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El arma de un sargento.

lordanto

Lágrima de mago nerfeado
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El arma de un sargento-

El soldado caminaba con su típica respiración irregular, de vez en cuando tosía de pulmón, sin abrir la boca. La gente se apartaba antes el paso firme de sueva armadura y capa de sargento instructor de la guardia de Amm. El paseo de Waukin estaba abarrotado, aún así la gente se estrechaba para dejar paso a aquel ejemplo de autoridad marcial.

Al llegar ante la forja arcana, el rúnico herrero levantó la cabeza y dejó por unos instantes de trabajar aquellas bellas armas que con tanto esmero hacía.

-Ah, sargento Palathan, enhorabuena por vuestro ascenso, el rumor corrió rápido. ¿Se os ofrece algo?
-Gracias Áureo, creo que ha llegado el momento de reforjar mi vieja espada de Erinia rota. Ningún otro herrero ha podido reforjarla con el impecable filo permanente que lucía antes.
-Mmm..., echémosle un vistazo.-
El veterano herrero cogió los restos de la espada que el joven militar le ofrecía. La examinó cuidadosamente con unas lentes mágicas, raspó el metal y examinó la brutal hendedura que hacía inservible el conseguido filo de Erinia que lucía la espada tres años atrás cuando la compró en el mercado del aventurero.
-¿Y bien, es posible reforjarla?
El armero miró fijamente al soldado y se atusó la barba meditando unos instantes, luego examinó de nuevo la espada y dio su veredicto.
-Es posible, pero es muy difícil, constituiría un gran reto para mí. Perforaría menos que antes… Eso sí, podría conseguir una salida impecable para que volváis a usarla, sería incluso mas poderosa.
Arzhan Palathan escrutó los ojos de su interlocutor y preguntó.
-¿A que os referís exactamente, maese Áureo?
-Podría tratar de utilizar el poco metal de Erinia que le queda para reconstruir una dura carcasa con el mismo filo de antes, aunque sería menos perforante, y podría dejarla hueca por dentro e introducir un metal valiosísimo que haría que cada golpe preciso impartiese un daño superior al que antes hacía, al menos el doble.
-¿De que metal se trata?
-Mercurio de Erinia, mi sargento, podría tratar de fabricar una espada mercurial de Erinia.

El recién ascendido oficial meditó durante un momento sin apartar los ojos de la destrozada tizona.
-No pierdo nada, ¿cuanto me costaría?
Ante la pregunta que ya se esperaba Áureo sacó una sonrisa seguida de calmadas palabras.
-La cuestión, oficial, no es lo que cueste en dinero, sino cómo vais a conseguir el mercurio plomizo. Ese metal es dificilísimo de encontrar, debido a que sólo ha sido hallado en objetos provenientes de otros planos. Cuerpos extraños, es un metal extraño. El mercurio normal no vale para poder reforjar una espada de Erinia, pues el filo se perdería. El mercurio que contiene una mezcla de plomo considerable se mezcla con el metal de que esta arma está hecha, dándole consistencia.
-¿Alguna idea de donde encontrarlo?

El viejo mercader de aceros se llevo la mano a la sien intentando recordar, al poco negó con contundencia.
-Lo siento sargento, nunca he oído hablar de ese tipo de metal cerca de aquí.
-Aún así, gracias maese Áureo, podéis quedaros la espada mientras trato de encontrar el metal. Si lo encuentro.

Ambos hombres se despidieron y el herrero arcano siguió a los suyo, trabajando, mientras el sargento se dirigía a donde le esperarían en breve sus reclutas, dispuestos a tomar el mejor de los entrenamientos de uno de los genios militares de la guardia de Athkatla.


La noche había caído y Arzhan Palathan regresaba a los barracones molido de haber estado todo el día instruyendo a escoria y piltrafas, tratando de moldearlos poco a poco hasta convertirlos en unos señores soldados, como él siempre decía.

Durante dos meses había estado buscando aquel maldito metal que parecía no existir más que en las leyendas.

(Mercurio plomizo…A ver de donde cojones saco yo el dichoso componente… Bah Me voy a dormir, algún día lo encontraré, o no.)

