Vinter
Elfo que no discute
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I – Empezando por el principio
“La pista se ha enfriado, y no es esperable encontrar rastros a menos que cometan un paso en falso. La herejía de Sol Ascendiente no ha pasado desapercibida en ningún rincón de los lugares de la Costa de la Espada ni las Tierras de la Intriga que yo haya visitado; los creyentes de Lathander se encuentran en un cisma perpetuo desde Amn hasta Luskan, y cada vez son más los que veneran al Sol Dorado, y menos al Señor de la Mañana; cuando no confunden completamente sus dogmas. Pero no voy a hacer una diatriba del campesinado promedio, no es su trabajo el entender los credos, es nuestro el transmitirlo.
Sugiero, hermano Thadeus, que transmita estas palabras a los Portadores del Alba, puesto que por más que nuestro feudo con los conversos sea puramente una cuestión religiosa, no podemos permitir que nuestra fe caiga en la confusión y el olvido.
Me mantendré atento a posibles señales de vida de los ladrones de las reliquias, como me habéis pedido.
De Thorolund.”
Garret permaneció con la pluma entintada sobre el pergamino, sobre aquel último punto y final tras la firma con la que ya se había habituado a sellar todas las cartas que escribía al Monasterio desde cualquier rincón de Faêrun en el que aterrizase. Los ojos viridianos se mantuvieron quietos durante varios instantes sobre el pergamino amarillento, al tiempo que el crepitar de la antorcha en un lado de la celda que le servía de habitación en la Cúpula Rosa era prácticamente su única compañía aquella noche. La habitación era sencilla, adecuada para un monje. Paredes desnudas de granito, una esterilla de esparto que servía las veces de alfombra, una cama, que, si bien era estrecha al menos era cómoda para asegurarle un buen descanso, un maniquí que le servía para colgar la túnica y sus ropas de viaje, y un escritorio sobre el que descansaban múltiples pergaminos, sellos de lacre y tinteros, junto a una pequeña estantería con libros.
Estaba allí por elección propia, en un ejercicio de disciplina. Los Portadores del Alba de la Cúpula le habían ofrecido las habitaciones comunes, habitaciones privadas al ser un miembro del Alma Solar, pero Garret había elegido las celdas como su residencia la mayor parte del tiempo, alegando que le ayudaba a mantener la disciplina el llevar una vida humilde y sin grandes lujos. Ninguno de los Portadores le impuso la elección; ni tan siquiera Lara, que a veces se mostraba estupefacta ante su elección de habitáculo, habían tratado de disuadirle, quizás porque probablemente era la forma de vivir de Garret y no una especie de penitencia autoimpuesta.
De Thorolund.
Una máscara. Un nombre para alguien que se suponía no existe, un pseudónimo para mantener a salvo a más gente de la que a él le hubiera gustado, pero que adoptó para sí mismo, en una floritura poética. La familia De Thorolund fue en su día una gran familia noble de la Alianza de los Lores, caída en desgracia por las intrigas palaciegas y las falsas acusaciones, solo descubriendo aquel daño cuando todos sus miembros ya habían pasado por el cadalso de la horca y sus pies colgaban a diez palmos del suelo de las ramas de un roble.
Así que había escogido aquel nombre. No se había permitido pensar sobre su apellido original desde que había puesto sus pies en el Monasterio del Alma Solar en Aguas Profundas, sabiendo que cuanto antes desterrase su antiguo yo de su memoria, antes le dejarían de doler los recuerdos y dejaría de echar de menos a sus hermanas y a su madre. Aquella era su penitencia, no el vivir de forma humilde, ni el carecer de posesiones caras. Todo lo que él era, todo lo que necesitaba, era una vida simple y llena.
Su penitencia era perder el núcleo de lo que hacía la vida simple y llena.
