Meivel
Adorador del Gordo
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Aquella vez busqué un lugar discreto y apartado para meditar. Necesitaba silencio y alejarme de las posibles interrupciones así que fui a un pequeño campamento cerca de los picos para relajarme allí en soledad.
El frío de las montañas ya empezaba a notarse en aquella zona, aunque no era ni por asomo tan intenso. Era lo suficiente para calmar mi mente y mi corazón.
Me senté en el prado y acaricié la tierra con la mano, hundiendo los dedos en la hierba haciendo que mi cuerpo conectase con la energía de la naturaleza.
Cerré los ojos y busqué la mía propia en mi interior. Esa que había aprendido a canalizar en los entrenamientos. Recordé las palabras de Garret mientras me explicaba que el ki fluye por todo.
Lo sentí enseguida, ya había aprendido a conectar con él. Me centré en canalizarlo alrededor de mi cuerpo, creando de manera más consciente aquella barrera de protección que me envolvería.
Mi mente se centró pidiendo el control, respiré profundamente y dejé que los pensamientos que me atormentaban desde hacía días fluyeran a través de mí, intentando encontrar esa paz que necesitaba para concentrarme.
Sin embargo, no conté con el corazón, exaltado y nervioso, molesto al comprender que la mente buscaba bloquear los sentimientos desbordados que me atenazaban cada día y cada noche desde aquel primer beso en el tatami de la posada Biju.
Emití un sutil carraspeo, como quien riñe a dos niños que se pelean por un dulce, tratando de centrarme.
Volví a sentir el ki en mis manos, envolviendo mis puños, fortaleciendo mis golpes. Sentí la energía moverse por mis brazos y descender por mi espalda hasta las piernas, tensando mis músculos en un sutil recuerdo de un combate. El ki fluyó hasta los dedos de mis pies y volvió a ascender como un torrente cálido hasta convertirse nuevamente en una barrera completa. Respiré hondo y me sentí satisfecha, pero eso me hizo bajar la guardia y el corazón bombardeó con todo lo que tenía. Intenté recordar las lecciones recibidas para evadirme del mundo, posé mis manos sobre los muslos buscando el tacto conmigo misma y una sacudida eléctrica me llevó de bruces al claro del Eldat.
Mis manos dejaron de ser las mías y se convirtieron en las suyas, recorriendo mi cuerpo. Sacudí la cabeza tratando de sacar las imágenes que abrumaban mi mente. Sus ojos azules, sus labios, su torso desnudo, sus músculos tensados tras una pelea y el sudor que recorría sus poros, la forma que tenía de peinarse hacia atrás después de haberse mojado el pelo mientras el agua sobrante le caía por el pecho...
Recordé sus manos alrededor de mi cintura... En la costa... En el bosque... En el claro... Sus besos intensos y sin pudor, llevados por un deseo correspondido. Recordé sus labios en mi cuello y los mordiscos que arrancaban de mi boca sonidos suaves y ahogados de placer...
Abrí los ojos agitada, el corazón se había acelerado y la mente se había perdido, vencida por el poder de aquel sentimiento descontrolado que crecía cada vez más dentro de mí.
Volví a tocar la hierba, hundiendo mis dedos en ella, buscando algo real que me hiciese centrarme, pero aquel gesto solo me recordó todas las veces que mis dedos habían hecho lo mismo en su pelo negro buscando atraerlo todavía más a mí.
¡Suficiente!
Me golpeé con fuerza las mejillas, tanto que se enrojecieron. Aquello sí me hizo volver a la realidad. Respiré profundamente varias veces, tratando de calmarme.
Deseaba verle, deseaba sentirle de nuevo cerca... Pero ese deseo era peligroso.
La última vez me había costado toda mi fuerza de voluntad detenernos... Y no tenía claro que pudiese seguir haciéndolo.
¿Qué pensará de mí si me entrego por completo? Hay tanto en el aire sin resolver...
Le conté mi promesa, le conté que quizá tendré que irme...
¿Debería seguir el consejo de Garret y simplemente disfrutar del tiempo juntos? ¿Debería terminar con la incertidumbre y viajar a Minsor de una vez por todas? ¿Debería perderme en sus ojos y olvidarme de todo lo demás?
Gruñí, consciente de que mi corazón y mi mente volvían a pelearse. Desde luego no iba a poder concentrarme otra vez. Me incorporé y estiré mi cuerpo. Quizá el mejor entrenamiento sería seguir ascendiendo por los picos y darle un puñetazo a algo.
