*Se dice, se rumorea, se comenta... que se ha visto a dos bardos de la afamada compañía La Eterna Melodía paseando cerca del Orfanato de la capital y hablar con el padre Vicentius distendidamente. Algunas malas lenguas comentan sobre una posible adopción, pues una de ellas está casada y hace tiempo que debería estar ya en estado de buena esperanza. Otros dicen que todo se debe a las buenas intenciones de estas mujeres y del hombre de largos cabellos claros que las acompañaba, de un donativo y de una tarde de cuentos para los niños del lugar.*
Offtopic :
:arrow: Miércoles 12 a las 21:30 h. en el patio trasero del Hospicio.
LA AVECILLA Y LA ORUGA Cuento escrito por Azalea.
Érase que se era, un pájaro de colores que volaba por el cielo. Como hacía calor, decidió bajar hasta un arroyo de agua cantarina a beber y refrescarse un poco. Allí, mientras bebía y se saciaba, un animalillo feo y viscoso captó su atención. Arrastraba su cuerpo por la tierra húmeda y mordisqueaba las briznas de hierba.
-¿Qué cosa eres tú?- preguntó la avecilla entre curiosa y horrorizada.
-Soy una pequeña oruga- contestó el bichejo retorciendo su cuerpecillo verdoso.
-Entre las bellas flores y aves, incluso las encarnadas mariquitas, destaca tu fealdad.-dijo el pajarillo desplegando sus alas y dejando ver el colorido de su plumaje- que pena me das pequeña oruga.
La pequeña oruga sonrió, dejando por un momento de comer, aunque tenía mucha hambre.
-La belleza no lo es todo, porque el mundo está en constante cambio. Las estaciones se suceden, las flores se marchitan, las hojas de los árboles se caen, los frutos se pudren tras caer al suelo y tras suceder todo esto, llega una soleada primavera en la que todo renace más hermoso de lo que fue.
La avecilla miró al pequeño ser con condescendencia. Día tras día se encontraban en el mismo arroyo, hasta que una mañana la oruguita no apareció. En el lugar que solía ocupar, había un extraño bulto algo más grande de lo que había sido la criaturilla, pero por más que intentó hablarle, no obtuvo respuesta.
Pasaron dos semanas sin que nada cambiase, hasta que una mañana, la avecilla presenció algo increíble. El bulto comenzó a moverse y de su interior fue saliendo lo más hermoso que sus ojos pudieran haber contemplado jamás. El cuerpo era alargado y recordaba vagamente a su amiga la oruga, pero de su espalda nacían dos bellas alas con más colores de los que lucían sus plumas. Era una criatura grácil, delicada y hermosa.
-¿Quién eres bella criatura?- preguntó fascinado el pajarillo.
-¿En sólo dos semanas te has olvidado de mí?- respondió el ser mientras batía sus alas- Soy una mariposa, aunque cuando nos conocimos, yo era una pequeña oruga.
-¿Cómo es posible?- exclamó la avecilla sin dar crédito a lo que contemplaba.
-Como ya te dije, el mundo vive en un constante renacer- tras una pequeña pausa prosiguió- y un consejo voy a darte, jamás juzgues por las apariencias, porque hasta la criatura más horrible puede guardar en su interior la hermosura más exquisita.
Sobra decir, que la avecilla, había aprendido la lección.
LOS DOS OSOS Cuento escrito por Madeleine Sweeny, adaptación de relatos de origen calimshita.
Érase una vez un feriante que se hizo muy famoso en toda Calimshan por llevar en su espectáculo un oso enorme, un oso que no era fiero sino que bailaba en sus espectáculos. Era un oso negro, de pelaje muy tupido y hábil como ninguno. El feriante estaba feliz porque gracias a ese espectáculo podía dar de comer a su familia, y el oso estaba muy bien cuidado y no pasaba hambre ni sufría tortura.
Pero un buen día el oso negro enfermó. Y a pesar de todos los cuidados con los que se procuró el feriante para sanarle no hubo manera y el oso murió.
Con toda la pena del mundo por la muerte del oso, el feriante pensó también en su futuro y en el de su familia. "¡Ay, qué será de mí ahora que no te tengo!", así sollozaba el feriante muy apenado hasta que un trabajador de la feria le escuchó.
"Podemos hacer una cosa", le dijo. "Desolla al oso, anda".
El feriante había querido a su oso negro en vida, pero ahora su familia dependía de él, así que quitó la piel al animal.
El buen trabajador entonces dijo "Yo me vestiré con sus pieles y bailaré para ti y para toda la audiencia!"
