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[El Mal Elemental - Amn/Norte] El Hambre de la Tierra

Zethan

</c> de Minikanyas
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*El druida asiente sonriente ante las noticias*

El nodo del noroeste fue purgado por las llamas sagradas de los druidas y este nodo parecer que también haber sido purgado.

Haber de esperar a ver el nuevo comportamiento del nodo del Verdelinde y si ver que responder como esperamos...

Offtopic :
Estaremos pendientes de DM Faker de que nos indique cual está siendo el resultado de estos roles
 

DMT Faker

Dungeon Master
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Offtopic :
Mi gente, debemos darle vida a esto. Nos quedan dos escenitas, una será con Khaofcito y otra conmigo. Antes de Septiembre, ya que como ya anuncié concluiré mi etapa DM quedándome en el apartado técnico exclusivamente. Díganme los días que vamos cerrando con seguridad, por favor. ❤️
 

Loreliel

Pirata sin barco
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Los Días Postreros de la Sombra

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Mas los días que siguieron a aquellas jornadas intensas desde que Verdelinde fue erigido para el bien de la humanidad, no fueron días de descanso, sino de perseverancia; pues aunque el Mal Elemental había sido herido, aún no había sido vencido, y sus raíces negras continuaban extendiéndose bajo la tierra de Álandor como venas de una criatura antigua que se negaba a morir.

En el asentamiento Verdelinde, mientras tanto, continuaban las campañas de sanación. Y fueron jornadas largas y extenuantes.

Desde antes del alba hasta que las últimas luces abandonaban los bosques, los guardianes, druidas y sanadores aliados, trabajaban sin tregua para aliviar el sufrimiento de quienes habían buscado refugio bajo la protección del asentamiento. Llegaban campesinos con las manos heridas por la tierra enferma; niños debilitados por el hambre; exploradores que regresaban de las regiones corrompidas con el cuerpo marcado por la enfermedad; y familias enteras que habían perdido sus hogares ante la expansión de aquella sombra.

Muchos no pudieron ser salvados. Y por cada vida que se apagaba, parecía que el bosque guardaba silencio durante un instante.

Pero muchas otras sí fueron preservadas. Una herida cerrada, una fiebre vencida, una raíz que volvía a brotar, un niño que recuperaba las fuerzas... pequeñas victorias que, reunidas, comenzaron a formar una esperanza.

Aquellos sanadores en la Alianza comprendieron entonces que también aquella era una forma de batalla. No se blandían espadas ni se invocaban rayos; se luchaba con agua limpia, hierbas medicinales, manos pacientes y la antigua voluntad de la Naturaleza de conservar la vida.

Y mientras unos sanaban, otros buscaban respuestas.

Entre estos últimos destacó el grupo de Myth'tyl, que penetró en antiguos conocimientos y reunió fragmentos dispersos de saberes arcanos, teológicos y planares. De sus investigaciones surgieron nuevas luces sobre el Mal Primigenio y sobre la terrible fuerza que parecía encontrarse detrás de los sucesos que asolaban Álandor.

No eran aún todas las respuestas. Pero eran suficientes para comprender que aquello que enfrentaban no era una simple enfermedad de la tierra.

Había voluntad detrás de la corrupción.
Había propósito.
Y, oculto tras las raíces negras y los nodos corrompidos, parecía aguardarlos algo mucho más antiguo y terrible.

Por otro lado, diversos grupos de la Alianza Verdelinde se internaron en las regiones donde la corrupción había echado raíces. Allí encontraron nuevamente aquellos nodos profanados, cristales que alguna vez habían protegido el equilibrio de la tierra y que ahora servían como puertas para la enfermedad.

Y uno tras otro fueron destruidos.
Algunos fueron purificados.
Otros tuvieron que ser quebrados y sepultados bajo toneladas de piedra.
En algunos lugares, los guardianes pagaron con sangre el precio de su victoria.
Pero cuando regresaron, algo había cambiado.
El bosque respiraba un poco mejor.

