Skotos
Copia defectuosa de Kronobot
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I.
- ¿Y cómo se encuentra?
- Débil. No para de sangrar, a poco que haga un esfuerzo. Tanto ella como la Maestre. La verdad, no entiendo por qué no dejan de meterse en problemas…
Dos mujeres conversaban en los pasillos del Salón de la Luna, intercambiándose miradas preocupadas. Una de ellas, la más joven, con el rostro lleno de pecas y portando una melena revoltosa de tonos incandescentes como el fuego, negó con la cabeza.
- No para, no para. Yo no lo entiendo, ¿no ha acabado ya la guerra? ¿Qué necesidad hay de meterse en tanto embrollo?
- ¿Te ha contado de qué se trata?
- No. Y aunque lo hiciese… no podría decirlo.
La acompañante chasqueó la lengua.
- Pues ya te enteras más que yo. A mi nunca me explican nada de lo que hacen…
Tras esa conversación, la muchacha pelirroja se encaminó hacia el ala este del templo, dirigiéndose hacia los dormitorios. Se dirigió a una estancia en concreto. Su interior estaba repleto de excentricidades: varias cimitarras habían sido colgadas en las paredes como si fuesen trofeos. Sus filos variaban en forma y tonalidad. Se alternaban con extraños artilugios que habían sido colgados del techo. Amuletos hechos con plata y aluminio, atrapasueños, lentes de medición, lámparas de vidrios con tonos grises y magentas. El resultado es que el ambiente del dormitorio resultaba un tanto cargante, entremezclando un ambiente onírico con toques castrenses que rompían la armonía de la decoración.
En un rincón, recostada sobre una cama grande, suficiente para dos personas, descansaba una mujer de tez broncínea. Su rostro, levemente iluminado por el candil prendido en la mesita, contrastaba con el brillo de sus ojos de color ámbar intenso, que en la penumbra parecían ganar un fulgor inquietante. Sostenía un libro en sus manos que leía con avidez. No pareció siquiera darse cuenta de la intrusión.
La muchacha dejó la bandeja al lado de la cama, en una mesita.
- Mi señora. Le traigo la cena.
- Mh – la mujer asintió. Levantó la mirada ligeramente, lo suficiente para atisbar la figura que la atendía. Sus labios se curvaron en una sonrisa cálida.
Ella correspondió su gesto con otra, más nerviosa y temerosa de su juicio.
- Debería comer algo. ¿Cómo se encuentra?
- Supongo que sí. Gracias, Saskia – dijo, extendiendo la mano hacia la hogaza de pan cortada en varios trozos. El contenido de la bandeja era austero: caldo, pan, agua y una pieza de fruta.
Raramente podía con todo. Pero es que en los últimos días, se atrevía con el pan. Cuando vió que le dio un bocado, Saskia amagó un suspiro de alivio.
- ¿M-me permite? – señaló, pidiendo permiso para sentarse a su lado en la cama.
- Claro, adelante.
Saskia entonces se sentó. Gwenaëlle dejó el libro a un lado mientras empezó a comer. Dio un par de sorbos al caldo, tomando cucharadas tímidas. La diaconisa observó a la Oráculo. Trató de dilucidar en qué estado físico se encontraba.
La palabra más exacta para describir su apariencia era demacrada. La semielfo parecía haberse consumido, como si hubiese perdido mucho peso de golpe. Lo cual, en una complexión liviana y estirada como la suya, le otorgaba un aspecto que a Saskia le recordó al de una persona que había pasado demasiadas horas bañándose. Su piel estaba lleno de surcos, cuencas hundidas, y unas ojeras muy profundas y oscuras otorgaban a su semblante un aspecto general de malestar y pesadez.
Y sin embargo, sonreía.
- Aún no me ha contado lo que le ocurrió durante su viaje a Calimshán – se atrevió a comentar.
Gwenaëlle entonces soltó la cuchara y miró a Saskia directamente.
- Supongo que no lo he hecho. Es… una larga historia. ¿Te interesa conocerla?
- ¿No es muy indiscreto por mi parte? No deseo importunarla.
- Oh, no te preocupes. Confío en que sepas guardar el secreto, aunque… tampoco se ha tratado de ninguna empresa deshonesta.
Por la expresión que puso Saskia, visiblemente intrigada, la reacción de Gwenaëlle no fue otra que la de esbozar una sonrisa divertida.
- Unos amigos pidieron mi ayuda y me uní a una expedición de lo más curiosa.
Gwenaëlle entonces recuperó el libro que estaba leyendo. Parecía ser una especie de enciclopedia de objetos religiosos. Su título era ominoso: “Reliquias perdidas de Faerún”. Las páginas abiertas mostraban lo que parecía ser una especie de copa o cáliz, dibujada con patrones intrincados que recordaban vagamente líneas de viento, o quizás serpientes. Se lo mostró a la muchacha, y Saskia leyó la leyenda bajo el dibujo.
El cáliz de Set.