Garret dejo escapar un suspiro, tanto a través de sus fosas nasales como de la boca y se incorporó. Echó algo de lacre sobre el pergamino enrollado, y puso el sello. Luego abrió la puerta de su celda, dejando el pergamino en la cesta para los mensajeros que había en el pasillo. Se quitó la casaca y la puso sobre el maniquí. Se miró, entonces, las costillas. Era delgado, pero estaba en buena forma. Los músculos estaban estilizados y no abultaban tanto como los de un guerrero al uso. Había perdido mucha masa con los años, pero no le importaba. Había descubierto que el ser ágil y rápido le servía tan bien como la mejor de las espadas o la armadura más regia. La marca del hierro candente seguía ahí, impresa contra el costillar en una cicatriz retorcida. Presionó los labios y entonces se puso la túnica para dormir. No le dedicó muchos más pensamientos, y entonces simplemente se postró en el camastro, cerrando los ojos mientras el crepitar de la antorcha le acompañaba en su vigilia.
Tenía, a fin de cuentas, que levantarse muy temprano.
—¡Garret, Garret! ¡Mira, mira! – La voz de una jovencita se dejó escuchar por el patio del caserón de la familia en el rural de Argluna. Un joven Garret, de no más de catorce inviernos, se encontraba blandiendo una espada larga frente a uno de los múltiples soldados de la familia, blasonado con el emblema de ésta, en una pose de práctica de defensa. La torre con la espada, en un fondo rojo con hilo de oro. Era una familia rica, militar. El patriarca, Jeremiah Wintersun, era un reconocido caballero de la mañana, que había adquirido el rango de noble a través de un afortunado amor con la hija de un noble, que dio sus bendiciones por la valentía del caballero. Y de ahí, salieron sus hijos. Garret, el mayor. Mia, Lily y Marie, sus hermanas en orden.
Garret vivía con una gran presión. Era el único varón de los Wintersun, pero siempre había conseguido complacer las expectativas de su padre. Era un joven disciplinado, dedicado a sus entrenamientos, aunque el protocolo se le daba todo lo mal que se le podía dar a un joven cuyo padre era un campesino con espada. Pero se esforzaba. La diplomacia no era lo suyo, las intrigas le agotaban. Mejor dicho, le agotaba tener que fingir ser aquello que no era. Pero luego, cuando él cazaba una intriga, el sagaz joven de ojos verdes y pelo rubio era como un gato con un ratón. Agarraba al mentiroso, le daba vueltas dialécticamente, lo chinchaba, le molestaba, hasta que éste desvelase sus intenciones, normalmente en un arrebato de ira.
Era un pequeño placer prohibido que él había desarrollado pues, cada vez que lo hacía en alguna fiesta de la alta sociedad, se ganaba la reprimenda de su señor padre. Aunque luego le felicitaba por su intelecto rápido.
—¿Garret? -La voz de Mia volvió a escucharse, esta vez mucho más cerca, dentro del patio de armas del caserón. Rompiendo su concentración, Garret bajó la espada, recibiendo entonces un golpetazo de la espada de prácticas de su compañero, justo en el yelmo. Clonc.
—¡Ay! ¡Por el amor de la Mañana, Thomas, eso duele! -El adolescente se quejó, con el yelmo medio encajado en su cabeza. Con un tirón, Garret volvió a colocarse el capacete, refunfuñando.
—¡Nunca bajes la guardia hasta que termine el entrenamiento, joven señor! -El soldado contestó, y entonces se rio con suavidad. —Atended a vuestra hermana.
—Eso iba a hacer, antes de que me arreases con ese hierro. -El muchacho replicó, gruñendo mientras se giraba hacia Mia. Tenía once años, y era la hermana del medio. Bueno, técnicamente tanto Lily como ella eran las hermanas del medio, pero Mia era la que iba a continuación de él. —¿Qué pasa, Mia?
La niña se rió con una risilla aguda, típica de las jóvenes nobles. Mia siempre tuvo mejor maña que él con las costumbres nobiliarias, y por eso era la niña de los ojos de su padre.
—¡He encontrado un libro nuevo! -Orgullosa, la jovencita sacó de detrás de ella un pesado libro encuadernado en tapa dura, cuyo fieltro había sido grabado con cincel de curtiduría al rojo, dejando unos relieves muy concretos. —¿Quieres leerlo conmigo? ¡Sé que te gusta más que ese aburrimiento de la esgrima!
—La esgrima no es aburrida. -Replicó él. No lo era, era probablemente una de las pocas cosas que le gustaban de ser noble. Las clases de combate, aunque odiaba llevar armadura. Le entorpecía y le hacía sentir que era excesivamente lento. Ahora bien, ¿blandir la espada? Eso se le daba bien. Golpear, buscar las rendijas en la armadura del enemigo. Mia se llevó las manos a las caderas, colocándolas en jarras. Garret suspiró. —Vale, leeré ese libro contigo.
