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El Reclamo de las Hadas: Ewan

SyrinxFlute

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Una vitela membranosa, tan diáfana como las alas de una mariposa, llegó sellada a las dependencias del cuartel. Perlada con húmedo fulgor en la superficie, invocaba a la mente una hoja verde que bebe del rocío otoñal, exhalando un susurro nemoroso que latía por un único destinatario: el teniente Ewan.

Al desplegarla, los caracteres élficos se deslizaban como enredaderas vivas entre filigranas silvanas, dejando escapar, en cada curva, el sonido de los bosques y el susurro de las hadas:


“Os pienso, Ewan… desde mucho antes de que vuestro honor se anudara a la voracidad insaciable de las dragonas…
En mí aún respira el lamento de los seres feéricos que perecieron bajo mi custodia, como hiedra negra que me envuelve y asfixia…
…y frente a mí, tú, conduciento un séquito de muerte, poseído por un orgullo que sé, en lo más hondo, no te pertenece…
¿Qué te ocurrió, Ewan? ¿Por qué tu cuerpo sobrevivió a la guerra, y tu espíritu no regresó a mí, al bosque, donde siempre debiste morar?
Tal vez… porque nunca dejamos de velar por ti, incluso en tus noches más oscuras.
Viniste una vez, y ahora reclamo tu retorno. Los humanos que proteges han perdido algo de gran valor, y yo… puedo devolverlo.
Ven, Ewan. Déjame guiarte, deja que mis manos devuelvan a la vida todo cuanto destruisteis, y que mis labios apaguen tu penitencia.
¿Me ayudarás a devolverme la paz… o tu corazón teme que, cuando me encuentres, yo no te deje regresar?”

Cuando sus ojos devoraron la última palabra, la misiva se transfiguró en un amuleto vivo, que comenzó a irradiar una profunda luz verde, abriendo un sendero invisible hacia el Claro Plateado, donde el hada lo aguardaba.

Offtopic :
¡Hola señor! Si aceptas esta sugestivísima proposición, fechamos un rato. Abrazo!
 
Última edición:

Juan

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*El elfo recibe la carta en sus dependencias del cuartel, haciéndole quedar meditabundo por unos instantes mesando su imberbe mentón. Tras unos momentos toma su esplendorosa pluma de aquella kenku que fue soldado, la moja en tinta y realizar unos firmes trazos sobre un papiro, el cual dobla y lacra con su habitual sello, escribiendo sobre él:

"Si no regreso en tres días, lean su contenido."

Deposita la carta recibida en uno de los bolsillos de su impecable uniforme, evitando que nadie pueda encontrarla por accidente y llegar a ciertas conclusiones, tomando después la senda, con la determinación que le caracteriza, hacia el interior de los bosques.*
 
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