Novedades

Conociendo al 'Demonio'

Sariel

Enano sin acento ruso
Registrado
15/1/24
Mensajes
1,487
Conociendo al Demonio​

Sariel descendió por los fríos pasillos que llevaban a las celdas de la abadía de Hydcont. Las antorchas parpadeaban con cada paso, proyectando sombras vacilantes sobre las paredes de piedra. No era el lugar que habría elegido para nadie, pero las circunstancias no le habían dado otra opción.

Cuando alcanzó la puerta de la celda de Gshaxj, hizo un gesto a los caballeros que la escoltaban.

- Esperad aquí.

Los hombres asintieron sin discutir, aunque su lenguaje corporal dejó claro que no estaban del todo cómodos con esa decisión. Sariel, sin embargo, confiaba en que su presencia era suficiente para lo que iba a suceder.

Abrió la puerta con calma y entró en la celda. La luz de la luna atravesaba el ventanal enrejado, iluminando un espacio sencillo pero cuidado. Dejó que la puerta se cerrara tras de sí y permaneció un momento en silencio, observando el rayo plateado que caía sobre el suelo desnudo.

Sus ojos se posaron en la figura al fondo de la celda. No necesitaba palabras para percibir la tensión en el aire. No era miedo; Sariel sabía reconocer el miedo. Era algo más profundo, algo más afilado, como una herida que se había infectado con los años y que ahora era difícil de tratar.

Con un movimiento pausado, Sariel se acercó a la mesa de madera que ocupaba el centro de la celda. Tomó asiento, colocando las manos sobre la superficie. No habló de inmediato, dejando que el ambiente se asentara entre ellas. Había aprendido que el silencio podía ser un puente tan poderoso como las palabras.

Finalmente, alzó la vista hacia la figura y dejó que su voz resonara con calma en el espacio.

-Esta luz... -dijo, señalando el rayo que atravesaba la celda-. Siempre me ha fascinado cómo la luna puede encontrarnos incluso en los lugares más oscuros.

Sariel permitió que las palabras flotaran en el aire antes de continuar.

-He venido a ofrecerte algo diferente.

Sus palabras no eran un mandato ni una petición, sino una invitación. Se mantuvo serena, consciente de que sus intenciones podían no ser obvias de inmediato, pero confiaba en que el tiempo y sus acciones hablarían por sí mismas.

-A partir de mañana -prosiguió con el mismo tono tranquilo-, tendrás la oportunidad de salir de este lugar, bajo mi supervisión.

Hizo una pausa, considerando cuidadosamente cómo expresar lo que quería decir.

-Quiero mostrarte algo. No lo que yo creo que deberías ver, sino lo que este mundo, bajo la luz de Selûne, tiene para ofrecerte.

Su mirada se dirigió al ventanal, donde el brillo plateado iluminaba las partículas de polvo en el aire.

-No estoy aquí para imponerte nada. Solo para ofrecerte un camino. Lo que hagas con él dependerá de ti.

Sariel se levantó, dejando que el eco de sus palabras llenara la celda. Caminó hacia la puerta con la misma calma con la que había entrado, pero antes de salir, se detuvo y miró una vez más hacia el ventanal.

-La luz de la luna no juzga ni obliga. Solo ilumina.

Con eso, abrió la puerta y se marchó, dejando atrás el silencio y la suave luz plateada que seguía bañando la celda.
​

​
 
Última edición:

Vinter

Vampiro buceador de lagos
Registrado
8/8/19
Mensajes
485
Edad
33
Planteando Dilemas​

La puerta de la prisión se abrió con un estruendo metálico, seguido del portazo que precedió a los pasos pesados de un hombre con armadura. Las placas sonaban con fuerza, reforzadas por el eco de la sala. Pasos largos, comedidos pero con calma, cada uno de ellos con la pesadez de aquel que portaba no solo la armadura, si no la responsabilidad de algo mucho más pesado que las protecciones de acero forjado.