Tenía que admitir que le gustaba más leer libros, adquirir conocimientos y aprender sobre lugares muy lejanos, que la mayoría de diatribas centradas en Argluna, los problemas del Espinazo del Mundo y la economía local. Le hacían pensar que el mundo era mucho más grande que aquel pequeño pedazo de feudo en el que habían sido confinados y que tenían que administrar. Su padre se oponía de plano que algún día Garret querría partir por su cuenta a buscar aventuras como hizo él en su época, pero poco podía hacer el patriarca por detener a su primogénito, pues sabía que al igual que él, Garret había heredado el ansia de conocimiento y aventuras. Lo cual hacía que muchos nobles de Argluna se cuestionasen el futuro de los Wintersun, más como una mala gripe que tardaría en pasar, que como una casa noble en sí misma.
Porque era cierto, los Wintersun eran una espina en el culo de la mayoría de nobles rurales. Donde muchos de ellos acostumbraban a ser meticulosos, intrigantes y avariciosos, los Wintersun preferían la estrategia de la reinversión de los diezmos en adquirir tropas mejor equipadas y entrenadas, en pagar a sus campesinos un dinero que les daría para dejar que sus reses prosperasen y los campos tendrían mejores cosechas -lo cual en un clima tan frío como el de Argluna era un logro- y en general, no solían mandar recaudadores armados.
Eso sentaba como un jarro de agua fría a muchos barones menores, que los querían ver derrumbarse como una torre que se había erigido demasiado alta. Y Garret eso lo sabía, y le asustaba. Una cosa eran los combates en el campo abierto, donde podías ver quien venía armado y con intenciones hostiles, pero tenías tropas a tu lado. Un guerrero que te cubría, arqueros que diezmaban las líneas que atacaban por el frente. Pero en la corte las intrigas no sabías quién era tu amigo, ni quién tu enemigo. Eras tú contra el mundo. Y eso le aterraba.
—¿Sabes de qué trata? -Preguntó ella con una sonrisa amplia. A diferencia de él, que había heredado el pelo rubio de su padre y los ojos verdes de su madre, Mia había heredado lo contrario: Un pelo negro como el plumaje de un cuervo, heredado de su madre, y unos intensos ojos cerúleos. Garret negó con la cabeza, mirando el grabado del libro. No tenía ni idea, el grabado era puramente ornamental. —¡Cocina!
—¿Cocina? – El rubio se echó a reír. —¡Pero eso es cosa de sirvientes!
—¡Puede ser, pero es divertido! ¿Sabías que los bollos se pueden rellenar de casi cualquier cosa? ¡Imagínate! ¡Podemos meter kale en los bollos de la próxima recepción de los Kesselia y no dormirán en toda la noche! -Una nueva risilla traviesa provino de la jovencita, que se tapó la boca como dictaba el protocolo, para no enseñar los dientes. Mia siempre fue bastante revoltosa, y traviesa. A Garret le alegraba el día, le recordaba que, pese a su posición, seguían siendo al final del día, niños.
—Eres una intrigante, tú. -El joven sonrió, divertido con la idea. No la desechó. Se preguntaba cómo de difícil sería hornear un bollo en las cocinas de las sirvientas. Claro que muchos verían aquello como una tarea indigna, pero a él le divertía la idea. No era como si él fuera el noble más ortodoxo tampoco. Le gustaba ensuciarse las manos, el horadar en bibliotecas durante luengas horas, desempolvando plúteos olvidados de la mano de los dioses y rescatando tomos que largo ha habían perdido su utilidad para el mundo moderno. Eran tareas más dignas de un erudito o un mago, un escriba o un mayordomo, pero a él le gustaban. Era un joven de gustos muy diversos, y muchos de esos gustos hacían que el ceño de su padre se frunciera, pero no solía decir nada en contra de ello. El joven cumplía con sus obligaciones, y eso era suficiente.