Tras hacer sus últimas reflexiones entró en los cuarteles azuzado por la ventolina que fuera empezaba a refrescar la ciudad de la moneda. Saludó marcial a su teniente que por allí se encontraba y le dio el reporte de la instrucción de ese día y de las nuevas en general.
-Buenos reclutas, mi teniente, tengo a un enano que demuestra versatilidad y cabeza, será un buen soldado. Por cierto, ayer ascendí al recluta Miceno. Ha sido constante y se comporta como un soldado. Ya hablé con el soldado Reynald de lo de aquel Dragón, el muy hideputa está avergonzado por que huyó despavorido, lo que el cabrón no cuenta es que le arrancó un ala antes de salir corriendo.
El viejo Campoescudo pasaba ya de la cincuentena y dejaba prácticamente el mando de la compañía a su más sagaz joven y perspicaz oficial. El recién ascendido Palathan. Aunque no tenía tanta experiencia como sus compañeros había pasado por el doble de situaciones comprometidas, además los dejaba a todos por los suelos en cuanto a sabiduría, inteligencia y presencia de mando.

Tras dar el parte, el joven oficial se dirigió a su habitación, al entrar dejo escapar las toseras que llevaba aguantando desde que entró en el cuartel, no le gustaba mostrarse débil al lado de la tropa. El ataque de tos y mala respiración era tan fuerte que por poco se cae. Se quitó la placa pectoral a tirones y la dejó sobre la cama. Sacó como pudo de su zurrón diestro una pequeña cantimplora de madera y cuero de caimán, la cual contenía la preciada medicina.

Bebió ávido un par de largos tragos y al terminar empezó a respirar mejor y a toser menos.

(Puto meteoro… me dejó los pulmones hechos una piltrafa… Cada vez que salvo a los ciudadanos de alguna maldita catástrofe me voy un poco más a la mierda. Y lo peor de todo es que me siguen tratando como el malo de la película. Si los cabrones estos supiesen… Las organizaciones malignas… los ladrones sombríos y los barrios bajos… los gusanos gigantes y los no muertos… los vampiros… Y los malditos cuerpos celestes volantes rodeados de fuego. Maldita sea, tengo que dejar de hacerme el héroe o me van a matar… ¡Anh no! Si también me asesinaron una vez.)

(Esta ciudad no tiene la más remota idea de los soldados que tiene a su servicio, y de los que dejan la vida por ella)

Se sentó en la cama y cerró los ojos. Tras las reflexiones personales vinieron las divinas. Rezó a su deidad unas cortas plegarias para ayudarle en las futuras batallas que aconteciesen. Tras esto, le entró sueño, se quitó poco a poco el resto de la armadura y se metió en la cama reventado de cansancio, por los pulmones en gran parte. No tardó en dormirse, y tampoco tardó en volver a soñar, una y otra vez. Aquellos momentos de angustia y de dolor.

(¡¡¡Duele!!! NOOOOO, ¡El pecho me arde, no puedo moverme! AAAGGHH, Sangre, escupo sangre y humores del estómago… Voy a morir… Voy a morir aquí como un perro…)

(¿¿Que es eso, me están abriendo el pecho las enfermeras??… Mas sangre… ¿QUÉ ES ESO? Mercurio… Quema… Mercurio que iba en los meteoros y se me incrustó en el pecho… Me destroza, toso más, no paro de toser, Diosa…. Ayúdame… Quema, el mercurio, EL MERCURIO…)

Despertó tosiendo y sudoroso, rodeado de sus hombres que habían entrado en la habitación rompiendo la puerta. El soldado Reynald y el soldado Miceno lo miraban, el cabo De Soto también estaba allí. Fue éste último quien preguntó, aún con su espada en la mano.
-¿Mi sargento, estáis bien?-Arzhan mandó con un golpe de mano a todos los demás fuera de la habitación, quedándose con el cabo a solas. Tosía, así que echó mano a la petaca de medicina que le acercaba Gofredo y bebió.

Al poco miró al suelo, encima de una losa junto a la pared estaba su cinto de acelerar, lo había tirado sin querer bruscamente sobre la pared al despertarse, y la hebilla que ajustaba el poder de acelerar permanente estaba algo magullada. No le dio mucha importancia, días después descubriría que el poder del cinto se había reducido a un par de usos por cada día, aproximadamente. Por contra, también podría liberar la magia del cinturón no solo a él mismo, sino a su aliados. Sutil pero trascendental cambio, sea como fuere, ahora no le importaba mucho, estaba asustado y casi en shock por la brutal pesadilla.

-¿Otra vez los meteoros, mi sargento?
-Esos hijos de la gran puta casi acaban conmigo… Llevo casi un año soñando y no me los quito de la cabeza, es como si el mercurio…-
Entonces enlazó los conceptos que tenía que enlazar. Llevaba dos meses combinando las pesadillas con la búsqueda del esquivo metal.
-Eso es… Un cuerpo celestial, es posible...-El cabo alguacil Gofredo de Soto lo escuchaba algo confuso.
-Mi sargento, ¿De verdad que estáis bien?- Arzhan saltó de la cama y se puso su túnica roja. Tosió un poco y luego se dirigió a su jefe de investigadores.
-Y tanto que estoy bien de Soto, tenemos que encontrar restos de los meteoros de hace un año, necesito el mercurio que contenían.