Pasando una serie de jaulas vacías, los pasos del hombre armado se detuvieron. Había entrado solo, como ya iba siendo costumbre. Los protocolos de seguridad de la Abadía de Hydcont se habían multiplicado en las últimas semanas, y esta vez no era una excepción. A aquella sección solo podían acceder tres, cuatro personas muy contadas por los selunitas que habitaban el fortín sagrado. A la mayoría de caballeros, aquello no les hacía gracia, pero al final del día, no podían hacer mucho, pues era una Alta Sacerdotisa y el caballero que la protegía, quienes dieron la orden de no acceso.

Eothain hincó la rodilla frente a la celda de la que llamaban La Maldita. Aquel día le tocaba a él ofrecerle el alimento que le correspondía, pero las intenciones del Caballero de la Luna eran… Ligeramente distintas, pues tenía otro plan en mente. La diplomacia había fallado, y la cumbre de paz fue dinamitada, pero no por ello el diálogo había fracasado todavía. Cuando habían interrogado a Ghsajx, la orca mostró lo que parecía un ápice de duda, y de arrepentimiento por lo que había hecho. Sabía que la habían engañado, y que su capacidad de liderazgo había quedado en entredicho, pero ahora los orcos estaban cada vez más desperdigados y desorganizados – lo cual los volvía erráticos y consecuencialmente, más peligrosos de lo que ya eran organizados.

Había que cambiar la marea de alguna manera, y la diplomacia tradicional había fallado. Sabía que esa mujer iba a ser juzgada por el Pueblo, pero aun con todo, nunca era tarde para que tomase una parte activa en el conflicto en favor de éstos. Y que por tanto, pudiera salvar su propia vida, y de más criaturas que habitaban el bosque. Elfos o no. Orcos o no. Lo importante, era salvar el Alandor, y cuanto vivía en Amn.

Dejó el plato de comida dentro de la jaula, conjunto a un odre de agua. Al contrario que muchas otras fes y carceleros, los selunitas no maltrataban a sus prisioneros. Les daban agua y comida suficiente para pasar el día, aunque no fuera la mejor. En este caso, gachas de avena, cecina seca, pan y agua. No era tanto como para subir la moral, pero era más que suficiente para que conservase la salud.

—Come y bebe, Gshajx. -Dijo el caballero de la Luna, incorporándose. La orca dudó por un instante, pero entonces alcanzó la bandeja y casi con violencia la atrajo contra ella, como un animal que había sido encarcelado. Eothain había notado cómo esa mujer se había apagado a lo largo de los días de cautiverio, y durante el interrogatorio hubo una frase que le había llamado sumamente la atención. Los elfos no aguantaban el cautiverio. Necesitaban libertad. Era una característica del pueblo gentil que él no conocía, pero que tenía todo el sentido del mundo. Y considerando que esa mujer era medio elfa… Aun pese a su relación con el dios orco, el joven Ffolk había barajado una posibilidad.

Pasó una media hora larga. La orca comía y bebía, pero por partes. Y sorprendentemente, Eothain no se movió ni un ápice. Era paciente como un roble, no le metió prisa. Ni siquiera la instó a hacer más que centrarse en comer. Le dejó espacio, le dio su tiempo. Y entonces, le tiró la bandeja a los pies, con un sonoro sonido metálico.

—Llévatelo. -Dijo ella parcamente. Fue entonces cuando los ojos del Caballero cayeron sobre la mestiza, y contra todo pronóstico… Negó.

—No. No voy a hacerlo. -Dijo entonces. -Recoge la bandeja, vamos. -Hubo un momento de duda. La tenacidad de Eothain y su calma parecieron intrigarla en cierto modo. Así que, eso es lo que hizo. Recogió la bandeja. No con obediencia, si no con una sorprendente curiosidad.

Y rompiendo con todo protocolo de seguridad, Eothain abrió la puerta de la jaula. La cacique abrió ampliamente los ojos con sorpresa. ¿Qué se supone que hacía él? ¿Tan necio era como para liberarla? No. Tenía un plan. Con los pies y las manos engrilletadas, dentro de aquella prisión, a pocos sitios podría ir. Cualquier otro orco más tonto hubiera intentado atacarle, pero a diferencia de ellos, ésta era mucho más inteligente. Si quisiera escapar, tenía que salir primero.

