MotiSJL
Minsorrano sin caminos
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- 8/4/26
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El monje me llamó hace unos días.
No al santuario nocturno donde entrenamos el camino de las sombras. A un pequeño claro fuera de Athkatla, de día, con el sol todavía alto.
Me extrañó. Pero fui.
Cuando llegué estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, los ojos cerrados. No hizo ademán de levantarse cuando me vio.
Monje: "Siéntate."
Me senté.
Pasó un buen rato sin decir nada. Yo tampoco dije nada. Hace tiempo que aprendí a no llenar cada silencio que él deja.
Cuando por fin habló, no habló de sombras.
Monje: "Llevas meses caminando en la oscuridad."
Kennan: "Sí."
Monje: "La dominas bien. Mejor de lo que esperaba cuando empezamos."
Esperé a que llegara el pero.
Monje: "Pero la sombra no es lo único que eres."
Me explicó lo que quería decir sin prisa, como hace siempre.
Que un monje que solo conoce las sombras es un monje incompleto. Que antes de aprender a moverse en la oscuridad tuve que aprender a moverme, sin más. Que ese fundamento —el cuerpo, la respiración, el control puro sin ki negro ni nada que lo adorne— es la base sobre la que todo lo demás se sostiene.
Y que llevaba tiempo sin volver a esa base.
Monje: "Vamos a empezar de nuevo."
Kennan: "¿Desde el principio?"
Monje: "Desde donde hace falta."
No sonaba a castigo. Sonaba a algo que llevaba tiempo pendiente.
Las primeras sesiones fueron extrañas.
Rara vez uso el ki negro para nada estos días. Cada movimiento sale de ahí sin que yo lo piense demasiado. Volver a moverme sin él fue como quitarme algo que ya llevaba puesto sin darme cuenta.
Los primeros golpes salieron torpes. No por falta de fuerza ni de técnica —por la ausencia de algo a lo que me había acostumbrado.
El monje lo notó enseguida.
Monje: "Estás buscando la sombra que no está ahí."
Tenía razón. Sin darme cuenta esperaba ese matiz oscuro en cada movimiento, esa energía fluyendo de las manos. Sin ella el cuerpo se sentía más ligero. Más expuesto. Más mío, de una forma que había olvidado.
Trabajamos así durante días.
Formas antiguas que ya conocía pero que había dejado de practicar con la pureza que exigían. Respiración sin propósito mágico detrás, solo respiración. Golpes que no necesitaban ningún color especial para hacer daño.
El sol, no la luna, marcando el ritmo de cada sesión.
Hubo un momento, hacia el final, donde algo se soltó dentro de mí sin avisar.
Estaba repitiendo una forma sencilla, de las primeras que aprendí con el Padre Ossian, cuando de golpe sentí todo lo que llevo cargando desde hace meses sin haberlo soltado nunca del todo.
La herida que no termina de dejar de doler aunque ya no queme igual.
La desaparición de Valerie a manos de los vampiros.
El clérigo solo en el templo de Malar escribiendo sus últimas palabras a Selûne mientras algo derribaba la puerta.
La sacerdotisa malherida que encontramos con vida detrás de aquella puerta.
El mal que acecha al bosque del Alandor.
El no saber nada de Garaldor ni Katya.
La muerte del Padre Ossian.
Cada caída. Cada informe que tuve que escribir con la mano temblando aunque la letra saliera firme.
Todo eso junto. De golpe. Sin avisar. Sin que lo llamara.
Grité.
Fuerte. Desde el pecho. Como si el sonido pudiera sacar afuera todo lo que llevaba dentro sin sitio donde ponerlo.
No fue un grito de dolor exactamente. Fue algo más parecido a soltar. A vaciar de golpe lo que llevaba acumulando sin darme cuenta de cuánto pesaba hasta ese momento.
El monje no dijo nada. No se acercó. No intentó calmarme.
Me dejó gritar el tiempo que hiciera falta.
Cuando por fin paré, el claro estaba en silencio otra vez. Solo el viento entre los árboles y mi propia respiración, agitada, intentando encontrar su ritmo de nuevo.
Seguí moviéndome después de eso.
Y algo había cambiado.
Sentí el cuerpo como algo mío sin necesitar nada más encima. Sin el peso de la sombra. Sin la carga de todo lo demás, al menos por un momento.
Solo yo. Solo el cuerpo. Solo la respiración.
Como al principio, en Tresthaven, antes de saber nada de sombras ni de lunas ni de nada que no fuera un amanecer y un viejo que me dijo que volviera a las cinco.
El monje me dijo, al terminar, que esto no borra el camino de las sombras. Que las dos cosas conviven. Que un buen guerrero de la luna necesita también recordar de dónde salió antes de que hubiera luna que seguir.
