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El Mundo Carmesí de Leyna

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Charlatanería, piedra y orgullo.
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No recuerdo en qué momento exacto empezó a congregarse tanta gente en el Distrito de la Gema. Solo sé que, cuando llegué, el aire ya estaba cargado de discursos y perfume caro. Las damas nobles se abanicaban con desgano, los guardias rondaban con la mano sobre el pomo de la espada y los fieles de Selûne habían tomado el centro de la plaza.

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La estatua de la dragona azul —esa colosal afrenta de piedra y soberbia— brillaba al sol como si se riera de todos nosotros.

Me abrí paso entre la multitud. El bastón de Gwenaelle de Argluna ya se alzaba, símbolo de su autoproclamada virtud.
—Os agradezco vuestra presencia —decía, sonriendo como si hablara a un rebaño—. Quisiera pronunciarme sobre el anuncio de la Orden del Guantelete…

El tono meloso me revolvió el estómago. A su lado, Sariel Shade, la sacerdotisa de la Rosa de Plata, se mantenía erguida, con esa calma suya que todos sabíamos falsa. Una calma medida, entrenada, forzada.

Vi cómo sostenía una carta entre los dedos, el gesto suave, los labios tensos. Sariel podía fingir serenidad, pero yo conocía bien a las impulsivas: bastaba una chispa para que ardieran.

Gwenaelle siguió hablando, invocando los tiempos oscuros, los dragones, las cadenas de la tiranía. Palabras bonitas que olían a incienso y a política.

—El gobierno de los hombres —dijo—, por imperfecto que sea, siempre está sujeto al juicio de sus pares.

Algunos aplaudieron. Otros, como yo, nos limitamos a mirar la piedra.

“Bonita reunión”, murmuré.

Sariel no me miró, pero su mandíbula se tensó.

La gente empezó a murmurar. Había guardias, plebeyos, mercenarios y más de un rostro conocido del Guantelete. Algunos asentían con fervor, otros cruzaban los brazos como si esperaran una pelea.

Gwenaelle, impasible, alzó la voz:

—Ser dueños de su destino, eso fue lo que nos arrebataron los dragones.

Escuché un suspiro detrás de mí y una voz ronca masculló: “La guerra civil no fue por los dragones, fue culpa nuestra”. No le faltaba razón.

Sariel intervino entonces. Su tono era suave, pero la pasión se asomaba por las grietas de su compostura.

—Los dragones no deben gobernar a los hombres —dijo, leyendo aquella proclama que parecía un manifiesto rehecho mil veces—. Fuimos los primeros en alzar la voz y pagamos el precio.

A su lado, Gwenaelle asentía con aire beatífico. Dos caras de una misma moneda.

El público se dividía entre quienes aplaudían y quienes se iban cansados. Un plebeyo gritó algo sobre su marido muerto en Crimmor. Gwenaelle, con expresión dolida, trató de consolarla con palabras vacías.

Yo solo pude pensar en cuántos huérfanos habría en la ciudad y en cuánto oro se gastaría en derribar una piedra para erigir otra. Estupideces…

—Poned vuestro esfuerzo en cuidar a los vivos —dije, sin alzar la voz—. En el orfanato aún hay niños que esperan futuro.

Algunos me miraron con desprecio. No importaba.

Valerio Velandros, el ordenado, tomó el relevo. Con su puño en el pecho y la voz hinchada de fervor, habló de orgullo, de Esmel Torlath, de cicatrices que no cerraban.

—¡La mera existencia de esta estatua es una humillación! —proclamó.

La multitud rugió, unos a favor, otros en contra. Un tomate voló y casi golpea a Gwenaelle.

Sariel fingió no inmutarse, pero sus ojos buscaron el origen del proyectil con rabia contenida. Yo lo noté: esa calma no era paz, era un hechizo mal mantenido.

Madeleine Sweeny, otra de las suyas, trató de poner orden: “Esto no va de polémicas, solo de apoyar una iniciativa”.

Hipócrita. Toda iniciativa en Athkatla es política.