Los arroyos comenzaron lentamente a recuperar su claridad. Algunas hojas volvieron a mostrar el verde que habían perdido. Las criaturas que habían huido de aquellas tierras empezaron a regresar tímidamente a sus antiguos territorios.

No era la victoria.
Ni siquiera era todavía la liberación.
Pero era un alivio.

Y para quienes habían contemplado durante tantas lunas cómo Álandor enfermaba, aquel pequeño retorno de la vida fue recibido como un presagio.

Sin embargo, los ancianos del Enclave sabían que aquella calma no duraría. Pues las raíces negras no habían desaparecido.

El corazón de la corrupción seguía oculto más allá de las fronteras conocidas, en las profundidades del Páramo de la Muerte, donde la tierra misma había sido transformada en un reino contrario a la vida.

Y así, cuando las últimas investigaciones estuvieron reunidas y los caminos parcialmente despejados, llegó finalmente la hora que durante tanto tiempo habían temido.

Dos grupos fueron preparados.

Uno marcharía bajo el manto del sigilo, buscando atravesar las regiones hostiles sin despertar a las fuerzas que allí aguardaban.

El otro se dirigiría hacia el Alcázar de los Muertos, abriendo el camino que habría de conducir finalmente hacia el corazón de aquella oscuridad.

Y partieron.
No hubo grandes celebraciones.
No hubo música.

Los guardianes que permanecieron en Verdelinde contemplaron en silencio cómo sus compañeros se alejaban hacia el norte, sabiendo que quizá algunos de ellos no volverían.

Loreliel la antigua guardiana, permaneció largo tiempo mirando los árboles muertos del bosque corroído a la vista.

Había conocido muchas guerras. Había visto caer árboles que habían vivido durante siglos y hermanos que habían jurado permanecer a su lado hasta el final de sus días. Sabía, por tanto, que ningún combate estaba asegurado, por grande que fuese la preparación de quienes marchaban hacia él.

Mas también sabía otra cosa.
Ya no estaban huyendo.
Durante meses habían resistido.
Habían sanado a los heridos.
Habían protegido a los refugiados.
Habían descubierto secretos.
Habían penetrado en lugares donde otros habían perecido.

Habían destruido los nodos de corrupción y obligado al Mal Elemental a retroceder allí donde parecía invencible.

Ahora quedaba un último camino.

Y al final de aquel camino aguardaba el origen de todo cuanto había enfermado a Álandor y amenazaba el equilibrio natural de Amn.

El corazón de la corrupción.

Desde las alturas de Verdelinde, las ramas de los grandes árboles se agitaron aquella noche aunque ningún viento soplaba.

Los druidas lo sintieron.
Los animales lo sintieron.

Incluso las raíces más profundas parecieron estremecerse bajo la tierra.

Porque algo se aproximaba.
No era aún la batalla final.
Pero sí era el último umbral antes de ella.

Y así, mientras los dos grupos avanzaban hacia las tierras donde la muerte había establecido su trono, los guardianes que permanecían atrás comprendieron que la larga lucha estaba llegando a su término.

Habían llegado a la recta final.
Ya no quedaban muchas sendas por recorrer.
Ya no quedaban muchos secretos por descubrir.
Ya no quedaban muchos nodos que destruir.
Sólo uno.
Sólo un lugar.
Sólo un corazón.

Y cuando aquel corazón fuese hallado, las espadas, los arcos, las plegarias, la magia y la furia de la Naturaleza habrían de levantarse juntas en la mayor prueba que jamás hubiese afrontado la Alianza Verdelinde.

Pues allí, en el Páramo de la Muerte, habría de decidirse si Álandor viviría para volver a florecer...


o si sus raíces quedarían para siempre bajo la sombra del Mal Primigenio junto a los valientes que cayeran en ese arduo proceso.
 
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