The Blacksmith
Enano con acento ruso
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"Bajo las montañas Orsraun,
Ciudad de las Agujas hundidas."
Ciudad de las Agujas hundidas."
Ríos de tinta escriben sobre cómo el sufrimiento de los demás era una de las pocas ocasiones en las que los duergar podían sentir algo parecido a la felicidad, de cómo disfrutaban atormentando a los vulnerables en sus depredaciones, aunque no debía confundirse con las exhibiciones de crueldad que mostraban los drow. En cambio, los duergar disfrutaban de un sufrimiento más asentado en la tierra, haciendo trabajar a los demás hasta la muerte y utilizando bromas crueles y abusos mezquinos para traer una sonrisa momentánea a sus rostros. Lo más cerca que estaban de sentir verdadera alegría era cuando satisfacían sus impulsos violentos y su deseo de tesoros, especialmente cuando asaltaban fortalezas enanas para hacerlo. Las nupcias eran uno de los eventos más pacíficos y beneficiosos, no había sonrisa alguna en el proceso, pero la satisfacción solía ser general.
El salón donde se acontecían los hechos era una antigua forja, una sala rectangular con dos tríadas de pilares a cada lado con sus banderas, distintas a cada familia de la boda que acontecía. Al fondo la forja hoy estaba encendida, honorando con sus llamas el rito e iluminando delicadas muestras de ambos patrimonios. El sacerdote se situaba entre la pareja, ante el evento que estaba a punto de culminar, se preparaba para oficiar la ceremonia; vestían de distintos grises los tres, cada uno simbolizando el rango que poseían, perla, ceniza y acero. De fondo la sala observaba con una treintena de personas, algunos familiares y otros tantos observando con solemnidad y envidia el matrimonio.
—Dalgrim, “Thuldor” de la familia Grisacero, Bryllenora, hija de la familia Rastroadusto, hoy se muere vuestra independencia, vuestras fuerzas se unen así como el derecho de que vuestras fortunas se compartan bajo los votos establecidos [...]—
La ceremonia seguía mientras la pareja intercambiaba entre sí artefactos de sus pillajes, algunos dirían que los Rastroadusto no tenían mucho que ofrecer a cambio de lo que recibían, pero la hermana de Drohkrothok abandonaría el seno de su familia a cambio de las riquezas que dejaba atrás, era una recompensa más que suficiente considerando que aspiraba a convertirse en Thuldor ella misma.
Una vez las palabras del sacerdote terminaban, el sonido de unos martillos resonaban en la sala, una trío de duergars comenzaban a labrar una pieza que los Rastroadusto podrían forjar en su blasón, significando “Aquellos que se unieron a quienes resisten”. A medida que la unión parecía consumada los presentes vagaban entre las distintas personas buscando hacer lo que la mayoría hacía allí, conexiones y negocios. El murmullo acallaba el sonido de los martillos mientras la solemnidad culminaba, y a pesar del desinterés general por el matrimonio las últimas palabras se alzaban por encima del murmullo y la pareja se adentraba entre ambas familias mientras los pendones centrales de los pilares eran intercambiados en gesto de que la unión se había finalizado. Y ahora cada uno velaba por acrecentar sus arcas.
Droh’ acompañaba a sus padres mientras cerraban un último trato antes de reunirse con su hermana de manera más privada, éste alzaba las manos por encima de su cintura a medida que se acercaba, con las palmas abiertas ante la llegada y orgulloso del crecimiento de los de su sangre; Bryllenora se había estado entregando en cuerpo y alma a alcanzar el título de Thuldor, y con lo ocurrido parecía que estaba más cerca que nunca. —Bryll! No hay mayor orgullo que veros reclamar vuestro derecho— madre, padre y hermanos interactuaban unos instantes, gestos que enderezaban a uno en postura. —¿Cuántos gnomos debo matar antes de que pueda alcanzarte ahora?— Había camaradería en el comentario, y hubiera sido correcto si no fuera por el inoportuno graznido de risa que salía de su boca.
Algunas cabezas giraban en aquel momento de entre los presentes más cercanos buscando en la forja qué podría estar ocurriendo, algunos con la saña propia de querer esbozar alguna sonrisa ante la crueldad que se podría estar cociendo bajo el sufrimiento de algún esclavo, pero una sonora palmada era la que terminaba de atraer las mirada a un mismo punto. La mano de Bryll terminaba de cruzar el aire, cortando severamente el gesto con su voz mientras Droh’ recuperaba la compostura, queriendo llevarse la mano al rostro pero incapaz al ser consciente de lo que acababa de ocurrir, de la emoción del regocijo que sintió por el bienestar de su hermana.
