Púrskul, hace tres años...
A esas horas de la noche en la de normal bulliciosa Casa Gáldrim solía reinar el más absoluto silencio, roto ocasionalmente por los crujidos de la estructura de madera y piedra que le daba cobijo. Al salir de la sala de reuniones, caminando en soledad por los largos y vacíos pasillos que la guiaban hacia la libertad laboral después de una tediosa jornada de balances e informes, lo que creyó un golpe seco proveniente de las bodegas puso su cuerpo en tensión. Talivia Ha'valen tomó una antorcha de la pared y se dispuso a esclarecer el misterio.
La tea ardiendo iluminaba el tortuoso descenso en espiral tan sólo dos pasos por delante desus pies. Afortunadamente, se conocía de memoria esas escaleras de caracol y sabía que la losa del séptimo peldaño llevaba más de cinco años suelta. Su sombra alargada se proyectó como una fantasmagoría contra el irregular lienzo de la bodega antes de que ella misma pisara sobre tierra firme. Con un pasado como actriz en una troupe de artistas itinerantes, era plenamente consciente del efecto que esa tétrica proyección podría causar en los asaltantes, así que se limitó a anunciar su presencia con un desagradable berrido gutural.
La criatura que hurgaba de puntillas entre cajas de vino apiladas pegó un brusco respingo, agazapándose para girar lentamente la cabeza sobre el hombro, aún con la mano izquierda dentro de la caja. Su perfil aviar, de nariz rota y pobladas cejas, era inconfundible.
—El puñetero Cass Bellamy...—Talivia colgó la tea en uno de los apliques de la pared. De manera discreta, todos sus músculos comenzaron a destensarse— ¿Es que no os enseñan modales en Cormyr? ¿No puedes entrar por la puerta como cualquier persona decente?—Cass Bellamy era la única criatura sobre la faz de Faerûn, a excepción de los niños y los animales, a la que Talivia Ha'valen tuteaba.
—Oveja amarilla...— se limitó a saludar él, disimulando como buenamente podía el susto que acababa de llevarse. De hecho, con todo el descaro del mundo, siguió rebuscando entre las cajas de vino, como si quisiera dejar patente su intención de robar, sin importarle si dejaba testigos o no por el camino.
—“Oveja amarilla”. Supongo que en algún momento que ahora mismo se me escapa fue divertido. —Talivia se cruzó de brazos, observando fijamente los avances de Cass Bellamy en las artes del latrocinio—. Por cierto, ni te molestes. Los Reserva los tengo bajo llave. Ahí sólo encontrarás vino picado que he seleccionado cuidadosamente para ti a sabiendas de que hace unos meses proclamaste a los cuatro vientos que te dedicarías a sisarnos vino.
Cass Bellamy enarboló la mejor de sus sonrisas, agarrando por el cuello una de esas botellas de vino picado para guardársela dentro de uno de los bolsillos de su chaleco. La provocación estaba servida y poco importaba el valor del mejunje que contuviera o que ella le hubiera sorprendido con las manos en la masa. El auténtico valor de su acción residía en demostrar los cojones necesarios para hacerlo.
Los finos labios de Talivia Ha'valen se curvaron en una brevísima sonrisa. Le gustaba leer entre líneas.
—¿Qué es lo que no te deja dormir, Bellamy?
El lenguaje corporal de un Cass Bellamy con sus facultades al pleno siempre había sido el del nerviosismo. Era inquieto como una ardilla. Por eso, el más leve signo de apatía era un indicativo de que las cosas no funcionaban. No era el caso. El gur sacudió los hombros, miró a un lado y a otro, y comenzó a hablar atropelladamente.
—Tú que sabes tanto sobre la Carta de la Moneda, verás...quería hacerte una consulta sobre un caso hipotético, lleno de situaciones hipotéticas, con personas hipotéticas, a qué tipo de penas se enfrentan los cómplices de un delito, siempre todo hipotético, hm.
—Ya. Vamos a suponer que, hipotéticamente, no te has tomado las molestias de allanar una propiedad ajena para robarme una botella de vino peleón y hacerme una consulta legal. Recojones, que no nací ayer. Tú no has venido a verme para que te dé una clase maestra sobre la Carta de la Moneda.
—Hm, puede —admitió. Y, a continuación, soltó a bocajarro lo que en el idioma de Cass Bellamy venía a ser una argucia—. Quiero liberar al grifo cautivo en el Palacio Dhanaudar. Ea, ya te lo he dicho. Eres cómplice, hm.
