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No vengo a salvar el mundo. Vengo a salvar lo que pueda.

Hawkrylly

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27/8/26
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I. El callejón​


Athkatla apesta a muerte y a pescado podrido. Eso lo aprendió antes de aprender a hablar.

Asmund no recordaba a sus padres. Nunca tuvo un rostro al que llamar madre ni una voz que le dijera "hijo". Su cuna fue un montón de paja mojada en un callejón, y su primera palabra no fue "mamá" ni "papá", sino un insulto que le escuchó a un borracho.

Creció como crecen todos los niños de la calle: a golpes, con hambre y a base de ingenio. Aprendió a leer en los carteles de los gremios antes de saber escribir su nombre. Aprendió a pelear antes de aprender a contar. Y aprendió, sobre todo, que los adultos eran bestias que aplastaban a los débiles porque podían.

Pero Asmund tenía un problema. No podía callarse cuando veía a un adulto golpear a un niño.

No era valentía. Era instinto. Un nudo en el estómago que le obligaba a abrir la boca antes de pensar. Y ese instinto, un día, casi lo mata.

Tenía once años cuando vio al carnicero y sus dos secuaces moliendo a palos a un chico que les había robado un cacho de carne. El chico no tendría más de ocho años. Lloraba. Pedía perdón. Los hombres se reían.

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Asmund sintió el nudo en el estómago. Abrió la boca.

—¡Dejadlo, cobardes! ¡Que no es más que un crío!

El carnicero se giró. Sonrió. Y los tres se abalanzaron sobre él.

No recordaba los golpes, solo el sonido. El crujido de sus costillas al romperse. El golpe seco de una bota contra su costado. La sangre caliente en sus labios. Y luego, el silencio. El callejón. La basura. Y la certeza de que iba a morir allí, como un perro, sin que nadie recordara su nombre.

Cerró los ojos.

Y entonces, escuchó pasos.
 

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