Guty
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En los anales de la Costa de la Espada está escrito que los destinos más luminosos rara vez nacen en palacios de mármol o bajo el tañido de trompetas doradas; con frecuencia germinan en el silencio de los rincones más humildes, allí donde el hilo invisible del destino aguarda en calma a ser descubierto por aquellos que aprenden a caminar en la penumbra.
Dicen los ancianos de la fe que la existencia de los mortales no es un río desbocado que se precipita al azar, ni una sentencia inmutable grabada en piedra fría. Es, en su verdad más honda, un tapiz en continuo movimiento. Cada alma que despierta bajo el firmamento de Faerûn recibe entre sus manos un ovillo de hebras dispares: hilos de gozo y de quebranto, de luz diamantina y de sombras espesas. Los insensatos miran los nudos del camino y claman contra el cielo, creyendo que la adversidad es un castigo ciego; mas quien contempla La Urdimbre con la mirada limpia del recogimiento comprende que en el reverso de la tela los hilos oscuros son tan necesarios como los de oro para que el dibujo final adquiera relieve, profundidad y majestad.
El destino jamás se manifiesta en la complacencia del reposo, sino en el modo en que el espíritu responde cuando el cántaro de la vida se quiebra en pedazos. Hay quienes, al ver rota la vasija de sus afectos, se entregan a la ceniza y permiten que el rencor congele su sangre, buscando en el poder un látigo para vengar su herida sobre el mundo. Pero la verdadera transmutación —aquella que trasciende la alquimia de los minerales y roza el misterio supremo de la Dama— es la que acontece en el sanctasanctórum del corazón: tomar el dolor más acerbo, despojarlo de la amargura y transformarlo en una fuente inagotable de piedad y amparo. Quien ha conocido el frío absoluto de la pérdida no busca quemar los valles; busca encender una lámpara en cada encrucijada para que ningún otro caminante vuelva a tropezar en la noche.
Bajo el velo del cosmos, toda materia guarda un anhelo secreto de retorno a la armonía. Los primordios que componen la roca, el viento y la carne de los hombres no fueron concebidos para la soberbia ni para la discordia, sino para vibrar en equilibrio al compás de la gracia creadora. El estudioso que comprende esta verdad abandona para siempre la pretensión de doblegar la realidad por la fuerza; sabe que las fortalezas más imponentes de basalto terminan devoradas por la arena y que los títulos de gloria son apenas hojas secas arrastradas por el viento de las eras. El verdadero señorío del Arte no consiste en hacer temblar la tierra con truenos, sino en aprender a inclinarse ante ella con la humildad del sembrador, sirviendo de cauce para que el agua halle el surco sediento y la palabra justa devuelva la calma al afligido.
Así acontece el misterio de los días: los años pasan como nubes sobre las cumbres de las montañas, los senderos se bifurcan hacia orillas lejanas y los rostros de la juventud van madurando bajo el sol y la lluvia, pero el propósito original permanece intocado en el centro del pecho. No importa cuán larga haya sido la travesía por el desierto ni cuántas heridas hayan marcado el báculo del peregrino; mientras la llama azul de la devoción arda pura y las manos se ofrezcan para recomponer lo que está quebrado, ningún paso se habrá dado en vano. Pues al final de todos los caminos, cuando los grimorios se cierren y las estrellas de la noche den paso a la alborada eterna, no seremos medidos por el ruido de nuestras proezas, sino por la luz que fuimos capaces de sembrar en medio de la oscuridad del mundo.
La luz sólo tiene sentido en relación con la oscuridad, y la razón presupone el equívoco. Son estos opuestos combinados los que pueblan nuestra vida, los que la hacen vibrante, embriagadora. Sólo existimos en términos de este conflicto, en la zona donde el blanco y el negro colisionan.
Dicen los ancianos de la fe que la existencia de los mortales no es un río desbocado que se precipita al azar, ni una sentencia inmutable grabada en piedra fría. Es, en su verdad más honda, un tapiz en continuo movimiento. Cada alma que despierta bajo el firmamento de Faerûn recibe entre sus manos un ovillo de hebras dispares: hilos de gozo y de quebranto, de luz diamantina y de sombras espesas. Los insensatos miran los nudos del camino y claman contra el cielo, creyendo que la adversidad es un castigo ciego; mas quien contempla La Urdimbre con la mirada limpia del recogimiento comprende que en el reverso de la tela los hilos oscuros son tan necesarios como los de oro para que el dibujo final adquiera relieve, profundidad y majestad.
El destino jamás se manifiesta en la complacencia del reposo, sino en el modo en que el espíritu responde cuando el cántaro de la vida se quiebra en pedazos. Hay quienes, al ver rota la vasija de sus afectos, se entregan a la ceniza y permiten que el rencor congele su sangre, buscando en el poder un látigo para vengar su herida sobre el mundo. Pero la verdadera transmutación —aquella que trasciende la alquimia de los minerales y roza el misterio supremo de la Dama— es la que acontece en el sanctasanctórum del corazón: tomar el dolor más acerbo, despojarlo de la amargura y transformarlo en una fuente inagotable de piedad y amparo. Quien ha conocido el frío absoluto de la pérdida no busca quemar los valles; busca encender una lámpara en cada encrucijada para que ningún otro caminante vuelva a tropezar en la noche.
Bajo el velo del cosmos, toda materia guarda un anhelo secreto de retorno a la armonía. Los primordios que componen la roca, el viento y la carne de los hombres no fueron concebidos para la soberbia ni para la discordia, sino para vibrar en equilibrio al compás de la gracia creadora. El estudioso que comprende esta verdad abandona para siempre la pretensión de doblegar la realidad por la fuerza; sabe que las fortalezas más imponentes de basalto terminan devoradas por la arena y que los títulos de gloria son apenas hojas secas arrastradas por el viento de las eras. El verdadero señorío del Arte no consiste en hacer temblar la tierra con truenos, sino en aprender a inclinarse ante ella con la humildad del sembrador, sirviendo de cauce para que el agua halle el surco sediento y la palabra justa devuelva la calma al afligido.
Así acontece el misterio de los días: los años pasan como nubes sobre las cumbres de las montañas, los senderos se bifurcan hacia orillas lejanas y los rostros de la juventud van madurando bajo el sol y la lluvia, pero el propósito original permanece intocado en el centro del pecho. No importa cuán larga haya sido la travesía por el desierto ni cuántas heridas hayan marcado el báculo del peregrino; mientras la llama azul de la devoción arda pura y las manos se ofrezcan para recomponer lo que está quebrado, ningún paso se habrá dado en vano. Pues al final de todos los caminos, cuando los grimorios se cierren y las estrellas de la noche den paso a la alborada eterna, no seremos medidos por el ruido de nuestras proezas, sino por la luz que fuimos capaces de sembrar en medio de la oscuridad del mundo.
La luz sólo tiene sentido en relación con la oscuridad, y la razón presupone el equívoco. Son estos opuestos combinados los que pueblan nuestra vida, los que la hacen vibrante, embriagadora. Sólo existimos en términos de este conflicto, en la zona donde el blanco y el negro colisionan.
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