- Debemos recuperar la prole de Adalon.
Con esa afirmación, Sariel la instó a unirse a una expedición hacia lo más profundo de la Infraoscuridad. En algún lugar recóndito, a varios días de camino, surcando grutas sumidas en las tinieblas más profundas, y donde el faerzress impedía la escapatoria por medios mágicos, se internó un grupo en busca de huevos de dragón. En definitiva, toda una aventura que merecería ser documentada por un bardo que se quisiese hacer notar. Y precisamente era el tipo de hazaña que a Gwenaëlle, se le hacía terrorífica, y que no obstante, para la cual empezaba muy a su pesar, a acostumbrarse.
Pues eran sin duda tiempos extraordinarios y pocas causas podrían motivar la alianza con una sierpe plateada; y más, una como Adalon, la legendaria protectora de las profundidades. Gracias a ella, los horrores de la Infraoscuridad raramente tenían la ocasión de atormentar a los habitantes de la superficie.
El grupo, compuesto por miembros del Capítulo de la Rosa de Plata, así como miembros de las Fuerzas Armadas, y miembros del Pueblo Élfico, recorrió las grutas. Eran todos figuras conocidas: el Teniente Ewan y la soldado Valdor. El magistrado Williams. La Portadora de la Paz, Sylwen, y la Ary'Kerym, Kyathel. La montaraz Aviel. El valeroso Kastan. La confiable Kriell. El ingenioso señor Lekin. Y por supuesto, su Alta Sacerdotisa, sin la cual no se hubiese atrevido a internarse. Sariel.
Todos juntos, se internaron hacia las profundidades de lo desconocido.
Y allí, hallaron...
Drow.
Elfos oscuros; reflejos retorcidos del Pueblo Élfico. Seres viles y traicioneros; los cuales, al parecer, habían abrazado la causa de la Reina de la Oscuridad. Hallaron su refugio; un lugar que se asmejaba a un extraño templo, pero cuyas efigies recordaban figuras dracónicas profundamente retorcidas. El grupo tuvo que adentrarse mediante el uso de la fuerza, avanzando palmo a palmo mediante cruentos combates.
En lo más profundo del santuario, hallaron a una mujer nervuda; otra drow. Una sacerdotisa. Cuando Gwenaëlle cruzó miradas con ella, este entonó un cántico en dracónico, finalizando lo que parecía ser un extraño rito con una docena de huevos de color cobrizo, broncíneo y plateado, colocados en un círculo dibujado en el suelo con runas impías. Los huevos reaccionaron al rito y eclosionaron... pero lo que surgió de los mismos eran moles que recordaban vagamente al cruce descomunal entre un humano y un dragón.
Draconianos.
Eran engendros creados a partir del huevo de dragones auténticos, pero animados con una única voluntad: destruir todo lo vivo. Servir a la Reina. Y eran rivales fenomenales.
Los drow ya de por sí eran una amenaza terrible; pero el hecho de que tuviesen, además, que combatir contra draconianos, hizo que por un momento, Gwenaëlle creyese que no iban a sobrevivir. Tras un combate contra tres de estas criaturas, acabaron tremendamente malheridos. Pero sobrevivieron. Sanaron sus heridas gracias a la ayuda del Poder, bendiciones otorgadas por Sehanine Lunarco y Selûne; ambas, diosas que tomaban su poder de la luna. Con sus heridas sanadas, y su resolución inquebrantable, los aventureros continuaron adentrándose hacia lo más profundo del santuario impío.
Eventualmente, hallaron un portal. Desde el otro lado, se podía ver una galería llena de huevos. Huevos de dragón.
Lo cruzaron.
Al llegar, tomaron unos cuantos. Gwenaëlle intentó discernir entre ellos, pero era imposible saber cuáles habían sido corrompidos, y cuales no. Tuvo que dejar que fuese la diosa quien le colmase con su dicha, esperando que con sus actos, hubiese elegido bien. Continuaron avanzando, luchando, y eventualmente, encontraron otra cámara en la que se ejecutaba un ritual parecido. Pero esta vez, llegaron a tiempo para detenerlo. Con violencia.
En el centro de la estancia, otro círculo impío. Pero estos huevos parecían haber sido apartados por un motivo en particular. Dos plateados, dos broncíneos. El grupo se los llevó, y partieron del lugar.
De vuelta a la guarida de Adalon.
Allí, la dragona les recibió. Escuchó su relato; a lo que tuvieron que enfrentarse. Los aventureros presentaron varios huevos; no sólo los últimos cuatro que recogieron, sino otros más que tomaron de las cámaras de los drow seguidores de la Reina. Pero Adalon, en su nobleza y vasta sabiduría, pudo reconocer los huevos teñidos por la ponzoña.
Y nada se podía hacer por ellos. Gwenaëlle había tenido una vana esperanza de que el ritual fuese reversible, pero la presencia terrorífica de Adalon y su voz atronadora no dejaron lugar a duda alguna.
- Destruidlos.
Y así lo hicieron.
Cuatro huevos se salvaron de la purga. Dos broncíneros, dos plateados. Dos de ellos eran de la propia prole de Adalon; los otros dos, de otro dragón que tuvo la desgracia de haberle sido arrebatada su descendencia.
Adalon cuidaría de todos ellos. Y honraría el pacto al que habían llegado.
Y fue así como una nueva alianza fue forjada, entre hombres, elfos y dragones.