Y aunque la imagen de uno de nuestros besos me acompañó durante todo el entrenamiento, al final pude centrarme.
Maldito Freolaff... terminarás por volverme loca...
El frío de las montañas ya empezaba a notarse en aquella zona, aunque no era ni por asomo tan intenso. Era lo suficiente para calmar mi mente y mi corazón.
Me senté en el prado y acaricié la tierra con la mano, hundiendo los dedos en la hierba haciendo que mi cuerpo conectase con la energía de la naturaleza.
Cerré los ojos y busqué la mía propia en mi interior. Esa que había aprendido a canalizar en los entrenamientos. Recordé las palabras de Garret mientras me explicaba que el ki fluye por todo.
Lo sentí enseguida, ya había aprendido a conectar con él. Me centré en canalizarlo alrededor de mi cuerpo, creando de manera más consciente aquella barrera de protección que me envolvería.
Mi mente se centró pidiendo el control, respiré profundamente y dejé que los pensamientos que me atormentaban desde hacía días fluyeran a través de mí, intentando encontrar esa paz que necesitaba para concentrarme.
Sin embargo, no conté con el corazón, exaltado y nervioso, molesto al comprender que la mente buscaba bloquear los sentimientos desbordados que me atenazaban cada día y cada noche desde aquel primer beso en el tatami de la posada Biju.
Emití un sutil carraspeo, como quien riñe a dos niños que se pelean por un dulce, tratando de centrarme.
Volví a sentir el ki en mis manos, envolviendo mis puños, fortaleciendo mis golpes. Sentí la energía moverse por mis brazos y descender por mi espalda hasta las piernas, tensando mis músculos en un sutil recuerdo de un combate. El ki fluyó hasta los dedos de mis pies y volvió a ascender como un torrente cálido hasta convertirse nuevamente en una barrera completa. Respiré hondo y me sentí satisfecha, pero eso me hizo bajar la guardia y el corazón bombardeó con todo lo que tenía. Intenté recordar las lecciones recibidas para evadirme del mundo, posé mis manos sobre los muslos buscando el tacto conmigo misma y una sacudida eléctrica me llevó de bruces al claro del Eldat.
Mis manos dejaron de ser las mías y se convirtieron en las suyas, recorriendo mi cuerpo. Sacudí la cabeza tratando de sacar las imágenes que abrumaban mi mente. Sus ojos azules, sus labios, su torso desnudo, sus músculos tensados tras una pelea y el sudor que recorría sus poros, la forma que tenía de peinarse hacia atrás después de haberse mojado el pelo mientras el agua sobrante le caía por el pecho...Recordé sus manos alrededor de mi cintura... En la costa... En el bosque... En el claro... Sus besos intensos y sin pudor, llevados por un deseo correspondido. Recordé sus labios en mi cuello y los mordiscos que arrancaban de mi boca sonidos suaves y ahogados de placer...
Abrí los ojos agitada, el corazón se había acelerado y la mente se había perdido, vencida por el poder de aquel sentimiento descontrolado que crecía cada vez más dentro de mí.
Volví a tocar la hierba, hundiendo mis dedos en ella, buscando algo real que me hiciese centrarme, pero aquel gesto solo me recordó todas las veces que mis dedos habían hecho lo mismo en su pelo negro buscando atraerlo todavía más a mí.
¡Suficiente!
Me golpeé con fuerza las mejillas, tanto que se enrojecieron. Aquello sí me hizo volver a la realidad. Respiré profundamente varias veces, tratando de calmarme.
Deseaba verle, deseaba sentirle de nuevo cerca... Pero ese deseo era peligroso.
La última vez me había costado toda mi fuerza de voluntad detenernos... Y no tenía claro que pudiese seguir haciéndolo.
¿Qué pensará de mí si me entrego por completo? Hay tanto en el aire sin resolver...
Le conté mi promesa, le conté que quizá tendré que irme...
¿Debería seguir el consejo de Garret y simplemente disfrutar del tiempo juntos? ¿Debería terminar con la incertidumbre y viajar a Minsor de una vez por todas? ¿Debería perderme en sus ojos y olvidarme de todo lo demás?
Gruñí, consciente de que mi corazón y mi mente volvían a pelearse. Desde luego no iba a poder concentrarme otra vez. Me incorporé y estiré mi cuerpo. Quizá el mejor entrenamiento sería seguir ascendiendo por los picos y darle un puñetazo a algo.
Y aunque la imagen de uno de nuestros besos me acompañó durante todo el entrenamiento, al final pude centrarme.
Maldito Freolaff... terminarás por volverme loca...