Planteando Dilemas
La puerta de la prisión se abrió con un estruendo metálico, seguido del portazo que precedió a los pasos pesados de un hombre con armadura. Las placas sonaban con fuerza, reforzadas por el eco de la sala. Pasos largos, comedidos pero con calma, cada uno de ellos con la pesadez de aquel que portaba no solo la armadura, si no la responsabilidad de algo mucho más pesado que las protecciones de acero forjado.
Pasando una serie de jaulas vacías, los pasos del hombre armado se detuvieron. Había entrado solo, como ya iba siendo costumbre. Los protocolos de seguridad de la Abadía de Hydcont se habían multiplicado en las últimas semanas, y esta vez no era una excepción. A aquella sección solo podían acceder tres, cuatro personas muy contadas por los selunitas que habitaban el fortín sagrado. A la mayoría de caballeros, aquello no les hacía gracia, pero al final del día, no podían hacer mucho, pues era una Alta Sacerdotisa y el caballero que la protegía, quienes dieron la orden de no acceso.
Eothain hincó la rodilla frente a la celda de la que llamaban La Maldita. Aquel día le tocaba a él ofrecerle el alimento que le correspondía, pero las intenciones del Caballero de la Luna eran… Ligeramente distintas, pues tenía otro plan en mente. La diplomacia había fallado, y la cumbre de paz fue dinamitada, pero no por ello el diálogo había fracasado todavía. Cuando habían interrogado a Ghsajx, la orca mostró lo que parecía un ápice de duda, y de arrepentimiento por lo que había hecho. Sabía que la habían engañado, y que su capacidad de liderazgo había quedado en entredicho, pero ahora los orcos estaban cada vez más desperdigados y desorganizados – lo cual los volvía erráticos y consecuencialmente, más peligrosos de lo que ya eran organizados.
Había que cambiar la marea de alguna manera, y la diplomacia tradicional había fallado. Sabía que esa mujer iba a ser juzgada por el Pueblo, pero aun con todo, nunca era tarde para que tomase una parte activa en el conflicto en favor de éstos. Y que por tanto, pudiera salvar su propia vida, y de más criaturas que habitaban el bosque. Elfos o no. Orcos o no. Lo importante, era salvar el Alandor, y cuanto vivía en Amn.
Dejó el plato de comida dentro de la jaula, conjunto a un odre de agua. Al contrario que muchas otras fes y carceleros, los selunitas no maltrataban a sus prisioneros. Les daban agua y comida suficiente para pasar el día, aunque no fuera la mejor. En este caso, gachas de avena, cecina seca, pan y agua. No era tanto como para subir la moral, pero era más que suficiente para que conservase la salud.
—Come y bebe, Gshajx. -Dijo el caballero de la Luna, incorporándose. La orca dudó por un instante, pero entonces alcanzó la bandeja y casi con violencia la atrajo contra ella, como un animal que había sido encarcelado. Eothain había notado cómo esa mujer se había apagado a lo largo de los días de cautiverio, y durante el interrogatorio hubo una frase que le había llamado sumamente la atención. Los elfos no aguantaban el cautiverio. Necesitaban libertad. Era una característica del pueblo gentil que él no conocía, pero que tenía todo el sentido del mundo. Y considerando que esa mujer era medio elfa… Aun pese a su relación con el dios orco, el joven Ffolk había barajado una posibilidad.
Pasó una media hora larga. La orca comía y bebía, pero por partes. Y sorprendentemente, Eothain no se movió ni un ápice. Era paciente como un roble, no le metió prisa. Ni siquiera la instó a hacer más que centrarse en comer. Le dejó espacio, le dio su tiempo. Y entonces, le tiró la bandeja a los pies, con un sonoro sonido metálico.
—Llévatelo. -Dijo ella parcamente. Fue entonces cuando los ojos del Caballero cayeron sobre la mestiza, y contra todo pronóstico… Negó.
—No. No voy a hacerlo. -Dijo entonces. -Recoge la bandeja, vamos. -Hubo un momento de duda. La tenacidad de Eothain y su calma parecieron intrigarla en cierto modo. Así que, eso es lo que hizo. Recogió la bandeja. No con obediencia, si no con una sorprendente curiosidad.
