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Espejismos y sabiduría.

Vinter

Elfo que no discute
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I – Empezando por el principio

“La pista se ha enfriado, y no es esperable encontrar rastros a menos que cometan un paso en falso. La herejía de Sol Ascendiente no ha pasado desapercibida en ningún rincón de los lugares de la Costa de la Espada ni las Tierras de la Intriga que yo haya visitado; los creyentes de Lathander se encuentran en un cisma perpetuo desde Amn hasta Luskan, y cada vez son más los que veneran al Sol Dorado, y menos al Señor de la Mañana; cuando no confunden completamente sus dogmas. Pero no voy a hacer una diatriba del campesinado promedio, no es su trabajo el entender los credos, es nuestro el transmitirlo.

Sugiero, hermano Thadeus, que transmita estas palabras a los Portadores del Alba, puesto que por más que nuestro feudo con los conversos sea puramente una cuestión religiosa, no podemos permitir que nuestra fe caiga en la confusión y el olvido.

Me mantendré atento a posibles señales de vida de los ladrones de las reliquias, como me habéis pedido.

De Thorolund.”


Garret permaneció con la pluma entintada sobre el pergamino, sobre aquel último punto y final tras la firma con la que ya se había habituado a sellar todas las cartas que escribía al Monasterio desde cualquier rincón de Faêrun en el que aterrizase. Los ojos viridianos se mantuvieron quietos durante varios instantes sobre el pergamino amarillento, al tiempo que el crepitar de la antorcha en un lado de la celda que le servía de habitación en la Cúpula Rosa era prácticamente su única compañía aquella noche. La habitación era sencilla, adecuada para un monje. Paredes desnudas de granito, una esterilla de esparto que servía las veces de alfombra, una cama, que, si bien era estrecha al menos era cómoda para asegurarle un buen descanso, un maniquí que le servía para colgar la túnica y sus ropas de viaje, y un escritorio sobre el que descansaban múltiples pergaminos, sellos de lacre y tinteros, junto a una pequeña estantería con libros.

Estaba allí por elección propia, en un ejercicio de disciplina. Los Portadores del Alba de la Cúpula le habían ofrecido las habitaciones comunes, habitaciones privadas al ser un miembro del Alma Solar, pero Garret había elegido las celdas como su residencia la mayor parte del tiempo, alegando que le ayudaba a mantener la disciplina el llevar una vida humilde y sin grandes lujos. Ninguno de los Portadores le impuso la elección; ni tan siquiera Lara, que a veces se mostraba estupefacta ante su elección de habitáculo, habían tratado de disuadirle, quizás porque probablemente era la forma de vivir de Garret y no una especie de penitencia autoimpuesta.

De Thorolund.

Una máscara. Un nombre para alguien que se suponía no existe, un pseudónimo para mantener a salvo a más gente de la que a él le hubiera gustado, pero que adoptó para sí mismo, en una floritura poética. La familia De Thorolund fue en su día una gran familia noble de la Alianza de los Lores, caída en desgracia por las intrigas palaciegas y las falsas acusaciones, solo descubriendo aquel daño cuando todos sus miembros ya habían pasado por el cadalso de la horca y sus pies colgaban a diez palmos del suelo de las ramas de un roble.

Así que había escogido aquel nombre. No se había permitido pensar sobre su apellido original desde que había puesto sus pies en el Monasterio del Alma Solar en Aguas Profundas, sabiendo que cuanto antes desterrase su antiguo yo de su memoria, antes le dejarían de doler los recuerdos y dejaría de echar de menos a sus hermanas y a su madre. Aquella era su penitencia, no el vivir de forma humilde, ni el carecer de posesiones caras. Todo lo que él era, todo lo que necesitaba, era una vida simple y llena.

Su penitencia era perder el núcleo de lo que hacía la vida simple y llena.

Garret dejo escapar un suspiro, tanto a través de sus fosas nasales como de la boca y se incorporó. Echó algo de lacre sobre el pergamino enrollado, y puso el sello. Luego abrió la puerta de su celda, dejando el pergamino en la cesta para los mensajeros que había en el pasillo. Se quitó la casaca y la puso sobre el maniquí. Se miró, entonces, las costillas. Era delgado, pero estaba en buena forma. Los músculos estaban estilizados y no abultaban tanto como los de un guerrero al uso. Había perdido mucha masa con los años, pero no le importaba. Había descubierto que el ser ágil y rápido le servía tan bien como la mejor de las espadas o la armadura más regia. La marca del hierro candente seguía ahí, impresa contra el costillar en una cicatriz retorcida. Presionó los labios y entonces se puso la túnica para dormir. No le dedicó muchos más pensamientos, y entonces simplemente se postró en el camastro, cerrando los ojos mientras el crepitar de la antorcha le acompañaba en su vigilia.