—¿Tan estúpido eres como para arriesgarte a que me escape, humano? -Hizo esa pregunta, y entonces Eothain encogió los hombros.

—Si intentas escaparte, todas las oportunidades que te hemos dado habrán saltado por la ventana y la vida de todos será más sencilla. Pero aun pese a todo te seguimos ayudando a que tu juicio no sea un veredicto fácil. -Comentó él. —Ven. Vamos a dejar que respires un poco.

Muchos caballeros dudaron de su plan, pues Eothain no era dado a apuestas tan arriesgadas como aquella muy a menudo. Pero sus razonamientos eran indudables. Una prisionera medio elfa mustia iba a ser poco útil, y por tanto su información, errática. Si su información no era fiable, la vida de todos sería mucho más complicada, y aparte, esa mujer sabía que no estaba en una situación en la que pudiera escapar fácilmente. Si no la mataban los selunitas, serían los elfos, y si no eran los elfos, los asesinos que se habían movido a los alrededores de Imnescar.

Cuando salieron fuera de las prisiones, la orca tuvo que forzarse a entrecerrar los ojos y a taparse la vista con la bandeja. Tanto tiempo en la penumbra pese a su visión élfica le había pasado factura, y la agradable luz de luna que iluminaba el interior de la abadía de Hydcont le causaban cierto dolor en los ojos, hasta que se acostumbró. Y entones, acompañada del Caballero y otros cuatro guardias más, la dejaron salir al patio. La vigilaban, sin duda. Pero Eothain caminó con ella, bajo el amparo de la luz de la luna, con la luna en cuarto creciente en lo alto y las estrellas observando.

A veces no hablaba. Otras veces le respondía a alguna pregunta.

—¿Por qué me permites salir?

—Porque te marchitabas ahí dentro. Tienes sangre de dos pueblos que requieren de libertad para sobrevivir. Privarte de eso sería como torturarte. Nosotros no deseamos torturar. -Contestó él. Se ahorró las explicaciones estratégicas que tuvo que dar a sus hombres, pero en buena parte era así. En el corazón de Eothain, tomar prisioneros era una cosa. Pero otra muy distinta era privarles de aire. — Y por encima de todo, valoramos la libertad.

—Eso es una estupidez. -Replicó, casi burlona. —¿Por qué arriesgarte a que tu prisionera se escape?

—¿Es más fuerte el que teme que su prisionero se escape, o el que asimila que existe un riesgo y puede prevenirlo? -Preguntó, con otra pregunta. La retranca de su voz combatió la burla de la orca. —Y además, digamos que estoy haciendo un pequeño experimento.

—¿Qué experimento? -Una pregunta más, y entonces Eothain se quedó mirando al a luna, durante un minuto largo, en silencio. La mirada de la orca siguió la de él, clavándose en la luna. Hubo un silencio largo, y tras dejarla ver la pacífica luna y el mar de estrellas, el guerrero sacro empezó a caminar de nuevo, esbozando una suave sonrisa. Sariel le había comentado su última interacción con la cacique, y el Caballero de la Luna decidió tomar esa oportunidad.

—Tendrás tiempo de pensar en eso hasta el próximo paseo nocturno, Gsahjx. Dame una respuesta a tu propia pregunta para entonces. -Añadió él, antes de guiarla de vuelta a la celda. Había tomado una apuesta arriesgada, exponiéndola y arriesgándose a que intentase escaparse. Podría haberle matado, a él, a algún caballero, o haber hecho alguna intentona, pero no lo hizo. En su lugar, la orca volvió a su celda, habiendo respirado y habiendo visto la luna y la noche estrellada por primera vez en dekhanas. Y encima, con más preguntas en su haber que antes. Normalmente eran los prisioneros los cuestionados… Pero en esta ocasión, sus captores la hicieron responderse a sí misma, y no a ellos.
 

Sariel

Enano sin acento ruso
Registrado
15/1/24
Mensajes
1,487
La importancia del día a día
​
Los días comenzaron a transcurrir de manera diferente en la abadía. Como Sariel había prometido, la semiorca fue sacada de su celda bajo la atenta supervisión de la sacerdotisa. No había cadenas, solo un andar pausado y una calma que parecía envolverlo todo.

