Lédnur Eldárian
Bolsa de la Bolsa Planar
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- 29/12/08
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PRIMERA CEREMONIA EN ATHKATLA (llanos exteriores)
Nuestro amable, caritativo y bondadoso corazón os recoge y ofrece consuelo en un mundo de desdichas e infortunios que asolan las almas de los que no lo merecen. Es por ello que aquí presente, y en nombre de todos mis hermanos, os ofrecemos la palabra de nuestro dios, para compartir vuestras cargas y dedicar todas nuestras fuerzas a cuidad de los desvalidos, los niños y los ancianos.
Bien sabed que el Quebrado ha soportado por vosotros heridas por las que hasta el más valiente de los guerreros habría perdido la noción del mundo en que vive. Quizás es por ello por lo que la mayor parte de las personas que he conocido no comprenden nuestra dicha, quizás es por ello por lo que se nos ignora en muchos lugares, porque se nos considera amargados que poco tenemos que hacer con nuestras vidas, quizás por ello nos compadecen.
Mas yo digo mis hermanos que la lástima y la compasión de muchos son el regocijo de otros. El dios del Lamento nos ha enseñado a amar a toda criatura y aún más a velar por sus vidas, pues nuestros únicos enemigos son aquellos que se deleitan con el sufrimiento de otros, y es a ellos, pobres de alma y espíritu a quienes debemos nuestra buena ventura para con la gente humilde y de sencillo corazón. Aquellos que atormentan regiones con la tiranía han de saber que no provocarán sufrimiento y temor en sus enemigos mientras nosotros estemos cerca.
¿Haremos más fuertes a aquellos que se recrean en la destrucción y la desdicha ajenas? Una buena pregunta que me plantearan pocos días atrás. No es así, pues nuestro sufrimiento no radica en compartir los de nuestros hermanos, sino que éste se nutre de las acciones desleales e inhóspitas que se suceden en el día a día. Sufro viendo morir a alguien de hambre, no sufro muriendo de hambre. Es por ello que con mis palabras sabréis a que deidades se enfrenta el dios del Lamento. Para ello estamos nosotros, los sacerdotes, para daros esperanza con nuestras palabras.
¿Pero y quiénes somos nosotros? Nosotros… hombres de mucha fe, inquebrantable diría amigos míos, la cual cultivamos día a día con nuestros rezos, sin prácticamente descanso a lo largo de nuestras vidas. Y si bien una de nuestras principales tareas consiste en convencer a los moribundos en que busquen consuelo en nuestro dios, no es ésa nuestra única labor.
Personalmente os digo que no se ha de buscar el consuelo al final de nuestros días, sino que ha de ser en el día a día cuando demostremos nuestra verdadera fe al Quebrado. ¿Y ha de rezar aquel que no crea en él? Buena pregunta que se puede formular. Por ello os digo que no es sólo con los rezos como podemos contribuir a una buena causa. No todo hombre que busque cobijo en la bondad, humildad y paciencia de Ilmáter ha de seguir nuestros votos, no todos somos sacerdotes.
No pretendo convencer a nadie de que rece seis u ocho veces al día y conozca todos los nombres de nuestros mártires como San Sollars o conozca todos los rincones del Martirio. No pretendo que todos aquí presentes crean en nuestro dios. Sólo he venido a hablar con vosotros. Sólo os digo que cada vez que ayudéis a alguien, cada vez que compartáis una carga con vuestro mejor amigo o enemigo, Ilmáter estará con vosotros para ayudaros a soportarla. Cuando tendáis vuestra mano para ayudar a levantarse a vuestro compañero que ha tropezado, cuando ofrezcáis un trozo de pan a aquél que no ha desayunado, una cantimplora de agua al que no ha bebido, una ayuda por pequeña que sea para que quien la recibe se sienta mejor. Es en esos momentos cuando Ilmáter cuidará vuestros pasos.
Es por ello que os digo que no importa quienes estén doloridos, no importa morir en su nombre. ¿Quién no moriría en nombre de sus hijos o de sus esposas o padres? Gustoso daría la vida por vosotros aquí presentes, y no es esto una vergüenza para mi, sino que es algo que me enorgullece decir. ¡Menudo loco!, pensaréis. Así es, no os falta razón, mas sin alguien mucho más loco que yo a vuestros ojos no existiría en vosotros ese sentimiento de querer proteger a los vuestros.