Tenía, a fin de cuentas, que levantarse muy temprano.


***​

—¡Garret, Garret! ¡Mira, mira! – La voz de una jovencita se dejó escuchar por el patio del caserón de la familia en el rural de Argluna. Un joven Garret, de no más de catorce inviernos, se encontraba blandiendo una espada larga frente a uno de los múltiples soldados de la familia, blasonado con el emblema de ésta, en una pose de práctica de defensa. La torre con la espada, en un fondo rojo con hilo de oro. Era una familia rica, militar. El patriarca, Jeremiah Wintersun, era un reconocido caballero de la mañana, que había adquirido el rango de noble a través de un afortunado amor con la hija de un noble, que dio sus bendiciones por la valentía del caballero. Y de ahí, salieron sus hijos. Garret, el mayor. Mia, Lily y Marie, sus hermanas en orden.

Garret vivía con una gran presión. Era el único varón de los Wintersun, pero siempre había conseguido complacer las expectativas de su padre. Era un joven disciplinado, dedicado a sus entrenamientos, aunque el protocolo se le daba todo lo mal que se le podía dar a un joven cuyo padre era un campesino con espada. Pero se esforzaba. La diplomacia no era lo suyo, las intrigas le agotaban. Mejor dicho, le agotaba tener que fingir ser aquello que no era. Pero luego, cuando él cazaba una intriga, el sagaz joven de ojos verdes y pelo rubio era como un gato con un ratón. Agarraba al mentiroso, le daba vueltas dialécticamente, lo chinchaba, le molestaba, hasta que éste desvelase sus intenciones, normalmente en un arrebato de ira.

Era un pequeño placer prohibido que él había desarrollado pues, cada vez que lo hacía en alguna fiesta de la alta sociedad, se ganaba la reprimenda de su señor padre. Aunque luego le felicitaba por su intelecto rápido.

—¿Garret? -La voz de Mia volvió a escucharse, esta vez mucho más cerca, dentro del patio de armas del caserón. Rompiendo su concentración, Garret bajó la espada, recibiendo entonces un golpetazo de la espada de prácticas de su compañero, justo en el yelmo. Clonc.

—¡Ay! ¡Por el amor de la Mañana, Thomas, eso duele! -El adolescente se quejó, con el yelmo medio encajado en su cabeza. Con un tirón, Garret volvió a colocarse el capacete, refunfuñando.

—¡Nunca bajes la guardia hasta que termine el entrenamiento, joven señor! -El soldado contestó, y entonces se rio con suavidad. —Atended a vuestra hermana.

—Eso iba a hacer, antes de que me arreases con ese hierro. -El muchacho replicó, gruñendo mientras se giraba hacia Mia. Tenía once años, y era la hermana del medio. Bueno, técnicamente tanto Lily como ella eran las hermanas del medio, pero Mia era la que iba a continuación de él. —¿Qué pasa, Mia?

La niña se rió con una risilla aguda, típica de las jóvenes nobles. Mia siempre tuvo mejor maña que él con las costumbres nobiliarias, y por eso era la niña de los ojos de su padre.

—¡He encontrado un libro nuevo! -Orgullosa, la jovencita sacó de detrás de ella un pesado libro encuadernado en tapa dura, cuyo fieltro había sido grabado con cincel de curtiduría al rojo, dejando unos relieves muy concretos. —¿Quieres leerlo conmigo? ¡Sé que te gusta más que ese aburrimiento de la esgrima!

—La esgrima no es aburrida. -Replicó él. No lo era, era probablemente una de las pocas cosas que le gustaban de ser noble. Las clases de combate, aunque odiaba llevar armadura. Le entorpecía y le hacía sentir que era excesivamente lento. Ahora bien, ¿blandir la espada? Eso se le daba bien. Golpear, buscar las rendijas en la armadura del enemigo. Mia se llevó las manos a las caderas, colocándolas en jarras. Garret suspiró. —Vale, leeré ese libro contigo.