El primer lugar al que la llevó fue un jardín escondido tras los muros de piedra. Sariel se arrodilló junto a un parterre descuidado, dejando que la tierra oscura manchara sus manos mientras arrancaba malas hierbas con movimientos lentos y precisos. La semiorca permaneció cerca, observando en silencio. Por un instante, una de las hierbas cayó al suelo, arrancada con un gesto brusco y casi torpe de la mestiza,
Sariel no levantó la vista, pero una leve sonrisa asomó en sus labios.

Al caer la noche, la sacerdotisa la condujo a una colina cercana dentro de la propia abadía. Una pequeña hoguera crepitaba suavemente, iluminando un espacio sencillo con una manta extendida sobre la hierba húmeda. La luna llena dominaba el cielo, bañando el paisaje con su luz plateada.

-Es extraño, ¿verdad? - comentó Sariel, con la mirada fija en el firmamento-. Cómo la luna encuentra siempre su camino, incluso entre las sombras más densas.

Un ligero movimiento junto a la hoguera rompió el inmenso silencio. Sariel no miró, dejando que las palabras se asentaran en el aire, como si supiera que no necesitaban ser respondidas.

Día tras día, fueron a diferentes rincones de la abadía y sus interiores. Limpiaron juntas pasillos olvidados y despejaron caminos invadidos por la maleza. Mientras trabajaban, Sariel tarareaba una melodía baja y constante, una canción sin palabras que se mezclaba con el susurro del viento.

-Cuando algo está roto -dijo una vez, ajustando una viga en un puente medio derruido—, a veces lo único que necesita es que alguien crea que aún puede ser útil.

Un leve gruñido, breve y casi inaudible, llegó desde el otro lado del puente. Sariel alzó la vista por un instante, pero no dijo nada.

Las noches se volvieron su momento más común. En una ocasión, Sariel la guió hasta el mirador de la abadía, donde las estrellas formaban un tapiz infinito. La luz de la luna caía sobre el mundo, proyectando sombras suaves.

Sariel se detuvo junto al borde y señaló al cielo. -La luna nunca exige -murmuró-. Solo está ahí, esperando a ser vista.

Durante un instante, la silueta de la semiorca se tensó bajo la luz plateada, como si la afirmación hubiera rozado algo oculto. Sariel no insistió. Permanecieron en silencio, dejando que el resplandor envolviera el momento.

La rutina continuó sin grandes cambios, pero pequeños detalles comenzaron a surgir, como un gesto menos rígido al trabajar o una mirada fugaz hacia la luna antes de regresar a la celda. Sariel observaba esos instantes sin darles demasiada importancia aparente, como si fueran parte de algo que solo el tiempo podía revelar.
Esa noche, tras devolverla a su celda, Sariel se quedó un momento frente a la puerta cerrada, mirando el rayo de luz lunar que atravesaba el ventanal.

-La luz de la luna no fuerza su camino -murmuró para sí misma-. Solo se ofrece, en silencio. Luego, giró sobre sus talones y se marchó, dejando atrás el leve resplandor que bañaba la habitación y el eco de un cambio apenas perceptible.
 

Vinter

Vampiro buceador de lagos
Registrado
8/8/19
Mensajes
485
Edad
33
Lengua de plata, puño de acero

​

En las dekhanas subsiguientes, los paseos nocturnos de la mestiza se habían vuelto un hacer recurrente, con sus idas y venidas, preguntas y respuestas, normalmente devolviéndola a su cautiverio con una nueva pregunta que debería pasar un par de días hasta que encontrase respuesta. Eran preguntas simples, pero dentro de su simpleza eran exactamente lo que provocaban que Gsahjx se viera obligada a darles vueltas. Habitualmente, empezaron a permitirle ayudar con supervisión y asistir a algunos de los eventos del día a día en la abadía de Hydcont. Ayudar a limpiar, tareas simples y sencillas, pero no carentes de importancia, y siempre en compañía o bien de Eothain, o bien de Sariel.

