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Érase una vez...

Kath Cantolunar

Discípulo comegemas
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27/6/22
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Érase una vez...

Una criatura de aspecto delicado, níveo y de pelo rojizo se encontraba en el cementerio de1790689031559.png Athkatla. Su tiempo libre, que ahora era ilimitado, lo mataba tocando su preciado violín de madera tallada. Sus notas resonaban entre aquellos muros y, tan melancólica y sentida era su melodía, que las criaturas funestas destinadas a volver a la vida, aunque sus almas habían abandonado sus cuerpos hacía tiempo, se calmaban con su cantar. Y no le aullaba a la Luna, pues la repudiaba hasta rabiar, sino que le cantaba a la noche oscura y a su manto de frialdad.

Los aventureros empezaron a custodiar dicho lugar, impidiendo a la muchacha cantar. Antorchas y filos inundaron el lugar en busca de la joven que amaba entonar. Llena de furia por semejante osadía, la mujer empezó a cavilar... Y, sirviéndose de su venganza bien se hizo notar, pues reunió a más de los suyos y les prometió una fiesta organizar. Saborearon la música y esperaron bajo su compás, pero, al finalizar la última nota, todo se empezó a desdibujar.

Las risas se convirtieron en llantos, la música, en agonizantes gritos y la vida... se la comió la muerte. Ropas deshechas en brasas que aún olían a carne y piras de llamas y ceniza humeante con restos de jóvenes que yacían con sus cuencas vacías. Todos los que sobrevivieron aquella noche corrieron con suerte, pues la misericordia de quienes allí dejaron su sangrienta impronta les perdonó la vida para que fueran testigos. Y lo que contaron fue fatídico y trágico, casi tanto como no dejar cantar a quien aún apenas acababa de despertar.

Mas no penséis que su acto no fue anunciado... Pues, en su clemencia, entonó un Último Canto en el campamento de los Llanos, pero de nuevo fue ignorado. Dejó pistas y dejó huella, pero solo era un bardo y su espectáculo solo fue pagado.

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