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Elysia Vandore

Meivel

Minsorrano sin caminos
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30/10/25
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I

Cuando era niña, mi casa siempre olía a jazmín y hierbabuena. Recuerdo el aroma de las pequeñas flores que adornaban la entrada, la luz tenue del sol que se colaba por la vidriera del balcón, el sabor del pastel de queso con arándanos, las historias de hadas y de dragones antes de dormir, las risas junto al brasero y la mesa recién puesta...

Pero también recuerdo las peleas, las fuertes discusiones mientras trataba de dormir, los portazos con rabia, los silencios incómodos...

Recuerdo las sonrisas forzadas de mi padre tratando de mantener la compostura, sus excusas extrañas a los vecinos que preguntaban, su llanto por las noches cuando creía que no le escuchaba... Yo también lloraba, pero aprendí a guárdamelo dentro.

La vida sin madre se hizo extraña al principio, cuando se marchó un sentimiento pesado se asentó en mi pecho. No era ira, ni era rabia... Sino decepción. Sus últimas palabras en el pequeño comedor se quedaron grabadas a fuego en mi mente y en mi corazón.
"Vosotros nunca perteneceréis a mi mundo y yo ya no quiero seguir viviendo lejos de él"

Al principio, inocente, preguntaba a padre cuándo regresaría. Él, con un nudo en la garganta, sonreía y me acariciaba el pelo, sin saber qué decir.
Con el tiempo, dejé de preguntar y decidí envolverme en el amor absoluto que él me profesaba. Siempre atento, siempre cuidándome, siempre presente.
Sin embargo, una parte de mi seguía llorando en silencio. Triste, perdida e incompleta.

Cuando cumplí 12 años mi padre se hizo pescador. Pasaba largas noches fuera y yo intenté aprender a dormir en soledad. No fue fácil, la oscuridad de las noches oculta sonidos extraños y sombras inesperadas. Tuve que respirar profundamente muchas veces para calmarme y buscar algo que me anclase a la realidad para que mi mente no inventase monstruos o desalmados agresores.

Mi hogar estaba roto, lleno de amor pero roto. Nada en aquella casita calmaba mis nervios ni mi agitado pecho. Hasta que una noche salí al pequeño balcón de mi habitación, alcé la vista hacia el cielo estrellado y lo escuché.
Fue ligero aunque intenso, recuerdo que se me erizó el vello en los brazos. Un susurro que traía el viento, como si descendiese de las propias estrellas. Un eco en élfico que se coló en lo más íntimo de mi ser y ya nunca me abandonó.

Fue así como conocí a mi Diosa.

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