Tenía que admitir que le gustaba más leer libros, adquirir conocimientos y aprender sobre lugares muy lejanos, que la mayoría de diatribas centradas en Argluna, los problemas del Espinazo del Mundo y la economía local. Le hacían pensar que el mundo era mucho más grande que aquel pequeño pedazo de feudo en el que habían sido confinados y que tenían que administrar. Su padre se oponía de plano que algún día Garret querría partir por su cuenta a buscar aventuras como hizo él en su época, pero poco podía hacer el patriarca por detener a su primogénito, pues sabía que al igual que él, Garret había heredado el ansia de conocimiento y aventuras. Lo cual hacía que muchos nobles de Argluna se cuestionasen el futuro de los Wintersun, más como una mala gripe que tardaría en pasar, que como una casa noble en sí misma.

Porque era cierto, los Wintersun eran una espina en el culo de la mayoría de nobles rurales. Donde muchos de ellos acostumbraban a ser meticulosos, intrigantes y avariciosos, los Wintersun preferían la estrategia de la reinversión de los diezmos en adquirir tropas mejor equipadas y entrenadas, en pagar a sus campesinos un dinero que les daría para dejar que sus reses prosperasen y los campos tendrían mejores cosechas -lo cual en un clima tan frío como el de Argluna era un logro- y en general, no solían mandar recaudadores armados.

Eso sentaba como un jarro de agua fría a muchos barones menores, que los querían ver derrumbarse como una torre que se había erigido demasiado alta. Y Garret eso lo sabía, y le asustaba. Una cosa eran los combates en el campo abierto, donde podías ver quien venía armado y con intenciones hostiles, pero tenías tropas a tu lado. Un guerrero que te cubría, arqueros que diezmaban las líneas que atacaban por el frente. Pero en la corte las intrigas no sabías quién era tu amigo, ni quién tu enemigo. Eras tú contra el mundo. Y eso le aterraba.

—¿Sabes de qué trata? -Preguntó ella con una sonrisa amplia. A diferencia de él, que había heredado el pelo rubio de su padre y los ojos verdes de su madre, Mia había heredado lo contrario: Un pelo negro como el plumaje de un cuervo, heredado de su madre, y unos intensos ojos cerúleos. Garret negó con la cabeza, mirando el grabado del libro. No tenía ni idea, el grabado era puramente ornamental. —¡Cocina!

—¿Cocina? – El rubio se echó a reír. —¡Pero eso es cosa de sirvientes!

—¡Puede ser, pero es divertido! ¿Sabías que los bollos se pueden rellenar de casi cualquier cosa? ¡Imagínate! ¡Podemos meter kale en los bollos de la próxima recepción de los Kesselia y no dormirán en toda la noche! -Una nueva risilla traviesa provino de la jovencita, que se tapó la boca como dictaba el protocolo, para no enseñar los dientes. Mia siempre fue bastante revoltosa, y traviesa. A Garret le alegraba el día, le recordaba que, pese a su posición, seguían siendo al final del día, niños.

—Eres una intrigante, tú. -El joven sonrió, divertido con la idea. No la desechó. Se preguntaba cómo de difícil sería hornear un bollo en las cocinas de las sirvientas. Claro que muchos verían aquello como una tarea indigna, pero a él le divertía la idea. No era como si él fuera el noble más ortodoxo tampoco. Le gustaba ensuciarse las manos, el horadar en bibliotecas durante luengas horas, desempolvando plúteos olvidados de la mano de los dioses y rescatando tomos que largo ha habían perdido su utilidad para el mundo moderno. Eran tareas más dignas de un erudito o un mago, un escriba o un mayordomo, pero a él le gustaban. Era un joven de gustos muy diversos, y muchos de esos gustos hacían que el ceño de su padre se frunciera, pero no solía decir nada en contra de ello. El joven cumplía con sus obligaciones, y eso era suficiente.