El cuerpo *se mira a si mismo abriendo los brazos mientras habla* no es nada para mi. Para muchos quizás sí, pero no por más fornido es mejor el guerrero. Todos los valores que caracterizan a alguien, a todos nosotros, los dicta nuestro espíritu. Nadie es más valiente por ser rubio ni nadie es más tolerante por ser alto o bajo. Es por ello por lo que entrego mi cuerpo y me dedico en alma a mi labor.
Sabed pues que ésta es bien simple, pues consiste en dedicar todo el tiempo a los necesitados y dedicar el esfuerzo necesario para consolar a los inquietos y afligidos y aconsejar a los perdidos, alimentar al hambriento, ofrecer mi casa y mi cama a aquel que no tenga un lecho donde dormir, tratar las enfermedades de los que las padecen y enterrar a aquellos que no pudieron superarlas, dar mis ropas al que pasa frío, ofrecer mis sandalias a aquel que no tiene dinero para el calzado, ayudar a vestir al manco, caminar abrazado al cojo, y en definitiva ofrecer el sustento a aquellos que carecen del mismo.
Muchos de mis hermanos siguen labores más que honorables en templos de distintas ciudades *mira al sacerdote que está junto a él* mas es algo a lo que no he dedicado mi tiempo, dado que no me gustan los edificios de piedra. Siempre hay una primera vez, supongo. Y es por ello que hoy os digo que dedicaré mi tiempo en estas tierras a ayudar a todos aquellos que lo necesiten en la ciudad de Athkatla y en los demás asentamientos humanos del reino, bien sean poblados, aldeas o fortalezas como la de nuestra sagrada Orden del Muy Radiante Corazón. Trabajaré llevando alimentos a las ciudades cercanas e intentaré que la palabra de nuestro dios llegue a todas partes al igual que hoy día os he hecho llegar a vosotros su voluntad.
La mayoría de vosotros no la habrá escuchado, o no reflexionará sobre ella, y es una opción más que respetable. Igual de válida que la mía. Pero con que sólo una persona me haya escuchado y reconsidere mis palabras podré descansar tranquilo una noche más. Hacen falta muchas barras de pan para alimentar a esta ciudad, no obstante con ver a uno de vosotros dejar unas migajas a los enfermos del hospicio o del templo habréis saciado mi alma. Mi cuerpo, puede esperar.
Nuestro amable, caritativo y bondadoso corazón os recoge y ofrece consuelo en un mundo de desdichas e infortunios que asolan las almas de los que no lo merecen. Es por ello que aquí presente, y en nombre de todos mis hermanos, os ofrecemos la palabra de nuestro dios, para compartir vuestras cargas y dedicar todas nuestras fuerzas a cuidad de los desvalidos, los niños y los ancianos.
Bien sabed que el Quebrado ha soportado por vosotros heridas por las que hasta el más valiente de los guerreros habría perdido la noción del mundo en que vive. Quizás es por ello por lo que la mayor parte de las personas que he conocido no comprenden nuestra dicha, quizás es por ello por lo que se nos ignora en muchos lugares, porque se nos considera amargados que poco tenemos que hacer con nuestras vidas, quizás por ello nos compadecen.
Mas yo digo mis hermanos que la lástima y la compasión de muchos son el regocijo de otros. El dios del Lamento nos ha enseñado a amar a toda criatura y aún más a velar por sus vidas, pues nuestros únicos enemigos son aquellos que se deleitan con el sufrimiento de otros, y es a ellos, pobres de alma y espíritu a quienes debemos nuestra buena ventura para con la gente humilde y de sencillo corazón. Aquellos que atormentan regiones con la tiranía han de saber que no provocarán sufrimiento y temor en sus enemigos mientras nosotros estemos cerca.
¿Haremos más fuertes a aquellos que se recrean en la destrucción y la desdicha ajenas? Una buena pregunta que me plantearan pocos días atrás. No es así, pues nuestro sufrimiento no radica en compartir los de nuestros hermanos, sino que éste se nutre de las acciones desleales e inhóspitas que se suceden en el día a día. Sufro viendo morir a alguien de hambre, no sufro muriendo de hambre. Es por ello que con mis palabras sabréis a que deidades se enfrenta el dios del Lamento. Para ello estamos nosotros, los sacerdotes, para daros esperanza con nuestras palabras.
