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El Elogio de la Sombra - Memorias de Sabyle

Slardarr

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A mi amable lector quisiera yo ofrecerle el tesoro último de aquella cuyo nombre de cuna autoriza este manuscrito. Aunque quienes mi nómina pronunciaron, bien con afecto o bien con desprecio, a buen seguro la han olvidado ya, aspiro yo a reflejar todas las venturas y desdichas que hubieron de ser soportadas por quien a vuestra merced se dirige. Todo cuanto hubo de acontecer y de prosperar en el amargo sendero de la Eternidad será por mi puño y letra confesado. Deseo así, pues, satisfacer las ansias que de estas líneas os han hecho deudor para que mis secretos sean también vuestros.​
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Slardarr

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En el recuerdo escrito de una vida, destruye nuestro pensar el mundo con el fin de recrearlo, y es en ese sagrado e íntimo proceder donde cobra forma lo que realmente fuimos. Pues, de una forma misteriosa, habita para siempre nuestra alma sin disfraz en su memoria manuscrita. En más de una ocasión he contemplado la tentación de entregar tan grande secreto a las fuerzas del Olvido, pero con el tiempo he comprendido que sus pacientes fuegos lo mismo todo lo devoran que iluminan aquello que pretenden desolar.

Cuando todavía era dueña de una tierna edad, se hallaba mi juventud adornada por un cuerpo esbelto en formas y hermoso de apariencia. Revestida de bellas ropas y de oro adornada, ceñía a mi corazón el profundo anhelo de quien desconoce pero desea soportar los dulces entusiasmos del amor. Por entonces atesoraba yo la vida como quien, afortunado, guarda en sus manos el sentido obsequio de la persona bienamada. Pero tan precioso don igual que muy velozmente se adviene, insensible a nuestro querer, nos es tarde o temprano arrebatado.

Tuvieron un día mis ojos la feliz suerte de ver el apuesto rostro de aquel muchacho, y pareció por fin el destino condescender con mis ruegos. Quedó mi débil corazón prendado de su reservado encanto, y un sobrenatural impulso de ofrecerse a él tuvo. Quiso ese mismo y caprichoso sino que venciera la prudencia y no hiciera el ardor de ambos camino rápido de mi virtud. En aquel momento, por mi honra me inquietaba en exceso, pues mi familia hubiera encontrado causa de muy grande dolor que cayera yo en un lecho innoble.

Justo es decir que el paciente cortejo infundió en mi ser el deseo de saber mi persona deseada, pero sobre todo el desvergonzado apetito de los goces. Llegó la noche en la que creí yo, en un hermoso e inocente impulso del alma, entregarme a la más honesta de las emociones. Lo hice con la misma pasión ingenua con la que los poetas de la decadencia dedican sus rapsodias al dorado recuerdo de un esplendor que nunca les fue conocido. Jamás hubo palabras y gestos más preciosos, ni tampoco más mendaces, que las que Belandro y yo nos ofrecimos, pues todas aquellas promesas que nos intercambiamos no serían decoradas por un recuerdo afortunado.

Comprendí aquella noche, justo antes de una aterradora muerte, que desde el primer día mis ensueños habían nacido para ser traicionados, que me había sido permitida la ilusión de un porvenir dichoso solo para que la traición más vil me lo arrebatara. Pero mi angustia fue tan desgarradora como pasajera. Grité sin descanso y en alto declaré todas las maldiciones del Abismo, mientras mis ojos se estrellaban indefensos con el abrazo de la Muerte.

Quien prematuramente expira queda privado de felices momentos, pero también de rememorar una y otra vez los amargos. Cuando morí tuve la impresión de haber recobrado, por obra de un misterioso trueque, algo que me siempre había pertenecido. Renacida sentí por fin mi estrella latir con el vigor incandescente de cien soles, y descubrí que todo conocimiento no es más que un acto de recuerdo, y por obra del mismo oscuro principio cualquier novedad se convierte en uno de olvido.

Un destino se cerraba mientras otro se abría oscuro.
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