El murmullo crecía. Unos clamaban “¡Muerte a los dragones malignos!”, otros abucheaban a las selunitas. Los guardias empezaban a ponerse nerviosos. El oro relucía en las empuñaduras, la fe en las palabras.

Valerio insistía, casi rogando:

—¡Escuchad! Entre hermanos debe reinar la paz después de tanta guerra.

Yo negué despacio.

—La paz no se compra con mármol ni rezos —susurré—. Ni con falsas rosas de plata.

Gwenaelle se aferró a su báculo, pálida.

—No dejemos que el miedo guíe nuestro recuerdo del pasado —dijo.

Sus palabras sonaban a sermón, no a esperanza.

La discusión se disolvió poco a poco en aplausos tibios. Algunos se acercaron a dejar flores al pie de la estatua. Sariel y Gwenaelle también lo hicieron, tan devotas, tan teatrales.

Yo me acerqué a los plebeyos que lloraban en silencio y les di unas monedas. Oro thayino, bien real, no palabras.

La multitud empezó a dispersarse. Valerio todavía sonreía, aunque su gesto temblaba al oír los abucheos. Gwenaelle cerró los ojos en oración. Sariel, con la mirada alta, fingía serenidad.

Me quedé un momento observándolas. Dos mujeres envueltas en luz, convencidas de servir al bien, mientras el pueblo volvía a sus casas con el estómago vacío.

La dragona seguía ahí, pétrea, indiferente a nuestros discursos.

—Más oro para los pobres y menos tonterías de estatuas —murmuré, y eché a andar hacia el puente.

A mi espalda, alguien gritó “¡Viva Amn!”.

No respondí. En Athkatla, las palabras pesan menos que una sola moneda de oro.
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Arcanos Netherinos por Jadzia
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La luz de las lámparas arcanas temblaba suavemente sobre los muros de piedra bruñida del aula diecinueve de la Archanum Schola. Siempre he pensado que esa oscilación —esa vibración casi imperceptible en el aire— es la marca de un lugar donde la magia se estudia a un nivel tan profundo que incluso las paredes parecen contener la respiración.

Me senté en primera fila, como siempre. No era simple disciplina thayina; era respeto. La maestra Jadzia Odger, umbra maestra de la Schola, era una de esas figuras que hablaban y hacían que el resto del mundo se desvaneciera. Tenía esa gravedad silenciosa de quienes han visto demasiados secretos y han sobrevivido al peso de conocerlos.

Escuché atenta mientras ella comenzaba:

”‘Arcanista’ es una palabra que tiene su origen en el dracónico…”

Mis dedos se deslizaron por el pergamino, escribiendo en mi lengua madre de Thay, intentando no perder ni una sílaba. “Arcaniss”. Así se habían llamado los magos netherinos. Ya desde la primera frase, un escalofrío me recorrió la espalda. Había algo solemne en pensar que pronunciábamos un término que alguna vez usaron quienes manipularon la magia en formas hoy imposibles.

La maestra continuó, explicándonos cómo los netherinos evitaban términos como “hechicero”. Casi sonreí. Muchos en Thay también lo evitaban —aunque por motivos muy distintos.

“En los días en que Netheril era un imperio en auge…”

La voz de Jadzia se volvió un susurro contenido, como si temiera despertar viejos ecos. Nos habló de la magia irreplicable, de los límites que hoy Mystr a imponía sobre la Urdimbre. Y yo asentí, imaginando ciudades flotando como espejos suspendidos entre el cielo y el acto de desafiarlo.

Mientras escribía, otro sonido llegó desde la puerta. Una joven entró con paso cauteloso.

—Tessela Dreisend —se presentó con una leve inclinación.

Le devolví mi propio asentimiento thayino, medido y seco. No sabía quién era ni qué clase de arcana practicaba, pero tenía esa mirada de quienes buscan respuestas que no saben si deberían conocer.

Jadzia retomó la clase, introduciéndonos en lo que más me sorprendió aquella tarde:

“Los Campos de Mythal.”