Tres horas después ambos soldados habían revisado todos los documentos oficiales de la investigación. Nada quedaba de los meteoros ni de sus componentes, y menos del preciado mercurio, que voló cual salmón saltarín, del río a las fauces de un oso. El oso, claro está eran los miles de magos y hombres de ciencia que habían dado cuenta de todos los materiales que de los cielos habían caído.

-Es inútil de Soto, ve a dormir, es tarde, gracias por la ayuda.
-De acuerdo mi sargento, para mi no es una molestia, ya lo sabéis
.-Aquel Helmita jovial y devoto siempre era un consuelo para cualquiera que lo necesitase. Aún así tenía sueño y era inútil seguir reteniéndolo por aquella tontería.
Él se quedó un poco mas, buscando algo que le indicase un indicio del paradero del metal. En una de esas toses que sólo la medicina puede parar, echó mano de su petaca de paliativo con tanto ahínco que gastó el frasco.

(Mierda, ahora tendré que ir al hospicio a por más, no puedo esperar a mañana)


Se abrigó todo lo que pudo y tras decir en el control de accesos a donde iba se encaminó a la calle. Hacía un frío de mil hamatulas, se encaminó todo lo rápido que pudo al sanatorio de la ciudad, no pillaba lejos, tan sólo cruzar las puertas y cruzar el césped hasta el edificio, pero era hibernal y eran las dos de la madrugada.

Saliendo por las puertas se cruzó con dos conocidos, Aldarion Hojargéntea iba cargado de acero hasta las cachas y se dirigía a las minas, Mekhare SunBrezze iba tras él, con el resto del equipo. Probablemente iban a la caza de vampiros. Saludó a ambos con un cabeceo y aceleró el paso hacia su destino.

(Vaya equipo forman estos dos, no le deseo el destrozo que le pueden hacer a su enemigo ni a los vampiros… Bueno, en realidad si se lo deseo.)

Al cruzar las puertas de acceso a los terrenos de la orden del muy radiante corazón, el orfanato y San Annur se paró a hablar con el recién ascendido soldado Miceno, y el algo más veterano soldado Reynald, aún novato también. Los dos se cuadraron perfectamente marciales como estaban con el frío de Auril.

-Salve mi sargento, sin novedad en la guardia.-Reynald fue el que dijo eso, que era el que menos frío tenía, aquel soldado había sido modelando para ser uno de los mejores guerreros del país, pero no un guerrero común, sino uno de esos que usan la cabeza hasta para cagar, que cumplen las órdenes mejor que nadie y que son capaces de seguirte hasta el infierno. Aunque estaban helados los hideputas lo aguantaban, aparentaban una marcialidad y disciplina perfecta. Y a fe suya, se sentía orgulloso de aquellos hombres, pues él los había entrenado duramente día y noche para convertirlos de tipos buenos corrientes y generosos en auténticos soldados y guardias de casta.

-Miceno, ¿como llevas estas primeras guardias? ¿Bien no?, veo que no tienes frío.-Inquirió el oficial.
-Pues no se crea mi sargento, estaba pensando en pedirle permiso a uced para poder tiritar.- El tipo era listo, inteligente, educado y cortés, y hábil con su espada ropera. Aquellas cualidades que Arzhan tanto gustaba de ver y de enseñar.
-Permiso denegado recluta, recuerden vuestras mercedes que son señores soldados, y son vuacés duros como la madre que los parió.
-Susórdenes mi sargento.- Dijeron ambos guardias al unísono.
-Buenas noches soldados. Tras los correspondientes saludos marciales el siervo de la dama roja de la guerra siguió su camino y al poco cruzó las puertas del edificio que guarecía a los fieles de Ílmater.
-Salud sargento ¿Se ha vuelto a quedar vuacé sin su medicina?- Preguntó Galena, aquella hermana de San Annur de las largas piernas y el buen busto. Un par de toses de pulmón correspondieron a la pregunta de la mujer.
-Venga por aquí, Shamaeltalar dejó un armario lleno de pociones para vos.

El tal Shamaeltalar era un hombre oso, un licántropo de residencia legal en Athkatla. Pero sobre todo era el mejor sanador en varias millas a la redonda. Lo había sanado ya varias veces, cuando lo de los meteoros y los pulmones, cuando lo de la plaga que pilló de los primeros, y otras tantas heridas del oficio. Le debía su mediocre salud a aquel tipo, pues si no lo hubiese tratado, su salud no sería mediocre, sería nula.