- Dime, Saskia, ¿has conocido el desierto de Calimshán? Reconozco que superó todas mis expectativas…
- Débil. No para de sangrar, a poco que haga un esfuerzo. Tanto ella como la Maestre. La verdad, no entiendo por qué no dejan de meterse en problemas…
Dos mujeres conversaban en los pasillos del Salón de la Luna, intercambiándose miradas preocupadas. Una de ellas, la más joven, con el rostro lleno de pecas y portando una melena revoltosa de tonos incandescentes como el fuego, negó con la cabeza.
- No para, no para. Yo no lo entiendo, ¿no ha acabado ya la guerra? ¿Qué necesidad hay de meterse en tanto embrollo?
- ¿Te ha contado de qué se trata?
- No. Y aunque lo hiciese… no podría decirlo.
La acompañante chasqueó la lengua.
- Pues ya te enteras más que yo. A mi nunca me explican nada de lo que hacen…
Tras esa conversación, la muchacha pelirroja se encaminó hacia el ala este del templo, dirigiéndose hacia los dormitorios. Se dirigió a una estancia en concreto. Su interior estaba repleto de excentricidades: varias cimitarras habían sido colgadas en las paredes como si fuesen trofeos. Sus filos variaban en forma y tonalidad. Se alternaban con extraños artilugios que habían sido colgados del techo. Amuletos hechos con plata y aluminio, atrapasueños, lentes de medición, lámparas de vidrios con tonos grises y magentas. El resultado es que el ambiente del dormitorio resultaba un tanto cargante, entremezclando un ambiente onírico con toques castrenses que rompían la armonía de la decoración.
En un rincón, recostada sobre una cama grande, suficiente para dos personas, descansaba una mujer de tez broncínea. Su rostro, levemente iluminado por el candil prendido en la mesita, contrastaba con el brillo de sus ojos de color ámbar intenso, que en la penumbra parecían ganar un fulgor inquietante. Sostenía un libro en sus manos que leía con avidez. No pareció siquiera darse cuenta de la intrusión.
La muchacha dejó la bandeja al lado de la cama, en una mesita.
- Mi señora. Le traigo la cena.
- Mh – la mujer asintió. Levantó la mirada ligeramente, lo suficiente para atisbar la figura que la atendía. Sus labios se curvaron en una sonrisa cálida.
Ella correspondió su gesto con otra, más nerviosa y temerosa de su juicio.
- Debería comer algo. ¿Cómo se encuentra?
- Supongo que sí. Gracias, Saskia – dijo, extendiendo la mano hacia la hogaza de pan cortada en varios trozos. El contenido de la bandeja era austero: caldo, pan, agua y una pieza de fruta.
Raramente podía con todo. Pero es que en los últimos días, se atrevía con el pan. Cuando vió que le dio un bocado, Saskia amagó un suspiro de alivio.
- ¿M-me permite? – señaló, pidiendo permiso para sentarse a su lado en la cama.
- Claro, adelante.
Saskia entonces se sentó. Gwenaëlle dejó el libro a un lado mientras empezó a comer. Dio un par de sorbos al caldo, tomando cucharadas tímidas. La diaconisa observó a la Oráculo. Trató de dilucidar en qué estado físico se encontraba.
La palabra más exacta para describir su apariencia era demacrada. La semielfo parecía haberse consumido, como si hubiese perdido mucho peso de golpe. Lo cual, en una complexión liviana y estirada como la suya, le otorgaba un aspecto que a Saskia le recordó al de una persona que había pasado demasiadas horas bañándose. Su piel estaba lleno de surcos, cuencas hundidas, y unas ojeras muy profundas y oscuras otorgaban a su semblante un aspecto general de malestar y pesadez.
Y sin embargo, sonreía.
- Aún no me ha contado lo que le ocurrió durante su viaje a Calimshán – se atrevió a comentar.
Gwenaëlle entonces soltó la cuchara y miró a Saskia directamente.
- Supongo que no lo he hecho. Es… una larga historia. ¿Te interesa conocerla?- ¿No es muy indiscreto por mi parte? No deseo importunarla.
- Oh, no te preocupes. Confío en que sepas guardar el secreto, aunque… tampoco se ha tratado de ninguna empresa deshonesta.
Por la expresión que puso Saskia, visiblemente intrigada, la reacción de Gwenaëlle no fue otra que la de esbozar una sonrisa divertida.
- Unos amigos pidieron mi ayuda y me uní a una expedición de lo más curiosa.
Gwenaëlle entonces recuperó el libro que estaba leyendo. Parecía ser una especie de enciclopedia de objetos religiosos. Su título era ominoso: “Reliquias perdidas de Faerún”. Las páginas abiertas mostraban lo que parecía ser una especie de copa o cáliz, dibujada con patrones intrincados que recordaban vagamente líneas de viento, o quizás serpientes. Se lo mostró a la muchacha, y Saskia leyó la leyenda bajo el dibujo.
El cáliz de Set.
- Dime, Saskia, ¿has conocido el desierto de Calimshán? Reconozco que superó todas mis expectativas…
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