Novedades

Las Crónicas del Fuego Azul: Memorias y Vivencias de Alastor de Mystra

Guty

Reidor de gracias de los Admins
Registrado
24/1/12
Mensajes
2,056
Edad
34
De la Arquitectura del Destino y el Paso del Tiempo
Folio I

El bien y el mal (1).png

En los anales de la Costa de la Espada está escrito que los destinos más luminosos rara vez nacen en palacios de mármol o bajo el tañido de trompetas doradas; con frecuencia germinan en el silencio de los rincones más humildes, allí donde el hilo invisible del destino aguarda en calma a ser descubierto por aquellos que aprenden a caminar en la penumbra.

Dicen los ancianos de la fe que la existencia de los mortales no es un río desbocado que se precipita al azar, ni una sentencia inmutable grabada en piedra fría. Es, en su verdad más honda, un tapiz en continuo movimiento. Cada alma que despierta bajo el firmamento de Faerûn recibe entre sus manos un ovillo de hebras dispares: hilos de gozo y de quebranto, de luz diamantina y de sombras espesas. Los insensatos miran los nudos del camino y claman contra el cielo, creyendo que la adversidad es un castigo ciego; mas quien contempla La Urdimbre con la mirada limpia del recogimiento comprende que en el reverso de la tela los hilos oscuros son tan necesarios como los de oro para que el dibujo final adquiera relieve, profundidad y majestad.

El destino jamás se manifiesta en la complacencia del reposo, sino en el modo en que el espíritu responde cuando el cántaro de la vida se quiebra en pedazos. Hay quienes, al ver rota la vasija de sus afectos, se entregan a la ceniza y permiten que el rencor congele su sangre, buscando en el poder un látigo para vengar su herida sobre el mundo. Pero la verdadera transmutación —aquella que trasciende la alquimia de los minerales y roza el misterio supremo de la Dama— es la que acontece en el sanctasanctórum del corazón: tomar el dolor más acerbo, despojarlo de la amargura y transformarlo en una fuente inagotable de piedad y amparo. Quien ha conocido el frío absoluto de la pérdida no busca quemar los valles; busca encender una lámpara en cada encrucijada para que ningún otro caminante vuelva a tropezar en la noche.

Bajo el velo del cosmos, toda materia guarda un anhelo secreto de retorno a la armonía. Los primordios que componen la roca, el viento y la carne de los hombres no fueron concebidos para la soberbia ni para la discordia, sino para vibrar en equilibrio al compás de la gracia creadora. El estudioso que comprende esta verdad abandona para siempre la pretensión de doblegar la realidad por la fuerza; sabe que las fortalezas más imponentes de basalto terminan devoradas por la arena y que los títulos de gloria son apenas hojas secas arrastradas por el viento de las eras. El verdadero señorío del Arte no consiste en hacer temblar la tierra con truenos, sino en aprender a inclinarse ante ella con la humildad del sembrador, sirviendo de cauce para que el agua halle el surco sediento y la palabra justa devuelva la calma al afligido.

Así acontece el misterio de los días: los años pasan como nubes sobre las cumbres de las montañas, los senderos se bifurcan hacia orillas lejanas y los rostros de la juventud van madurando bajo el sol y la lluvia, pero el propósito original permanece intocado en el centro del pecho. No importa cuán larga haya sido la travesía por el desierto ni cuántas heridas hayan marcado el báculo del peregrino; mientras la llama azul de la devoción arda pura y las manos se ofrezcan para recomponer lo que está quebrado, ningún paso se habrá dado en vano. Pues al final de todos los caminos, cuando los grimorios se cierren y las estrellas de la noche den paso a la alborada eterna, no seremos medidos por el ruido de nuestras proezas, sino por la luz que fuimos capaces de sembrar en medio de la oscuridad del mundo.