Y rompiendo con todo protocolo de seguridad, Eothain abrió la puerta de la jaula. La cacique abrió ampliamente los ojos con sorpresa. ¿Qué se supone que hacía él? ¿Tan necio era como para liberarla? No. Tenía un plan. Con los pies y las manos engrilletadas, dentro de aquella prisión, a pocos sitios podría ir. Cualquier otro orco más tonto hubiera intentado atacarle, pero a diferencia de ellos, ésta era mucho más inteligente. Si quisiera escapar, tenía que salir primero.
—¿Tan estúpido eres como para arriesgarte a que me escape, humano? -Hizo esa pregunta, y entonces Eothain encogió los hombros.
—Si intentas escaparte, todas las oportunidades que te hemos dado habrán saltado por la ventana y la vida de todos será más sencilla. Pero aun pese a todo te seguimos ayudando a que tu juicio no sea un veredicto fácil. -Comentó él. —Ven. Vamos a dejar que respires un poco.
Muchos caballeros dudaron de su plan, pues Eothain no era dado a apuestas tan arriesgadas como aquella muy a menudo. Pero sus razonamientos eran indudables. Una prisionera medio elfa mustia iba a ser poco útil, y por tanto su información, errática. Si su información no era fiable, la vida de todos sería mucho más complicada, y aparte, esa mujer sabía que no estaba en una situación en la que pudiera escapar fácilmente. Si no la mataban los selunitas, serían los elfos, y si no eran los elfos, los asesinos que se habían movido a los alrededores de Imnescar.
Cuando salieron fuera de las prisiones, la orca tuvo que forzarse a entrecerrar los ojos y a taparse la vista con la bandeja. Tanto tiempo en la penumbra pese a su visión élfica le había pasado factura, y la agradable luz de luna que iluminaba el interior de la abadía de Hydcont le causaban cierto dolor en los ojos, hasta que se acostumbró. Y entones, acompañada del Caballero y otros cuatro guardias más, la dejaron salir al patio. La vigilaban, sin duda. Pero Eothain caminó con ella, bajo el amparo de la luz de la luna, con la luna en cuarto creciente en lo alto y las estrellas observando.
A veces no hablaba. Otras veces le respondía a alguna pregunta.
—¿Por qué me permites salir?
—Porque te marchitabas ahí dentro. Tienes sangre de dos pueblos que requieren de libertad para sobrevivir. Privarte de eso sería como torturarte. Nosotros no deseamos torturar. -Contestó él. Se ahorró las explicaciones estratégicas que tuvo que dar a sus hombres, pero en buena parte era así. En el corazón de Eothain, tomar prisioneros era una cosa. Pero otra muy distinta era privarles de aire. — Y por encima de todo, valoramos la libertad.
—Eso es una estupidez. -Replicó, casi burlona. —¿Por qué arriesgarte a que tu prisionera se escape?
—¿Es más fuerte el que teme que su prisionero se escape, o el que asimila que existe un riesgo y puede prevenirlo? -Preguntó, con otra pregunta. La retranca de su voz combatió la burla de la orca. —Y además, digamos que estoy haciendo un pequeño experimento.
—¿Qué experimento? -Una pregunta más, y entonces Eothain se quedó mirando al a luna, durante un minuto largo, en silencio. La mirada de la orca siguió la de él, clavándose en la luna. Hubo un silencio largo, y tras dejarla ver la pacífica luna y el mar de estrellas, el guerrero sacro empezó a caminar de nuevo, esbozando una suave sonrisa. Sariel le había comentado su última interacción con la cacique, y el Caballero de la Luna decidió tomar esa oportunidad.
—Tendrás tiempo de pensar en eso hasta el próximo paseo nocturno, Gsahjx. Dame una respuesta a tu propia pregunta para entonces. -Añadió él, antes de guiarla de vuelta a la celda. Había tomado una apuesta arriesgada, exponiéndola y arriesgándose a que intentase escaparse. Podría haberle matado, a él, a algún caballero, o haber hecho alguna intentona, pero no lo hizo. En su lugar, la orca volvió a su celda, habiendo respirado y habiendo visto la luna y la noche estrellada por primera vez en dekhanas. Y encima, con más preguntas en su haber que antes. Normalmente eran los prisioneros los cuestionados… Pero en esta ocasión, sus captores la hicieron responderse a sí misma, y no a ellos.