No ocho escuelas. Tres grandes pilares: Inventivas, Mentalismos y Variaciones. Una forma de clasificar la magia que me hizo tambalear internamente. Yo misma había aprendido a pensar en términos de escuelas, de subdivisiones y categorías, de precisión. Pero aquello… aquello era una arquitectura intelectual más antigua que cualquier torre de Thay.

Mis plumas crujieron sobre el pergamino. No quería perder detalle.

La maestra continuó desgranando ejemplos, moviéndose con la precisión de un bisturí arcano:

Inventivas —creación y destrucción.

Mentalismos —mentes, almas, percepciones.

Variaciones —transformación de estados, materias, conjuros mismos.

Estaba tan concentrada que casi olvidé respirar.

Los nombres olvidados

Después vino algo que me produjo una mezcla de fascinación y malestar: la cuestión del olvido. Los nombres perdidos. La ingratitud del tiempo.

Yo conocía los conjuros de Bigby, de Otiluke, de Mordekainen. Todos los magos los conocíamos. Pero jamás me había preguntado por qué tantos otros conjuros carecían de nombre propio. Por qué estaban… sin dueño.

La maestra Jadzia habló de Aksa el Destructor, creador tanto de Desintegración como del humilde Remendar. Me detuve en seco. Destrucción y restauración en un mismo corazón arcano. Qué ironía tan hermosamente netherina.

Luego, Anglin, padre de todos los conjuros prismáticos. Todos. Eso me arrancó una respiración corta. Pared prismática. Rayo prismático. ¡Todos suyos!

Y después, con un gesto solemne, Jadzia colocó sobre la mesa una piedra Ioun.

El brillo giratorio del artefacto se reflejó en nuestros ojos. Sentí un cosquilleo en las yemas de los dedos. Tessela murmuró algo sobre que aquellas piedras habían conservado su nombre. Y la maestra habló del olvido, de la dificultad de borrar un nombre que todos los mercados siguen pronunciando.

Yo fruncí el ceño. No me gustaba pensar en magia que se perdía.

Y entonces llegó el nombre que todos temíamos:

Ioulaum.

Inventor de los mythallares. Creador de las primeras ciudadelas voladoras.

Pude sentir a Tessela tensarse a mi lado.

Yo simplemente escribía, con un nudo extraño en el estómago.

De Mathick a lo inevitable

La maestra mencionó a Mathick —no Matick Tanthul— y reveló algo que casi me hizo levantar la cabeza: Misil mágico, Escudo, Armadura de mago… todos suyos. La base de la supervivencia arcana moderna. Conjuros que cualquiera de nosotros podía lanzar aun en sueños… y sin embargo ninguno recordaba a su creador.

Sentí un peso en el pecho.

Era perturbador cuánto debíamos a sombras.

Karsus

El ambiente del aula cambió perceptiblemente cuando la maestra pronunció ese nombre.

La temperatura no cambió, pero yo lo sentí como si el aire se hubiera vuelto más denso. Más grave.

“Karsus fue el más prodigioso y poderoso mago de todos los tiempos.”

Mi pluma se detuvo.

Me obligué a continuar.

La maestra narró su historia:

—Un niño capaz de conjurar a los dos años.

—Un joven que elevó una ciudad al cielo siendo apenas un adulto.

—Un visionario, un genio… y una tragedia.


Cuando Jadzia mencionó a los phaerimm, su rostro cambió. El rictus de tensión que cruzó sus facciones me heló la sangre. Sabía —toda Athkatla lo sabía— que la maestra Lartos había enfrentado horrores más de una vez. Verla inquietarse no era algo menor.

Y después llegó la parte que siempre había escuchado en susurros, pero nunca con tanta claridad.

El Avatar de Karsus.

El conjuro imposible.

El intento de usurpar la divinidad para salvar a un imperio agonizante.

Imaginé las ciudadelas cayendo una por una.

Imaginé la Urdimbre desgarrándose.

Imaginé el silencio de Mystril, rompiéndose sólo para sacrificarse.

Era casi demasiado grande para comprenderlo.

La clase terminó con una frase que aún resuena en mí:

“Espero que lo aprendido hoy les haga reflexionar sobre lo voluble de la memoria.”

Asentí lentamente.

Sí.

