El Sentimiento sin Nombre.
ACTO I
[Se abre la escena con la narradora saliendo al escenario]
Narradora: Escuchen prestos la historia que traigo para contarles, damas y caballeros, pues les será fascinante a la par de increíble. Érase una vez un joven y dulce príncipe, ducho en el arte del conocimiento, amante de la poesía y humilde caballero, que pasaba día y noche en sus aposentos en una almena de palacio acompañado de sus maestros, pues el rey así lo había decretado.
Príncipe Aden: Largos días he estudiado, mis nobles maestros, sabéis que he sido un buen estudioso, me habéis enseñado a ser un buen ciudadano. Mas...¿Cómo ser un ciudadano sin ciudad por la que pasear? Sin observar los verdes jardines, sin charlar con sus nobles gentes, sin sentir la brisa cálida en mi faz.
Maestro Desiros: Mi joven príncipe, de sobra habéis demostrado vuestra gentil bondad, vuestra inteligencia y saber estar. Mas, ya sabéis que el rey no os permite el mundo observar.
Maestro Amunot: No hay tanto que ver mi señor, si eso acaso os pudiera consolar, pues no todos los ciudadanos pueden decir que han recibido vuestra educación y son humildes y buenos como vos. Tan solo perfidia vais a encontrar.
[El joven asiente decaído, mirando por el la ventana con anhelo la ciudad y
los maestros se retiran a hablar preocupados al otro lado del escenario]
Maestro Desiros: ¡Ay! Cuantas noches revisando los escritos, tachando la palabra prohibida, os juro por los Dioses que estoy molido ante tanto trabajo sin cesar.
Maestro Amunot: Vaya si os comprendo amigo mío, cuando la palabra "amor" aparece en un escrito, me da un pálpito al corazón, y la retiro rápidamente de los pergaminos, esperando que el príncipe aún no la haya visto.
Maestros: ¡Pues que así sea, si el rey lo manda, que jamás el príncipe conozca el amor!
Narradora: El rey había caído en desgracia, en nombre del amor en el pasado, y por eso decidió proteger al joven príncipe, de caer en la trampa del amor como una vez él lo hiciese.
ACTO II
Narradora: El príncipe jamás oyó hablar del amor, ¡ay, que cruel castigo para él aún en pos de su protección!
Pero su alma vibraba por el ansia de conocer aquello que hay más allá de los muros de palacio, así pues, la mañana que se reunió todo el consejo del rey, decidió salir al exterior.
[Se ve al príncipe con ropas de incógnito pasear por la ciudad, con actrices o actores haciendo de extras o por el contrario maniquíes de madera de fondo]
Príncipe Aden: ¡Qué ciudad tan llena de vida, que maravilla!
Mis ojos no pueden detenerse ante el eco de sus voces vendiendo sus pertrechos, son para mí la más deliciosa melodía. Acaso hoy no encontraré yo un amigo, para hablar de nada y todo, un compañero de juegos, que cansado estoy ya de los libros.
[Aparece en escena la doncella Alistra y ambos se chocan, quedándose mirando largos minutos, se rodean el uno el otro,
mientras el tiempo se detiene, el bullicio cesa y todos se detienen, hasta que Alistra se decide a hablar]
Alistra: ¿De dónde venís, mi noble señor? Jamás vuestro rostro había visto por este mercado al pasar.
Que si así fuera lo recordaría, os lo puedo asegurar.
Príncipe Aden: Vengo de tan cerca, mi señora, que dar crédito no podríais. Sin embargo siento que he estado tan lejos siempre de toda mi gente, de sus calles y sus costumbres, que un extranjero me siento en este mercado.
Alistra: No sé porque mi señor, pero siento como si os conociera toda la vida. Ignoro de donde venís, más bien poco me importa, necesito saber más de vos, disculpadme por ser tan impetuosa.
El secreto de vuestro mirar deseo desentreñar.
Príncipe Aden: ¡Es tarde mi señora! Debo a palacio regresar. La pena me embarga al no poder volver a veros, y de algún modo, jamás he experimentado tal felicidad. Adiós, mi dulce señora, escribiré prosa en honor a la mirada que jamás haya conocido
más hermosa.
Narradora: Así el príncipe se marcha, presto a su castillo, con una pena en el alma, al igual que la misma dama,
que no puede evitar que su alma se retuerza a gritos en la mismísima desesperanza.
ACTO III
[En cada extremo del escenario están Alistra y Aden reposan en su cama dando entender que están durmiendo, primero se enfoca al príncipe, una luna de cartón pintado queda suspendida por una cuerda y unos toques de lira indican que se trata de un sueño]
Príncipe Aden: El sueño ya no me consuela, ni el cantar de los pájaros en mi alféizar. Estoy ahora mismo en mi propio sueño, temiendo lo que siento estando despierto.
