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El Pesar de alguien que lo intenta.

Moonlight

Aventurero novato y vago
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21/11/25
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Una figura se podía contemplar en uno de los rincones más apartados del Claro de Eldat, la silueta familiar de una de las Hijas de la Luna. Maeve, abrazada a si misma en un gesto encogido, observaba a la Luna con pesadez y tristeza en su mirada, buscando reflexionar y con suerte hallar una respuesta en la Diosa que tanto ama, repasando y exponiendo a la misma lo que la aflige.

Toril corre un gran peligro y era un tema que se trataba en una de las reuniones del clero de mi fe, buscando entre la sabiduría colectiva un proceder ante la Fiebre del Oro. Fui yo quien sugirió al clero la necesidad de una reunión. No una sencilla ni cómoda, sino una que reuniera a las distintas facciones de Amn y Murann. Sabía, incluso antes de pronunciarlo, que el nombre de Murann pesaría como una piedra en la sala. La ciudad de las bestias ha sido enemiga de nuestra fe desde siempre, y no faltaron miradas duras ni silencios cargados de desaprobación.

Aun así, la tierra co30 ene 2026, 00_10_46 (1).pngntinuaba estremeciéndose bajo nuestros pies. La fiebre del oro había abierto grietas que ya no podían ignorarse, y el problema de la Tarasca crecía como una sombra antigua, paciente, esperando ser atendida. Ninguna facción, por fuerte que se creyera, podía hacerle frente en soledad.
La propuesta no fue bien recibida, y lo comprendí. Pero también sabía que la necesidad pesa más que el orgullo, y que incluso entre enemigos puede hallarse una respuesta cuando el mundo mismo comienza a quebrarse.

El clero terminó por aprobar la reunión, y así fue expuesta ante el público. No bajo mi nombre, sino bajo el de Sariel Shade. Aquello, lejos de aclarar la intención, distorsionó la realidad para muchos. Su reputación, ya marcada por viejas sombras, provocó recelo incluso antes de que se escucharan las razones. Hubo quienes vieron en el llamado una maniobra de control, una imposición velada que, según creían, mi querida hermana deseaba ejercer sobre otros.
Nada más lejos de la verdad. No fue ambición ni ansias de dominio lo que la impulsó, sino una voluntad sincera de ayudar y de hallar una salida a una crisis que amenazaba con desbordarnos a todos.

Muchos se acercaron a mí para expresar su desagrado, y yo los escuché. A cada uno le expliqué el origen real de la reunión, las intenciones que la motivaron y la necesidad que la hacía inevitable. En algunos, esas palabras lograron cambiar la mirada, suavizar el juicio. En otros, no.

Porque también quedó claro algo más doloroso: existe un odio dirigido hacia mi hermana Sariel. Justificado o no, ese rencor persiste, y aunque no pueda borrarlo, sé que no nos hace bien. Ni a ella, ni a mí, ni a la causa que intentamos sostener.

La reunión llegó a celebrarse, y muchos acudieron. Aquella visión llenó mi corazón de una alegría sincera, pues quise creer que aún existía una voluntad común de ayudar, de escuchar, de construir algo juntos. Pero esa esperanza se desvaneció con rapidez. Pronto quedó claro que, más que un intento de hallar soluciones, la reunión se estaba convirtiendo en un espacio para la recriminación: faltas de respeto, insultos y reproches por hechos del pasado que poco o nada tenían que ver con la crisis que nos convocaba.

Aun así, no todo fue en vano. Desde la Schola y también por parte de un muraní, se expuso información relevante sobre el oro y sobre la Tarasca. No fue suficiente para trazar un camino claro a seguir, pero sí logró arrojar algo de luz. Fragmentaria, incompleta, pero luz al fin y al cabo, que fue transmitida solo a medias antes de que el ambiente terminara por quebrarse.

Yo también deseaba compartir los hallazgos que había reunido, aportar aquello que podía servir para avanzar. Sin embargo, la partida del Pueblo Gentil, que entiendo perfectamente por la incomodidad generada en el lugar, actuó como un detonante. Tras ellos, otros comenzaron a marcharse, uno a uno, hasta que la reunión se fue vaciando lentamente. Al final, quedamos con la amarga sensación de que, pese a habernos reunido, no habíamos logrado nada tangible.

Y aun así, no puedo evitar pensar que, incluso en ese fracaso, quedó expuesta una verdad que no debemos ignorar.

Al caer la noche, cuando el ruido del día se disuelve en silencio, no puedo evitar sentir una pena más amplia que la mía propia. No es solo mi desaliento: es el de una fe que intenta obrar con honestidad y cuidado, y que, aun así, es vista a través de un velo torcido de sospechas y rencores. Las intenciones se deforman, las palabras se interpretan como amenazas, y los gestos de ayuda parecen, para muchos, maniobras ocultas.

Me entristece ver cómo cada intento de tender puentes acaba siendo recibido como una provocación, cómo incluso las acciones nacidas del deseo sincero de evitar un mal mayor son juzgadas con dureza antes de ser comprendidas. No es solo injusto: es peligroso. Porque cuando la desconfianza se instala incluso entre quienes deberían caminar juntos, el diálogo se vuelve frágil y el conflicto encuentra terreno fértil para crecer.

Por eso, en esta hora callada, alzo la mirada hacia la Luna y es a ti, Selûne, a quien me dirijo. Me pregunto qué debo hacer cuando obrar con honestidad parece insuficiente, cuando cada paso dado para evitar el desastre es recibido con recelo. ¿Debo insistir, aun sabiendo que mis palabras y las de mis hermanas pueden ser torcidas, o callar y permitir que el silencio deje crecer males mayores? Busco en tu luz una guía que no encuentro en los hombres, una respuesta que me ayude a no ceder al desaliento ni al resentimiento, y a comprender cómo seguir adelante sin traicionar aquello en lo que creo.

No quiero creer que está todo perdido.
 
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