—Pues qué bien. Según estipula el artículo tres punto dos de la Carta de la Moneda, la mitad de la pena que tú te lleves, para mí — Talivia, imbuida en sarcasmo, sacudió la cabeza, intentando asimilar la información—. Espera, espera un momento... ¿Estás insinuando que tienes en mente atentar contra una propiedad del Consejo de los Seis?
—Bueno, insinuar, lo que se dice insinuar...
—Bah, olvídalo, no he atinado con las palabras. —agitó la mano derecha, pulcramente enguantada y recuperó el cigarro que apoyaba sobre la oreja izquierda, llevándoselo a la boca.— Sabes que esas criaturas son carnívoras, ¿verdad? Imagínate que, tras una vida en cautiverio, sin poder alimentarse por su cuenta, la liberas y se dedica a revolotear sobre Athkatla, cazando niños porque sabe, como yo, que son lo más parecido a corderos, tanto en berridos como en inteligencia.
Talivia Ha'valen frunció el ceño, contrariada. Desde que había aprendido a analizar las situaciones en perspectiva y se preocupaba por los demás, se había vuelto demasiado responsable. “Casi, casi, como una madre”, pensó. La palabra que más detestaba.
—Por no decir que ir a tocarle las narices al mismísimo Consejo de los Seis a las puertas de su casa puede poner sobre tu lindo gaznate una soga de las que aprietan de verdad. —prosiguió ella.
—¿...Y no te parece cojonudo?
Talivia Ha'valen abrió la boca para replicar, pero descubrió que el argumento la había dejado sin palabras.
—Mira, Ha'valen... —continuó Cass, a sabiendas de que había conseguido generar una grieta en la pretendida superioridad moral de la semielfa. — Estoy harto de que siempre me vean como el chico bueno, el que ayuda a todos sin rechistar, y sé que tú también estás harta de cargar con esa imagen, hm. Y no digo que no seamos dos buenos tipos, o que lo intentemos al menos, hm.
—No sé cómo carajo vas a conseguir que te vean como el vándalo que ha robado un grifo al Consejo de los Seis sin que eso te lleve al cadalso, sansirolé. Esa no es una gesta de la que presumir públicamente. Si quieres romper con tu imagen de parguela, yo qué sé, viste de negro, hazte un tatuaje, comienza a consumir loto negro, vete de putas...
—Déjame acabar, leñe. Me importa un carajo lo que los demás piensen de mí ¿sabes? Lo hago por mí, hm.
Talivia clavó sus ojos de gata de los infortunios sobre Cass. Creía poder completar sus frases en aquel momento, porque su vida monótona, un sendero plácido de corrección y responsabilidades que la llevaba diariamente de la sala de reuniones a su casa, llevaba años amenazando su espíritu exquisitamente ácrata. Y veía su juventud como algo cada vez más distante y desdibujado.
—Lo haces por sentirte libre otra vez. Por reírte de todo. Por arrogancia. Por abofetear a las buenas costumbres. Por puro vicio. Por atesorar un chiste secreto que sólo tú entiendes.
—Bueno, y tú también, ya que vas a ser mi cómplice. Y el grifo, claro. Deberías verlo, anclado al suelo con una pesada cadena de eslabones. Se merece volar en libertad. Y nosotros dos también.
Cass Bellamy sonrió, mostrando los dientes. A la luz de las antorchas, y en contraste con su atezada piel, resplandecían como perlas tashalanas. Talivia estalló en una seca carcajada y su sombra, tan alargada, aburrida y gris, sacudió los hombros como un villano de opereta, burlándose de su dueña.
—Valiente astracanada. Nunca pensé que la crisis de la mediana edad me empujara a considerar como lo más cuerdo que me han planteado jamás en la vida el birlarle una bestia sobredimensionada al Consejo de los Seis. —guardó silencio unos instantes y lo señaló con dedo acusador—. No te vengas arriba, si es que eso es posible para ti, gorgojo. Todavía no te he dicho que sí. A tu argucia le falta el brillo diamantino de un plan refinadamente pulido —alzó las cejas, repentinamente, al recordar algo, no sabía el qué, importante seguro, tal vez que no había cerrado la caja fuerte al salir del despacho, o que se había dejado una olla al fuego, o que no había pagado los impuestos al waukeenar, o que había por ahí un hombre, sensato, prudente, que siempre velaba por ella para que El Camaleón no se la llevara antes de tiempo—. Por cierto ¿Suravar lo sabe...?