Lo era.

Tessela murmuró que era difícil creer que todo aquello hubiera sucedido hacía tantos años. Yo cerré mis apuntes en thayino con un movimiento suave, mirando por última vez la piedra Ioun sobre la mesa.

Mientras salíamos del aula, pensé en algo que la maestra había dicho casi al final:

“Nos alzamos sobre los hombros de gigantes.”

Y por primera vez entendí lo doloroso y hermoso que era estudiar magia:

Aprender de quienes fueron tan grandes que incluso en sus errores destruyeron imperios… y tan humanos que aún buscamos sus nombres en los márgenes de los pergaminos.
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Polko II
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El pantano nos devoró de nuevo, como si hubiéramos cometido la estupidez de regresar al vientre de una bestia que ya nos había advertido que no quería visitas.

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Pero esta vez éramos menos… y más extraños.

Ewan avanzaba al frente, silencioso como una saeta a medio disparar. Kath caminaba cerca de él, con el ceño fruncido: desde que habíamos abandonado los cuerpos humeantes de los trasgos, no dejaba de repetir que “sentía” a Any.

Vaask iba detrás de mí, murmurando fórmulas a medias, absorto en su propio torbellino mental; a veces parecía recordar un conjuro, otras parecía olvidar cómo se llamaba.

Halgar, por su parte, golpeaba cada raíz y cada charco como si esperara que alguno le devolviera el saludo.

Eir, quien parece ser una druida o tener algún tipo de vínculo con el bosque… y Kaeril caminaban a nuestro lado.

Dick, el sacerdote de Ilmater, avanzaba resignado, cargando con su símbolo sagrado y con la paciencia de un santo… o de un mártir en potencia.

Yo cerraba el grupo, observando, analizando, y lamentando profundamente haber dejado mi capa buena en Athkatla. Si llegábamos vivos, la humedad sería peor enemigo que cualquier goblinoide.

—Kath, ¿estás segura? —pregunté cuando se detuvo de golpe.

La mestiza respiró hondo, temblorosa.

—La siento… está adelante. Cerca. Pero… pero algo la arrastra.

Ewan la observó con esa mezcla suya de profesionalidad y preocupación silenciosa. Yo reconocía bien esa mirada. La había visto muchas veces, dirigida a mí, en mis momentos de estupidez arcana calculada.

Seguimos.

Los pantanos se transformaron en ciénagas más densas, y luego en montículos de lodo donde los trasgos aparecían como si brotaran del propio fango.

Los enfrentamos. Muchos. Demasiados.

Arqueros escondidos, brutos armados con garrotes, chamanes con amuletos que olían a hongos podridos.

Vaask lanzó conjuros que funcionaron la mitad de las veces y explotaron la otra mitad. Halgar los rebanó como si fueran espigas. Ewan los atravesó con la frialdad de siempre.

Yo incineré todo lo que se movía. Halgar lloriqueaba porque mi fuego le hacía algo de pupu.

Dick rezaba mientras curaba, mientras esquivaba, mientras pedía disculpas por arrancar flechas.

Cada paso era un desafío, una emboscada, un recordatorio de que Polk y los suyos conocían este lugar como su casa… o su templo.

Finalmente llegamos a un campamento trasgo abandonado: estacas rotas, mantas encharcadas, restos de comida que ni los cuervos querían.

Y allí, detrás, una entrada natural abierta en un muro de roca: una gruta oscura, inmensa, y con un hedor tan intenso que incluso Halgar dejó de respirar por un momento.

Kath se detuvo en seco.

—Ya no la siento —susurró.

El silencio cayó sobre nosotros como una lápida recién colocada.

Ewan apretó la mandíbula.

Yo me adelanté, escudriñando la boca de la caverna.

—Ese olor… —dije, arrugando la nariz— muerte, magia barata y desolación. Una combinación clásica de ritual chapucero. Inútiles...

Halgar gruñó, quizá por no entender, quizá por entender demasiado.

Avanzamos.

Las galerías eran estrechas, húmedas, y resonaban con un eco turbio que deformaba nuestros pasos.

