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El cobre: Historia de una ladrona

Poisoned

El que aplaude en los discursos Zhent
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22/3/21
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¿Qué harías para lograr tus objetivos?
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La pregunta es simple, pero la respuesta es compleja. Gente como yo diría “todo”, pero pronto descubren que “todo” encierra mucho y, a veces, la vida te presenta la oportunidad de probar esa respuesta. No siempre de la forma que esperas, pero cuando eso pasa, y créeme que pasa, solo tienes un camino por delante: cumplir con tu propia respuesta y hacerlo todo.​


He perdido la cuenta de cuánto tiempo llevo aquí, en el otro lado de la moneda. Por cada hurto, por cada estafa, por cada “peaje”, crezco. Aprendo y me adapto. Sé que me falta camino por recorrer y que mi destino aún no está escrito. Un error puede terminar mi historia, un desliz puede truncar mis ambiciones, y una mala pasada puede coartar mis pasos sigilosos hacia la grandeza.

Hurté las monedas ajenas que, en realidad, me pertenecen por derecho divino. Toda riqueza es mía y, si aún las tienes, es porque así lo permití. Ese es mi credo, mi motivación en la vida: tomar lo que es mío, y todo, todo es mío.
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Un zorro viejo me explicó el problema de la avaricia descontrolada, de la ambición desbocada, creo que lo entendí. Mis pasos, sigilosos, son humildes a la vez que asertivos. Deseo escalar lo más alto posible y hacerme con mis objetivos primarios, aquellos que hacen que yo respire. Pero, siempre la ambición debe estar medida por los riesgos y las ganancias, en un perfecto equilibrio. No es fácil, porque cuando eres joven, quieres devorarte el mundo y créeme, yo tengo mucha hambre.​


El día llegó y allí me encontré, entre ladrones, asesinos y espías. Estafadores, sombras y auténticos poseedores del poder, brindando por mis humildes éxitos, propiciando alabanzas a mis pasos y asegurando futuros lucros. Pero las cosas son más complejas en este lado de la moneda; a veces, no todo es lo que parece, y lo que parece, no siempre es.

El trago se deslizaba por mi garganta y mis palabras salían sin control, expresando con cierto entusiasmo mis ideas. Sin embargo, mi mente no era del todo mía, o no estaba consciente de lo que ocurría con mi cuerpo. La melodía del piano ofrecida por el conde, lúgubre, sonaba de fondo, como un eco que invitaba a la melancolía. Las figuras sombrías se materializaban a mi alrededor y danzaban expectantes, como aves de rapiña esperando mi caída.

Así fue; cuando menos lo esperé, caí. Todo a mi alrededor giraba y comenzaba a oscurecerse. Lo último que vi, antes de que las sombras me engulleran, fue la máscara de aquel maestro asesino coronado. Me observaba mientras la oscuridad me cubría, hermosa y perpetua. Me quedaba con su imagen mientras el letargo me atrapaba.
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Recuerdo la primera vez que lo vi. Yo comía en aquella sórdida taberna, mi hogar, mi santuario entre la miseria y la pobreza. Él entraba, con la confianza que te da el respaldo de las sombras y las ratas de las calles. En una mano, un puro; en la otra, una daga impía que iluminaba con su maligna luz la ya de por sí lúgubre taberna, dotándola de un aspecto aún más tétrico. No hace falta ser muy astuta para saber que esa clase de persona es de las que no debes fastidiar nunca.

Fue la primera vez que sentí una mezcla de emociones entre el miedo y la anticipación por acercarme a el, como una polilla que se aproxima inexorablemente a la llama para ser consumida. Salvo que, en mi caso, no quería ser consumida; quería aprender, quería ser más de lo que soy, y ese asesino sombrío era el primero de aquellos que aportarían a mi grandeza.

Recuerdo mis primeros trabajos y encargos, los cuales guardo en mi mente para ofrecérselos al dios de mil rostros. No se comparan a lo que hacía en Nashkel para mi antiguo "maestro", maldito sea su nombre. Estas sombras eran más “justas”, más lógicas y razonables, y absolutamente beneficiosas. Me dieron un lugar, una utilidad acorde a mis habilidades, y me enseñaron el verdadero camino al poder.

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Desperté en un camastro de paja. La oscuridad me rodeaba y las ataduras en mis manos activaban la desesperación y el instinto de supervivencia como bestias salvajes. Por un breve instante, perdí los estribos y ni siquiera recuerdo qué balbuceé o grité. Creo que recordé las cosas que viví en mi pasado; no fue grato, pero me sirvió para superarlas. Al final sabia que debía calmarme, continuar con mi fría y pragmática mente si quería sobrevivir.

Escuchaba murmullos, tal vez ecos de agonía o susurros conspirando entre las sombras. O gente esperando un destino peor a la muerte, esperando el olvido eterno. Me llevaron por pasillos oscuros, sin entender qué ocurría, ni qué harían conmigo, ni por qué. En el fondo, sabía que no debería ser nada grave; es decir, no hice nada malo, ¿verdad? Pero en esas situaciones nunca se sabe.

