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El horizonte vacío

Arrakis

Copia defectuosa de Kronobot
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El vasto lienzo se encontraba apoyado en la pared, sobre la pequeña chimenea, ocupando prácticamente la totalidad de la extensión que separaba a ésta del techo de la alcoba. La superficie de la pintura parecía quebrarse por las pinceladas que, iluminadas tenuemente por las velas de la habitación, bailoteaban entorno a la superfície del cuadro, revelándose fugazmente a la mirada de la mujer a capricho de las tenues llamas que iluminaban la estancia.

Entre aquellas pinceladas se revelaba un mar extenso, que abarcaba todo el horizonte hasta los confines de la mirada. Un mar calmo, demasiado incluso, que revelaba una naturaleza sofocante, una naturaleza cambiante e incomprensible, que podía arrebatar la vida, o la razón, de todo el que en él se internara. Entre aquellas olas apenas se distinguía un pequeño velero, que navegaba sin rumbo arrastrado por las olas que revolvían el mar, meciendo el pequeño velero a su antojo. Sobre ellos, una luna de aspecto mortecino y con un sutil halo violáceo iluminaba la escena. ¿De donde habría salido el velero? Tal vez hubiera huido de una tormenta, o quizás solo se encontraba en el corazón de la misma, esperando a que el salvaje viento terminara por destrozarlos. Avanzaban hacia la nada, hacia la oscuridad el horizonte. Uno vacuo, sin ningún destino a la vista. Un rumbo sin esperanza. Arrastrados por la naturaleza de la pérdida y del vacío, en un sentimiento sofocante de incertidumbre.

Pensó en los marineros de aquel velero. ¿Cuántos de ellos quedaban vivos? ¿Cuantos terminarían la travesía? ¿Cuantos de ellos terminarían pudriéndose en sus cubiertas, esperando a que el mar los terminase de engullir? Pensó también en el cuerpo descompuesto de su señor, del Príncipe. En el cuerpo de su cuñado, y en la família que no había podido conocer.

Sintió una náusea que la sacó de sus cavilaciones y agradeció con cierto alivio el sonido de la puerta tras ella. Los pasos del umbra se adentraron en absoluto silencio en la estancia, tomando asiento en uno de los sillones de la habitación. No se giró, sabiendo que su visión estaba también posada en el cuadro. Era la única forma que habían encontrado de canalizar lo que los revolvía por dentro, incapaces de exteriorizar ese sentimiento que poco a poco estaba siendo también entregado a su dama.

-Es pronto-. musitó Jadzia, mirando a Helios casi desplomado en la silla -. Parece que habéis tenido una noche larga.

Helios la observó en silencio, abriendo y cerrando las manos entorno a los brazos del butacón. Unas gotas de sangre reseca empañaban el puño de su camisa, evidencia de cómo el hombre había canalizado a través de la violencia la situación. Con un gesto suave alargó la mano, tomando la suya para invitarla a tomar asiento con él, apartando la mirada del cuadro como si este quemara sus entrañas para observarla solo a ella.

-Ya no queda nada..Hemos perdido todo por lo que hemos luchado. Nuestros señores han muerto y nosotros no lo hemos hecho a su lado..

Sus miradas se cruzaron durante unos instantes, antes de que la mujer inclinara la cabeza, asintiendo ante la gravedad y la verdad de sus palabras.

-La pérdida nos ha alcanzado. Y finalmente solo quedamos nosotros..el uno al otro.

-La dama ha sellado nuestro destino, mi nombre ya no vale nada, mi familia ha muerto junto con Ónice.. Hemos actuado por y para la ciudadela para el beneplácito de los príncipes pero eso y no importa.. Solo queda aceptar el designio de la dama, sumirnos en la perdida. Juntos. - El pesar, incluso en las palabras del monje era palpable. Mantenía presa su muñeca con firmeza, como si buscara no desprenderse de ella.

La mujer asintió a sus palabras, atrayéndolo en un abrazo silente pero no por ello menos carente de significado.

-Juntos..buscaremos. Revolveremos entre las ruinas. Encontraremos la Lágrima. Y luego..buscaremos a sus legítimos dueños. -. La mujer ladeó de nuevo la mirada en dirección al hombre, que asintió en un leve cabeceo.

Y juntos observaron de nuevo en dirección a la pintura, sin temor a ser arrastrados por la pérdida. Y allí, entre las olas del fondo de la pintura, ambos parecieron divisar lo que quizás fueran las sombras de tierra firme. Un horizonte en el que algo al final del camino se alzaba. Pues ambos tenían, aún, mucho que hacer por su gente.

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