Fue allí, en una cámara más amplia, donde encontramos a Polko.

O lo que creíamos que era Polko.

Alto, firme, con esa sonrisa de depredador satisfecho, nos esperaba como si fuéramos invitados tardíos a una cena macabra.

Habéis tardado —dijo, divertido.

Kath dio un paso adelante, firme y segura.

—. ¿Dónde está Any?

—Ah, la pequeña druida… Ya no está. El ritual ha concluido. Su sacrificio fue… útil.


Halgar bramó una maldición. Ewan tensó el arco.

Yo no esperé.

—Eres escoria —lo miré de soslayo—. Y además un mediocre. Ese nivel de energía solo se consigue con rituales mal estructurados y no tienes la capacidad para dirigir uno decente.

Polko rió. Nos insultó sin palabras. Nos llamó insignificantes sin mover los labios.

Y entonces, con un chasquido leve… se deshizo.

Como si fuera humo envuelto en luz verde.

Una ilusión.

Los orcos salieron de las sombras. Grandes, brutales, armados hasta los dientes.

La lucha fue feroz.

Halgar recibió un golpe que habría partido a un buey en dos.

Vaask olvidó la mitad de un conjuro y terminó lanzando un estallido arcano que nos despeinó a todos.

Ewan cayó de rodillas en un momento, y Dick lo mantuvo con vida a base de plegarias desesperadas.

Yo agoté dos pergaminos y tres maldiciones personales.

Cuando el último orco cayó, estábamos hechos trizas.

—Rezad todo lo que necesitéis, Dick —murmuré mientras me limpiaba la sangre que no era mía—. Esto no ha terminado.

Avanzamos hasta una zona más amplia, donde el suelo parecía latir como si respirara. Una plataforma natural, de roca y barro endurecido, y en el centro…

Tragos.

Muchos.

Pero no los que habíamos visto antes.

Estos llevaban tatuajes arcanos, colgantes rituales, manos ensangrentadas.

Formaban un círculo alrededor de un grupo de niños.

Niños, que bien estarían en el orfanato del enclave recibiendo clases y no aquí… muriendo… un desperdicio.

El líder del círculo levantó las manos, riendo con histeria victoriosa.

—Llegáis tarde. El ritual ha…

No terminó la frase.

Una bola de fuego —mi bola de fuego— estalló en su pecho y lo convirtió en una pieza grotesca de carne carbonizada.

El círculo se rompió.

Los niños cayeron.

Una grieta se abrió en el suelo con un rugido gutural.

Y de ella surgieron criaturas.

Demonios pequeños, deformes, chillones, rabiosos.

Decenas. Cientos.

El combate fue una tormenta de caos, dolor y magia.

Halgar rugía.

Vaask gritaba fórmulas que olvidaba a mitad.

Ewan disparaba flechas como un condenado.

Dick rezaba con lágrimas en los ojos.

Kath luchaba con la furia del duelo.

Cuando el último demonio cayó, estábamos cubiertos de heridas, sangre, y cenizas.

Y Polk, por supuesto, no estaba.

Dick rezo por los niños.

Ewan se apoyó en mi hombro, exhausto. No lo aparté.

Leyna —dijo—. ¿Qué era todo esto?

Respiré hondo. El olor aún persistía. El eco del ritual también.

—Magia de círculo —expliqué—. Un intento de abrir brechas entre planos. Para convocar criaturas de poder superior. Pero esto… esto es un desastre. Una chapuza de manual. Como todo lo que hacen los trasgos cuando intentan imitar el trabajo de un mago de verdad.

Mis palabras quedaron flotando en la cámara silenciosa.

—¿Y ahora qué? —preguntó Kath, con la voz rota.

—Ahora… —miré la brecha humeante, las sombras que se movían aún en sus bordes— buscaremos a Polk. Y lo hacemos pagar.

Porque, en lo más profundo de mi alma thayina, sabía que esto tampoco era el final.

Tan solo otro movimiento en un juego oscuro… y Polk acababa de adelantarse tres jugadas.
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Offtopic :
Gracias @DM Cachopo por la escena y @DM Apofis por la ayuda
 
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