Arrakis
Copia defectuosa de Kronobot
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Todo empezó con un anillo.
En aquel primer encuentro, el hombre al principio se había acercado a ella con una imposición de miedo. Había hablado de sus asesinatos, de su indiferencia ante la muerte. La observaba, valorándola, y no tardó en ver ante él una oportunidad. Si otros no le habían mostrado el camino tal vez pudiera hacerlo él. Le había preguntado si conocía del glorioso Imperio de Netheril, si era versada en su historia y sus costumbres, en sus dioses y sus rezos. Vio ante si un lienzo en blanco sobre el que trabajar, una mujer que podía con facilidad verse abocada a la pérdida. Y ,con premeditación, el hombre entregó su primer anillo.
Se enamoró del cabo. Del hombre de parcas palabras que solo desvelaba sus preocupaciones y sus más privados pensamientos en la soledad de su estancia, en la quietud de su presencia. Del hombre que le había mostrado que no debía dejar pisarse por nada ni nadie. Del hombre que la había enseñado a bailar y que, entre libros y matraces había compartido con ella largas horas en los laboratorios.
No tardó en descubrir que su compañía le era tan grata como su conversa. Tardó un poco más en descubrir que el cabo solo era una máscara bajo la que habitaba el encapuchado. Jamgön Hawk. Eclipse. Ambos eran dos caras de una misma moneda, una que se debatía entre sus dos lados. Pero ambos la había elegido como compañera.
El segundo anillo fue inesperado. Ocurrió entre calidas paredes, mientras celebraban su graduación. La mujer no solo había completado sus estudios, también había encontrado un lugar allí como profesora, un oficio que a la mujer la había llenado sobremanera. Había pasado de ser desconocedora de todo, una muchacha con un velo en los ojos que ahora observaba un sinfín de oportunidades ante ella. Las sombras y los libros le habían dado un camino.
El hombre se había entregado a ella hincando la rodilla en el suelo, entregando un aro de manufactura élfica. Sus miradas se habían cruzado largo rato mientras él profesaba una promesa, una de amor entregado hacia la mujer. Habían sido palabras sencillas pero sentidas , como era habitual en el monje. Era una promesa de futuro, de confianza y de devoción. En su interior portaba una corta inscripción que, de forma tácita, entregaba esa confianza.
Y entonces, había muerto.
Su incursión en Tulthantar no había ido como esperaban. El robo había sido un éxito, pero su presencia había sido notada. Los príncipes no estaban complacidos, y dejaron su juicio a la Dama. Ella se lo había llevado, y sólo había dejado su cuerpo inerte. Lo sostuvo, quebrada, dedicando una oración desesperada hacia la diosa. Había dejado caer su cuerpo en las negras aguas, deshaciéndose de lo que quedaba de él. Jamgön Hawk ya no existía.
Volvió. Y cuando lo hizo, ya no supo si esa promesa formulada con un anillo la había hecho el mismo hombre. Volvieron a conocerse, poco a poco. Mucho había desaparecido en él. La inseguridad que lo había hecho abrazarlo la noche antes de marchar a Tulthantar, las sonrisas que en ocasiones le dedicaba. Había ahora otro tipo de devoción, que supo ver en sus miradas, en el toque delicado de sus manos.
Volvieron a entenderse en plenitud. Y en ese momento, ella decidió que quería entregarle un anillo al nuevo hombre que tenía ante ella. A Helios Odger, a la sombra que ahora se alzaba a su lado. Era una nueva promesa. Una que declaraba la devoción por su nuevo compañero, que para ella nada había cambiado. Que era ahora para él una guía, un faro que marcaba la dirección de sus pasos no ante ella, sino a su lado.
A mi compañero y a mi igual, a quien siempre camina conmigo. Al astro que me guía.
Y entonces fue ella quien fue reclamada por la pérdida. El príncipe Brennus apostó por la mujer , proponiendola para que tomara su lugar entre las sombras. Se entregó con recelo, temerosa de que lo que allí tendría lugar. No sabía qué se esperaba de ella, que misión tendría que cumplir. Se entregó tras dedicar unas últimas palabras a su sombra. Desconocía que ocurriría con ella tras el cambio. ¿Seguirían sus sentimientos ahí, sus recuerdos? O por lo contrario estos serían reclamados por ella como pago por su poder? La dama fue clemente con ella, otorgandole su don junto con su bendición.
Se liberó de sus cargas. De las emociones que la carcomían. Se liberó del miedo. Todo se había aletargado para ella, sus emociones vertidas en lo mas hondo de su conciencia, donde apenas resonaban de tanto en tanto, sus recuerdos tintados de una nota pacificadora y tranquilizadora. Y él estaba allí, esperando a su regreso. Juntos aprendieron a recorrer el mundo de nuevo, envueltos entre las sombras. Estas ahora los acogían en su seno, acompañandolos en sus deseos. Respondían a su voluntad, envolviéndolos y abrazándolos. Se habían entregado a la Señora de la Pérdida y a su voluntad, y juntos esperaban con tranquilidad la llegada de sus últimos dias, mientras sus pasos los conducían a los lugares más recónditos de los reinos para realizar la voluntad de las sombras. Su fervor por su diosa los mantenía unidos. Su devoción por las Sombras los encaminaba en la misma dirección. Bajo las directrices del Consejo Sombrío, las dos sombras entregaban sus conocimientos a la prosperidad de la Cofradía.
Cuando finalmente su camino los condujo hasta el altar lo hizo en una noche sin luna.
Era su última promesa. Una que declaraba que aunque todo cambiara nada lo haría. Que la comprensión y los lazos que los unían trascendían a la muerte y a la perdida. Que la oscuridad que los engulliria lo haría a ambos, ninguno se adentraria en solitario en el olvido.
Y sin embargo, no había sido así. Algo había trastornado sus planes, arrebatando al hombre de su lado. Sus recuerdos ahora se encontraban vacíos, carentes de su presencia. Su sentimiento apenas un leve recuerdo de todo lo que habían compartido. En las profundidades del páramo sombrío, el hombre había caminado en busca de un asesino, siguiendo su rastro hasta una puerta. Allí, en una piedra, había dejado un objeto valioso para poder abandonar el páramo de nuevo y volver al mundo material. Y allí, junto a su anillo, habian quedado sus recuerdos.
Su voluntad se debatía. Había sido en los dominios de la dama donde él había dejado sus memorias, entregándose a la pérdida. Y sin embargo algo no parecía su obra. Él juraba que no había sentido la presencia de Shar allí, que solo había escuchado sobre otra entidad, una reina de cuervos. Y sin embargo, su entereza se tambaleaba. ¿Y si esto era obra de su mano? ¿ Quien era ella para actuar en contra de su voluntad? Y si era el castigo que ella le imponía por haber buscado la muerte del sacerdote? No sabía como actuar, observando de tanto en tanto el anillo entre sus dedos, promesa olvidada.
No tenía a quien acudir. No tenía quien la ayudara. El templo de la dama había desaparecido, así como su impío sacerdote. La Lágrima de Shar palpitaba en su pecho, eliminando toda ansiedad, toda preocupación, pero algo en su interior continuaba removiéndose, algo que demandaba arreglar lo que se había roto. Y sin embargo no sabía qué hacer. Oraba en las noches de la soledad de su alcoba, observando el cuadro de la pérdida ante ella.
La mujer solo podía seguir caminando hacia el futuro con rostro impertérrito, mientras un grito ahogado resonaba en el fondo de su conciencia.
Offtopic :
Te odio Faker (Es broma, muchas gracias por esto, nos va a dar muchísimo rol)
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