La luz sólo tiene sentido en relación con la oscuridad, y la razón presupone el equívoco. Son estos opuestos combinados los que pueblan nuestra vida, los que la hacen vibrante, embriagadora. Sólo existimos en términos de este conflicto, en la zona donde el blanco y el negro colisionan.​
 
Última edición:

Guty

Reidor de gracias de los Admins
Registrado
24/1/12
Mensajes
2,056
Edad
34
La danza de las dos Sierpes
Folio II

Background (1).png


Los rumores en las puertas de Athkatla vuelan a menudo más veloces que las propias flechas, pero aquella tarde las habladurías traían un peso inusual. Los carreteros y exploradores llegados del sur hablaban de una sombra descomunal que cruzaba en círculos la bruma de los Humedales de Zohoarast, agitando las aguas y espantando a las bestias del cenagal.

No hizo falta demasiado para que una compañía decidida se pusiera en marcha: soldados de la guardia con sus capas bien abrochadas, clérigos, artesanos, el infatigable hermano Douglas con su andar montaraz y la siempre grata compañía de la dama Gwenaëlle. Caminar junto a gentes de corazón noble siempre reconforta el paso; cada quien aportaba su prudencia y su temple para aliviar la pesadez de los caminos enfangados.

El pantano nos recibió con su habitual velo de niebla húmeda y olor a juncos podridos. Avanzábamos con cautela entre los sauces cuando la espesura estalló en violencia: una inmensa sierpe verde surgió de entre el lodo, arremetiendo contra la expedición con garras implacables y una nube de vapor venenoso. Formamos la línea a duras penas, respondiendo al embate entre el barro mientras las flechas y los primeros sortilegios buscaban contener su furia.

Fue en mitad de ese combate encarnizado cuando el firmamento se oscureció con un trueno ensordecedor. Una segunda sierpe colosal, de escamas azules y relámpagos crepitantes en las fauces, cayó en picado desde las nubes para disputarle el territorio al dragón verde. Ambas bestias se enzarzaron en un duelo aterrador sobre nuestras cabezas; pero al advertir nuestra presencia, ambas criaturas volvieron su cólera al unísono contra el grupo. La retirada fue desesperada y caótica bajo una tempestad de ácido y electricidad; muchos compañeros cayeron heridos de gravedad en la huida por el cenagal. Aproveché un pliegue de La Urdimbre para reubicarme con una Puerta Dimensional y acudir donde la línea se desmoronaba, vertiendo oraciones de alivio y sanación sobre los caídos para sacarlos del lodo antes de que fuera tarde.

Cuando las dos grandes criaturas se alejaron batiendo las alas hacia el cielo abierto, dejando a la sierpe azul malherida en su huida, el pantano quedó en un silencio sepulcral, salpicado de sangre, fango y agotamiento. Viendo a los compañeros calados hasta los huesos y sin fuerzas para continuar, tracé un arco con el báculo de fresno y abrí el umbral dorado de una Magnífica Mansión de Mordenkainen, brindando a la veintena de aventureros y soldados un refugio limpio, cálido y protegido donde recobrar el pulso.

Al salir a explorar los alrededores bajo un velo de invisibilidad, descubrimos la raíz de toda la tragedia. El caos en el pantano no había sido un capricho salvaje de la naturaleza, sino el fruto de una maquinación infame: el renegado Arkeus —el mismo mercenario sin escrúpulos que tiempo atrás había intentado atentar contra miembros del clero de Selune en las montañas— se hallaba en la zona con una partida de asaltantes contratados. Habían expoliado los nidos de ambas bestias, provocando que los dragones se culparan mutuamente del robo y desataran una guerra territorial que estuvo a punto de costar la vida a todos los presentes.

Aunque el escurridizo Arkeus logró esfumarse entre la espesura valiéndose de malas artes y trucos de ocultación, logramos capturar a una de sus colaboradoras, una aventurera llamada Anita, y asegurar uno de los grandes huevos de dragón.