Y entonces, dieron un paso más allá. Permitieron que la orca viera los entrenamientos a los que los Caballeros de la Luna se sometían diariamente. La mayoría de gente pensaba que los Selûnitas eran paz, amor, redención y segundas oportunidades, por norma general. Pero lo cierto es que quienes creían eso, era porque no veían lo que ocurría detrás de los muros de la Abadía, o en los recintos de entrenamiento internos de los claustros de sus templos. Había un dicho muy extendido entre los propios Selûnitas.

—Aciago es el día que un corazón bueno se ve obligado a ir a la guerra. - ¿El por qué? Muy simple. Porque están preparados. Su calidez, normalmente tomada como debilidad, es por norma general un espíritu luchador encerrado en una jaula tan frágil como lo es la propia paz. La amabilidad se transforma en fiereza, las sonrisas y la piedad se convierten en un arma de destrucción y furia, y es entonces, el día en que los justos han de ir a la guerra, que los demonios huyen de vuelta al mismísimo infierno.

El entrenamiento de los Caballeros de la Luna era un reflejo de esa ira y lucha contenidas por su naturaleza bondadosa, que muchas veces era tomada como debilidad de forma errónea. Ese atardecer en Hydcont fue presenciado por la Mestiza, y a diferencia de otras ocasiones, no se le plantearon preguntas. No fue puesta a prueba. Fue simplemente, instada a observar, y a entender una cosa: el corazón bueno de los Selûnitas no era débil. Al contrario. Era salvaje, era libre, era como un huracán en la noche plateada, pero contenido por una férrea autodisciplina que les instaba a guardar sus fuerzas para otros menesteres en lugar de subyugar a otro. Ellos mismos eran sus propios carceleros a los ojos de sus enemigos. Pero lo cierto es que ellos eran los propios guardianes de su auténtica fuerza.

El entrenamiento había comenzado a última hora, cuando el sol estaba por ocultarse. Eothain había reunido al claustro de caballeros de la Luna, y como ya era costumbre se organizaron en parejas para hacer prácticas de entrenamiento. El rubio guerrero sacro ni siquiera tuvo que dar las órdenes. Casi todos habían elegido ya sus compañeros de entrenamiento, y estaban combatiendo, con disciplina pero con fiereza. Empleaban todo cuanto tenían a su disposición. Golpes de escudo, mazas, espadas largas. Eothain mismo había escogido a dos compañeros con los que entrenaba aprovechando el tamaño de su arma, hasta que llegó la última parte del entrenamiento. Una melé en la que en un principio se realizaría un rey de la colina. Todos contra todos, hasta que quedase solamente uno en pie.

En un principio, esas eran las normas. Algo muy simple. Sin golpes bajos ni rastreros, un combate de durabilidad general, todos contra todos.

Ahora bien… Los Selûnitas no siempre eran muy amigos de las normas. Y en ese empeño, la mayoría de caballeros hicieron algo que, aunque no estaba contraindicado en las normas del entrenamiento, iba contra el espíritu del entrenamiento, por su conveniencia y en buena parte, por su estrategia.

Se giraron hacia Eothain. Una alianza tácita, de la que ni siquiera hubo pronunciamiento alguno, pero la mayoría de la pelota de guerreros decidió que el Caballero de la Luna era el objetivo principal. Por su tamaño, por su uso de la espada, su fiereza y en general, por la experiencia que el joven guerrero sacro tenía en comparación con muchos de ellos, incluso algunos que ya superaban la treintena con su correspondiente veteranía. Y es en ese momento cuando los Selûnitas dieron a ver una buena parte de su naturaleza libertaria y caótica. No traidora, pero sí lo bastante astuta como para sorprender en una situación supuestamente bien regulada.

Y aun así, el Caballero de la Luna tuvo sorpresas. Su estilo de combate era brutal. No era el típico estilo de combate de un caballero, que intentaba ser elegante y escénico. No. Eothain luchaba con todas las partes de la espada. No le importaba dónde golpease, o qué golpease. O qué le golpease. Las heridas y los moratones sanarían, y en ese aspecto, su propia durabilidad era un recurso que él podía explotar.

