manodemono
Discípulo comegemas
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" Murann, ciudad de las bestias. Los robustos y corpulentos guardianes de la ciudad miraban de forma altiva hacia la pareja que se acercaba oculta en el resguardo de la oscuridad. Un humano y una semielfa se alzaban ante ellos, varios metros más abajo. Acto seguido los guardias retiraron la mirada rápidamente al ver la simbología del sacerdote. Ril , ya conocido en Murann por el pontífice del salón de la diosa, parece tener un paso más privilegiados que el resto de Selûnitas.
Al entrar en la ciudad medio cochambrosa para mi gusto, nos fue asignada una pareja de guardias que nos permitían movernos por tres zonas diferentes. Posada - Salón de la diosa - Afueras. No tendríamos problemas siempre y cuando no saliésemos de ese triángulo.
La noche se presentaba clara y tranquila, poco antes habíamos estado en un asunto un tanto peliagudo pero, parece que Selûne nos requiere sanos y salvos bajo su atenta mirada en el firmamento. "
- El templo está por aquí - Comenté a la mujer.
" Abrimos las puertas del mismo tras haber saludado cordialmente a la guardia lunar que se haya en las puertas. Como de costumbre mujeres, algo característico del dogma Selûnita. Una fina alfombra alargada tejida de colores fríos, en su gran mayoría azules, blancos y tonos plateados, daban lugar a la estancia bien cuidada y limpia de la ciudad. A ambos lados del pasillo central se hayan los bancos de piedra con inscripciones inscritas a cincel. Una estatua de La Dama de la Noche Blanca se visualiza en nuestro frente, arrodilla y clamando al cielo, con dos bolas translúcidas en ambas manos, depositada además en un estanque laborioso con pétalos de azucena, piedras lunares y zafiros en su interior. Obviando el hecho de algunos lugareños rezando por el templo, y la llegada de varios peregrinos que andaban fascinados en el templo, se encontraba tambien Crister, el sumo pontífice.
De escuetas palabras saludó a la pareja con una venia tranquila, a la cual ambos respondieron con un respeto mutuo. El sacerdote se adelantaba al paso de la semielfa que le acompañba, depositando ambas manos en el lienzo blanco que yace inerte en el altar sagrado, en gesto de respeto y pureza. Se santiguó con su dedo índice y corazón, dibujando un semicírculo en su frente, imitando la luna menguante de esa semana.
Me giré hacia la fémina, en un tono afable y con un suave ademán de mi diestra invitándola a hablar. "
- ¿Y Bien..? ¿En qué puedo ayudarte?. - Le pregunté , dejándola hablar.
Al entrar en la ciudad medio cochambrosa para mi gusto, nos fue asignada una pareja de guardias que nos permitían movernos por tres zonas diferentes. Posada - Salón de la diosa - Afueras. No tendríamos problemas siempre y cuando no saliésemos de ese triángulo.
La noche se presentaba clara y tranquila, poco antes habíamos estado en un asunto un tanto peliagudo pero, parece que Selûne nos requiere sanos y salvos bajo su atenta mirada en el firmamento. "
- El templo está por aquí - Comenté a la mujer.
" Abrimos las puertas del mismo tras haber saludado cordialmente a la guardia lunar que se haya en las puertas. Como de costumbre mujeres, algo característico del dogma Selûnita. Una fina alfombra alargada tejida de colores fríos, en su gran mayoría azules, blancos y tonos plateados, daban lugar a la estancia bien cuidada y limpia de la ciudad. A ambos lados del pasillo central se hayan los bancos de piedra con inscripciones inscritas a cincel. Una estatua de La Dama de la Noche Blanca se visualiza en nuestro frente, arrodilla y clamando al cielo, con dos bolas translúcidas en ambas manos, depositada además en un estanque laborioso con pétalos de azucena, piedras lunares y zafiros en su interior. Obviando el hecho de algunos lugareños rezando por el templo, y la llegada de varios peregrinos que andaban fascinados en el templo, se encontraba tambien Crister, el sumo pontífice.
De escuetas palabras saludó a la pareja con una venia tranquila, a la cual ambos respondieron con un respeto mutuo. El sacerdote se adelantaba al paso de la semielfa que le acompañba, depositando ambas manos en el lienzo blanco que yace inerte en el altar sagrado, en gesto de respeto y pureza. Se santiguó con su dedo índice y corazón, dibujando un semicírculo en su frente, imitando la luna menguante de esa semana.
Me giré hacia la fémina, en un tono afable y con un suave ademán de mi diestra invitándola a hablar. "
- ¿Y Bien..? ¿En qué puedo ayudarte?. - Le pregunté , dejándola hablar.