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Ruperto Bolsillos Llenos

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23/10/26
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El gnomo más hermoso que jamás haya tenido la desgracia de conocer

En algún lugar al este, donde los mapas pierden el interés y las montañas parecen haberse olvidado de que existe el mundo, se encuentra una pequeña aldea de no más de treinta habitantes. Allí nació —o, más bien, apareció— Ruperto Bolsillos Llenos, un gnomo de las rocas cuya llegada al mundo sigue siendo motivo de debate entre los lugareños. Según cuentan, sus padres lo encontraron una noche de tormenta, abandonado a la orilla del río. Otros aseguran que la historia es una tapadera y que, viendo su aspecto, lo más probable es que sus verdaderos progenitores fueran un par de cabras. Ruperto, por supuesto, sostiene que heredó su belleza de una larga y noble estirpe, aunque nunca ha conseguido aportar pruebas que no huelan a establo.

Criado en una familia que jamás destacó por su cariño, Ruperto creció a la sombra de su hermano, el ojito derecho de sus padres: un inútil de campeonato que, pese a no servir ni para sujetar una puerta, siempre encontraba la manera de culpar a Ruperto de todos los males de la casa. Y es que, si algo tenía nuestro gnomo, además de una cara capaz de espantar a los cuervos, era una lengua afilada y una habilidad extraordinaria para meterse en problemas. Las burlas por su aspecto nunca le faltaron, pero, lejos de dejarse amedrentar, decidió convertir su supuesta fealdad en su mayor virtud. «¡No es fealdad, pedazo de imbécil, es una belleza que vuestro cerebro de mosquito no alcanza a comprender!», solía responder. Y, si la discusión no terminaba ahí, siempre podía resolverla con un buen par de puñetazos.

Al alcanzar la edad suficiente para trabajar, sus padres decidieron que ya habían tenido bastante de él y lo echaron de casa. El pueblo tampoco parecía dispuesto a ofrecer empleo a un joven ladronzuelo con pinta de haber sido atropellado por un carro y remendado con piezas equivocadas. Así que Ruperto hizo lo único que sabía hacer: recogió sus escasas pertenencias, se ajustó las dagas al cinturón y se marchó en busca de una vida mejor. Por el camino robó, peleó, discutió y, en más de una ocasión, salió corriendo con el botín bajo el brazo mientras gritaba que aquello era una retirada táctica perfectamente calculada.

Su suerte cambió cuando conoció a un drow que, por motivos que Ruperto todavía no termina de comprender, decidió tolerar su presencia. Juntos se embarcaron en diversos trabajos de dudosa legalidad, y fue aquel elfo oscuro quien le enseñó los fundamentos del oficio de pícaro: cómo moverse sin hacer ruido, dónde clavar una daga para que el problema dejase de respirar y por qué era conveniente comprobar si una bolsa contenía monedas antes de robársela a un guardia. Ruperto resultó ser un alumno sorprendentemente hábil. Su baja estatura le permitía colarse por lugares imposibles, desaparecer entre las piernas de sus enemigos y atacar con ambas dagas antes de que nadie comprendiera qué demonios acababa de ocurrir. Durante un par de años, ambos formaron una pareja tan eficaz como problemática.

Pero toda buena historia tiene su parte de mierda. Durante una misión, su compañero perdió la vida, dejando a Ruperto solo de nuevo y con más preguntas que monedas en los bolsillos. El gnomo no es precisamente de los que se sientan a llorar delante de una vela, así que continuó su camino, aunque desde entonces guarda un respeto especial por quienes se ganan su confianza. No lo admitirá jamás, claro; antes se arrancaría los dientes con unas tenazas.

Fue entonces cuando apareció Brunfrulwufynn, un enano que terminó sacándolo de más de un apuro. Entre discusiones, deudas y alguna que otra huida vergonzosa, el enano le habló de Athkatla, una ciudad donde, según decía, siempre había alguien dispuesto a pagar por un trabajo y donde un tipo con las habilidades de Ruperto podía encontrar fortuna, fama y, con suerte, alguna persona con el gusto suficiente para apreciar su rostro.

Ahora ambos ponen rumbo a Athkatla, aunque Ruperto asegura que viaja por voluntad propia y no porque le deba favores al enano. Su objetivo es labrarse un nombre, llenar sus bolsillos y demostrar al mundo que la belleza es una cuestión de perspectiva. Eso sí, hay una cosa que puede hacerle perder toda su legendaria valentía: las brujas. No importa lo afiladas que estén sus dagas ni lo sigilosos que sean sus pasos; si alguien menciona una bruja, Ruperto empieza a sudar, maldecir y buscar una salida. «¡Yo no le tengo miedo a nadie, coño! Pero si esa vieja sabe convertirte en sapo, que se pelee con otro».

Porque Ruperto Bolsillos Llenos podrá ser un ladrón, un bocazas, un pendenciero y, según algunos, una aberración para la vista. Pero es un superviviente. Y si algo ha aprendido en esta vida es que no hace falta ser guapo, noble ni especialmente querido para llegar lejos.

Basta con tener dos dagas, pies ligeros, una lengua afilada y los bolsillos de los demás a tu disposición.
 
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