—¡Garret! Oh, hola Mia, hija mía. -La voz de Jeremiah se dejó oír en la entrada del caserón, al tiempo que la puerta crujía cuando éste tiró del porte y la hoja dio lugar al interior. Era un edificio grande, pero más útil que hogareño. Construido en una mezcla de madera, piedra, barro y paja, el caserón tenía más de veinte habitaciones, y una empalizada de piedra mampostera alrededor, que si bien no serviría para lidiar con un asedio, era suficiente para mantener a raya a los bandidos y a los orcos que a menudo bajaban de las montañas. Un barracón en un lado contenía a los soldados apostados en la casa, aproximadamente unos treinta, mientras los demás se encontraban apostados a lo largo del valle. La familia tenía en total unos setecientos soldados profesionales, más mercenarios, y aquellos que se ofrecieran en el reclutamiento de leva. Normalmente, eran capaces de amasar más de dos mil tropas en el esfuerzo conjunto. Palidecía ante naciones como Cormyr, pero era un pequeño feudo en el norte septentrional. Y eran hombres y mujeres bien entrenados, que mostraban su valía con sangre y esfuerzo.
Jeremiah era un hombre enorme. Incluso bien entrados sus cuarenta años, medía tranquilamente cerca de los dos metros de altura, sus hombros eran anchos y su presencia irradiaba gloria caballeresca. Era el ideal de lo que un guerrero en su momento querría llegar a ser, sin lugar a dudas. Pero era un ideal que Garret sabía que él no podría alcanzar. La maestría con armas de su padre era algo que le parecía increíblemente lejos de su alcance, por no hablar de aquella capacidad de aunar a la gente… De la que Garret realmente, carecía. No era el joven más elocuente, ni le gustaba hablar ante multitudes. Su forma de demostrar cosas no era con palabras, si no con actos, y normalmente eran humildes.
—Padre. -Garret se giró, aun embotado en el uniforme de prácticas, y se acercó a él. El Caballero de la Mañana miró a su hijo, y la forma en la que tenía encajado el yelmo, esbozando una sonrisilla divertida. Garret respondió, habiendo leído la expresión del caballero de inmediato. Era una de las mejores virtudes de Garret. Era capaz de captar las intenciones de la gente al vuelo por puro instinto. —Sí, Thomas me ha pegado en el yelmo cuando llegó Mia.
—No puedes permitirte distraerte mientras tienes una espada en las manos, chico. -Dijo su padre, palmeándole el hombro. —En un entrenamiento vale, pero ahí fuera puede ser tu fin si te desconcentras.
—Lo… Lo sé. -Garret carraspeó. —¿Ocurre algo?
—Me ha llegado una misiva de tu tío Ulf. Está viniendo de camino. -Aquello levantó todas las alarmas de Garret. Notó una gota de sudor frío recorriéndole la espalda, y entonces dio un respingo. —Lo sé, a mí tampoco me gusta. Además se ve que se trae a tus primos, y… A su cohorte personal.
—Esto no me gusta, padre. -Dijo Garret. —Es un intrigante, y un taimado. No nos podemos fiar de él.
—Lo sé. Pero no nos queda otra, es a fin de cuentas, familia de tu madre. -Garret dejó ir un largo suspiro.
—¿Cuándo llegará?
—Pues… -Un cuerno lejano se dejó oír, al otro lado del valle. Teniendo la posición de ventaja de aquella colina, Garret, Mia y Jeremiah echaron un vistazo hacia el paso proveniente del río, que separaba otro de los feudos contiguos. Una hilera de hombres en uniforme negro, gris y azul caminaban escoltando un grupo en carretas y caballos. Eran como una mancha sobre el verde del valle. Una mancha de alquitrán mal hervido, pensó Garret. —Allí están. Mucho más temprano de lo que yo me esperaba.
Garret abrió los ojos nuevamente. Miró al techo de la celda, mientras los rayos del amanecer se filtraban por la pequeña rendija que daba paso al distrito de la gema, donde estaba localizada la Cúpula Rosa. Empezaba a escuchar a los tenderos abrir los tenderetes, y a los mensajeros ir y venir corriendo para dar órdenes a la guardia, las órdenes de caballeros y repartir envíos y encargos.
—No debí bajar la guardia con Ulf. -Dijo para sí, antes de incorporarse y quitarse la túnica.
Era un nuevo día. Había que aprovecharlo.