Las confesiones de la prisionera desvelaron un entramado mucho más turbio y peligroso: Arkeus y sus mercenarios no operan por cuenta propia, sino bajo el oro de un misterioso y acaudalado mercader clandestino conocido en los bajos fondos únicamente como el Gordo, quien parece estar tejiendo una red de acopio de artefactos prohibidos, bestias y reliquias exóticas a costa de la estabilidad de Amn.

Tras examinar la pieza con detenimiento junto a Alaric, confirmamos que el huevo recuperado pertenecía inequívocamente a la dragona azul herida. Mi parecer fue categórico: debíamos emplear la adivinación para rastrear a la madre y entregarle a su cría directamente en un paraje seguro, aplacando su dolor antes de que desatara su venganza sobre las poblaciones cercanas. Lamentablemente, la adivinación de Gwen no logró penetrar las defensas de la bestia y el hermano Douglas, movido por una prisa bienintencionada pero imprudente, prefirió alzar el vuelo como gárgola y abandonar el huevo solitario sobre la copa de un árbol alto; una decisión que propició que fuera el dragón verde quien lo descubriera primero y se lo llevara consigo a su propio nido.

Pese a ese grave desacierto, al menos se contuvo un mal inmediato: la red de expolio de Arkeus quedó al descubierto, la cómplice fue conducida a los cuarteles para profundizar el interrogatorio y logramos evacuar a todos los heridos a salvo hasta los llanos de Athkatla mediante un pliegue de La Urdimbre.

Mas al contemplar desde la distancia la silueta de la capital bajo el cielo estrellado, no pude evitar que un nudo de profunda inquietud me oprimiera el pecho. La amenaza de una madre azul herida y encolerizada sigue latente en las marismas, y la sombra de el Gordo comienza a proyectarse sobre la paz de este reino.

(Madre Mystra, vos que guardáis el equilibrio del mundo... dadnos discernimiento a quienes habremos de unir fuerzas para desenmascarar esta red de codicia antes de que su fuego alcance las puertas de nuestros hogares).

Offtopic :
¡Gracias por la Escena DM Artyom! Lo he pasado genial.
 
Última edición:

Guty

Reidor de gracias de los Admins
Registrado
24/1/12
Mensajes
2,056
Edad
34
La cálida ciudad helada
Folio III

11279d8cc192e4b6de433066d778dfd5.jpg

La noche desciende sobre los Picos de las Nubes no como una ausencia de luz, sino como un manto de terciopelo azul que abriga la fatiga del mundo. Hacía muchos inviernos que mis pasos no pisaban la tierra húmeda de Náshkel; casi una década entera entregada al estudio paciente en las bibliotecas de Halruaa, donde aprendí que la magia no es un fuego que devora, sino la música secreta con la que la creación sostiene cada una de sus formas.

Al cruzar el umbral de La Luz del Norte, busqué el rincón más sereno. Mientras aguardaba, extraje del bolsillo mi prisma de cuarzo, haciéndolo girar despacio entre los dedos. Es un hábito que mi padre me legó: cuando el cristal roza la lumbre de una vela, la luz blanca se quiebra dócilmente en siete destellos, recordándome que incluso en la más humilde de las estancias la Dama de los Misterios está presente, paciente y eterna.

Poco después llegaron Gwenaëlle y Sariel. Nos sentamos al calor de la chimenea y sus palabras confirmaron lo que el viento ya susurraba en los caminos: el tablero del reino se ha vuelto incierto, los aliados del bien caminan dispersos y la comunidad arcanista languidece en una peligrosa soledad. Allí donde los justos se aíslan, los mantos escarlata de Thay encuentran terreno fértil para sembrar el recelo y la soberbia.

