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Ambición, honor y sangre I

Kalganath

Vampiro que no usa azules
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12/11/08
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Lo encontró cuando sobrevolaba el camino de Athkatla a Crimmor. Kuma. Ese era el hombre que necesitaba. Descendió y se posó a pocos metros de él. No le pilló por sorpresa: para cuando el avariel comenzó a descender hacia el velludo guerrero éste ya se había girado en su dirección y llevado su mano al enorme no-dachi que llevaba cruzado a la espalda. Kuma reconoció al avariel, pero tardó aún varios segundos en alejar la mano de la empuñadura. El aura que rodeaba al Ariltel-quessir era siempre tan inquietante que costaba sentirse cómodo en su presencia.
Se habían visto tan solo en una ocasión, en los picos de las nubes. Aquella vez el avariel decidió ayudar al grupo en el que se encontraba Kuma, que de aquella cojeaba debido a alguna herida sufrida en alguna refriega anterior. Kael descargó casi todo lo que tenía memorizado sobre los gigantes de la escarcha que rodeaban al reducido grupo de aventureros. Desde su privilegiada posición en el basto cielo sembró el caos entre los titanes de piel azulada y martillos del tamaño de un humano, permitiendo que el grupo retrocediera hasta el otro lado de un puente natural labrado en piedra y hielo. Un puente en el que un solo hombre, de tener la pericia necesaria, podría contener a un regimiento entero sin tener que enfrentarse a más de dos enemigos a la vez…uno si tenía las dimensiones de un gigante. Kuma, que hasta el momento se había estado absteniendo de participar debido a su cojera, se plantó en el centro del puente y desenvainó por vez primera su acero. Uno a uno fue despachando a los gigantes pese a la limitación que sus heridas suponían a su movilidad. Con cada tajo caía un oponente y menguaba la determinación de sus enemigos, los cuales acabaron por detener su avance, temerosos de ser los siguientes en seguir a sus congéneres caídos al insondable abismo de la muerte. Una bola de fuego llegada desde su retaguardía terminó por prender la llama del pánico en sus corazones y pusieron pies el polvorosa. Kael no tenía intención alguna de bajar a tierra a entablar relación de tipo alguno con los sanos y salvos aventureros: Los gigantes de escarcha eran sirvientes de los Dragones blancos que habitaban esos picos. Razón más que suficiente para desearles la muerte. Aún le quedaban un par de conjuros ofensivos que, con suerte, acabarían con la vida de al menos un gigante más. Su odio hacía los dragones cromáticos en general y hacia los blancos el particular estaba arraigado en su corazón de tal modo que probablemente fuera imposible extirpar el uno sin destruir el otro. Comenzaba a perseguir a los gigantes cuando notó un repentino cambio en las corrientes de aire y descendió tan rápido como pudo: se acercaba una ventisca. Una de las grandes. En el momento en el que sus pies tocaron la nieve, los vientos, cabalgados por hordas de copos de nieve, gotas de agua y esquirlas de hielo azotaron su rostro. Kael Ghar Khan rugió de ira ante lo que no podía ser otra cosa que la magia del Dragón Blanco que dominaba la cumbre de esos picos. Esa era la única explicación posible para tan repentino cambio meteorológico. Se abrazó con las alas y echó a andar, consciente de que, solo, a pié y sin nada más que arrojar contra sus enemigos que dos conjuros de la segunda y la tercera esfera, se encontraba en una posición que solo un orgulloso avariel calificaría de “vulnerable” en lugar de “desesperada”.

Arrastró los pies durante varios kilómetros con el viento acosándole por todas partes, hasta que casi se da de bruces con un improvisado refugio hecho por el grupo de aventureros que habían luchado por su vida un poco más arriba. La visibilidad era tan escasa que cuando los vió no debían de estar a más de tres metros de su posición. Al instante dos pares de armas estaban desenvainadas en su dirección, prestas para dar muerte al intruso. Kael extendió por completo las alas, tratando de parecer más amenazador de lo que realmente era. Lo reconocieron como la criatura alada que había cubierto su retirada en lo más crudo de la batalla. Pese a ello no bajaron las armas. Así fue como conoció a Kuma, Alessya, Sarah y Adam, entre otros. El inexpresivo rostro del avariel, su inquietante mirada violácea y su inexistente don de gentes complicaron sobremanera la tarea de ganarse la confianza de los humanos. Aceptaron la presencia del desconocido a regañadientes. Con esa ventisca el descenso iba a ser duro, y necesitarían toda la ayuda que pudieran conseguir para llevarlo a cabo perseguidos por enemigos que se sentían como en casa en medio de semejante tormenta.