“La pista se ha enfriado, y no es esperable encontrar rastros a menos que cometan un paso en falso. La herejía de Sol Ascendiente no ha pasado desapercibida en ningún rincón de los lugares de la Costa de la Espada ni las Tierras de la Intriga que yo haya visitado; los creyentes de Lathander se encuentran en un cisma perpetuo desde Amn hasta Luskan, y cada vez son más los que veneran al Sol Dorado, y menos al Señor de la Mañana; cuando no confunden completamente sus dogmas. Pero no voy a hacer una diatriba del campesinado promedio, no es su trabajo el entender los credos, es nuestro el transmitirlo.
Sugiero, hermano Thadeus, que transmita estas palabras a los Portadores del Alba, puesto que por más que nuestro feudo con los conversos sea puramente una cuestión religiosa, no podemos permitir que nuestra fe caiga en la confusión y el olvido.
Me mantendré atento a posibles señales de vida de los ladrones de las reliquias, como me habéis pedido.
De Thorolund.”
Garret permaneció con la pluma entintada sobre el pergamino, sobre aquel último punto y final tras la firma con la que ya se había habituado a sellar todas las cartas que escribía al Monasterio desde cualquier rincón de Faêrun en el que aterrizase. Los ojos viridianos se mantuvieron quietos durante varios instantes sobre el pergamino amarillento, al tiempo que el crepitar de la antorcha en un lado de la celda que le servía de habitación en la Cúpula Rosa era prácticamente su única compañía aquella noche. La habitación era sencilla, adecuada para un monje. Paredes desnudas de granito, una esterilla de esparto que servía las veces de alfombra, una cama, que, si bien era estrecha al menos era cómoda para asegurarle un buen descanso, un maniquí que le servía para colgar la túnica y sus ropas de viaje, y un escritorio sobre el que descansaban múltiples pergaminos, sellos de lacre y tinteros, junto a una pequeña estantería con libros.
Estaba allí por elección propia, en un ejercicio de disciplina. Los Portadores del Alba de la Cúpula le habían ofrecido las habitaciones comunes, habitaciones privadas al ser un miembro del Alma Solar, pero Garret había elegido las celdas como su residencia la mayor parte del tiempo, alegando que le ayudaba a mantener la disciplina el llevar una vida humilde y sin grandes lujos. Ninguno de los Portadores le impuso la elección; ni tan siquiera Lara, que a veces se mostraba estupefacta ante su elección de habitáculo, habían tratado de disuadirle, quizás porque probablemente era la forma de vivir de Garret y no una especie de penitencia autoimpuesta.
De Thorolund.
Una máscara. Un nombre para alguien que se suponía no existe, un pseudónimo para mantener a salvo a más gente de la que a él le hubiera gustado, pero que adoptó para sí mismo, en una floritura poética. La familia De Thorolund fue en su día una gran familia noble de la Alianza de los Lores, caída en desgracia por las intrigas palaciegas y las falsas acusaciones, solo descubriendo aquel daño cuando todos sus miembros ya habían pasado por el cadalso de la horca y sus pies colgaban a diez palmos del suelo de las ramas de un roble.
Así que había escogido aquel nombre. No se había permitido pensar sobre su apellido original desde que había puesto sus pies en el Monasterio del Alma Solar en Aguas Profundas, sabiendo que cuanto antes desterrase su antiguo yo de su memoria, antes le dejarían de doler los recuerdos y dejaría de echar de menos a sus hermanas y a su madre. Aquella era su penitencia, no el vivir de forma humilde, ni el carecer de posesiones caras. Todo lo que él era, todo lo que necesitaba, era una vida simple y llena.
Su penitencia era perder el núcleo de lo que hacía la vida simple y llena.
Garret dejo escapar un suspiro, tanto a través de sus fosas nasales como de la boca y se incorporó. Echó algo de lacre sobre el pergamino enrollado, y puso el sello. Luego abrió la puerta de su celda, dejando el pergamino en la cesta para los mensajeros que había en el pasillo. Se quitó la casaca y la puso sobre el maniquí. Se miró, entonces, las costillas. Era delgado, pero estaba en buena forma. Los músculos estaban estilizados y no abultaban tanto como los de un guerrero al uso. Había perdido mucha masa con los años, pero no le importaba. Había descubierto que el ser ágil y rápido le servía tan bien como la mejor de las espadas o la armadura más regia. La marca del hierro candente seguía ahí, impresa contra el costillar en una cicatriz retorcida. Presionó los labios y entonces se puso la túnica para dormir. No le dedicó muchos más pensamientos, y entonces simplemente se postró en el camastro, cerrando los ojos mientras el crepitar de la antorcha le acompañaba en su vigilia.