¿Pero y quiénes somos nosotros? Nosotros… hombres de mucha fe, inquebrantable diría amigos míos, la cual cultivamos día a día con nuestros rezos, sin prácticamente descanso a lo largo de nuestras vidas. Y si bien una de nuestras principales tareas consiste en convencer a los moribundos en que busquen consuelo en nuestro dios, no es ésa nuestra única labor.
Personalmente os digo que no se ha de buscar el consuelo al final de nuestros días, sino que ha de ser en el día a día cuando demostremos nuestra verdadera fe al Quebrado. ¿Y ha de rezar aquel que no crea en él? Buena pregunta que se puede formular. Por ello os digo que no es sólo con los rezos como podemos contribuir a una buena causa. No todo hombre que busque cobijo en la bondad, humildad y paciencia de Ilmáter ha de seguir nuestros votos, no todos somos sacerdotes.
No pretendo convencer a nadie de que rece seis u ocho veces al día y conozca todos los nombres de nuestros mártires como San Sollars o conozca todos los rincones del Martirio. No pretendo que todos aquí presentes crean en nuestro dios. Sólo he venido a hablar con vosotros. Sólo os digo que cada vez que ayudéis a alguien, cada vez que compartáis una carga con vuestro mejor amigo o enemigo, Ilmáter estará con vosotros para ayudaros a soportarla. Cuando tendáis vuestra mano para ayudar a levantarse a vuestro compañero que ha tropezado, cuando ofrezcáis un trozo de pan a aquél que no ha desayunado, una cantimplora de agua al que no ha bebido, una ayuda por pequeña que sea para que quien la recibe se sienta mejor. Es en esos momentos cuando Ilmáter cuidará vuestros pasos.
Es por ello que os digo que no importa quienes estén doloridos, no importa morir en su nombre. ¿Quién no moriría en nombre de sus hijos o de sus esposas o padres? Gustoso daría la vida por vosotros aquí presentes, y no es esto una vergüenza para mi, sino que es algo que me enorgullece decir. ¡Menudo loco!, pensaréis. Así es, no os falta razón, mas sin alguien mucho más loco que yo a vuestros ojos no existiría en vosotros ese sentimiento de querer proteger a los vuestros.
El cuerpo *se mira a si mismo abriendo los brazos mientras habla* no es nada para mi. Para muchos quizás sí, pero no por más fornido es mejor el guerrero. Todos los valores que caracterizan a alguien, a todos nosotros, los dicta nuestro espíritu. Nadie es más valiente por ser rubio ni nadie es más tolerante por ser alto o bajo. Es por ello por lo que entrego mi cuerpo y me dedico en alma a mi labor.
Sabed pues que ésta es bien simple, pues consiste en dedicar todo el tiempo a los necesitados y dedicar el esfuerzo necesario para consolar a los inquietos y afligidos y aconsejar a los perdidos, alimentar al hambriento, ofrecer mi casa y mi cama a aquel que no tenga un lecho donde dormir, tratar las enfermedades de los que las padecen y enterrar a aquellos que no pudieron superarlas, dar mis ropas al que pasa frío, ofrecer mis sandalias a aquel que no tiene dinero para el calzado, ayudar a vestir al manco, caminar abrazado al cojo, y en definitiva ofrecer el sustento a aquellos que carecen del mismo.
Muchos de mis hermanos siguen labores más que honorables en templos de distintas ciudades *mira al sacerdote que está junto a él* mas es algo a lo que no he dedicado mi tiempo, dado que no me gustan los edificios de piedra. Siempre hay una primera vez, supongo. Y es por ello que hoy os digo que dedicaré mi tiempo en estas tierras a ayudar a todos aquellos que lo necesiten en la ciudad de Athkatla y en los demás asentamientos humanos del reino, bien sean poblados, aldeas o fortalezas como la de nuestra sagrada Orden del Muy Radiante Corazón. Trabajaré llevando alimentos a las ciudades cercanas e intentaré que la palabra de nuestro dios llegue a todas partes al igual que hoy día os he hecho llegar a vosotros su voluntad.
La mayoría de vosotros no la habrá escuchado, o no reflexionará sobre ella, y es una opción más que respetable. Igual de válida que la mía. Pero con que sólo una persona me haya escuchado y reconsidere mis palabras podré descansar tranquilo una noche más. Hacen falta muchas barras de pan para alimentar a esta ciudad, no obstante con ver a uno de vosotros dejar unas migajas a los enfermos del hospicio o del templo habréis saciado mi alma. Mi cuerpo, puede esperar.