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El deber de un Cruzado

solilokio

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"Juro ante los divinos vivir y morir con honor, Juro combatir la iniquidad y socorrer al desvalido, juro igual en la guerra como en la paz mi espada será una herramienta no un arma, juro buscar el Honor antes que honores, juro ante la hoja de Torm ser castigado si traiciono la senda del mas Leal de los divinos"

El Campeón de Torm estaba de rodillas en aquella noche de vigilia, mientras otros bebían, soñaban, fornicaban y vivían sus vidas, el servía... juraba llevar el deber siempre en su corazón...




Nacido en la ciudad portuaria de Orvyltar, capital del reino de Ulgarth y sede del mayor templo dedicado a Torm.

Su madre, Elana Holl, era una sacerdotisa devota del templo, enseñando la lealtad y el servicio; su padre, Merek Holl, veterano de la guardia real del rey, dedicó su vida a proteger el reino y forjar armas para quienes servían a la ley. Talkir creció entre el sonido del martillo de la fragua familiar “El Martillo y la Llama” y el eco de los rezos al amanecer, entendiendo desde niño que el deber no era carga, sino honor.


A los doce años, cuando la Bahía de Cobre fue asaltada por piratas, Talkir desobedeció la orden de resguardo y empuñó una espada de entrenamiento para socorrer a mercantes heridos. Bajo el fuego, pronunció su propio juramento.


Este acto selló su destino. Bajo la tutela del sumo sacerdote del templo de Torm, se formó como paladín del Deber Eterno, combinando los rigores marciales de su padre con la devoción espiritual de su madre.


Cuando llegaron los rumores de guerra y sacrificio que azotaron Amn, Talkir sintió que su deber le llamaba más allá de los muros de Orvyltar. Con la bendición de sus padres y la esperanza de su hermana menor, Lysa, partió hacia el sur, decidido a proteger a los inocentes, restaurar la justicia y encender de nuevo la luz de Torm en un mundo que había olvidado lo que significa la verdadera lealtad.


Ahora, Talkir cabalgaba entre las ciudades y pueblos, no por gloria, sino para servir. Pues sabe que la fe sin acción es vana, y cada golpe que da es una plegaria más en nombre del Dios del Deber.

Aunque a veces entre la multitud puede verla, cabello rojo, ojos verdes, facciones delicadas...ella sonríe, Talkir intenta quitarse las imágenes de el deseo que nubla su mente pero jamás el deber...


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solilokio

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"Brille la luz en la fuerza del espíritu"

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-"Subiste a la montaña mas alta por un copo de nieve mágico solo siendo un seguidor del Leal"-, Su voz recordaba cada paso dado en Amh antes de su partida, -"Siendo escudero descendiste al Gehena por ellos"-, -"te nombraron caballero por que necesitan otro peón"-, -"¿Dónde está tu hermano elfo ?"-, hizo una pausa, -"te abandonó cuando ya no eras necesario"-, dijo la hermosa mujer de cabellos rojo fuego, mientras el Tormita rezaba en el camino con solo su mandoble como testigo.

-"Ese mercader busca que caigas en sus provocaciones"-, -"no te necesitan"-, volvió a repetir la mujer con voz suave y melosa,
-"Cuidaste a esa Selunita cuando perdió sus ojos por su falta de sentido común"-, -"protegiste a la mediana que firmó el pacto, tu deuda está pagada mi amor, yo te necesito"-, dijo en voz baja mientras se acercaba a su oído.

-"¿Recuerdas tu primera noche de vigilia, cuando en el templo de Torm te dieron esa arma que tanto cuidas?"-, -"fui yo quien rezó por ti, fui yo quien cuidó de tus heridas"-, El Tormita sabía que las palabras de Aluka no eran falsas pero dudaba de sus intenciones, a veces la veía entre la muchedumbre para luego no volver a verla, como un espejismo en el desierto, como el sediento ve en el horizonte un manantial a lo lejos, así la veía, lejana, con una sonrisa que enamoraría al mismo Tyr, pero algo estaba mal, siempre era el mismo discurso, "deja la Orden", "no me dejes sola" siempre repetía la misa cantaleta.

