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Ars Abjuratoria

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I - EN DEFENSA DE LA ABJURACIÓN, UN MANIFIESTO

II - NEGOCIAR CON UNA ENTIDAD INFERNAL:
CONTINGENCIAS, EVOCACIÓN Y BUROCRACIAS
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I - EN DEFENSA DE LA ABJURACIÓN,
UN MANIFIESTO


Por Mizerán el Rojo​





Como ocurre con otros instrumentos cuya esencia es defensiva, la escuela mágica de Abjuración se considera débil frente a otras cuya capacidad ofensiva es más aparente. Si se está de acuerdo en que la magia encierra una capacidad mucho más destructiva que otras fuerzas de categoría mundana, entonces parece razonable pensar que las artes abjuratorias, en tanto ofrecen la única égida frente a la propia magia, son de la máxima relevancia para cualquier lanzador de conjuros y para todo aquel que quisiera guardarse de dichas artes.

El enfoque dominante en los círculos de erudición propone, como es bien sabido, que se trata de una ciencia mágica cuyos conjuros son de naturaleza protectora. Un abjurador estaría por tanto dotado de los medios para negar y defenderse de peligros naturales y mágicos, gracias a la facultad de invocar sus propias energías y las de otras escuelas para ese propósito. Es decir, un conjuro de abjuración puede materializar una fuerza mágica, a pesar de que esa vertiente arcana se adscribe habitualmente a la escuela de Evocación. Parece pues evidente que nos encontramos ante una disciplina, la abjuratoria, cuya definición se antoja sencilla pero no así su diferenciación con el resto de escuelas. Este rasgo, lejos de ser un pecado, constituye una virtud única de la Abjuración, pues desde un punto de vista pragmático ninguna otra toma prestados los poderes de sus homólogas.

Existen voces que han reprochado a esta corriente mágica un presunto carácter anti-arcano, algunos de sus detractores, y paradójicamente también un número de sus adalides, la han tachado con orgullo de arcanófoba. Además de inexacto, sostener esta premisa resulta deshonesto por cuanto forma parte y comparte la misma esencia primordial que el resto de escuelas. Considerándolo inadecuado, parece más pertinente señalar las que quizás sean, por el contrario, sus cualidades más relevantes: se trata de una corriente flexible y reactiva, en tanto interpela y engloba a todas las demás. Eminentemente se trata de un saber cuyo propósito es la defensa y la protección, y de ahí que pueda determinarse que toda aquella forma de magia que niega o reprime otras expresiones mágicas pertenece a las artes abjuratorias.

No obstante lo anterior, debemos advertir que los estudiosos del Arte confunden con frecuencia, a la hora de dotarle de sentido y jerarquizarlo mediante la categorización en ocho escuelas, el hipotético propósito de dicho poder en oposición a sus mecanismos de funcionamiento. En otras palabras, una cerradura arcana dispuesta para impedir el franqueo de una puerta no difiere de un sortilegio explosivo en su pomo en su propósito, pero sí en el modo en el que se articula y en los efectos que acarrea. Siguiendo la misma línea, candar mágicamente una puerta puede proteger lo que quiera que haya tras ella, del mismo modo que puede retenerlo contra su voluntad. ¿Puede un escudo de madera pensarse un arma ofensiva si con él se golpea y hiere a un atacante? ¿Se convierte acaso una bola de fuego en un sortilegio protector si con ella se reprime el asalto de un rufián? Ciertamente, no.

Por estos motivos, parece pertinente valorar una consideración alternativa de la Abjuración que pueda alejarla de tales contradicciones. Este tratado defiende que se trata de la Magia de la magia. Detrás de esta aparente contradicción se esconde una sencilla premisa: las artes abjuratorias no se limitan, de acuerdo con tales lógicas, a hacer magia en el más literal sentido, ni se ordenan de acuerdo con el propósito de quien las pone a su servicio. Obedecen a la voluntad de interferir, contrarrestar o desbaratar otras magias o, en su defecto, las realidades físicas que con ella conviven. Dicho de otro modo: los conjuros de la Escuela de Abjuración actúan sobre la propia esencia de la magia; acentúan, disminuyen, disipan, previenen o impiden su uso, lo cual no es óbice para que sus aplicaciones prácticas estén únicamente limitadas por el ingenio de quien comanda este poder.

Resulta elocuente, empero, que la Abjuración puede, del mismo modo que un sencillo escudo, en determinadas circunstancias y a pesar de sus supuestas limitaciones como presunta disciplina de defensa, causar un daño desconocido por muchos. Con frecuencia su utilidad trasciende tales barreras y se erige como un medio irrenunciable para la custodia del cuerpo, de la mente y también del alma. Pocos podrán disputar su naturaleza versátil, pues sus diversos poderes rara vez interfieren unos con otros o se niegan mutuamente, lo que permite el despliegue de protecciones mágicas contra toda suerte de daño y su adaptación a vicisitudes particulares y contingentes. Habitualmente despreciada por sus hermanas o relegada a un propósito auxiliar, la Abjuración exige una inmensa atención a los detalles y un alto grado de disciplina mental, pero a cambio ofrece a quienes la cultivan una amplia gama de ventajas, tanto prácticas como conceptuales.