Tenía, a fin de cuentas, que levantarse muy temprano.
***
—¡Garret, Garret! ¡Mira, mira! – La voz de una jovencita se dejó escuchar por el patio del caserón de la familia en el rural de Argluna. Un joven Garret, de no más de catorce inviernos, se encontraba blandiendo una espada larga frente a uno de los múltiples soldados de la familia, blasonado con el emblema de ésta, en una pose de práctica de defensa. La torre con la espada, en un fondo rojo con hilo de oro. Era una familia rica, militar. El patriarca, Jeremiah Wintersun, era un reconocido caballero de la mañana, que había adquirido el rango de noble a través de un afortunado amor con la hija de un noble, que dio sus bendiciones por la valentía del caballero. Y de ahí, salieron sus hijos. Garret, el mayor. Mia, Lily y Marie, sus hermanas en orden.
Garret vivía con una gran presión. Era el único varón de los Wintersun, pero siempre había conseguido complacer las expectativas de su padre. Era un joven disciplinado, dedicado a sus entrenamientos, aunque el protocolo se le daba todo lo mal que se le podía dar a un joven cuyo padre era un campesino con espada. Pero se esforzaba. La diplomacia no era lo suyo, las intrigas le agotaban. Mejor dicho, le agotaba tener que fingir ser aquello que no era. Pero luego, cuando él cazaba una intriga, el sagaz joven de ojos verdes y pelo rubio era como un gato con un ratón. Agarraba al mentiroso, le daba vueltas dialécticamente, lo chinchaba, le molestaba, hasta que éste desvelase sus intenciones, normalmente en un arrebato de ira.
Era un pequeño placer prohibido que él había desarrollado pues, cada vez que lo hacía en alguna fiesta de la alta sociedad, se ganaba la reprimenda de su señor padre. Aunque luego le felicitaba por su intelecto rápido.
—¿Garret? -La voz de Mia volvió a escucharse, esta vez mucho más cerca, dentro del patio de armas del caserón. Rompiendo su concentración, Garret bajó la espada, recibiendo entonces un golpetazo de la espada de prácticas de su compañero, justo en el yelmo. Clonc.
—¡Ay! ¡Por el amor de la Mañana, Thomas, eso duele! -El adolescente se quejó, con el yelmo medio encajado en su cabeza. Con un tirón, Garret volvió a colocarse el capacete, refunfuñando.
—¡Nunca bajes la guardia hasta que termine el entrenamiento, joven señor! -El soldado contestó, y entonces se rio con suavidad. —Atended a vuestra hermana.
—Eso iba a hacer, antes de que me arreases con ese hierro. -El muchacho replicó, gruñendo mientras se giraba hacia Mia. Tenía once años, y era la hermana del medio. Bueno, técnicamente tanto Lily como ella eran las hermanas del medio, pero Mia era la que iba a continuación de él. —¿Qué pasa, Mia?
La niña se rió con una risilla aguda, típica de las jóvenes nobles. Mia siempre tuvo mejor maña que él con las costumbres nobiliarias, y por eso era la niña de los ojos de su padre.
—¡He encontrado un libro nuevo! -Orgullosa, la jovencita sacó de detrás de ella un pesado libro encuadernado en tapa dura, cuyo fieltro había sido grabado con cincel de curtiduría al rojo, dejando unos relieves muy concretos. —¿Quieres leerlo conmigo? ¡Sé que te gusta más que ese aburrimiento de la esgrima!
—La esgrima no es aburrida. -Replicó él. No lo era, era probablemente una de las pocas cosas que le gustaban de ser noble. Las clases de combate, aunque odiaba llevar armadura. Le entorpecía y le hacía sentir que era excesivamente lento. Ahora bien, ¿blandir la espada? Eso se le daba bien. Golpear, buscar las rendijas en la armadura del enemigo. Mia se llevó las manos a las caderas, colocándolas en jarras. Garret suspiró. —Vale, leeré ese libro contigo.
Tenía que admitir que le gustaba más leer libros, adquirir conocimientos y aprender sobre lugares muy lejanos, que la mayoría de diatribas centradas en Argluna, los problemas del Espinazo del Mundo y la economía local. Le hacían pensar que el mundo era mucho más grande que aquel pequeño pedazo de feudo en el que habían sido confinados y que tenían que administrar. Su padre se oponía de plano que algún día Garret querría partir por su cuenta a buscar aventuras como hizo él en su época, pero poco podía hacer el patriarca por detener a su primogénito, pues sabía que al igual que él, Garret había heredado el ansia de conocimiento y aventuras. Lo cual hacía que muchos nobles de Argluna se cuestionasen el futuro de los Wintersun, más como una mala gripe que tardaría en pasar, que como una casa noble en sí misma.
Porque era cierto, los Wintersun eran una espina en el culo de la mayoría de nobles rurales. Donde muchos de ellos acostumbraban a ser meticulosos, intrigantes y avariciosos, los Wintersun preferían la estrategia de la reinversión de los diezmos en adquirir tropas mejor equipadas y entrenadas, en pagar a sus campesinos un dinero que les daría para dejar que sus reses prosperasen y los campos tendrían mejores cosechas -lo cual en un clima tan frío como el de Argluna era un logro- y en general, no solían mandar recaudadores armados.
Eso sentaba como un jarro de agua fría a muchos barones menores, que los querían ver derrumbarse como una torre que se había erigido demasiado alta. Y Garret eso lo sabía, y le asustaba. Una cosa eran los combates en el campo abierto, donde podías ver quien venía armado y con intenciones hostiles, pero tenías tropas a tu lado. Un guerrero que te cubría, arqueros que diezmaban las líneas que atacaban por el frente. Pero en la corte las intrigas no sabías quién era tu amigo, ni quién tu enemigo. Eras tú contra el mundo. Y eso le aterraba.
—¿Sabes de qué trata? -Preguntó ella con una sonrisa amplia. A diferencia de él, que había heredado el pelo rubio de su padre y los ojos verdes de su madre, Mia había heredado lo contrario: Un pelo negro como el plumaje de un cuervo, heredado de su madre, y unos intensos ojos cerúleos. Garret negó con la cabeza, mirando el grabado del libro. No tenía ni idea, el grabado era puramente ornamental. —¡Cocina!
—¿Cocina? – El rubio se echó a reír. —¡Pero eso es cosa de sirvientes!
—¡Puede ser, pero es divertido! ¿Sabías que los bollos se pueden rellenar de casi cualquier cosa? ¡Imagínate! ¡Podemos meter kale en los bollos de la próxima recepción de los Kesselia y no dormirán en toda la noche! -Una nueva risilla traviesa provino de la jovencita, que se tapó la boca como dictaba el protocolo, para no enseñar los dientes. Mia siempre fue bastante revoltosa, y traviesa. A Garret le alegraba el día, le recordaba que, pese a su posición, seguían siendo al final del día, niños.
—Eres una intrigante, tú. -El joven sonrió, divertido con la idea. No la desechó. Se preguntaba cómo de difícil sería hornear un bollo en las cocinas de las sirvientas. Claro que muchos verían aquello como una tarea indigna, pero a él le divertía la idea. No era como si él fuera el noble más ortodoxo tampoco. Le gustaba ensuciarse las manos, el horadar en bibliotecas durante luengas horas, desempolvando plúteos olvidados de la mano de los dioses y rescatando tomos que largo ha habían perdido su utilidad para el mundo moderno. Eran tareas más dignas de un erudito o un mago, un escriba o un mayordomo, pero a él le gustaban. Era un joven de gustos muy diversos, y muchos de esos gustos hacían que el ceño de su padre se frunciera, pero no solía decir nada en contra de ello. El joven cumplía con sus obligaciones, y eso era suficiente.