—¡Garret! Oh, hola Mia, hija mía. -La voz de Jeremiah se dejó oír en la entrada del caserón, al tiempo que la puerta crujía cuando éste tiró del porte y la hoja dio lugar al interior. Era un edificio grande, pero más útil que hogareño. Construido en una mezcla de madera, piedra, barro y paja, el caserón tenía más de veinte habitaciones, y una empalizada de piedra mampostera alrededor, que si bien no serviría para lidiar con un asedio, era suficiente para mantener a raya a los bandidos y a los orcos que a menudo bajaban de las montañas. Un barracón en un lado contenía a los soldados apostados en la casa, aproximadamente unos treinta, mientras los demás se encontraban apostados a lo largo del valle. La familia tenía en total unos setecientos soldados profesionales, más mercenarios, y aquellos que se ofrecieran en el reclutamiento de leva. Normalmente, eran capaces de amasar más de dos mil tropas en el esfuerzo conjunto. Palidecía ante naciones como Cormyr, pero era un pequeño feudo en el norte septentrional. Y eran hombres y mujeres bien entrenados, que mostraban su valía con sangre y esfuerzo.

Jeremiah era un hombre enorme. Incluso bien entrados sus cuarenta años, medía tranquilamente cerca de los dos metros de altura, sus hombros eran anchos y su presencia irradiaba gloria caballeresca. Era el ideal de lo que un guerrero en su momento querría llegar a ser, sin lugar a dudas. Pero era un ideal que Garret sabía que él no podría alcanzar. La maestría con armas de su padre era algo que le parecía increíblemente lejos de su alcance, por no hablar de aquella capacidad de aunar a la gente… De la que Garret realmente, carecía. No era el joven más elocuente, ni le gustaba hablar ante multitudes. Su forma de demostrar cosas no era con palabras, si no con actos, y normalmente eran humildes.

—Padre. -Garret se giró, aun embotado en el uniforme de prácticas, y se acercó a él. El Caballero de la Mañana miró a su hijo, y la forma en la que tenía encajado el yelmo, esbozando una sonrisilla divertida. Garret respondió, habiendo leído la expresión del caballero de inmediato. Era una de las mejores virtudes de Garret. Era capaz de captar las intenciones de la gente al vuelo por puro instinto. —Sí, Thomas me ha pegado en el yelmo cuando llegó Mia.

—No puedes permitirte distraerte mientras tienes una espada en las manos, chico. -Dijo su padre, palmeándole el hombro. —En un entrenamiento vale, pero ahí fuera puede ser tu fin si te desconcentras.

—Lo… Lo sé. -Garret carraspeó. —¿Ocurre algo?

—Me ha llegado una misiva de tu tío Ulf. Está viniendo de camino. -Aquello levantó todas las alarmas de Garret. Notó una gota de sudor frío recorriéndole la espalda, y entonces dio un respingo. —Lo sé, a mí tampoco me gusta. Además se ve que se trae a tus primos, y… A su cohorte personal.

—Esto no me gusta, padre. -Dijo Garret. —Es un intrigante, y un taimado. No nos podemos fiar de él.

—Lo sé. Pero no nos queda otra, es a fin de cuentas, familia de tu madre. -Garret dejó ir un largo suspiro.

—¿Cuándo llegará?

—Pues… -Un cuerno lejano se dejó oír, al otro lado del valle. Teniendo la posición de ventaja de aquella colina, Garret, Mia y Jeremiah echaron un vistazo hacia el paso proveniente del río, que separaba otro de los feudos contiguos. Una hilera de hombres en uniforme negro, gris y azul caminaban escoltando un grupo en carretas y caballos. Eran como una mancha sobre el verde del valle. Una mancha de alquitrán mal hervido, pensó Garret. —Allí están. Mucho más temprano de lo que yo me esperaba.



***


Garret abrió los ojos nuevamente. Miró al techo de la celda, mientras los rayos del amanecer se filtraban por la pequeña rendija que daba paso al distrito de la gema, donde estaba localizada la Cúpula Rosa. Empezaba a escuchar a los tenderos abrir los tenderetes, y a los mensajeros ir y venir corriendo para dar órdenes a la guardia, las órdenes de caballeros y repartir envíos y encargos.

—No debí bajar la guardia con Ulf. -Dijo para sí, antes de incorporarse y quitarse la túnica.

Era un nuevo día. Había que aprovecharlo.
 

