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Aproximación a la Taumogénesis

Draconeo

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Taumogénesis, por Oyave wa Wmilvo tel'Telkarar​

Dada la extrema complejidad de los conceptos a manejar si se hicieran nudos de contextualización alguna veo necesario crear un marco referencial sencillo que permita el acercamiento incluso de los legos en el Arte hacia la idea aquí expresada. Por ello, permítanme un pequeño viaje por mis recuerdos que quizás esclarezca los preceptos que necesitamos asumir en esta hipótesis.

Cuando era un infante que a penas paladeaba sus inicios como aprendiz, mi madre me inculcaba fascinación por el aprendizaje mediante hechizos de ilusión que eran capaces de deformar mi percepción del mundo hasta el punto de llegar a dudar en más de una ocasión si lo que veía era real o no. Esta curiosa experiencia junto a mis humildes avances en el saber me hizo reflexionar sobre la misma relatividad del concepto “realidad” lo que, junto con muchas experiencias que se verían examinadas por esta particular forma de ver el mundo llevó a extraer algunas conclusiones, siendo la fundamental de ella que toda escala de valores o preconcepción con la que nos aproximemos a un objeto de estudio llevará inevitablemente a la falla en la interpretación de la verdad escondida tras la apariencia.

Durante mis años de estudio, un hábil mago me enseñó el extraño hechizo conocido como “magnifica mansión”, y me sorprendí cuando lo describió como “la creación de un semi plano”. Su explicación posterior demostró una precisión y detalle superior. Bien es cierto que la diferencia entre un plano y un semi plano es la limitación espacial del segundo frente a la virtual ilimitación del primero, precisamente lo que vemos en estos pequeños espacios de bolsillo que creamos al ejecutar este hechizo o en la manufactura de contenedores mágicos. Estas creaciones nos demuestran que el espacio, aquello que nos contiene como individuos dentro de la realidad, puede ser creado y alterado mediante el Arte. A través de la transmutación he visto como se ha transformado de mil formas la naturaleza física de los objetos dentro de los patrones que el plano en el que me encontraba pre establecía, como volver un material en combustible aunque fuere el mismo aire que hay frente a nosotros, una manipulación de la materia y reordenación de la misma hasta el punto más extremo. Por tanto, no solo podemos crear el contenedor, también podemos alterar su contenido, y en el caso de hechizos conjurativos de la subescuela de creación, también estaríamos creando construcciones nuevas aunque de una pobre temporalidad que culminará con la descomposición nuevamente en energía de aquello que es creado, salvando aquellos hechizos específicos que permiten su perpetuidad ad infinitum. Y es aquí, en esta creación del contenido, donde la primera chispa de la presente hipótesis nació.

Si era posible crear y alterar el espacio y la materia dentro de este mediante el empleo de la transformación de energía mágica, nada diferenciaría nuestra realidad planar de otras construcciones semejantes y artificiales salvando un elemento clave, la escala. Pero si fuera posible manipular la energía mágica a niveles no alcanzables por simples mortales nada nos diferenciaría de entes creadores superiores.

Además, en mis viajes por otros planos experimenté en primera mano las alteraciones en el tiempo hasta el punto de ver su total falta en el astral, y adquirí el conocimiento de la relatividad temporal con respecto al individuo llegando a descubrir formas de, al menos en apariencia, paralizar el tiempo de mi alrededor con transmutaciones superiores. Estas experiencias me demuestran que el mismo tiempo no es una constante, sino una variable más de la existencia que es igualmente alterable y relativa al espacio y la materia, los cuales per se ya son maleables magia mediante.

