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No vengo a salvar el mundo. Vengo a salvar lo que pueda.

Hawkrylly

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I. El callejón​


Athkatla apesta a muerte y a pescado podrido. Eso lo aprendió antes de aprender a hablar.

Asmund no recordaba a sus padres. Nunca tuvo un rostro al que llamar madre ni una voz que le dijera "hijo". Su cuna fue un montón de paja mojada en un callejón, y su primera palabra no fue "mamá" ni "papá", sino un insulto que le escuchó a un borracho.

Creció como crecen todos los niños de la calle: a golpes, con hambre y a base de ingenio. Aprendió a leer en los carteles de los gremios antes de saber escribir su nombre. Aprendió a pelear antes de aprender a contar. Y aprendió, sobre todo, que los adultos eran bestias que aplastaban a los débiles porque podían.

Pero Asmund tenía un problema. No podía callarse cuando veía a un adulto golpear a un niño.

No era valentía. Era instinto. Un nudo en el estómago que le obligaba a abrir la boca antes de pensar. Y ese instinto, un día, casi lo mata.

Tenía once años cuando vio al carnicero y sus dos secuaces moliendo a palos a un chico que les había robado un cacho de carne. El chico no tendría más de ocho años. Lloraba. Pedía perdón. Los hombres se reían.

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Asmund sintió el nudo en el estómago. Abrió la boca.

—¡Dejadlo, cobardes! ¡Que no es más que un crío!

El carnicero se giró. Sonrió. Y los tres se abalanzaron sobre él.

No recordaba los golpes, solo el sonido. El crujido de sus costillas al romperse. El golpe seco de una bota contra su costado. La sangre caliente en sus labios. Y luego, el silencio. El callejón. La basura. Y la certeza de que iba a morir allí, como un perro, sin que nadie recordara su nombre.

Cerró los ojos.

Y entonces, escuchó pasos.
 

Hawkrylly

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II. El sol​

—Vaya, qué mala suerte tienes. No has visto el amanecer de hoy.

La voz era suave, casi cálida. Asmund abrió el ojo que aún podía abrir y vio una luz dorada. No era el sol. Era el reflejo del sol en una armadura de acero bruñido. Y en el centro de esa armadura, un símbolo: un sol radiante con rayos de bronce.

Levantó la mirada. Un hombre canoso, de ojos amables y sonrisa tranquila, se arrodilló a su lado. No llevaba yelmo. No parecía un guerrero. Parecía un abuelo que había ido a buscar a su nieto.

—Me llamo Alexander —dijo el hombre—. Alexander Sterling. Y tú, chico, tienes más valor que sabiduría. Eso me gusta.

Asmund intentó escupirle, pero solo salió sangre.

—No te muevas —dijo Alexander, y puso una mano sobre su pecho—. El sol te ha encontrado. Ahora déjame hacer mi trabajo.

No supo cuánto tiempo estuvo inconsciente. Cuando despertó, estaba en una cama. Limpia. Con sábanas que olían a hierbas. Y Alexander Sterling, el hombre de la sonrisa, estaba sentado a su lado, leyendo un libro a la luz de una vela.

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—Buenas noches, pequeño —dijo sin levantar la vista—. Has dormido tres días. El carnicero se ha ido de la ciudad. No volverá.

—¿Por qué? —preguntó Asmund, con la voz rota.

Alexander cerró el libro y lo miró.

—Porque la gente que golpea a niños no suele acabar bien en mi presencia. Pero no lo he matado, si es lo que te preguntas. No hace falta matar para hacer justicia. A veces basta con que sepan que alguien los está mirando.

Asmund no lo entendió entonces. Pero años después, cuando Alexander le enseñó el Juramento de la Entrega, recordaría aquellas palabras.

—Ahora —dijo el viejo paladín, levantándose—, tienes dos opciones. Puedes volver a la calle y morir en otro callejón. O puedes venir conmigo y aprender a ver el amanecer. ¿Qué prefieres?

Asmund no lo pensó.

—El amanecer —dijo.

Y Alexander sonrió.

—Bien. Porque el sol no espera a nadie. Y tú, pequeño, tienes mucho que ver.
 
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