[Aparece Sune]
Sune: Joven príncipe Aden, el pesar en vuestro corazón siento. Vos no sabéis quien soy, pues se os ha privado de ese conocimiento. Que cruel castigo para un joven tan dulce, pues privaros del amor, lo es tanto que ni una Diosa como yo puede concebirlo en su seno.
Príncipe Aden: ¿Amor decís? ¿Qué es ese palabro? He leído cientos de libros y en ninguno lo he hallado. ¿Es acaso lo que siento, cuando vi a la dama en el mercado? Siento que mi pesar se detiene al igual que mi corazón, cuando pienso en su cabello perlado.
Sune: Es en efecto ese sentimiento, el amor mismo el que os corroe, y al cambio, también puede daros toda la felicidad posible. Estáis enamorado de la dama del pueblo gentil, y solo hallaréis la paz si a su lado el camino vivís. Hablad con vuestro padre, él os debe una explicación, de toda vuestra vida la más importante.
[Se desenfoca esta escena y se va al otro extremo, donde Alistra está en las mismas que el príncipe]
Alistra: Ni en mis sueños puedo dejar de pensarte amor mío, dime porque te has ido. ¿Es que acaso, mi adorado príncipe, tú no sentiste lo mismo? De palacio llegaste, y aunque gentil soy quizá solo sea una plebeya a tus hermosos ojos. Mas en este ensueño dorado, sigo pensando en vos y no encuentro consuelo ni en la brisa ni en el agua, ni en los parajes ni en las plazas.
[Entra Hanali Cenalil]
Hanali Cenalil: Dulce agua y suave brisa, que vuestro ensueño sea una revelación, joven Alistra. Pues el joven también os ama, me lo han susurrado los bosques, entre risas comentan las hadas. Mas le está prohibido salir del palacio, el mismo rey lo manda. No culpéis al noble joven, pues él como vos carga pesar en su alma. Id a rescatarlo de la peor prisión pensada, un lujoso castillo con todas las riquezas imaginables, donde el amor no reina para su desgracia.
[Se apaga la luz para poner un par de camas a cada extremo, y al encenderlas se ve a ambos en cada una de sus camas,
despertando del sueño, jadeando]
Príncipe Aden: Que sueño tan vivido, que sueño tan intenso. Padre no osará negarme una explicación para esto.
Alistra: Que sueño tan vivido, que sueño tan intenso. Al alba me dirigiré al castillo, a liberar a mi amor preso.
Ambos al unísono: ¡El amor he encontrado al fin, al alba resolveré este entuerto!
ACTO IV
[El rey está sentado en la mesa del consejo del reino cuando el príncipe Aden aparece]
Príncipe Aden: ¡Decidme porque, padre, aquello llamado amor me habéis ocultado!
Pues en sueños ha aparecido una dama con cabellos de fuego y de ello me ha hablado!
Me dice que me mantenéis preso, y dar fe de ello puedo. Pues en el mercado conocí a la más bella mujer del reino y mi corazón tiene hechizado. ¡Porque me negaste esto que ahora siento!
Rey Delios: ¡Como osaste desobedecerme! ¿No ves que por tu bien lo hago mi lucero? El amor me destrozó una vez el corazón, lo paladee antes de perderlo. Una ruín dama, si es que así puedo llamarla, quebró mi espíritu con el desengaño. Pues lo que para mí era amor a todas luces, para ella tan solo era un juego despiadado, mi anhelo era su corazón, el suyo las arcas de mi reino amado.
Príncipe Aden: Os comprendo padre mío, y entiendo ahora que solo queréis protegerme. Mas, creedme cuando os digo, que en esta ocasión será diferente. El amor ya he conocido, no hay vuelta atrás para mí, que me permitáis sentirlo, es la cosa en el mundo que a mí me haría más feliz.
[Aparece Alistra en escena]
Alistra: Su alteza, mi señor, vuestros guardias paso me han cedido, al contarles que vengo aquí por un suceso con su noble hijo. [Se inclina en una reverencia]
Príncipe Aden: ¡Mi amada, mi florida dama, estáis aquí conmigo!
Alistra: Podéis llamarme Alistra, amado mío, un sueño me reveló que debía estar aquí con vos y hasta aquí he venido.
Príncipe Aden: Aden podéis pues llamar a vuestro amado, pues un sueño también me reveló que no podría ser feliz si no era a vuestro lado.
[Ambos amantes se van el uno hacia el otro y se toman por las manos,
mirándose directamente a los ojos en una pose dramática. El rey interviene]
Rey Delios: ¡Basta ya de algarabía, aquí en mi mismo palacio, que alta descortesía, la cháchara sobre amor se ha acabado!