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II – Disciplina


Las botas de cuero sonaron a través de los caminos de tierra batida cercanos a Gambiton. La gente todavía no se había levantado para sus quehaceres diarios, y el sol aun estaba anunciando su despertar por el este. El horizonte, que hacía unas horas había sido bañado por la luz de luna, el crepitar de antorchas y de los faroles de aceite de los caminos de la Ciudad de la Moneda y sus alrededores, había sido ahora reemplazado por una tímida línea rosa y naranja que empezaba a pintar el cielo oscuro y sus estrellas plateadas del que sería el azul cielo que anunciaba el inicio de una nueva jornada. En la próxima media hora, el disco dorado de Lathander empezaría a refulgir a través de las colinas de la Costa Norte de Athkatla desde el Alandor, bañando la abadía de Agujas de Oro con el carácterístico tono fulgúreo que tanto gustaba a Waukeen cuando la luz impactaba sobre el metal áureo.

Era una extraña forma de armonizar dos elementos que nada tenían que ver entre ellos, pero que era poética a su modo, dentro de la retorcida lógica amniana. O eso pensaba Garrett mientras corría en su entrenamiento matutino. Todas las mañanas se despertaba antes del amanecer, y echaba a correr durante varias horas hasta que los mercados abrían y él podía ir a negociar el precio de la harina y los ingredientes de sus bollos. Había llegado un punto en el que el monje había pensado incluso en comerciar con ellos, pero luego veía la felicidad en los ojos de sus amigos cuando les arrojaba un bolsón con la repostería, y se le pasaba la idea. Ganaba suficiente oro con la alquimia y con sus idas y venidas de aventurero para comprar los ingredientes y cocinar. No necesitaba mucho más. Su equipo de aventura no era si no un fin para mejorar sus habilidades. Las sonrisas de Kastan, Lara, Alexander y Thomas – o el apuro de Evelyn cuando le daba demasiada comida – eran suficiente incentivo para él para seguir haciendo aquello. Incluso aunque se “quejase” de que tenía demasiada competencia con Gambiton, San Annur y otros reposteros de la propia ciudad, pero lo cierto es que disfrutaba de aquello.

1788174173333.pngLas ropas que portaba aquella mañana eran holgadas y cómodas, a excepción de las botas y el pantalón, que estaban ajustados para asegurar que sus movimientos fueran fluidos, la túnica de sobrevesta larga tenía las mangas amplias, dejando sus hombros y sus codos libres antes de cerrarse con los brazales de combate en las muñecas. Era una mezcla entre lo práctico y lo cómodo, que lejos de ser elegante o vistoso, era útil. Y eso era lo que más le importaba. Y si bien le servían como prenda todoterreno, aquella en concreto, con la sobrevesta roja y el escapulario sobre sus hombros le servía para entrenar antes de tener algo de vida social.

Muchos lo calificaban de rígido en esa costumbre – incluso entre algunos caballeros de la mañana que gozaban de rezar en el amanecer -, pero para él aquel entrenamiento matutino era su forma de rendir pleitesía al Señor del Alba, y a su vez, le servía como meditación. Pues su concentración iba en cada paso, en cada respiración. La respiración circular oxigenaba su sangre y su cerebro, le mantenían atento, mientras él prestaba atención al aquí y al ahora. Podía sentir el Ki en cada miembro, en cada hueso, en cada músculo, por cada latido de su corazón envolviendo todo su ser. Muchos monjes tenían un vínculo con el Ki infinitamente más desarrollado que el de él, pero no le importaba. Él había llegado tarde a entrenar a la Orden y por tanto su formación era más exigua, pero aun con todo había aprendido a sentir el Ki y a cultivarlo a su manera. La meditación pasiva, aunque no se le daba mal, era insuficiente. La meditación a través de la disciplina y el entrenamiento, sin embargo, eran su especialidad. Era una forma más de sentirse vivo y rendir a pleno pulmón.

Uno de sus pasos se desincronizó. Notó que el terreno se había descompensado, y que el paso dejó de ser uniforme: Un bache. Un posible tropiezo, pero en lugar de eso, no movió la pierna. Dejó el empeine estirado, y esperó a notar que su peso caía sobre la superficie irregular y curvada del socavón, antes de impulsarse nuevamente. El reflejo activo le dio un nuevo impulso para seguir corriendo y reanudar la marcha con su ritmo constante.

