hojas. Permaneció unos segundos en silencio tratando de averiguar de dónde procedían y finalmente distinguió una pequeña vaguada entre dos grandes robles.

Se acercó despacio, curioso, y de pronto distinguió algo por el rabillo del ojo. Una sombra enorme salió de entre la maleza y se abalanzó sobre él.

Barabas no tuvo tiempo de pensar. Dio un paso atrás mientras su mano buscaba una flecha. La encajó en la cuerda, levantó el arco y disparó en un único movimiento.

La loba cayó a pocos pasos de él, con la saeta clavada profundamente en un costado. El explorador había tenido suerte, era un ejemplar enorme.

Volvió a escuchar los gemidos entre los robles. Apartó unas ramas y encontró la entrada de una madriguera excavada en las raíces de uno de ellos. Tres pequeños lobeznos se apretaban unos contra otros en el interior.

Barabas los observó durante unos instantes y después volvió la mirada hacia la loba. Ahora entendía por qué se había acercado tanto a las granjas.

Permaneció un rato junto a la madriguera. No había mucho que pudiera hacer por aquellos cachorros. Eran animales salvajes y pertenecían al bosque. Quizá sobrevivieran y quizá no.

Se levantó para marcharse y entonces vio al cuarto.

Estaba algo apartado de los demás. Era marrón, desgarbado y tenía unas orejas demasiado largas para aquella cabeza. Desde luego, aquello no era un lobo.

Barabas se agachó para observarlo mejor.
—¿Y tú qué haces aquí?

El cachorro ladeó la cabeza. Barabas se colgó el arco al hombro y emprendió el camino de regreso.

Había recorrido ya un buen trecho cuando escuchó algo a su espalda. Se volvió. El cachorro estaba allí.
—Vuelve con los otros.

El animal se quedó mirándolo.

El hombre continuó andando, y un rato después volvió a escuchar el ruido. Esta vez ni siquiera necesitó darse la vuelta.
—Te he dicho que vuelvas.

Al caer la tarde se sentó junto al camino para descansar y sacó algo de comida del petate. No habían pasado ni dos minutos cuando el cachorro apareció entre unos helechos y se sentó a pocos pasos de él.

Barabas lo miró mientras masticaba, y el cachorro le devolvió la mirada.
—No tengo nada para ti.

Las enormes orejas se levantaron.

El batidor suspiró y arrancó un pedazo de carne.
—No te acostumbres.

El cachorro devoró el pedazo y se acercó un poco más a él, sin dejar de mirarlo a los ojos.

Cuando Barabas volvió a ponerse en marcha, el pequeño sabueso se levantó también. Esta vez no intentó echarlo.

Todavía tardaría algunos días en ponerle nombre.

barabas_zula_comprimida.jpg
 
Última edición:
Arriba