Hablamos de la Arcanum Scholla, de los desencantos pasados y de la amargura que deja una institución cuando olvida su propósito original y se entrega a la ambición. Sariel me previno con su habitual y noble franqueza, pero mientras acariciaba la madera desgastada de mi báculo, sentí en la nuca ese dulce y familiar hormigueo que siempre me acompaña al vislumbrar el deber. No entraré en esas aulas para disputar honores ni ceñirme togas de poder; estaré allí para ser una vela encendida en la penumbra, para tomar la mano del novicio tembloroso y recordarle que el don del Arte es un acto de amor y servicio a los desamparados.

Al contemplar el futuro de Náshkel, comprendimos que nuestras almas vibran en una misma frecuencia. No nacimos para comandar compañías de mercenarios ni empuñar espadas de fortuna; nuestra vocación es el estudio humilde, la custodia mística y el cuidado de los que sufren. La ley de esta tierra prohíbe la enseñanza arcana laica, pero la fe de la Dama de Plata y de la Dama de los Misterios abre un cobijo legítimo donde el conocimiento puede florecer sin cadenas. Tomé un trozo de tiza blanca de mi fardel y dibujé en la mesa dos órbitas entrelazadas: la luz de Selûne y el saber de Mystra convergiendo en un mismo círculo. Así nació la promesa de refundar en esta villa un ateneo de estudio y amparo cívico, abriendo las puertas del Observatorio a todos los que busquen la verdad.

Antes de despedirnos, Gwen me previno contra las intrigas de Obara Alghul y las calumnias que los siervos de Thay tejen para dividirnos. Pero no hay temor en mi pecho. Recordé entonces una verdad que mora en lo más hondo de mi entendimiento: la luz solo tiene sentido donde la oscuridad, pues ¿Qué utilidad tendria yo en un lugar donde todos aman la magia como en Halruaa?​
 
Última edición:

Guty

Reidor de gracias de los Admins
Registrado
24/1/12
Mensajes
2,056
Edad
34
Sombras y Cenizas
Folio IV

Alaric y Alastor (1).png

Hay noches en que el aire de Amn no huele a tierra mojada ni a pinar, sino a ceniza vieja y a secretos sepultados en criptas que los hombres sensatos jamás debieron abrir. Al caer la niebla sobre los llanos de Verdelinde, sentí ese peso denso y gélido en la boca del estómago: la certeza de que el mal en este reino ya no acecha únicamente en las lindes del bosque o en las ruinas olvidadas, sino en los pasillos enmoquetados de las academias y en los concilios donde la magia se pervierte en moneda de cambio, ambición y vanidad.

Alcé mi báculo de fresno y deslicé la diminuta llave de latón por la ranura de marfil pulido. Con un murmullo en las viejas consonantes del netherino clásico, rasgué la tela de la realidad. Un umbral de ocho pies de altura ardió con un resplandor de oro pálido en mitad de la neblina, abriendo paso a la estancia suspendida en el Éter. Pero incluso al cruzarlo y cerrar el portal tras nosotros, el frío del mundo exterior parecía filtrarse como un vaho invisible entre las maderas del refugio.

Allí tomé asiento frente a maese Alaric Thorne. Mientras vertía el agua en las copas de cristal, mis dedos buscaron instintivamente el prisma de cuarzo en el bolsillo, haciéndolo rodar con lentitud sombría. No había luz de sol para descomponer en siete colores; solo la llama temblorosa de una vela solitaria que proyectaba sombras alargadas y vacilantes sobre las paredes, como espectros que aguardaban su turno para escuchar.

—Deseo la verdad sobre Caravasar —dije en una habla templada, clavando en él mis ojos de zafiro—. Sin las máscaras con las que los hombres cubren sus vergüenzas.

La confesión de Alaric cayó sobre la mesa como tierra arrojada sobre un ataúd abierto. Obara Alghul, aquel siervo de Thay con olor a bálsamo de tumba y azufre, no había mentido del todo. La Decana Jadzia Odger había convocado una marcha hacia las sombras, y en los páramos de Caravasar los arcanos de la Schola terminaron caminando codo a codo con abominaciones y no-muertos engendrados por la ponzoña de Murann. Alaric llegó tarde, pero vio lo suficiente: vio la amalgama impía de voluntades, vio los rostros marchitos y sintió el colapso del espacio cuando quedaron atrapados en las simas hostiles de los planos paraelementales, donde el fuego quema sin luz y la materia devora el aliento de los vivos.