***​

—¡Larga vida a los Wintersun! -La voz estridente de uno de los guardias en medio del jaleo de la celebración, días más tarde de la llegada de su tío Ulf, su familia y su cohorte de hombres. Los motivos que habían dado a Garret le parecían como poco sospechosos. En verdad, el joven había notado en la expresión de su padre que tampoco se tragaba las excusas de Ulf. Había algo extraño en todo aquello. Era cierto que su feudo daba paso a los pasos del norte de Argluna, donde solían bajar las tribus de orcos y ogros a guerrear durante el invierno, pero siempre los habían mantenido a raya con un buen número de hombres y una estrategia de defensa conservadora. Rara vez quedaban suficientes saqueadores para poder aprender de las estrategias sofisticadas de los señores de aquellas tierras, y los que volvían rara vez solían ser lo bastante listos como para haber aprendido nada del asalto anterior y lo que condujo a decenas de sus congéneres a las puertas del reino del dios tuerto. Y desde luego, nunca necesitaron a los hombres de Ulf para aquella tarea por desagradecida que fuera. Entonces, ¿por qué ofrecían a sus hombres ahora?

Aquel movimiento inesperado tenía tanto a Garret como a su padre en un limbo de tensión. Pero eso no era motivo para ser malos anfitriones. Aprovechando los últimos coletazos del verano, Jeremiah convocó un gran festín para el pueblo, los soldados y los invitados. Se repartió comida y se realizaron celebraciones a lo largo y ancho de los pueblos que conformaban el feudo. La guarnición ahora contaba con solamente un cuarto de sus hombres en vigilia, mientras los demás descansaban, y para ser justos, la celebración se postergó dos días más para que todos los centinelas tuvieran la oportunidad de disfrutar de las celebraciones. Sin embargo, muchos de los hombres de los Wintersun parecían, a su vez, compartir el malestar de sus lores. Aunque celebraban y bebían, la mayoría solían tener en el rabillo del ojo a los hombres de Ulf, con sus uniformes negros y azules permanentemente sobre sus hombros, vigilados. Algunos se habían colocado estratégicamente de tal manera que no hubiera demasiada separación entre ellos y los escuadrones de hombres del susodicho.

—¿No crees que es demasiado tiempo de celebraciones? -Preguntó Garret a su padre en un murmullo. Ambos se habían sentado en la mesa que presidía el gran salón de la casa, donde un gran brasero de seis metros de longitud y dos de ancho contenía múltiples cerdos siendo asados sobre las brasas, mientras los sirvientes de la casa los sazonaban diligentemente y cortaban su carne para ir sirviéndolos a los comensales. —No entiendo tal movilización. Tienen su propio flanco que defender, de las tribus de los Uthgardt, ¿por qué vienen aquí?

—No lo sé. -Admitió el Caballero de la Mañana mientras daba un trago de su copa de vino. —Pero cuchichear así nos pone en un punto complicado, hijo. No estamos tan lejos de tu tío y tus primos como para permitirnos esta clase de conversaciones.

—Lo sé. -Garret tragó saliva mientras se llevaba un trozo de carne a la boca y lo masticaba lentamente, pero con cierta ansiedad. Aquella situación le tenía de los nervios. No le gustaban sus primos. Eran abusones y taimados, les gustaba demasiado pelear, y no en un sentido deportivo. Buscaban la más mínima excusa para montar trifulca y maltratar a quien consideraban más débil. Eran poco menos que bárbaros, y aun así un bárbaro tenía algo de sentido del honor, aunque fueran unos salvajes. Ellos no. Si podían hacer trampas en algo, lo harían, porque el fin justificaba los medios. Era algo que no comprendía. Cómo era posible que su madre fuera alguien tan bondadosa, pero su hermano fuera un desgraciado.

La mano delicada de una mujer se posó sobre su hombro. Su madre se había levantado de la diestra de su padre y había colocado su palma sobre los hombros de sendos varones. Vestía con un vestido largo de tono verde oscuro que complementaba su cabello negro como la obsidiana y sus ojos verdes. Era tan largo, que la cola se arrastraba por el suelo, y aun así su madre poseía la gracia suficiente para moverse con él y hacer que el vestido pareciera ser una extensión más de ella.

—Necesitáis relajaros. -Les dijo con dulzura mientras se agachaba un poco. Era una mujer alta, no tanto como Jeremiah, pero era mucho más alta que la mayoría de mujeres. Casi era como una torre coronada por un largo pelo negro rizo. —Los dos. Sé que mi hermano es difícil de tratar, y sus hijos no son…

—¿Ejemplos de virtud? -Garret dijo. Su madre le soltó una suave colleja. —Ay.

