Se dice y se cuenta que, transcurridas ya algunas dekhanas desde la aparición del Barrio de las Cien Lenguas, la humana de cabellos azulados había dejado de frecuentar los muelles con la asiduidad de antaño.
Sus primeras acciones habían sido las de quien prefiere conocer el valor de una mercancía antes de aventurarse a negociar con ella.
El Registro de las Lenguas, dispuesto por miembros del Consorcio Rundeen, permitió reunir la información de cuantos habían llegado con la marea, una información que bien podría servir de guía al Imperio a la hora de decidir cómo proceder ante aquella inesperada situación.
No tardó en ofrecer también
su respaldo a los devotos de Ilmater que recorrían las calles del barrio, poniendo a su disposición escolta para que pudieran ejercer su labor con mayor seguridad. Una invitación que, según se rumorea, no se limitaba al Imperio, sino que se extendía a cuantos, más allá de las fronteras, estuvieran dispuestos a colaborar en contener los problemas que comenzaban a aflorar entre aquellas calles.
Incluso se la habría visto acompañando personalmente a una familia hacia un destino más favorable: una madre y sus pequeños, apartados de las miserias que la nueva marea había traído consigo. Qué fue de ellos después, o qué clase de futuro encontraron lejos de aquellas calles, continúa siendo incierto...
Desde entonces, sin embargo, la actividad de la mujer pareció menguar considerablemente. O, al menos, eso era lo que podía deducirse de su escasa presencia en los lugares donde antes resultaba habitual encontrarla. Pues, aunque las aguas del puerto apenas devolvían noticias suyas, no había transcurrido demasiado tiempo antes de que volviera a vérsela en compañía de una variopinta comitiva,
adentrándose en las entrañas de uno de los pozos del barrio.
Lo acontecido allí abajo sigue siendo motivo de especulación. Lo cierto es que, tras largas horas, reapareció junto a los suyos y un hombre de origen exótico, ayudando a sacar el cuerpo de una criatura de proporciones y naturaleza poco corrientes. Un hallazgo que terminó bajo la custodia del Consorcio.
Y después, nuevamente, el silencio. La mujer dejó de frecuentar los muelles, y sus apariciones entre las gentes del barrio se hicieron cada vez más escasas. Quienes precisasen de su ayuda todavía sabían dónde encontrarla, y quienes tuvieran asuntos pendientes con el Consorcio podían seguir recurriendo a sus dependencias. Pero, en cuanto a dónde invertía ahora su tiempo, o por qué había reducido tanto sus movimientos, no otorgaba respuesta alguna.
Quizá, simplemente, aguardaba a que la marea terminase de asentarse...