Un escalofrío lacerante recorrió mi nuca. Tratar con los muertos vivientes de Murann no es un simple error de cálculo político; es una profanación directa contra la armonía sagrada de la vida, una herida abierta y purulenta en el cuerpo mismo de la Urdimbre.

Fue entonces cuando Alaric me miró con ojos cansados, ojos de quien ha visto marchitarse demasiadas promesas bajo el cielo plomizo del sur. Me habló como un hermano mystrense que contempla el abismo desde el borde del precipicio:

En este suelo maldito nadie es santo, Alastor. Ni Obara, con sus manos teñidas de sangre y nigromancia roja; ni Jadzia, que arrastra en sus venas la noche eterna y el vacío de los umbras; ni siquiera Sariel, a quien no en vano apodan la Luna Sangrienta. Todos guardan un rincón podrido en el alma. Todos se aborrecen con un rencor antiguo y todos querrán susurrarte al oído para arrastrarte a sus ciénagas y usarte como escudo en sus guerras personales.

Sus palabras flotaron en el aire enrarecido de la mansión como una advertencia fúnebre: Nuestra fidelidad es solo al Telar. Mantente neutral, hermano. No permitas que nadie te encadene a su oscuridad.

Apreté el talismán de plata en mi pecho hasta que el metal frío me mordió la carne. Sentí la presencia infinita y doliente de Nuestra Señora, sosteniendo los hilos quebrados de un mundo que insiste en desgarrarse. Le respondí con la solemnidad de quien firma un testamento ante los dioses: no he vuelto a Amn para saciar el apetito de tiranos ni para elegir qué veneno beber. Mi deber es proteger a los novicios que aún conservan la pureza en la mirada, blindar el Decanato del Tiempo y la Materia como un baluarte inexpugnable y enseñar que la magia no es un látigo para dominar, sino un fuego sagrado para alumbrar la noche.

Alaric asintió con un suspiro de alivio contenido, anunciándome que mañana regresará la Decana y que en la próxima dekhana el claustro votará mi nombramiento formal como Maestro. Tendremos a nuestra disposición las licencias, los hornos de golemancia y los tomos prohibidos de la gran biblioteca. Pero sé muy bien que esos pasillos de piedra guardan más trampas que los laberintos de Netheril.

Inquirí al final sobre el destierro de Gwen de la academia. Alaric admitió la niebla que rodea el hecho: Jadzia alegó heridas y asperezas con las sacerdotisas de la luna, mientras que el odio mudo entre la umbra y Sariel sigue latiendo como una llaga abierta. Recordé en silencio las palabras de mi difunto padre: Para cada historia humana hay tres versiones: la que cuenta el lobo, la que jura el cordero y la verdad que solo el polvo recuerda.

Nos despedimos sin aspavientos, como dos centinelas que montan guardia en una fortaleza asediada por espectros. Cuando Alaric cruzó el umbral dorado y el portal se cerró, la estancia quedó sumida en un silencio sepulcral.

Me hallo ahora a solas en esta cámara suspendida en la nada. La vela agoniza y el hollín empaña el cristal. Sé que al descender mañana a las calles de Athkatla estaré entrando en la boca del lobo, donde las sombras de Thay, de Murann y de los umbras danzan en torno a un mismo fuego negro. Pero mientras la chispa del Dweomer arda en mi pecho, caminaré en la penumbra sin perder el rumbo. Porque la luz no teme a la noche; fue concebida, precisamente, para vencerla.
 