Para finalizar, y al sentir de todo lo antedicho, pudiera uno pensar que, efectivamente, nos encontramos ante el más prometedor de los ámbitos en el Supremo Arte, y quizás también el más subestimado. Para el mágico veterano no existe un adversario más temible que otro arcano, pues aunque las groseras bruteces del metal puedan aplastar su coraje, la flecha atravesar su piel desnuda, o el puñal traidor vencer su confianza; contra todos aquellos terrores puede alzarse una contingencia mágica. Otro lanzador de conjuros puede, no obstante, blandir los secretos del Arte para desbaratar dichas égidas, impedir que otras sean levantadas, o desencadenar toda clase de calamidades. Afortunadamente obra al alcance de unos pocos, con la debida preparación, disciplina y conocimiento, obtener una virtual invulnerabilidad.​




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II - NEGOCIAR CON UNA ENTIDAD INFERNAL: CONTINGENCIAS, EVOCACIÓN Y BUROCRACIAS


Por Mizerán el Rojo y Narsai de Samargol
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El pacto con los diablos del Baator jamás es asunto sencillo, y por tanto amerita de toda una serie de preparativos y prudencias que serán resueltas a continuación. Este epítome se vertebra sobre una secuencia de tres puntos, cuya fórmula debe ser observada con la máxima rigurosidad. El primer epígrafe se ocupa de los preparativos necesarios para conducir el ritual de invocación. El segundo concierne al protocolo y las solemnidades, arcanas y mundanas, que precisa la ceremonia. El tercero y último se compone de un anexo donde se recogen pautas para la elaboración y un modelo formal de estatuto vinculante.​


I. CONTINGENCIAS​

En primer lugar, y como es obvio, es necesario contar con el concurso de un arcanista con solvencia para desplegar las custodias pertinentes y, en última instancia, efectuar la ceremonia de invocación. Justo es decir que a la hora de hacer frente a cualquier eventualidad el conocimiento es la más valiosa compañía, pero para el caso presente prescribimos una mínima sapiencia acerca de los Nueve Infiernos y sus moradores, pues en ellos habita toda una nómina de seres de dispar rango y poder, cuya jerarquía y motivaciones exceden el alcance de este tratado.

La principal égida de la que dispondrá el invocante con respecto a un baatezu se trata de un sencillo Círculo de protección mágica. Sus custodias, como es conocido, pueden orientarse en dos direcciones: es posible su disposición como cinturón protector, dentro del cual contarán quienes permanezcan dentro del perímetro con un repertorio de salvaguardias físicas y mentales frente al infernal. Es menester advertir que el diámetro de la esfera no excede los seis metros, por lo que no parece sensato congregar multitudes para la ceremonia.

Sin embargo, los efectos del Círculo mágico pueden invertirse y dirigirse hacia la entidad invocada, tornando lo que debiera ser santuario en prisión. Las mismas leyes que protegían a los beneficiarios del círculo actuarán en este caso a la inversa, atrapando al baatezu y frustrando sus intentos de recurrir a la violencia frente a sus anfitriones. Si nuestras intenciones son tales, consideramos ineludible emparejar el Círculo mágico con un conjuro de Ancla dimensional con el fin de prevenir todo viaje extradimensional y, por ende, la posibilidad de que el sujeto se evada del ritual. La combinación de ambos sortilegios debiera constituir un muro infranqueable, y para lograrlo es preciso practicar uno y otro como paso previo a la invocación. A este efecto se sugiere prolongar metamágicamente el círculo mágico o la coordinación de dos o más lanzadores de conjuros.

En cualquier caso, el círculo mágico requiere para su despliegue de plata pulverizada, además de tiza o mineral equivalente. Recomendamos sumergir este último elemento en una solución de agua bendita con el fin de fortalecer las custodias. Es fundamental que el diagrama mágico de circunferencias, fórmulas, runas y sigilos sea proyectado con el más alto esmero, por lo que en este particular se aconseja disponer de una reserva de tiempo prudente, además de una planificación meticulosa. Tanto o más esencial es que durante la ceremonia de invocación el círculo de custodia no sea alterado de ningún modo, por agentes físicos, mágicos o de cualquier otra naturaleza, pues de lo contrario las barreras podrían quedar sin efecto.
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II. EVOCACIÓN​

Esta segunda instancia, el ritual de invocación propiamente dicho, jamás debe practicarse en ausencia de la primera. Solventado el orden secuencial, hemos de advertir nuevamente que el hecho de que la costumbre avale las negociaciones con los seres infernales no implica que estos estén favorablemente dispuestos para ella, ni que se deba dar por cierto que su reacción al ser invocados no vaya a ser hostil. Por este motivo parece razonable sugerir que se favorezca el encuentro con entidades ya conocidas o de las que pueda aventurarse una respuesta más o menos sosegada.