Le entendí.
Seguimos entrenando.
No al santuario nocturno donde entrenamos el camino de las sombras. A un pequeño claro fuera de Athkatla, de día, con el sol todavía alto.
Me extrañó. Pero fui.
Cuando llegué estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, los ojos cerrados. No hizo ademán de levantarse cuando me vio.
Monje: "Siéntate."
Me senté.
Pasó un buen rato sin decir nada. Yo tampoco dije nada. Hace tiempo que aprendí a no llenar cada silencio que él deja.
Cuando por fin habló, no habló de sombras.
Monje: "Llevas meses caminando en la oscuridad."
Kennan: "Sí."
Monje: "La dominas bien. Mejor de lo que esperaba cuando empezamos."
Esperé a que llegara el pero.
Monje: "Pero la sombra no es lo único que eres."
Me explicó lo que quería decir sin prisa, como hace siempre.
Que un monje que solo conoce las sombras es un monje incompleto. Que antes de aprender a moverse en la oscuridad tuve que aprender a moverme, sin más. Que ese fundamento —el cuerpo, la respiración, el control puro sin ki negro ni nada que lo adorne— es la base sobre la que todo lo demás se sostiene.
Y que llevaba tiempo sin volver a esa base.
Monje: "Vamos a empezar de nuevo."
Kennan: "¿Desde el principio?"
Monje: "Desde donde hace falta."
No sonaba a castigo. Sonaba a algo que llevaba tiempo pendiente.
Las primeras sesiones fueron extrañas.
Rara vez uso el ki negro para nada estos días. Cada movimiento sale de ahí sin que yo lo piense demasiado. Volver a moverme sin él fue como quitarme algo que ya llevaba puesto sin darme cuenta.
Los primeros golpes salieron torpes. No por falta de fuerza ni de técnica —por la ausencia de algo a lo que me había acostumbrado.
El monje lo notó enseguida.
Monje: "Estás buscando la sombra que no está ahí."
Tenía razón. Sin darme cuenta esperaba ese matiz oscuro en cada movimiento, esa energía fluyendo de las manos. Sin ella el cuerpo se sentía más ligero. Más expuesto. Más mío, de una forma que había olvidado.
Trabajamos así durante días.
Formas antiguas que ya conocía pero que había dejado de practicar con la pureza que exigían. Respiración sin propósito mágico detrás, solo respiración. Golpes que no necesitaban ningún color especial para hacer daño.
El sol, no la luna, marcando el ritmo de cada sesión.
Hubo un momento, hacia el final, donde algo se soltó dentro de mí sin avisar.
Estaba repitiendo una forma sencilla, de las primeras que aprendí con el Padre Ossian, cuando de golpe sentí todo lo que llevo cargando desde hace meses sin haberlo soltado nunca del todo.
La herida que no termina de dejar de doler aunque ya no queme igual.
La desaparición de Valerie a manos de los vampiros.
El clérigo solo en el templo de Malar escribiendo sus últimas palabras a Selûne mientras algo derribaba la puerta.
La sacerdotisa malherida que encontramos con vida detrás de aquella puerta.
El mal que acecha al bosque del Alandor.
El no saber nada de Garaldor ni Katya.
La muerte del Padre Ossian.
Cada caída. Cada informe que tuve que escribir con la mano temblando aunque la letra saliera firme.
Todo eso junto. De golpe. Sin avisar. Sin que lo llamara.
Grité.
Fuerte. Desde el pecho. Como si el sonido pudiera sacar afuera todo lo que llevaba dentro sin sitio donde ponerlo.
No fue un grito de dolor exactamente. Fue algo más parecido a soltar. A vaciar de golpe lo que llevaba acumulando sin darme cuenta de cuánto pesaba hasta ese momento.
El monje no dijo nada. No se acercó. No intentó calmarme.
Me dejó gritar el tiempo que hiciera falta.
Cuando por fin paré, el claro estaba en silencio otra vez. Solo el viento entre los árboles y mi propia respiración, agitada, intentando encontrar su ritmo de nuevo.
Seguí moviéndome después de eso.
Y algo había cambiado.
Sentí el cuerpo como algo mío sin necesitar nada más encima. Sin el peso de la sombra. Sin la carga de todo lo demás, al menos por un momento.
Solo yo. Solo el cuerpo. Solo la respiración.
Como al principio, en Tresthaven, antes de saber nada de sombras ni de lunas ni de nada que no fuera un amanecer y un viejo que me dijo que volviera a las cinco.
El monje me dijo, al terminar, que esto no borra el camino de las sombras. Que las dos cosas conviven. Que un buen guerrero de la luna necesita también recordar de dónde salió antes de que hubiera luna que seguir.
Le entendí.
Seguimos entrenando.