—Lo has dicho tú, no yo. -Ella respondió con una sonrisilla, pese al correctivo que tuvo que dar a su primogénito. Era un correctivo discreto, pero un correctivo a fin de cuentas.

—Mejor él que nosotros dos, Dagny. -Contestó su padre mientras él observaba el panorama general, recostado en la silla de respaldo alto. —¿Has hablado con mi cuñada?

—Tan sosa como siempre, querido. -Dijo ella con un suspiro, seguido de un encogimiento de hombros. —No sé si se hace la tonta o genuinamente no sabe o no quiere saber qué se trae Ulf entre manos.

—Bueno, todos sabemos que Ulf no se casó con ella por su gran intelecto. -Jeremiah contestó. Y entonces fue él quien se llevó el correctivo por parte de su mujer. —¡Oye!

—De tal palo tal astilla, vaya par de dos. -Dijo la mujer antes de sentarse de nuevo junto a sus hijas, aunque su fingida indignación se vio traicionada por una sonrisilla que asomó por la comisura de sus labios. Garret sonrió para sí al ver aquella sonrisilla, sabiendo que no era el único que no se fiaba de las intenciones de Ulf. Sus pensamientos más relajados se vieron interrumpidos cuando escuchó el sonido de la cerámica romperse y entonces se levantó. Miró hacia el fondo entonces, y pudo ver la figura de uno de sus primos agarrándole el brazo a una de las sirvientas.

—¡Mira lo que has hecho, cerda idiota! -Garret se levantó entonces por puro instinto. A su padre ni siquiera le dio tiempo a sentarle. Una sirvienta joven parecía haber derramado algo de vino al servir la copa. Muy probablemente por un empeyón que le habría dado Dayne. Dayne era un cretino con carrera, título y certificación por la iglesia de los reverendos gilipollas. Un chico de su edad, grande como un buey, mezcla de músculo y grasa, pero en unas proporciones que le hacían ser más fuerte que la mayoría, incluso que algunos hombres entrenados. Y era, casualmente, de sus primos, el que menos tragaba. Garret se apresuró en correr hacia él. El salón de invitados enmudeció de pronto, y entonces el joven rubio llegó hasta Dayne. Le agarró el puño contrario justo cuando iba a sacudir un puñetazo a la joven sirvienta.

—Suéltala, Dayne. -Dijo él con firmeza, aunque pudo notar que le temblaban las piernas. Su primo le daba pavor. Era un salvaje. Un bruto. Y sabía que él no estaba a la altura físicamente para plantarle cara sin armas. Garret era más hábil que él y más rápido, pero en fuerza bruta salía perdiendo por mucho. Dayne le miró fijamente, con una mirada que irradiaba desprecio.

—Me ha manchado el uniforme, primo. En mis tierras eso merece un castigo. -Dijo el grandullón. —¿Me vas a quitar eso?

—Sí. Porque estas no son tus tierras. -Replicó él, tragando saliva. Garret escuchó varias sillas echarse hacia atrás, y por el rabillo del ojo pudo ver cómo su padre se puso de pie. La situación se empezaba a caldear.

—No me importa. Es mi derecho el castigar a quien me plazca. -Dijo él mientras apretaba la muñeca de la sirvienta. La joven emitió un chillido de dolor mientras balbuceaba un constante ‘lo siento’, aterrada por la acción del grandullón. —¡Y tú no lo vas a impedir!

—¡Suéltala de una vez, gordo seboso! -Garret vociferó, generando que el ambiente se congelase por un instante. Y aunque la osadía de Garret probablemente forjó sus propias consecuencias, tuvo el efecto que el rubio deseaba. Soltó la muñeca de la sirvienta. La joven salió corriendo tras haber tirado el jarrón de metal a un lado, lloriqueando, y fue entonces cuando Dayne propinó a Garret un puñetazo en toda la cara. No se lo esperaba. El mundo dio vueltas y el rubio pudo notar cómo el dolor sordo de su nariz aplastada le empezaba a invadir la mente. Cayó sobre el suelo de piedra, y múltiples sillas se arrastraron de pronto. Escuchó el sonido de espadas desenvainarse entonces, y un grito de su padre llamando a la calma, pero eso no detuvo a Dayne. Un nuevo puñetazo cayó sobre Garret, dejándole mareado y aturdido, pero entonces un agarrón en su cuello lo sacó de su estupor. Pataleó. Notó cómo le empezaba a faltar el aire, la angustia de su nuez siendo hundida por las manos de aquel subproducto de orco de piel pálida. Le golpeó con la rodilla varias veces, pero entonces notó que llevaba armadura. Ese desgraciado había calculado aquello. Buscó con su mano algo, ¡cualquier cosa! Para defenderse. La visión se le estaba oscureciendo y tornando rojiza al tiempo que notaba que se quedaba sin aire en los pulmones. Y entonces pudo agarrar algo. No supo qué era en ese momento, pero le serviría. Tenía que sacar fuerzas de alguna parte y emplear aquello que había agarrado. Era un asa, no tenía muy claro de qué.