Semanas antes un viajero le contó del mal que se cernía sobre Amn, Un Tormita sin una causa que cumplir no es un Tormita, vagó suficiente tiempo para entender que, ese es el deber de un Tormita, el deber de un caballero de la Orden del Guantelete, Servir.

Volvería a Amn con la mente clara y con el espíritu firme.
Los reproches de Aluka seguían zumbando en sus oídos y recordó, recordó el viejo juramento en su vigilia antes de ser la Espada fiel del Leal, antes de portar La furia de los inocentes, antes de que Torm le viera alzarse como su Campeón, y una vez mas repitió el juramento.


"Un caballero jura valor.
Su corazón sólo conoce virtud.
Su espada defiende al indefenso.
Su fuerza sostiene al afligido.
Su palabra sólo habla verdad.
Su ira deshace a los maldad".


Y partió otra vez rumbo a Lobos asesinos, Dragones, Brumas de sangre y sus hermanos de armas, mientras la mujer que reina en sus sueños desaparecía entre los primeros rayos del amanecer.

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solilokio

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Tentaciones y Fe



La posada de Crimmor hervía de vida,
Jarras chocaban, risas ásperas llenaban el aire y el olor a carne asada se mezclaba con el sudor y la lluvia reciente. Afuera, la ciudad seguía su curso indiferente, Adentro, en una habitación modesta del segundo piso, el silencio era otro mundo.

Talkir yacía sobre la cama, aún vestido con una camisa de lino, vendajes asomando bajo la tela, marcas indelebles de su ultima lucha contra el Licántropo blanco que aterrorizaba Amn, salió vivo por poco, Las Selunitas le sanaron, Su respiración era pesada, no del todo en reposo. El dolor ya no era agudo… pero persistía, profundo, como un recordatorio constante.

Sobre la pequeña mesa, el informe a sus hermanos de la Orden del Guantelete aún abierto narrando su encuentro con el Lobo Blanco. La tinta ligeramente corrida. La duda, más aún. Sus párpados temblaron, El sueño no llegaba limpio…nunca lo hacía.

Y entonces, El roce Suave, Demasiado suave para un mundo como ese. Una mano recorrió su frente, apartando mechones de cabello húmedo. —Podrías descansar…siempre… si dejaras de luchar-, La voz cayó como un susurro tibio en la penumbra.

Talkir se removió apenas, el ceño fruncido, su mano tensándose levemente sobre el borde de la sábana.—Imagina-, continuó ella más cerca ahora, -una vida sin sangre… sin noches como esta, Tu y yo por siempre…

Sus dedos descendieron con lentitud, trazando la línea de su cuello, deteniéndose sobre su pecho, justo donde los vendajes ocultaban la peor de las heridas. —Una casa… lejos de la guerra-, susurró,—Un niño que te llame padre-…

El aliento de Talkir se quebró apenas. Un instante, Una grieta minúscula.—Que te mire con orgullo… no con necesidad-, El paladín gruñó bajo, apenas audible como si algo en su interior rechazara la imagen antes de que pudiera tomar forma completa. Pero la imagen estaba ahí, Breve, Peligrosamente cálida. La mano no se retiró.—Ya has dado suficiente-, murmuró la mujer de cabellos rojizos, inclinándose junto a su oído, —Has sangrado por ellos… sufrido por ellos… ¿y qué te han dado?-.

Silencio, El eco lejano de la posada, Risas, Vida.—Te llaman hermano-, continuó casi con ternura, —Pero te dejarán caer si fallas-…Sus dedos presionaron suavemente sobre su pecho vendado. —Como Tenwealth a tu dios-, El rostro de Talkir se tensó, Su respiración cambió. Pero no despertó.—Tu alma-, susurró ella, —ya está marcada-, Una pausa Lenta Calculada.—Pero yo no te abandonaré-, El silencio se estiró Y entonces, apenas un murmullo quebrado escapó de los labios del paladín: -Sea la voluntad del Leal-, Una frase, Una ancla, Su mano se movió torpemente, buscando algo… hasta encontrar la cadena de plata en su cuello. La aferró con fuerza, El símbolo frío contra su piel, Su respiración se estabilizó, poco a poco El ceño dejó de estar fruncido. No paz, Pero sí resistencia La mujer de cabellos rojizos le observó En silencio, Su sonrisa no desapareció… pero cambió, Más fina Más paciente.