Última edición:

Guty

Reidor de gracias de los Admins
Registrado
24/1/12
Mensajes
2,056
Edad
34

Los Cimientos del Saber
Folio V

chetmanx_httpss.mj.runZmRngUGJWUI_Uma_fotografia_hiper-realis_54e4cc87-2717-4e94-b58f-60f4a8fc...png

Hay umbrales en este mundo que no solo separan estancias de piedra, sino épocas enteras en la vida de un hombre. Esta mañana, tras cruzar el atrio abovedado de la Arcanum Scholla, el eco rítmico de mi báculo de fresno me condujo hacia las antecámaras del gobierno académico. El aire en los corredores olía a tinta de agallas, a cera de sellar y a ese zumbido eléctrico y contenido que siempre acompaña a los recintos donde docenas de mentes se afanan en desentrañar las leyes del cosmos.

Allí encontré a la Decana Jadzia Odger lidiando con pilas de legajos burocráticos. Al verme aguardar con respetuoso silencio, me dedicó una mirada penetrante y un ademán para seguirla. Con un simple chasquido de sus dedos, sin necesidad de llave ni hierro, la pesada cerradura de su despacho cedió dócilmente ante su voluntad.

Nos acomodamos en la quietud de su estancia. Mientras mis dedos buscaban instintivamente el prisma octogonal de cuarzo en el bolsillo, haciéndolo girar con pausada serenidad, el pasado emergió entre nosotros como un tapiz rescatado del polvo. Recordamos aquellos días lejanos en que la invité a formar parte de los Centinelas del Saber Eterno, y aquel grifo dorado que surcó los cielos antes de que mis pasos partieran hacia las bibliotecas del sur.

Jadzia se mostró tal como es: una mujer pragmática, despojada de artificios cortesanos, que no rehúye su naturaleza de umbra ni teme a las verdades amargas. Me habló con franqueza de su propio paso por el Decanato del Tiempo y la Materia antes de asumir las Artes Místicas, y de la propuesta de maese Alaric para formalizar mi ingreso mediante una prueba de conocimiento ante el Claustro.

Fue al preguntarme qué podía aportar a la institución cuando sentí en la nuca ese cálido hormigueo que siempre anuncia la presencia viva de la Dama. Alcé la diestra y la yema de mi índice trazó en el aire un glifo flotante de luz azul plateada, dejando un filamento que danzó un instante antes de desvanecerse en el éter. Le hablé de la pedagogía activa traída de Halruaa, de la Teoría de los Primordios, de la transmutación ética y de la golemancia orientada al servicio cívico.

Sus ojos brillaron con una ambición luminosa al compartir su mayor anhelo: erigir en la Schola un museo y una biblioteca pública de tal magnitud que no tengan rival en los reinos vecinos. Aquella visión encendió mi corazón. Le ofrecí transcribir mis propios tratados de investigación, guiar al alumnado en la redacción de tesis y salir en busca de reliquias arcanas olvidadas, proponiendo además la creación de un Bestiario Vivo de Criaturas Mágicas para el estudio directo y el respeto de la fauna primordial.

Hablamos también de la cizaña que Obara Alghul y los nigromantes de Thay vierten contra sus muros. Jadzia zanjó el rumor con una sentencia serena y rotunda: Ladran, luego cabalgamos. Le reafirmé mi postura: no he venido a alimentar querellas ni a juzgar al prójimo por habladurías, sino a entregar mi saber para que la Urdimbre sea honrada y los novicios hallen un refugio seguro donde florecer.

El pacto quedó sellado con firmeza. Ingreso desde hoy como Escolástico en el seno de la academia, a la espera de la votación formal que me investirá como Maestro en la próxima dekhana.