Notaba el sabor de la sangre en su garganta. Tenía que terminar con aquello ya. Blandió lo que fuera que encontró, directo a la cabeza de Dayne. Hubo un estallido metálico, seguido de un aullido del sobredimensionado zagal, que cayó a un costado mientras farfullaba por el golpe. La visión de Garret volvió a la normalidad, aunque el dolor se volvió mucho más punzante y presente. Le había dado un golpe con la jarra de vino que había arrojado la sirvienta a un lado, y le había abierto una brecha en la cabeza.



—¡Ya basta! ¡Ulf, retira a tu maldito hijo o haré que lo lleven preso! -Jeremiah vociferó mientras Garret escuchaba las grebas de su padre dirigirse donde él, y los pasos pesados de su tío Ulf, un hombre de casi dos metros diez, yendo a su encuentro.

—¡O si no, qué! ¡Tu sirvienta lo ha provocado todo, igual que el necio de tu hijo por defender a un ser inferior! -La voz del norteño era profunda y potente, despótica por derecho propio.

—¡Retíralo de una maldita vez, estas no son vuestras tierras y vuestro códice negro puede irse al infierno si así lo pensáis! -Jeremiah vociferó nuevamente. Dayne se recuperó del golpe, y entonces intentó abalanzarse nuevamente sobre Garret. Garret esta vez respondió. Vio el puño venir y entonces agarró su muñeca, desviándolo con rapidez. No era tan fuerte, pero sabía leer perfectamente a sus rivales, y Dayne era uno particularmente fácil de leer cuando estaba encarado con él. Y entonces contraatacó. Garret estiró su brazo y golpeó nuevamente con la jarra, pero esta vez en su codo. Se escuchó un chasquido de huesos al partirse, y entonces Dayne empezó a gritar y a llorar. No muy distinto de un cochino siendo sacrificado el día de matanza. Y entonces Garret notó un golpe en su cara nuevamente. Ulf le dio un bofetón, lo bastante fuerte como para tirarle hacia atrás, casi hasta donde estaba su padre. Jeremiah le recogió lo mejor que pudo y ayudó a incorporarse. Garret notó el dolor persistente de su nariz.

—Yo que tú me plantearía lo que has dicho, patético campesino venido a más. -Ulf siseó mientras su hijo seguía gruñendo, medio fuera de sí por el dolor del codo destrozado. —Esto no quedará impune.

—¡Tu puñetero hijo casi me mata, tío! -Garret gritó, escupiendo sangre a un lado. Tenía la nariz medio aplastada y el uniforme mancado de sangre. —¡Y venía a por más! ¡Me he defendido!

—Ya basta. -Jeremiah dijo, poniendo una mano en el hombro de Garret. —Llamaré a clérigos para que traten a los dos. Pero Ulf, quiero a tu gente y a ti fuera de mis tierras en dos días, o habrá represalias.

—¡Ya lo creo que las habrá! -El norteño se giró entonces, llevándose a su hijo. Los hombres de Ulf abandonaron la estancia, mientras los hombres de Wintersun, con sus armas desenvainadas, los miraban irse, cautos.

—Padre, yo… -Garret dijo, girándose hacia su padre. Él negó con la cabeza.

—Hiciste lo que tenías que hacer. Ni un centímetro a los déspotas. -Dijo el caballero. Garret asintió con suavidad.

***​

—Disciplina… Y nunca más. -Murmuró mientras seguía corriendo por el Alandor, de vuelta hacia Agujas de Oro y el distrito Gubernamental. El sol se alzaba ahora entre los árboles con los primeros rayos de luz. —Ni un palmo, ni un centímetro. Sin descanso.
 
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