Aunque no era un estilo de combate que pillase a sus compañeros por sorpresa, era algo impredecible. Un estilo de improvisación que había pulido a través de muchos años empleando otras armas, que sorprendentemente dieron al guerrero un conocimiento de su espadón como si se tratase de cualquier otro arma. Aunque ya no podía usar el Ki por sus lesiones, seguía siendo un espadachín que conocía su oficio. Y sobre todo, había aprendido que no tenía que ser ni el más rápido, ni el más resistente. Simplemente, debía tener paciencia, y estar en el momento adecuado, en el sitio adecuado.

Cortesía de Erin.

El primer caballero cayó al primer golpe. Eothain ni siquiera desenvainó el espadón, si no que arrastró el arma agarrada por la hoja envainada, y golpeó en el costado con el pomo. El caballero se dobló violentamente, y cayó al suelo cuando él le barrió los pies con la hoja envainada. El segundo cayó cuando Eothain paró su espada con la guarda del espadón, aprovechando la inercia. Empujó el arma contra él, y luego golpeó su yelmo con el de él, provocando un sonoro “clonc”, pero lo bastante fuerte como para atudirlo y propiciar que el Caballero de la Luna pudiera empujarle al suelo nuevamente. Un ataque amenazó con golpear al guerrero por la espalda, pero en un alarde de un oído sorprendentemente afinado, pudo anticiparlo por el sonido del arma rompiendo el aire. Una maza. Fue entonces cuando desenvainó la espada, y con una brutalidad y fuerzas imposiblemente humanas, golpeó el escudo de su rival con violencia. El crujir de la madera del escudo fue testigo para todos los asistentes de la fuerza del Caballero. El escudo se astilló, y Eothain aprovechó su tamaño y peso para subyugar al caballero que intentó avasallarle a traición, forzándole a caer con la potencia del golpe del espadón, mezclado con el propio peso suyo.

Agarró entonces la hoja, y cargó contra el siguiente. Una maza de armas golpeó en su hombro, pero poco le importó. La carga, aunque aumentó la inercia del golpe del arma contundente, se encargó de que él no trastabillase y llegase a puerto. Agarrando la hoja, fue entonces cuando empleó la guarda de la espada para enganchar a su rival por el guantelete libre, y con un violento arco, lo lanzó por los aires casi un metro. Hubo un sonido de lata cuando el caballero acabó en el suelo, seguido de las risas de alguno de los asistentes.

Al final, cayeron muchos de los participantes de la melé, pero acabaron subyugándole. Naturalmente, era un hombre contra muchos. Pero peleó hasta el final, y desde luego no se vino abajo hasta que ya su cuerpo no podía más. Y aun en la derrota, Eothain se lo tomó con deportividad, y de hecho… Gsahjx pudo observar que él no solo se lo tomó con deportividad, si no que había disfrutado de lo duro del combate y del desafío que sus propios compañeros de armas le habían planteado. La unión de muchos contra uno que consideraban una amenaza superior, pero que aun así, le tenían un inusitado respeto. Algo así era muy difícil de ver. La ferocidad mezclada con la camaradería, y la falta de intencionalidad de dañar por el mero placer de dañar.

Cuando Eothain la devolvió a su cautiverio, ella hizo una pregunta.

—Lucháis como salvajes, pero os empeñáis en no usar vuestra fuerza, ¿por qué?

—¿Qué es lo que nos diferencia de un oso o un lobo, si no el elegir cuándo es el momento adecuado para emplearla? – Preguntó él, mientras cerraba la celda. —La diferencia entre un hombre y un niño, es el gobierno de nuestras acciones.

—Podríais tener el respeto de miles.

—Y lo tenemos, sin exigirlo. Pero no confundas el miedo con el respeto, Gsahjx. -Replicó él, antes de dejarla de nuevo a solas, con una nueva pregunta inconclusa por parte de ambos: ¿Qué es lo que hacía a un líder, un líder, si no su fuerza? Una pregunta que a muchos atormentaba, pero que Eothain se encargó que la semiorca se replantease.
 
Arriba