Ceniza
El que aplaude en los discursos Zhent
- Registrado
- 9/9/25
- Mensajes
- 184
SIETE
Hace catorce años en Crimmor, la bulliciosa ciudad de caravanas, Shásta era un torbellino de niña risueña y curiosa. Sus pies descalzos conocían cada grieta de los adoquines, cada recoveco donde los mercaderes escondían sus tesoros más preciados y todos la querían por su ingenio y su espíritu alegre
Aquella mañana cumplía siete años. Su madre le había gritado para que barriera el aféizar, pero no lo había hecho. Como castigo, su abuela en tinaja y ella en cubeta, caminaban un rato después cargadas con agua del pozo. Se podría decir que el primer fallo fue solo una pausa extraña
Para cuando llegara la tarde clara y con el aire cargado de tierra caliente, Shásta se concentraba en no derramar el agua, peor el cubo que transportaba por el patio tembló sin ninguna razón. El peso se volvió extraño en su mano izquierda. El metal del asa pareció fundirse con sus dedos antes de resbalarse completamente. Shasta observó, con la curiosidad intacta de sus siete años, cómo el agua escapaba en libertad, formando un mapa de imposibles ríos a sus pies. Su brazo colgaba ahora como una rama rota, todavía sosteniendo un fantasma
Hace catorce años en Crimmor, la bulliciosa ciudad de caravanas, Shásta era un torbellino de niña risueña y curiosa. Sus pies descalzos conocían cada grieta de los adoquines, cada recoveco donde los mercaderes escondían sus tesoros más preciados y todos la querían por su ingenio y su espíritu alegre
Aquella mañana cumplía siete años. Su madre le había gritado para que barriera el aféizar, pero no lo había hecho. Como castigo, su abuela en tinaja y ella en cubeta, caminaban un rato después cargadas con agua del pozo. Se podría decir que el primer fallo fue solo una pausa extraña
Para cuando llegara la tarde clara y con el aire cargado de tierra caliente, Shásta se concentraba en no derramar el agua, peor el cubo que transportaba por el patio tembló sin ninguna razón. El peso se volvió extraño en su mano izquierda. El metal del asa pareció fundirse con sus dedos antes de resbalarse completamente. Shasta observó, con la curiosidad intacta de sus siete años, cómo el agua escapaba en libertad, formando un mapa de imposibles ríos a sus pies. Su brazo colgaba ahora como una rama rota, todavía sosteniendo un fantasma
Contempló aquella traición de su carne cn la misma mirada con que estudiaba los acertijos que le planteaba el viejo Farid. Intentó mover los dedos y estos respondieron con pereza, como si entre su voluntad y su piel se hubiera instalado un abismo. No había dolor y tal vez esa ausencia era más inquietante que cualquier sufrimiento. Tocó su antebrazo y, por ponerlo en palabras más adultas, sintió que acariciaba a un desconocido que llevaba su piel
Con la sabiduría instintiva de los niños, Shásta buscó con la mirada los ojos de su abuela. Su abuela, que había visto a lo largo de los años los vasos derramados, la escritura irregular, la inusitada torpeza en la mano izquierda de su nieta zurda. El rostro pecoso de la niña se arrugó en una sonrisa despreocupada
Llenó el cubo otra vez, esta vez con la mano derecha firme en el asa y la izquierda apenas rozando el fondo, como quien lleva algo precioso y frágil. Cuando su madre preguntó desde la cocina, respondió con una mentira pequeña y perfecta, aceptó los comentarios del desastre que le acompañaba y cenó en un extraño silencio bajo las fugaces miradas de su abuela
Esa noche, en la privacidad de su cama, Shásta estudió aquella extremidad traidora con la reverencia con que un bardo toca su instrumento. Sus dedos derechos recorrieron cada tendón y cada vena azulada bajo la piel, memorizando aquel nuevo territorio y pensando, ya entonces, en cómo iba a transitarlo.
Última edición: