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Bailando entre bastidores

Sariel

Enano sin acento ruso
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15/1/24
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Lirael cerró los ojos y dejó que su mente se sumergiera en las sombras de la meditación. Desde que entró en la Corte de Bodhi y se unió a las filas de los seguidores del oscuro arte, su vida había tomado un giro inesperado. Recordaba el día en que conoció a Wynne, la enigmática vampira que la había introducido en este mundo de intrigas y maldad. Recordaba aquel día en la taberna cuando Melnibonia propuso un simple juego. Recordaba a los presentes, Elrid, Jadzia, Jamgon, Melnibonia y a aquella enigmática mujer, Aura. Lo recordaba, pero como si fuera un recuerdo lejano. ¿Cuánto había podido pasar? Cuatro meses, quizá seis. Pero en su mente todo aquello quedaba como un tenue recuerdo de lo que había sido.

Muchas cosas habían ocurrido. La primera persona a la que se abrió de verdad en este lugar, Daraen, había desaparecido hace meses sin dejar rastro. Después de graduarse en la universidad, las visitas a esta bajaron bastante aunque no cesaron completamente, por lo que dejó de ver a otras muchas amistades de forma asidua. Todo parecía alejarse de ella, menos aquella mujer que siempre permaneció a su lado, en las buenas y en las malas, ante las más difíciles adversidades, cumpliendo cada promesa que hacía a la joven semielfa, que, inocente, solo se dejó llevar por lo que prácticamente cualquiera en este mundo podría desear: cariño, comprensión y ayuda. Gracias a ella había hecho cosas que literalmente ni había soñado, había estado delante de majestuosas bestias, una dragona blanca, una plateada, uno de vapor y un gran rojo que por diversas circunstancias dejó a una cría a su cuidado, la "pequeña" Flamara, rebelde y destructiva como ella sola. Algún día sería una gran sierpe capaz de infundir temor en el corazón de la gente solo con su presencia.

Pero ahora, sentada en la penumbra de su cámara, Lirael escrutaba sus propios pasos, el camino que había elegido. Estaba en una cómoda habitación; la mansión de la corte gozaba de todo tipo de lujos que nunca habría podido disfrutar de otras formas, pero desde luego eso no era algo importante para ella. El conocimiento y las experiencias allí vividas eran lo más vital e importante para ella. Entre esos pensamientos aparecían algunos que pecaban de desagradables para ella, por ejemplo, el destino que sufrió aquella selunita. Lirael sabía, o más bien creía, que no era alguien malvado; había determinadas cosas que debían hacerse, por su bien, por el bien de Wynne, por el bien de todos los que ahora eran sus amigos más cercanos. Pensó que simplemente "era trabajo", pero determinados actos ciertamente pesaban en su corazón. Matar a alguien indefenso era algo para lo que no estaba hecha, pero a veces simplemente no había otra solución. Esos actos la acercaban cada vez más a su sueño: ser reconocida como lo que quería ser, una maestra de sierpes, una erudita en el campo de las criaturas mágicas. Sí, era egoísta, pero era mejor admitirlo que actuar como lo hacía el resto de la gente, pensando que son los buenos de una historia que ellos mismos creaban en su cabeza.

Un susurro sutil, como un eco distante en su mente, le recordó la imagen de su familia en Puerta de Baldur. Su madre, su hermano menor y su hermana pequeña, ajenos a la oscuridad que ahora envolvía su vida. ¿Qué pensarían de ella si supieran hacia dónde se había dirigido? ¿La aceptarían? ¿El pequeño Roan la miraría con los mismos tiernos ojos de admiración que ella recordaba? ¿Qué diría su hermanita Elara? No debían saberlo; ella solo buscaba su propio bien y el bienestar de los suyos. Gracias a todo esto, podía enviar dinero a su familia con mayor frecuencliraaaa.jpgia y cantidad. No había excusas, solo objetivos.

Lirael se puso de pie, sintiendo la urgencia de encontrar respuestas. Salió de su cámara y se adentró en los pasillos sombríos del palacio de la Corte de Bodhi. Las velas titilaban en las paredes de piedra, madera y mármol, lanzando sombras danzantes a su paso.

Finalmente, llegó a una estancia donde se reflejaba un espejo antiguo. Su imagen pálida y su cabello rubio platino brillaban débilmente a la luz mortecina. Lirael miró su reflejo con intensidad, buscando la verdad detrás de sus ojos grises. No sabía si lo que veía era real o simplemente una ilusión, una mala pasada de su mente; esa palidez, esas ojeras que inundaban su mirada. Estaba agotada; no era fácil seguir el ritmo de los inmortales ni sus horarios, pero de nuevo, no había excusas, solo objetivos.

—¿Estoy siguiendo el camino correcto? —se preguntó en voz alta, con la esperanza de encontrar claridad en sus propias palabras.

Pero el espejo guardó silencio, devolviéndole solo su propia imagen distorsionada. Lirael suspiró, sintiendo el peso de su dilema. No había excusas, solo objetivos.

La voz suave pero firme de Wynne resonó en su memoria: "El poder está en tus manos, Lirael. La oscuridad y la luz son dos caras de la misma moneda. ¿Qué eliges?"

Entonces, Lirael recordó el momento en que cruzó el umbral hacia la Corte de Bodhi, seducida por las promesas de conocimientos arcanos y el encanto magnético de Wynne. Agitando su cabeza, se desprendió de esos pensamientos y salió de nuevo rumbo a su habitación. Al doblar una esquina, se encontró con Wynne, de pie en la penumbra con su elegante porte vampírico, esa morena pero pálida piel y esos penetrantes ojos marrones.

—Lirael, querida mía —dijo Wynne con una sonrisa serena pero penetrante, como si fuese capaz de mirar en su interior—. ¿Qué te agobia esta noche?

Lirael la observó unos segundos, dando un ligero suspiro mientras se acercaba a ella, acortando rápidamente las distancias entre ambas.

—Wynne, hay noches en las que siento que el mundo se me viene encima y solo necesito despejarme, pensar —dijo Lirael con voz apagada—. Todas estas novedades, experiencias... no son sencillas.

Wynne la observó con ojos centelleantes, sin perder su compostura.

—Comprendo tus dudas, Lirael. Pero recuerda, el poder que posees puede ser moldeado para servir a tus propios propósitos. La dualidad es una fuerza poderosa que debes aprender a dominar. Y sabes que puedes encontrar en mí el cariño que otros nunca han podido darte.

Lirael asintió lentamente, reconociendo la sabiduría en las palabras de Wynne. Aquella "mujer" se había vuelto un eje central en su vida; la había temido más que a nada en el mundo en un principio, pero ahora era algo más, literalmente, alguien con quien compartía su vida y su día a día, alguien a quien confesarse, alguien con quien llorar si era necesario. Al principio dudó de su naturaleza, de sus intenciones. "¿Una vampira que muestra cariño por alguien? Debo estar loca", pensó. Pero lo cierto es que a lo largo de todos esos meses, jamás la abandonó, jamás la dejó sola, y eso era algo innegable que la joven no podía negar.

Tras mirarla brevemente, se acercó a ella y la dio un suave abrazo, lleno de cariño real y auténtico pero breve, mientras Wynne sonreía con benevolencia, revelando sus afilados colmillos en la tenue luz.

—Toma el tiempo que necesites, Lirael. Tus compañeros siempre estarán aquí para ti, para siempre... literalmente.

Con esas palabras, Lirael se despidió de Wynne cesando el abrazo y se retiró a su cámara. Sea como fuere, no había vuelta atrás, no había un camino del bien o del mal, solo un camino que seguir, un camino para facilitar la vida a los suyos, a sí misma. No había excusas, solo objetivos.
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