—Aún no—, susurró casi divertida. Se inclinó rozando apenas su mejilla con los labios —Pero soñarás conmigo otra vez-, Y como niebla al amanecer su presencia se desvaneció. Abajo, la posada seguía viva, Arriba, Talkir dormía, No en paz Pero firme Con la cadena aún apretada entre sus dedos Y el juramento… intacto.
 

solilokio

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Un Paso a la Vez


(Del traslado de refugiados hasta Nashkel y el rescate de prisioneros, gestionados ambos por el clero de Selune y DM Tepes)


Sobre la mesita de noche de la vieja posada de Purskul brillaba una medalla. Aluka, materializándose desde las sombras del Plano Etéreo como un suspiro de azufre y perfume, la tomó entre sus dedos largos y finos.

—¿Amigo de la luna?— susurró con una sonrisa burlona—. Ay, amor... te conformas con tan poco. ¿Qué te obligaron a hacer ahora?
Rozó la piel del pecho del paladín con sus labios encendidos. Talkir se estremeció sobre el jergón, atrapado en el limbo de un sueño que ya no le pertenecía. Desde el día en que él había pronunciado sus votos sagrados, ella se había convertido en su sombra nocturna; una obsesión voraz que solo se atrevía a reclamarlo cuando el guerrero bajaba la guardia.

—Si fueras más inteligente, me dejarías darte lo que mereces, —la voz de Aluka, melosa, melódica y cargada de una magia antigua, se filtró directamente en el subconsciente del hombre.

La súcubo se acurrucó bajo el brazo del paladín. Su presencia helaba el aire de la habitación, desgastando la resistencia divina del durmiente.

—Sabías que esos hombres eran caníbales, ¿verdad? Les advertiste, pero no escucharon. Eso pasa cuando el ego personal se antepone al bien —Aluka soltó una risa queda, moldeando la pesadilla de Talkir a su antojo—. ¿Por qué no tomaste el control de todo? ¿Por qué no dejaste claro que eres mejor líder que un sucio explorador?


Talkir respiró profundo, con el ceño fruncido bajo el peso de un cansancio que ningún descanso lograba aliviar.

—Debiste dejar que los caníbales les arrancaran las gargantas.
El paladín hizo una mueca de asco en sueños. Aluka sonrió, complacida por el tormento de su presa, y arañó la piel desnuda de su pecho. Sus uñas afiladas dejaron marcas rojizas que tardarían días en sanar, pequeñas heridas que él atribuiría a los rigores del camino.


—Les salvaste. Guiaste a esos sucios refugiados y ahora pasarán hambre camino a Nashkel —bufó, pegando sus labios a la oreja del hombre—. Esos prisioneros olvidados por todos, ¿merecían ser salvados? Luchar tanto por gente que ni siquiera conoces...

Volvió a besarle el pecho, justo sobre el corazón, sintiendo el latido acelerado del mortal.
—Y aquí estás otra vez. Solo. Con una medalla —soltó una risa descarada, inyectando su veneno de ambición—. Mereces comandar los ejércitos de Graz'zt. Ser su escudo y su furia.

Ante la mención del Príncipe Demonio, el instinto de Talkir reaccionó. Su mano derecha, guiada por una chispa de fe inconsciente, se elevó con torpeza y se cerró alrededor del colgante de Torm que llevaba en su cuello.

—Sea la voluntad del Leal... —murmuró el paladín entre sueños.
Al contacto con el símbolo sagrado, una pulsación de energía radiante cruzó el aire. Aluka frunció el ceño con dolor; el metal bendito quemaba su naturaleza infernal. El odio y el deseo colisionaron en su pecho, y por un milisegundo, la bestia abisal quiso arrancarle la garganta de una mordida.


Pero se contuvo. Su obsesión requería paciencia. No quería su cadáver; quería su caída.
—Un paso a la vez, amor —susurró, disolviéndose de nuevo en la invisible frontera etérea—. Un paso a la vez.
 

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