[Ambos se acercan de la mano al rey]
Alistra: Consentid, mi señor, que vuestro hijo me despose, riquezas no deseo en este mundo, ni corona ni báculo ni trono, nada es comparado al amor que los Dioses para nos disponen.
[El rey se acerca para observarla, le toma de la barbilla y se hace un tenso silencio. Finalmente cierra los ojos en un grave gesto]
Rey Delios: Veo la bondad en vuestros ojos, la pureza de vuestra alma reflejada en ellos. Haced feliz a mi primogénito, pues evitarlo yo ya no puedo. Si acaso vuestro amor no es verdadero, y le inflingís algo de dolor, haré que vuestro castigo sea severo.
[Los jóvenes se abrazan llenos de júbilo, con lágrimas en los ojos]
ACTO V.
[Se ve la escena de una boda, los novios el rey y más figurantes reales o de madera. Los maestros sonríen al ver al joven y cuchichean a un lado del escenario que se ve iluminado]
Maestro Desiros: Una dama del pueblo gentil, que verá morir a su amado a edad temprana. Si esto acaso no es amor, yo ya no sé que podría serlo, mi señor.
Maestro Amunot: Un joven príncipe de una diferente cultura, dejando a una futura reina viuda. Si esto acaso no es amor, tampoco yo puedo decir que puede serlo, mi señor.
[Delante de un cura figurante o de madera los novios tomados de las manos se miran y hablan]
Príncipe Aden: Prometo darte todo el amor que pueda en mi corta vida, mi amada Alistra del pueblo gentil, y dejaros mi trono a vos y al fruto de nuestro amor, como gratitud de la lumbre que ha hecho cálido mi corazón.
Alistra: Prometo daros todo el amor que pueda en mi larga vida, mi amado Aden príncipe del pueblo humano, y cuando partáis en paz al otro reino, fidelidad juro guardaros. Seré una reina sin rey, pero en los ojos de nuestros hijos os veré siempre reflejado.
[Los novios se besan sellando el pacto y a continuación aparecen Sune y Hanali Cenalil,y todos las miran con asombro y ahogan un grito de sorpresa]
Sune: Hemos llegado a tiempo, querida amiga.
Hanali Cenalil: Ya lo creo que sí, amiga mía.
Sune: Os hemos observado de cerca, en vuestros sueños hemos caminado. Y hemos visto que vuestro amor es tan puro como el rocío de la mañana, que riega las rosas con sumo cuidado.
Hanali Cenalil: Sentimos fuerte admiración, por aquí los jóvenes enamorados, que aún con las barreras del tiempo y la muerte, desean amarse eternamente. Así pues, hemos acudido a vuestras nupcias con un regalo. ¿Deseáis, Alistra, dar la mitad de vuestra existencia a vuestro ser amado? De ese modo perviviría vuestro amor sin un luto por centurias anunciado.
Alistra: ¡Lo deseo mi señora! Hacedlo posible y me consagraré a vuestra causa por siempre.
Príncipe Aden: ¡Alistra! ¿Estás segura? ¡No puedo aceptarlo mi amor, perderéis la mitad de tu vida para alargar la mía!
Alistra: Estoy tan segura como es seguro que sale el sol cada día. Una vida más breve prefiero si es por vivirla por entero a vuestro lado. Esto es un regalo de las Diosas y no debe ser despreciado.
[Sune y Hanali Cenalil se toman de las manos y con las manos libres ante los novios hacen una conjura, cada una en su lengua, y con varitas de luz apuntan a los novios. Estos son regados desde arriba del escenario por polvos de colores verdosos y rojos, aparentemente polvos de hada.]
Sune y Hanali Cenalil al unísono: ¡Que podáis caminar juntos por la senda del amor, que vuestros hijos puedan ver a su padre y a su madre juntos, nunca envueltos en el manto del dolor!
[Todos en la boda aplauden y se levantan, y en la escena final en la que los novios son enfocados, estos se dan un beso más apasionado y se cierra el telón.]
EPÍLOGO.
Narradora: Esta es la historia de los reyes de Cretán, el rey Aden y la reina Alistra, que fueron un ejemplo para sus súbditos de amor y misericordia. Se cuenta que fue una hera de prosperidad y bendiciones para el pueblo, dicen las leyendas que sendas Diosas del amor romántico velaron siempre por ellos.
Y que a su muerte sus hijos honraron su memoria, alzando efigies con la faz de sus padres y pidiéndole a los trovadores que hablaran de sus Diosas, que narraran su historia.
FIN.
Esta obra puede verse de manera pública.