"¿Qué serías capaz de hacer para lograr tus objetivos?" La pregunta fue planteada, como un guante que tiran para ser recogido. Tal vez una prueba, tal vez una oportunidad o un juego perverso. La respuesta siempre estuvo en mi cabeza, en mi alma. "Todo". De verdad, todo lo que sea necesario que haga. No tengo nada que perder y a la vez mucho que ganar.

Aquella impía daga, con nombres grabados en el filo, posiblemente de aquellos que fueron cegados por un maestro asesino, fue puesta en mis inexpertas manos. Ese "todo" que debía hacer era obvio a estas alturas. Debía mancharme las manos, esas que permanecían limpias de sangre. Pues no soy una asesina, por más que haya sido la culpable de que muchos murieran antes. Nunca cerré los ojos de nadie, no directamente, no hasta entonces.

Cada paso que daba, cada acercamiento a las celdas, hacía que mi corazón latiera de anticipación, de ansiedad. Tenía miedo, nervios y una voz en mi cabeza que me hacía dudar.

No, no es lo que imaginas. El miedo que sentía, la duda, era si lo haría bien o no. Quería lograr completar mi tarea, abrazar mi destino y llevarlo a cabo con la mayor precisión posible. Pero repito, no soy una asesina, no porque no quiera, sino porque no tengo las habilidades. Aun así, ahí estaba, frente al "traidor", con la daga y aquellos poderosos enmascarados.

Seré sincera: no recuerdo muy bien el hilo de la conversación entre las sombras y el traidor. Estaba muy nerviosa, y mi anticipación por hacer un buen trabajo no me dejaba escuchar o seguir la conversación. Solo esperaba la señal para acabar con la vida del acusado.

Tras la perniciosa magia de la astuta arcana, el hombre quedó paralizado, lo que haría más fácil mi prueba. Las sombras mayores entraron junto a mí, adentrándose en la celda y animándome a cumplir mi cometido.

"Rajadle el cuello, él no dudará en mataros...", decía aquel enmascarado, dueño de la daga que se me entregó para la labor. El maestro asesino me animaba a mancharme las manos por la causa. "Aquellos que no cumplen con la ley del silencio son silenciados...". No son palabras simples las que dice; son realidades que mueven nuestro mundo y sentencian nuestros errores.

"Esto difiere mucho de los estafermos con los que habéis practicado...", me indicaba la otra sombra superior, calmado, frio, centrado en analizarme como un maestro en las sombras. Me daba ligeros empujones para que avanzara hacia mi prueba. A este paso, en este momento, no había vuelta atrás y creo, realmente creo, que tampoco quería que haya vuelta atrás.

Qué vergüenza; no tengo las habilidades para ser mortal y precisa, limpia y certera. El corte que le proporcioné en el cuello no fue suficiente para acabar con su miseria. La sangre brotaba y el hombre se arrodillaba entre expresiones grotescas mientras perdía la vida poco a poco. Pero él no gritó, ni suplico. Creo que el también aceptaba su destino. Sonara perverso, pero creo que se forjo un vinculo entre mi victima y yo. No puedo explicarlo mejor, solo decir que no lo olvidare jamás. Así que tomé su cabeza y lo atravesé una vez más. No lo pensé ni un segundo; él debía morir y yo ascender, así funciona esto. Debía mostrar mi utilidad, mi valor y mi respuesta contundente. "Haré todo por cumplir mis objetivos".

Pensaba que iba a ser más difícil y no lo fue. Si me lo pongo a pensar fríamente, algo anda mal conmigo por pensarlo así. ¿Dónde quedó aquella inocente joven bastarda? ¿Cuándo fue que mi corazón se endureció y mi alma ennegreció?¿Antes o después de ser vendida? ¿Antes o durante mis primeras enseñanzas de supervivencia? Tal vez fue cuando cumplía el cometido de alguien mas, condenando a otros a la miseria para sobrevivir. O puede que siempre fui así y lo ignorara. A estas alturas, las respuestas a esas preguntas carecen de importancia y solo son lastres.

Entre la astuta arcana y el poderoso conde, se aseguraron de que no quedara rastros del cuerpo. La magia da miedo. Lo que alguna vez fue la historia de un hombre con ambiciones, pasado, seres queridos o vete tu a saber que trasfondo, ahora solo es una mancha en el suelo. Todo por traicionar a las sombras.

El resto me lo guardo para mí y para mi dios, dueño de mis secretos más oscuros y patrón de mi camino sombrío. Solo diré que después de eso comenzó realmente mi historia. volví a la taberna con mis hermanos y, como si nada hubiera ocurrido, guardándome lo evidenciado, me acerqué a la barra y me pedí uno de mis platos favoritos. Pues aquí el silencio lo es todo, la más importante de las leyes de la calle. No seré yo quien la rompa.
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Así comienza mi senda. Soy Fandar y me encuentro en las oscuras calles de Amn. Donde tuya es la fortuna... hasta que decidamos que sea nuestra.​

 
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