Al abandonar el despacho y descender por las escalinatas de la universidad, apreté el símbolo sagrado en mi pecho. La niebla de Amn sigue siendo densa, pero hoy, entre libros antiguos y promesas de estudio, los cimientos del Tiempo y la Materia han comenzado a alzarse de nuevo.​
 
Última edición:

Guty

Reidor de gracias de los Admins
Registrado
24/1/12
Mensajes
2,056
Edad
34
El Misterio de la Cuna de Plata
Folio V

Trasgo (2).png

Hay lugares en Faerûn donde la luz parece detenerse para escuchar antes de tocar el suelo. El Salón de la Luna es uno de ellos. Al cruzar sus arcadas de piedra blanca, el bullicio mercante de la ciudad quedó atrás como un murmullo lejano, disolviéndose en el aroma a lirios secos, mirra y cera bendecida que perfuma los aposentos de la Dama de Plata.

Acudí con presteza, apoyándome en mi báculo de fresno tras el largo camino, respondiendo a la discreta llamada de la suma sacerdotisa Gwenaëlle Shade. Mas lo que aguardaba tras las puertas de la antigua enfermería no eran monjes meditando ni peregrinos fatigados. Eran sollozos. Pequeños, agudos e inquietantes llantos que resonaban con la extraña cadencia de un nido silvestre en medio de un santuario.

Al correrse el dosel de la estancia, la escena desafió todo lo que los tratados de botánica y zoología arcana describen sobre el orden del mundo. Una veintena de pequeñas criaturas —trasgos de las nieves de piel pálida como la escarcha de los Picos de las Nubes— gateaban, correteaban y se aferraban a las faldas de las novicias. Hacía apenas unas pocas decanas eran lactantes diminutos, desvalidos e incapazes de sostener la cabeza. Hoy poseían la agilidad motriz, la mirada despierta y la estructura ósea de infantes de casi siete inviernos.

(El tiempo no debería correr como un torrente desbocado por los cauces de la carne mortal), pensé, sintiendo el hormigueo familiar ascender por mi brazo mientras mis ojos de zafiro contemplaban a los pequeños. (Cuando los primordios de la vida se aceleran de este modo, o bien una chispa planar arde en su sangre, o bien una mano invisible ha retorcido las hebras del Telar para forzar una cosecha temprana).

Allí nos reunimos mentes de muy diversa cuna. El ilustre Sével Aseir Puestaluna, cuya presencia evoca la majestad inmemorial de los antiguos claustros élficos, alzó su vista hacia las corrientes invisibles del éter; sus ojos se tornaron de un zafiro fulgurante mientras su mente penetraba los secretos de la historia con una erudición que solo los siglos pueden forjar. Alexander Engendiel, siempre sereno y provisto de sus pergaminos sagrados de Oghma, tomó notas minuciosas de cada rasgo anatómico, buscando en los anales del conocimiento alguna anomalía similar. Y el señor Douma Douglas, en un prodigio de maleabilidad biológica que causó asombro entre los presentes, adoptó la forma misma de un trasgo adulto para sentarse en el suelo, apaciguar el recelo de los más tímidos con carantoñas y comprender desde dentro la naturaleza de su pulso.

Se habló de un cruce con gigantes, de linajes perdidos en las cavernas del norte y de viejos misterios. Mas la prudencia nos enseñó que la suposición es la antesala del error. Gwenaëlle dispuso sobre una mesa de caoba un cuenco de plata límpida, resinas aromáticas y una piedra lunar que destellaba con una lumbre azulada y fría. Junto a Alexander y los sacerdotes presentes, nos preparamos para interrogar a los Poderes Celestiales mediante el rito de la Adivinación: dilucidar si esta marea de crecimiento acelerado es un designio natural de estrellas desconocidas o una transmutación artificial impuesta a los inocentes.

Nos retiramos en silencio, dejando a los trasguitos bajo el velo protector de Selûne. La noche se cerraba sobre el templo, pero en nuestras mentes quedaba sembrada una certeza: aquellos pequeños no son una amenaza, sino un enigma vivo que reclama nuestra custodia y el rigor más puro de la verdad.​
 
Arriba