Por otra parte, aunque es sabido que existen otras vías para establecer contacto e invocar entidades extraplanares -las cuales requieren de una muy profunda comprensión y gobierno del Arte- este tratado se fundamenta en una concreta, denominada comúnmente Ligadura de los Planos. Como parte del ritual, debe hacerse mención al tipo de ente infernal que se desea hacer llamar o, en su defecto, utilizar un nombre concreto al que responda, si es que se conoce. La finalidad más corriente de quienes lo ejecutan es cautivar al infernal con objeto de que lleve a cabo un servicio para el lanzador de conjuros a cambio de su libertad.

En condiciones normales, toda vez dicha prestación haya sido satisfecha la entidad solo deberá dar noticia al invocante para quedar liberada. No debe olvidarse la notable aptitud de los baatezu para atesorar en el tiempo los agravios que les son perpetrados, por lo que no es posible descartar que, como seres ajenos a las leyes de la Muerte, aguarden pacientemente el momento de hacerlos vindicar. El proceso del que emana este tratado, por el contrario, obedece a una casuística diferente aunque en absoluto excepcional: la presencia del baatezu fue evocada para comparecer en la renegociación de un estatuto previo. El hecho de que se tratara de un encuentro concertado por ambas partes no fue óbice, y jamás debiera serlo, para que fueran debidamente desplegadas las custodias antedichas.

Recomendamos que la parte invocante disponga de otras contigencias defensivas o de evasión ante la eventualidad de un encuentro hostil o una negociación infructuosa. Nos referimos, naturalmente, a sortilegios abjuratorios como Mente en blanco, conjuros de Destierro o Exorcismo, glifos de protección, armamento de plata, o acaso a mecanismos para el viaje arcano. Tanto o más provechoso podría demostrarse recurrir a maldiciones para menguar la aptitud del invocado para oponerse al sometimiento mágico, aunque como es lógico esta circunstancia dispondrá a la entidad en nuestra contra. En interés de este empeño encontramos plausible la interposición de un conjuro de Mano espectral, si bien no se ha podido confirmar empíricamente su eficacia y se desautoriza la experimentación por parte de advenedizos.
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III. BUROCRACIAS​

A diferencia de sus archienemigos, la horda demoníaca colectivamente denominada tanar’ri, un baatezu estará por lo general menos indispuesto para una negociación, siempre y cuando los réditos de la misma puedan estar alineados con sus intereses. Para la raza infernal, la posesión más valiosa atesorada por un mortal es sin duda su alma inmortal, y según advierten los sabios hacerse con ella será siempre la motivación última del siervo del Baator. No es el propósito de este tratado ahondar en las consecuencias de desprenderse, voluntariamente o no, de la sustancia primordial que constituye el ánima, pero baste enfatizar que bajo ningún argumento se trata de una circunstancia deseable, y en razón de ello conservarla deberá ser la máxima prioridad del negociante. La costumbre revela que los baatezu pueden ser tentados con otros recursos: saber arcano, información, riquezas mundanas, o la asistencia en las Guerras de Sangre que mantienen con los tanar’ri.

De suma importancia es pues no ceder ante las hábiles sugestiones con las que los infernales, merced de su mendaz y ocurrente verbo, tentarán incluso al intelecto más sereno. O acaso hacerlo de forma prudente y con plena consciencia de los efectos que ello acarreará. Incluso en situaciones en las que la esperanza se sopesar una indulgencia imposible, debiera uno saber que las promesas de un ente infernal serán siempre el inicio de una servidumbre tramposa y, sobre todo, eterna; por muy tentadores que sus compromisos puedan reputarse, y por más que estos se disfracen falsamente de sencillas transacciones.

Conocido es también por los eruditos que los baatezu son seres conscientes de su categoría y poder, motivo por el cual siempre es prudente observar ciertos protocolos y fórmulas de cortesía en su presencia. A pesar de que, según se piensa, no pueden utilizar la palabra en falso en un contrato ni violar su cifra y letra una vez lo han signado, disponen generalmente de unas astucias superiores y de complejos mecanismos dialécticos para disfrazar sus cadenas de obsequio, o para eludir las que por obra de la fuerza se les imponen. Por todos estos motivos es aconsejable contar para el proceso de redacción y la posterior negociación con la sabiduría vigilante de un erudito en el argot de la burocracia del Baator y, por supuesto, no olvidar que todo estatuto debe hallarse manuscrito en el alfabeto infernal. En el modelo que se incorpora para cerrar este tratado se contó con la cooperación del renombrado trovador Sével Aseir Puestaluna, conocedor de dicha lengua.
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