—¡No hay gracia alguna en reclamar nuestro derecho, Drohkrothok!— su tono era severo, autoritario, y tan definitivo como los propios pasos de los suyos que se alejaban en su postura ante el desagrado de la aún marcada y rota sonrisa. El silencio que sembraban aquellas palabras y gestos eran absolutos, tanto como la fila de dientes que se esbozaba en el rostro del Thuldor Dalgrim por la crueldad que su ahora esposa demostraba, era algo digno de lo que regodearse porque así Laduguer lo hubiera hecho incluso contra su propio hermano. Aquel día, las familias recibieron tanto como necesitaban de sus trueques, mientras que Drohkrothok aprendería del error de quebrantar su determinación con el castigo más propio, el exílio.
El salón donde se acontecían los hechos era una antigua forja, una sala rectangular con dos tríadas de pilares a cada lado con sus banderas, distintas a cada familia de la boda que acontecía. Al fondo la forja hoy estaba encendida, honorando con sus llamas el rito e iluminando delicadas muestras de ambos patrimonios. El sacerdote se situaba entre la pareja, ante el evento que estaba a punto de culminar, se preparaba para oficiar la ceremonia; vestían de distintos grises los tres, cada uno simbolizando el rango que poseían, perla, ceniza y acero. De fondo la sala observaba con una treintena de personas, algunos familiares y otros tantos observando con solemnidad y envidia el matrimonio.
—Dalgrim, “Thuldor” de la familia Grisacero, Bryllenora, hija de la familia Rastroadusto, hoy se muere vuestra independencia, vuestras fuerzas se unen así como el derecho de que vuestras fortunas se compartan bajo los votos establecidos [...]—
La ceremonia seguía mientras la pareja intercambiaba entre sí artefactos de sus pillajes, algunos dirían que los Rastroadusto no tenían mucho que ofrecer a cambio de lo que recibían, pero la hermana de Drohkrothok abandonaría el seno de su familia a cambio de las riquezas que dejaba atrás, era una recompensa más que suficiente considerando que aspiraba a convertirse en Thuldor ella misma.
Una vez las palabras del sacerdote terminaban, el sonido de unos martillos resonaban en la sala, una trío de duergars comenzaban a labrar una pieza que los Rastroadusto podrían forjar en su blasón, significando “Aquellos que se unieron a quienes resisten”. A medida que la unión parecía consumada los presentes vagaban entre las distintas personas buscando hacer lo que la mayoría hacía allí, conexiones y negocios. El murmullo acallaba el sonido de los martillos mientras la solemnidad culminaba, y a pesar del desinterés general por el matrimonio las últimas palabras se alzaban por encima del murmullo y la pareja se adentraba entre ambas familias mientras los pendones centrales de los pilares eran intercambiados en gesto de que la unión se había finalizado. Y ahora cada uno velaba por acrecentar sus arcas.
Droh’ acompañaba a sus padres mientras cerraban un último trato antes de reunirse con su hermana de manera más privada, éste alzaba las manos por encima de su cintura a medida que se acercaba, con las palmas abiertas ante la llegada y orgulloso del crecimiento de los de su sangre; Bryllenora se había estado entregando en cuerpo y alma a alcanzar el título de Thuldor, y con lo ocurrido parecía que estaba más cerca que nunca. —Bryll! No hay mayor orgullo que veros reclamar vuestro derecho— madre, padre y hermanos interactuaban unos instantes, gestos que enderezaban a uno en postura. —¿Cuántos gnomos debo matar antes de que pueda alcanzarte ahora?— Había camaradería en el comentario, y hubiera sido correcto si no fuera por el inoportuno graznido de risa que salía de su boca.
Algunas cabezas giraban en aquel momento de entre los presentes más cercanos buscando en la forja qué podría estar ocurriendo, algunos con la saña propia de querer esbozar alguna sonrisa ante la crueldad que se podría estar cociendo bajo el sufrimiento de algún esclavo, pero una sonora palmada era la que terminaba de atraer las mirada a un mismo punto. La mano de Bryll terminaba de cruzar el aire, cortando severamente el gesto con su voz mientras Droh’ recuperaba la compostura, queriendo llevarse la mano al rostro pero incapaz al ser consciente de lo que acababa de ocurrir, de la emoción del regocijo que sintió por el bienestar de su hermana.
—¡No hay gracia alguna en reclamar nuestro derecho, Drohkrothok!— su tono era severo, autoritario, y tan definitivo como los propios pasos de los suyos que se alejaban en su postura ante el desagrado de la aún marcada y rota sonrisa. El silencio que sembraban aquellas palabras y gestos eran absolutos, tanto como la fila de dientes que se esbozaba en el rostro del Thuldor Dalgrim por la crueldad que su ahora esposa demostraba, era algo digno de lo que regodearse porque así Laduguer lo hubiera hecho incluso contra su propio hermano. Aquel día, las familias recibieron tanto como necesitaban de sus trueques, mientras que Drohkrothok aprendería del error de quebrantar su determinación con el castigo más propio, el exílio.