Por tanto, e inspirado por la cita “el tel’quess es magia” que los míos frecuentemente usan para poner en relieve la especial relación que con esta tenemos, consideré la posibilidad de una pérdida del mensaje original que en un examen más exhaustivo podría resultar contar con una interpretación profunda sobre el mismo sentido de la realidad que se habría perdido con el tiempo por una u otra razón, y que bien sería posible que sea un secreto compartido solo con los dragones y otras grandes razas del pasado Aber Toril. No digo esto como una afirmación baladí e injustificada, sino en la común raíz de nuestras lenguas, el idioma universal de la magia, que no es más que el idioma con el que todo está ordenado, el sistema que trae orden al caos. Así, podría considerarse que nuestro dicho no quiere decir que los tel’quessir tengamos una relación superior con la magia, sino que efectivamente somos magia o, más precisamente, que todo lo que es, fue y será se trata de magia en otro estado. La materia y la energía no se crean sino que se transforman, aunque muchas veces somos incapaces de entender del todo esos procesos pues la naturaleza de los mismos escapa al alcance de nuestros sentidos o, en otras palabras, al diseño de los órganos que poseemos para recopilar información sobre nuestro entorno.

Por ello, habremos de realizar una aproximación puramente intelectual en inicio aplicando la lógica más fundamental, y descubrir a través de ella que todo objeto divisible puede ver sus partes a su vez divididas, y estas a su vez divisibles hasta un punto único en el que no habría más división posible. Ha de haber un elemento básico y fundamentador, el “ladrillo” o “material fundamental” con el que todo ha sido construido, la porción, unidad o fragmento de la magia en sí con el que se compone todo, la partícula mágica elemental o “TAUMO”.

A lo largo de nuestro mundo podemos encontrar distintos mitos sobre el origen de la existencia y en la mayoría de ellos se encuentra la coincidencia de referir un mismo medio anterior, el llamado “caos primigenio” , una marea informe de energía en un continuo torbellino cambiante que ya fuese por azar o por la acción de una entidad superior, un demiurgo de infinito poder que resultaría nacer del caos mismo como una consciencia escindida y a la vez participante de él, que decide crear orden compuesto de una serie de reglas codificadas en un lenguaje que ahora conocemos como “lengua de la magia” o “lengua universal”.

Estas creencias podrían ocultar una verdad ya conocida previamente en tiempos de mayor comprensión sobre el Arte que los actuales, en los que hemos caído en el inmovilismo, la reproducción y desarrollo del trabajo anterior, como si nuestra labor fuese la del teólogo argumentando sobre la verdad derivada en vez de la del científico que contrasta la hipótesis con la empírica. Y dado que podemos alterar todos los elementos que conforman la realidad, y considerando un escenario hipotético en el que se demostrase como veraz la afirmación sobre la naturaleza mágica de esta, su estudio a nivel fundamental nos proporcionaría un conocimiento tal de la existencia misma y el uso del Arte que nos daría la facultad de desarrollar métodos de uso más refinados y perfectos que los que ya hoy conocemos.

Como notal final quisiera referenciar un curioso hechizo que conozco que podría justificar aún más las excéntricas afirmaciones que ahora mismo propugno. Se trata de un agresivo bombardeo de muy diversas energías elementales al mismo tiempo y en un espacio muy limitado para, después, condensarlas en una única unidad, una singularidad energética de tal naturaleza que sobrepasa todos los límites dimensionales conectando los planos al existir en todos ellos de tal manera que, considero, termina emulando a algo muy parecido a lo que sería ese caos primordial en su estado natural, reflejo de todo y a la vez de nada, capaz de conectar a través de la mera evocación de energías planos que normalmente jamás estarían conexos si no es a través del mismo desgarro de las barreras dimensionales mediante hechizos conjurativos. Tal y como resulta de las descripciones de este hechizo, parece que no solo podríamos con el terminar viéndonos arrastrados a cualquier plano de los que ya conocemos, sino incluso acabar fuera de ellos en una nada inexplorada y temible por su propia naturaleza, una no-realidad que, de resultar cierta mi afirmación, sería el origen de nuestra existencia y, posiblemente, final.

Obra por Oyave Wa Wmilvo tel'Telkarar, Ar'faerna tel'Suldanessellar
 

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