A magia, canción y acero se abrieron camino entre los yetis, las arañas y los trasgos, escuchando alarmantemente cerca los gritos de los gigantes que les pisaban los talones sedientos de su sangre. Cada uno hizo lo propio para lograr salir con vida de esas montañas…y lo consiguieron. Llegaron a la Fortaleza de la Legión ubicada en el camino empedrado al borde de la extenuación, ateridos de frio y heridos. Incluso Kael, que se sentía tremendamente incomodo en compañía de cualquiera que no fuera él mismo durante un periodo tan prolongado de tiempo, tuvo que descansar alrededor del fuego del campamento. El grupo interactuaba ante la silenciosa presencia de Kael como si él no existiera, cosa que era de agradecer. Aprovechó para comprobar la veracidad de varias tendencias psicológicas y costumbres socioculturales de los humanos que había leído en algunos de los libros que había estudiado antes de volar destino Amm. Sacó un pergamino y tomo varias notas con un trazo elegante y rápido y desencadenó su libro de conjuros para volver a grabar en su memoria los conjuros que creyó que necesitaría para la próxima jornada. Entró en el ensueño junto al fuego y en cuanto el frio abandonó sus huesos y se sintió con fuerzas de volar lo hizo, sin mediar más plabras que las que había en una frase que usaba su antiguo mentor, Diofastos, para desear buena suerte “Que Mystra llene de magia vuestros pulmones”. Kael Ghar Khan desapareció en el cielo nocturno dejando tras de sí tan solo una sensación incomoda, un estremecimiento involuntario y un par de plumas negras, que surcaron el aire hasta caer en el fuego del campamento.

Habian pasado varios meses desde aquello y Kuma y Kael volvían a encontrarse en mejores circustancias. El silencio se prolongó hasta que el Avariel lo rompió entrando directamente en materia, sin formalismos ni rodeos retoricos:

- Necesito tu acero.

Kuma no cambió de expresión. Uno nunca sabía por dónde iba a salir el elfo alado y, como en su Arte, el de la Guerra, era mejor esperar lo inesperado. Lo había visto volando de aquí para allá los últimos meses, tomando tierra tan solo para solucionar alguno de sus asuntos y volviendo a desaparecer con la misma celeridad. No hacía vida social ni disfrutaba de la compañía de otros. Si entraba en contacto con alguien era para algo que consideraba de la máxima importancia.

- ¿Para qué?

El Ariltel-quessir agradeció con un cabeceo la frugalidad verbal del guerrero. Por un momento creyó que perdería horas de su preciado tiempo en una conversación estéril antes de poder exponer el asunto, como solía ocurrir con el resto de la No-Gente. Incluso sus primos solian ser así. Desplegó un mapa trazado a mano ante Kuma y lo depositó en medio del camino. Éste se puso de cuclillas para poder observarlo mejor. El mapa parecía ser preciso hasta el último detalle. El arcano no parecía capaz de hacer nada a medias. Kuma reconoció Nashkell y sus alrededores. Kael señaló un punto situado al Este de Nashkel.

- En las minas han paralizado toda actividad. Han encontrado varios mineros muertos. La causa de su muerte parece haber sido numerosos cortes y un potente veneno. Enviaron uno de los cuerpos a la Arcanum para que se realizara la autopsia y se identificara a la criatura que lo inoculó. Quiero capturarla y diseccionarla – Kael miraba a los ojos a Kuma en su última frase, la que contenía el motivo de su interés y su muda petición de ayuda. Kuma pensó en los trabajadores muertos, en sus familias y en las familias de aquellos que, aún estando vivos, no podrían trabajar con las minas reconvertidas en el nido de alguna criatura mortífera. Asintió.

- Ya veo. Lo haré – Le devolvió la mirada a los ojos-, y con esto mi deuda de honor contigo será saldada. Tu cubriste nuestra retirada y a cambio yo mantengo a raya a lo que sea que se esconda en esas minas mientras tu realizas tus cálculos, notas o lo que sea que hagas. Nos veremos dentro de dos días en las puertas de Nashkel. Ve preparado.

El Avariel recogió el mapa y sonrió con los ojos. Tenía las pupilas tan dilatadas que casi no se le veía el violeta de los iris. Estaba preso de una excitación casi infantil. Solo tenía pensamientos para su investigación. Desde el instante en el que el cadáver del minero entró en la cámara preparada para la autopsia y se determinó que el veneno era de algún arácnido sin catalogar el Ariltel-quessir no paró de especular sobre la naturaleza del mismo. Solicitó permiso para hacer pruebas con los rastros de veneno que se habían encontrado en el minero muerto y se encerró en el laboratorio. El veneno era de una potencia espeluznante y parecía haber sido alterado a través de la magia. Aún podían sentirse retazos de la misma latiendo en el vial que la contenía. Continuó haciendo pruebas durante dos días hasta que no le quedó nada con lo que seguir investigando. Sus conclusiones habían sido que la araña que había dado muerte al trabajador no era de una especie sin catalogar, sino que la magia había desfigurado su naturaleza de tal modo que su identificación resultaba imposible. No se trataba de una nueva especie de arácnido, sino del producto de la voluntad de otro manipulador de la Urdimbre, uno al que no le importaba dejar sueltas a sus creaciones para que se alimentaran de los inofensivos aldeanos que tenían la desgracia de trabajar ahí. Sin duda alguna el manipulador de la urdimbre ( Arcano, divino o de otro tipo, eso aún estaba por determinar) había escogido esos subterráneos como base de operaciones y no quería ser molestado por nadie. Sonrió por dentro mientras volaba de vuelta a la Arcanum para inscribir los pergaminos que considerara necesarios y agenciarse los ingredientes de conjuro suficientes para desatar todo su poder. Casi lo sentía por su oponente: Sin tener conocimiento de ello, dos molestias enormes estaban en camino.
 
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