Y fue a partir de entonces que el feriante siguió ganándose la vida y con mayores ganancias, pues el oso ahora no solo bailaba sino que saludaba al público y hacía un sinfín de virguerías.
En esto que un emir de aquellas tierras escuchó hablar del espectáculo, y al comprobar la habilidad del oso quedó prendado de él. "Lo quiero, véndemelo" le dijo el emir al feriante.
El oso, que no era oso sino humano bajo pieles de oso, se asustó mucho pues no quiso descubrir su secreto, y el feriante también porque no quería vender a su oso que no era oso sino humano.
El emir le amenazó, ¡vaya si quería ese oso! Así que el feriante finalmente lo vendió.
En esto que se llevaron al falso oso negro y el emir tenía otro oso ya, uno de pelaje blanco. "Llevadles junto a ver si se pegan o se hacen amigos".
Ya en la jaula, el pobre oso negro y falso esperó la muerte, viendo cómo el oso blanco se abalanzaba hacia él. Pero prefería morir luchando, así que intentó empujar al oso blanco, derribándole. Cuando, sentado a horcajadas fue a golpearle en la cara, del oso blanco surgió un "'Oh, dioses".
¡El oso blanco también era un hombre bajo unas pieles que no eran suyas!
Los dos hombres empezaron a contarse sus vidas, tan entretenidos estaban que se quitaron las cabezas de oso para estar más a gusto. Escucharon al emir acercarse a la jaula y raudos se colocaron las cabezas de oso con tan mala suerte que las intercambiaron.
Un oso negro de blanca cabeza y un oso blanco de negra cabeza.
El emir quedó asombrado ante tal acontecimiento e hizo llamar al feriante. "¡Explícame qué ha pasado!" gritó con toda su autoridad.
Y el feriante respondió: "¡Mi oso negro no acostumbrado a la lucha ha tenido tal temor que ha encanecido de repente!"
"¿Y qué pasa con el blanco?"
"Es bien sabido que las canas de los osos blancos son negras"
El emir aceptó las explicaciones: "Perfecto, pero que degüellen a los osos y así cada uno tendrá la cabeza del oso adecuada"
Los osos que no eran osos sino humanos, terminaron por descubrir el engaño. Y el emir, compadeciéndose al escuchar sus historias, les dejó marchar y continuar con sus vidas.
Se dice que desde entonces este emir no cree que haya osos verdaderos y por eso, cuando ve alguno, siempre le pregunta "En confianza, ¿cómo te llamas?"
EL RAYITO DE SOL Cuento narrado por Alys Von Alexandros
Érase una vez una niña llamada Elsa. Tenía una abuela muy vieja, de cabello blanco, con arrugas en todo el rostro.
El padre de Elsa tenía una gran casa en una colina.
Todos los días el sol asomaba por las ventanas del sur. Todo lucía brillante y hermoso. La abuela vivía en el lado norte de la casa.
El sol nunca entraba en su habitación.
Un día Elsa dijo a su padre:
-¿Por qué el sol no entra en la habitación de la abuela? Sé que a ella le gustaría recibirlo.
-No hay sol en las ventanas del norte – dijo su padre.
-Entonces giremos la casa, papá.
-Es demasiado grande para eso – dijo su padre.
-¿La abuela nunca tendrá sol en su habitación? – preguntó Elsa.
-Claro que no, hija, a menos que tú puedas llevarle un poco.
Después de eso Elsa trató de pensar en modos de llevarle un rayo de sol a su abuela.
Cuando jugaba en los campos, veía la hierba y las flores ondulantes. Los pájaros cantaban dulcemente mientras volaban de árbol en árbol.
Todo parecía decir: Amamos al sol: Amamos el radiante y cálido sol.
“La abuela también lo amaría – pensaba la niña – Debo llevarle un poco”.
Una mañana cuando estaba en el jardín sintió los cálidos rayos del sol en su cabello dorado. Se sentó y los vio en su regazo.
-Los juntaré en mi vestido – se dijo –, y los llevó a la habitación de la abuela. – Se levantó de un brincó y entró en la casa a la carrera.
-¡Mira, abuela, mira! Aquí te traigo rayos de sol – exclamó. Y abrió el vestido, pero no había un rayo a la vista.
-Asoman por tu ojos, mi niña – dijo la abuela –, y brillan en tu cabello brillante y dorado. No necesito el sol cuando te tengo conmigo.
Elsa no entendía cómo el sol podía asomar por sus ojos, pero le alegró hacer feliz a su abuela.
Todas las mañanas jugaba en el jardín. Luego corría a la habitación de su abuela para llevarle el sol en los ojos y el cabello.