-Aquí tenéis, cuatro cantimploras, os durarán al menos dos semanas.- Las monjas de San Annur eran más educadas que un buen paladín. Claro que él nunca había visto a uno de esos, así que tampoco podía confirmarlo.
-Os lo agradezco hermana. ¿Sois vos Galena, cierto? Me cuidasteis cuando, en fin, cuando estuve “indispuesto”.-Decir indispuesto era demasiado flojo para un buen comparativo. Estuvo al menos dos meses sin poder salir a la calle, tosiendo sangre, meando sangre, apoyándose en un bastón, y jugando al ajedrez con los mendigos. Tuvo el pecho abierto por más de veinte sitios, con trozos de meteoro incrustados cerca de la columna y los pulmones, incluso algunos fragmentos del cuerpo celeste se le quedaron dentro para siempre.
-Así es, yo os saqué el mercurio del torso, pensamos que ibais con kélemvor, lo que sufristeis vos no lo he visto sufrir a nadie.- La pena se denotaba en la cara de la hermosa sanadora.

(Pues si tanta pena te daba haberme hecho una… Fe, cojones, que siempre te pasa lo mismo, que tú eres un tipo frío. Un siervo de una diosa… y bla bla. Un momento… ha dicho… ¿¡Mercurio!?)

No exaltó sus facciones aunque le interesase muchísimo, tan sólo se le notaba el interés por acelerar un poco el ritmo de la voz. El sargento Palathan era por fuera mas duro y mas frío que una roca de los picos de las nubes en medio de una ventisca furiosa de la diosa del hielo.

-Decidme, ¿os acordáis si aun se conserva ese mercurio?
-Claro, de hecho aquí está.
-La muchacha se dirigió a un armario y se agachó para sacar un frasco mediano con una sustancia líquida, grisácea y brillante que llenaba la mitad del recipiente. Las posaderas de la enfermera recalcadas por la ajustada túnica que llevaba en ese momento, sólo los dioses sabrían el porqué, habrían hecho en otras circunstancias que Arzhan se replantease ser un devoto clérigo duro hijo de la gran puta sin sentimientos exteriores como era. Lástima que una espada mercurial fuese más importante en ese instante que echarle veinticinco polvos seguidos a una hermosa dama.

-¿Estáis segura de que este es el mercurio que llevaba incrustado en la armadura y en el torso?
-Completamente, sargento Palathan.
-Acabáis de hacerme el hombre mas feliz del mundo.
- Eso lo dijo con cara de estar en un funeral como era costumbre en él, vamos, mas serio que Tyr en una fiesta de Sharess. Aunque si alguna vez hubiese sabido sonreír, ese hubiese sido el momento para hacerlo.



Áureo se dirigió a Palathan mostrándole con ambas manos la excelente pieza marcial que acababa de hacer.
-Noventa y seis centímetros de larga, hoja de acero de Erinia afilado hasta el extremo de manera casi permanente, perfora armaduras completas con facilidad, por dentro, la hoja es hueca por dentro y el mercurio corre a su libre albedrío por un conducto de la guarda hasta la punta. Cada vez que se golpee con ella con un golpe perfecto, el mercurio ayudará a que el corte o la perforación sean sublimes.
-Es un trabajo magnífico, Áureo, aquí tenéis lo acordado.
- Arzhan tomó el arma y la dirigió al cielo, satisfecho. -Es un arma hecha casi para un héroe épico, maese herrero.- El militar examinó la empuñadura del arma que lucía un caballo rojo en el pomo, bajó la vista hacia el rúnico y veterano armero. Entonces Áureo le dijo una frase que le quedaría grabada a fuego en la mente y le hizo sentirse orgulloso de que algunos ciudadanos pensasen así.

-Disculpadme si ofendo a alguien Palathan, pero ésta es un arma hecha para un gran guardia y un gran militar, por qué héroes épicos por esta ciudad han pasado muchos, pero guardianes de la paz y el orden como vos había muy pocos, y con vuestra llegada ahora son algunos más. Ésta es un arma hecha para un sargento de Amm, uno de verdad.
 

SWOTL

Doble de Ilmater en las palizas
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Lol , Mercurio en su cuerpo ! Que disfrutes de tu espada megachupi ! :D
 

javi1988

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woo mola, entonces ahora tienes una mercurial afilada? o.o que burribestialidad, buen relato
 

Gofredo

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Buen relato!

^^
 

Bryan

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//La ostia, Palathan anda ultimamente un poco aturdido con las féminas xDD

Buen relato.
 
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