—¡Garret! Oh, hola Mia, hija mía. -La voz de Jeremiah se dejó oír en la entrada del caserón, al tiempo que la puerta crujía cuando éste tiró del porte y la hoja dio lugar al interior. Era un edificio grande, pero más útil que hogareño. Construido en una mezcla de madera, piedra, barro y paja, el caserón tenía más de veinte habitaciones, y una empalizada de piedra mampostera alrededor, que si bien no serviría para lidiar con un asedio, era suficiente para mantener a raya a los bandidos y a los orcos que a menudo bajaban de las montañas. Un barracón en un lado contenía a los soldados apostados en la casa, aproximadamente unos treinta, mientras los demás se encontraban apostados a lo largo del valle. La familia tenía en total unos setecientos soldados profesionales, más mercenarios, y aquellos que se ofrecieran en el reclutamiento de leva. Normalmente, eran capaces de amasar más de dos mil tropas en el esfuerzo conjunto. Palidecía ante naciones como Cormyr, pero era un pequeño feudo en el norte septentrional. Y eran hombres y mujeres bien entrenados, que mostraban su valía con sangre y esfuerzo.
Jeremiah era un hombre enorme. Incluso bien entrados sus cuarenta años, medía tranquilamente cerca de los dos metros de altura, sus hombros eran anchos y su presencia irradiaba gloria caballeresca. Era el ideal de lo que un guerrero en su momento querría llegar a ser, sin lugar a dudas. Pero era un ideal que Garret sabía que él no podría alcanzar. La maestría con armas de su padre era algo que le parecía increíblemente lejos de su alcance, por no hablar de aquella capacidad de aunar a la gente… De la que Garret realmente, carecía. No era el joven más elocuente, ni le gustaba hablar ante multitudes. Su forma de demostrar cosas no era con palabras, si no con actos, y normalmente eran humildes.
—Padre. -Garret se giró, aun embotado en el uniforme de prácticas, y se acercó a él. El Caballero de la Mañana miró a su hijo, y la forma en la que tenía encajado el yelmo, esbozando una sonrisilla divertida. Garret respondió, habiendo leído la expresión del caballero de inmediato. Era una de las mejores virtudes de Garret. Era capaz de captar las intenciones de la gente al vuelo por puro instinto. —Sí, Thomas me ha pegado en el yelmo cuando llegó Mia.
—No puedes permitirte distraerte mientras tienes una espada en las manos, chico. -Dijo su padre, palmeándole el hombro. —En un entrenamiento vale, pero ahí fuera puede ser tu fin si te desconcentras.
—Lo… Lo sé. -Garret carraspeó. —¿Ocurre algo?
—Me ha llegado una misiva de tu tío Ulf. Está viniendo de camino. -Aquello levantó todas las alarmas de Garret. Notó una gota de sudor frío recorriéndole la espalda, y entonces dio un respingo. —Lo sé, a mí tampoco me gusta. Además se ve que se trae a tus primos, y… A su cohorte personal.
—Esto no me gusta, padre. -Dijo Garret. —Es un intrigante, y un taimado. No nos podemos fiar de él.
—Lo sé. Pero no nos queda otra, es a fin de cuentas, familia de tu madre. -Garret dejó ir un largo suspiro.
—¿Cuándo llegará?
—Pues… -Un cuerno lejano se dejó oír, al otro lado del valle. Teniendo la posición de ventaja de aquella colina, Garret, Mia y Jeremiah echaron un vistazo hacia el paso proveniente del río, que separaba otro de los feudos contiguos. Una hilera de hombres en uniforme negro, gris y azul caminaban escoltando un grupo en carretas y caballos. Eran como una mancha sobre el verde del valle. Una mancha de alquitrán mal hervido, pensó Garret. —Allí están. Mucho más temprano de lo que yo me esperaba.
***
Garret abrió los ojos nuevamente. Miró al techo de la celda, mientras los rayos del amanecer se filtraban por la pequeña rendija que daba paso al distrito de la gema, donde estaba localizada la Cúpula Rosa. Empezaba a escuchar a los tenderos abrir los tenderetes, y a los mensajeros ir y venir corriendo para dar órdenes a la guardia, las órdenes de caballeros y repartir envíos y encargos.
—No debí bajar la guardia con Ulf. -Dijo para sí, antes de incorporarse y quitarse la túnica.
Era un nuevo día. Había que aprovecharlo.


